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Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 19 de noviembre de 1995. El Enfermo Imaginario Me he tomado la libertad de utilizar el título de la famosa obra de Molière, más conocida aún porque supuso el final de su autor, que era también su actor protagonista, ya que, como muchos sabrán, mientras la representaba sufrió un ataque que acabó con su vida; pues bien, como decía, he utilizado este epígrafe para encabezar unas breves notas sobre un tema que cobra especial interés en nuestros días, en los cuales el culto al cuerpo y el afán por estar y sentirse bien constituyen uno de los puntales de nuestra vida en sociedad. Porque, díganme, ¿quién no ha hecho, en algún momento, un régimen para librarse de unos kilos que consideraba excesivos? ¿quién no ha hecho ejercicio alguna vez, para reducir esa cintura que pensaba debía ser más estrecha? o ¿quién no se ha autorrecetado algún fármaco para superar una pequeña molestia? Dejando a un lado todo lo demás y fijándonos en este último supuesto, es posible encontrarnos con el caso, quizá menos corriente, de esa persona que está pendiente de no contraer ninguna enfermedad, para lo cual pone todos los medios a su alcance; o de aquélla otra que se preocupa tanto de su salud que cualquier cosa que le sale de ojo es tomada como un síntoma evidente de una enfermedad, tal vez, incluso, grave. Este individuo, no tan frecuente, pero sí ciertamente presente en nuestra comunidad, es el que definimos como un hipocondríaco. Ocurre, en algunos casos, que los que le rodean pueden llegar a burlarse de él, tachándole de exagerado, miedoso, fácilmente sugestionable, etc., Y no se toma conciencia, en realidad, del gran problema que supone para quien lo sufre y para sus más allegados y de la angustia que puede generar esa situación. Porque de eso se trata, principalmente: de Angustia. La Hipocondría supone una sobrevaloración, porque se aumenta exageradamente el valor de algo; supone una sobrevaloración angustiosa, porque al reconocerlo como maligno, produce un sentimiento de pánico; y esta sobrevaloración angustiosa se hace sobre unos síntomas que, objetivamente, no son tales; es decir, que todo se complica más aún porque eso que se catalogaba como peligroso o, incluso, letal, realmente no se puede clasificar así ya que, realmente (valga la redundancia), no existe. Es, por poner un ejemplo, el hecho de tener la seguridad de que ese pequeño lunar que lleva en el hombro desde que era pequeño, se trata, bajo esa especial óptica, de un síntoma evidente del cáncer de piel que ha empezado a corroer su cuerpo para matarle definitivamente; o de que esa venita roja que ha aparecido una mañana en el ojo es, sin duda, la prueba que necesitaba para confirmar sus temores de que va a quedarse ciego. Pero todo esto no es tan simple como parece. En el hipocondríaco subyacen, como elementos constitutivos del problema, dos características básicas que definen claramente su personalidad: se trata, en primer lugar, de un componente depresivo, que hace que algo se vea totalmente negativo y sin la más mínima esperanza de solución; y, en segundo lugar, de un componente obsesivo, que lleva al individuo a centrarse exclusivamente en eso que ve como negativo, llegándole a anular cualquier posibilidad de descubrir otras cosas que sí podrían resultar positivas. Todo esto, sumado a la preocupación constante por ese fin que se aventura tan próximo, a la par que desgraciado, sumergen al hipocondríaco en la angustia que, cerrando el círculo, le envuelve, nuevamente, en la espiral de la depresión y la obsesión. No obstante, y quizá en un plano menos conflictivo, se puede descubrir también una personalidad hipocondríaca en aquellos sujetos que, sin llegar a esos extremos de depresión y angustia señalados, se muestran constantemente preocupados por su salud y por el funcionamiento de sus órganos, aunque no generen los estados traumáticos antes descritos, pero que, sin embargo, sí se obsesionan lo suficiente con la idea como para estar observándose constantemente buscando, para autojustificarse, aunque sea de forma inconsciente, por su actitud, la comprobación de sus temores de enfermedad. Estas personas resultan un tanto problemáticas, ya de cara a los demás, por el hecho de necesitar constantemente que les hagan revisiones médicas, lo cual genera molestias a su alrededor, y el sentimiento de rechazo al descubrir que sus allegados no les hacen caso o, incluso, como ya comentamos, se burlan de ellos. Y puede ser aún peor cuando, al percatarse de todo esto, se erigen en médicos de sí mismos y comienzan a automedicarse consumiendo, exageradamente, medicamentos que, en el mejor de los casos, y lo más deseable, es que nos les hagan un daño real. Ciertamente, pues, el tema reviste la importancia necesaria como para ser tenido muy en cuenta y si se perciben en alguien cercano las primeras manifestaciones del problema, se debería tomar conciencia de ello y tratarlo convenientemente, para evitar la degeneración del mismo y el que llegue a extremos tales como esa angustia que mencionábamos y que, por sí sola podría ya ser causa de grandes daños en quien la padece. Porque, ya que de salud hablamos... ¿acaso no es tan importante la física como la psicológica?
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 18 de febrero de 1996. Cuando "El Alma" se defiende Hoy voy a ocuparme de un tema que ha sido motivo de consulta en varias ocasiones, en mi Gabinete de Psicoterapia. Me refiero a los Trastornos Psicosomáticos o, en un grado más problemático, a las Enfermedades Psicosomáticas. Ya hemos visto en otros artículos cómo diferentes estados psicológicos (ansiedad, estrés, angustia, etc.) conllevaban, en algunos casos, la aparición de una sintomatología física o funcional que alteraba, por sí misma, el desarrollo de la conducta normal de un individuo. Pues bien; estos trastornos psicofuncionales, que tienen más incidencia en el caso de los niños que en el de los adultos, aunque no por eso los adultos nos veamos libres de ellos, definen una perturbación en el funcionamiento de un órgano cuando no hay una causa de tipo físico que haya producido una lesión evidente en dicho órgano. Por eso, al enfrentarnos a una disfunción de estas características debemos, en primer lugar, descartar cualquier tipo de origen orgánico, por mínimo que sea. Una vez desestimados estos orígenes, tenemos por delante la tarea de establecer cuál es el mecanismo psicológico implicado en el trastorno, ya que debido a su diversidad y complejidad, podemos encontrarnos con que un mismo síntoma fisiológico o funcional provenga de diferentes alteraciones psicológicas o, incluso, de las distintas fases de su desarrollo. Entre los diversos trastornos psicosomáticos que pueden presentarse, mencionaremos los siguientes: Alteraciones del sueño; convulsiones; trastornos de tipo alimentario (anorexia, bulimia, ausencia de masticación...); trastornos digestivos (vómitos, cólicos, dolores abdominales...); trastornos de esfínteres (enuresis, encopresis...); trastornos respiratorios (asma); trastornos cutáneos (eccemas, urticaria, alopecia...), etc. Ante semejante abanico de posibles disfunciones, cabría preguntarse hasta dónde puede llegar el componente psíquico de una persona o, como algunos autores señalan, el poder de la mente. Por supuesto, la mayoría de estos problemas no están provocados conscientemente. A nadie le gusta sufrir de insomnio, o ver su piel invadida por unas manchas rojizas que, además de antiestéticas, producen unos picores o unos escozores insoportables. Pero esto no significa que su mente o su alma deban permanecer callados ante una situación psicológica aversiva que daña la integridad del individuo. Sería difícil en cuatro líneas tratar de explicar cómo el cerebro, auténtico motor tanto de la vida consciente como de la inconsciente de una persona, se rebela ante estímulos que le agreden; sin embargo, lo que está claro es que, disponiendo como disponemos de semejante centro de energía, la naturaleza nos haría un flaco favor si no hubiera dispuesto las cosas de manera que nos permita defendernos de lo que puede hacernos daño, incluso antes de que semejante enemigo se manifieste de forma consciente. Así pues, de la misma forma que ante una invasión vírica, nuestro organismo pone en marcha una serie de estrategias, que llamamos síntomas, y que nos indican que se ha producido tal o cual infección, lo que, por otro lado, nos urge a combatirla, así también nuestra mente o nuestra alma se sirve de todo un complejo protocolo de manifestaciones para poner en nuestro conocimiento que el equilibrio psicológico se halla amenazado por tal o cual estímulo, sensación o sentimiento. Y como la mente no cuenta con elementos visibles para mostrarse o para hacernos recabar en lo que está ocurriendo, tiene que echar mano de lo más inmediato que es el organismo físico que la cobija y que, a la vez, funciona a instancias suyas, merced a la energía que libera el cerebro. No hace mucho se me presentó el caso de un niño de siete años, hijo único, cuyos padres se separaron antes de que él naciera. Desde pequeño empezó a presentar eccemas en todo el cuerpo, que le producían una irritante sensación de picor y quemazón, lo cual empeoraba hasta cronificarse por la imposibilidad de conseguir que el niño no se rascase buscando, como hacía desesperadamente, un remedio para tales picores. Diversos dermatólogos apuntaban a cuestiones hereditarias agravadas por el clima. Por fin, uno de ellos planteó la posibilidad de que se debiera a un problema de ansiedad, a pesar de que siempre había estado muy arropado por su familia materna y a pesar de la buena relación que ha desarrollado con el actual compañero de su madre, identificándose con este adulto, aun a su corta edad, hasta en las mismas aficiones. Con este bagaje, habría que centrarse ahora en descubrir qué es lo que ha producido esa reacción en el niño desde una etapa tan temprana de su vida y por qué persiste aunque las condiciones afectivas y relacionales hayan variado sensiblemente. Todas estas manifestaciones del alma de una persona, y muy especialmente en el caso de los niños, son síntomas o signos que se destacan de forma concreta para poder afrontar los conflictos internos y el intento de suprimirlos sin tener en cuenta lo que los produce, puede ocasionar un aumento indeseado de los mismos, la sustitución por otros síntomas o, en el peor de los casos, la provocación de un desequilibrio más perjudicial aún para el necesario funcionamiento psíquico del individuo.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 17 de marzo de 1996. Hacia una Personalidad Sana (I) Vivimos en una sociedad trepidante, competitiva, estresante, en la que nadie, o muy pocos, quieren ser como son y todos, o la mayoría, quisieran ser como no son; donde nadie es más que nadie, pero todos nos comportamos como si lo fuéramos o, cuando menos, nos esforzamos en serlo. Esto genera en el individuo un estado de continua ansiedad, de continua preocupación; ocasiona, en definitiva, una alteración en el estrato psicológico del ser humano, lo cual tiene como resultado lo que podemos denominar como los males de nuestra sociedad o, en su versión más extremista, las enfermedades de nuestra sociedad. Cuántas personas aquejadas por problemas tan frecuentes como dermatitis, úlceras, taquicardias, dolores de diversa procedencia, insomnio, etc., acuden a las consultas médicas en busca de un remedio farmacológico adecuado que les ayude a superar su dolencia y cuántos oyen atónitos cómo el propio médico les dice que ese problema tiene una base psicológica y, por tanto, lo que realmente necesitan es una Psicoterapia y no la ingestión de un determinado medicamento. En el artículo anterior, aludíamos a la increíble capacidad de nuestro cerebro para que, en determinados casos, se produzca una curación fuera de toda explicación lógica. Pues bien, de la misma manera, es el cerebro o la mente de un individuo el que le puede llevar a presentar una determinada sintomatología física por el mero hecho de obsesionarse con la idea de que tal vez llegue a padecerlo, o como una forma inconsciente de llamar la atención del propio individuo, previniéndole contra algo que le está haciendo daño a nivel psicológico. Serían muchas las enfermedades, disfunciones o trastornos físicos que podrían ser tratadas exitosamente si en lugar de fijarnos en el síntoma que presentan, nos fijáramos y centráramos nuestros esfuerzos en combatir la obsesión, la depresión o la ansiedad, entre otras causas, que subyacen, aunque a veces de forma solapada, a ese problema que está dañando el buen nivel de vida al cual, legítimamente, todo ser humano aspira. Tomemos, por ejemplo, el caso de algunas depresiones. Cuántos hombres y mujeres se han visto obligados a pedir una baja laboral porque no se encontraban bien, porque presentaban una serie de dolencias indefinidas, que no sabrían detallar, pero que les provocaban un malestar continuo que les impedía levantar cabeza. Bien está recetar un psicofármaco o un medicamento adecuado que anime al paciente; en muchos casos, estos específicos constituyen una gran ayuda y no pretendo, de ninguna manera, repudiar su consumo. Pero ¿no sería más acertado, en vez de centrar lo esfuerzos en combatir el síntoma, descubrir qué es lo que produce esa depresión y atacar directamente sobre ello? Si ese síntoma aparece es porque algo lo origina; destruyendo el síntoma, se puede conseguir una mejoría transitoria, pero mientras no se actúe de lleno sobre sus orígenes, mientras permanezcan en el individuo las preocupaciones o los sufrimientos que generan esa depresión, lo que hoy ha desaparecido con la farmacología, dentro de un cierto tiempo, tal vez no demasiado largo, volverá a aparecer y quizá, incluso, con una mayor virulencia. Díganme ustedes, salvando las distancias, de qué sirve bajar la fiebre de un enfermo, si no se elimina la infección que la produce. ¿Cómo determinar qué es más importante: la salud física o la salud mental? ¿Cómo puede disfrutarse de una buena salud física si no se disfruta de una buena salud mental? A veces oímos a nuestro alrededor: "Está tan obsesionado con no morir del corazón que, al final, le va a dar un infarto". Convendrán conmigo en que sería más útil para esa persona tratarse la obsesión que le limita su actividad física, en lugar de ir cada dos por tres al Cardiólogo para que le recete un fármaco que prevenga el infarto. Pero volviendo al principio, mencionábamos que era la misma sociedad que nos acoge y nos mantiene la que nos puede dañar e incluso destruir. Pongamos por caso el hecho de que se nos obliga a consumir y no porque nos pongan una pistola en la cabeza, sino porque el vecino consume y "yo no voy a ser menos que él". Sin embargo, para poder consumir, hay que tener dinero, para tener dinero hay que trabajar más y más; para trabajar más hay que quitar tiempo al descanso necesario; si no hay descanso, la mente se fatiga; con fatiga psíquica no se rinde en el trabajo; si no se rinde y no se produce, no hay dinero y sin dinero no hay adquisición y, entonces, el individuo se deprime porque ha hecho todo lo posible y no le ha servido de nada; o se obsesiona con el fracaso y empieza a verse a sí mismo como un inútil, lo que le produce una inseguridad que le aísla y le deprime más; o se angustia porque el otro sí pudo y él no y se pica con ese otro a ver quién puede más. Y ¿qué me dicen del culto al cuerpo y al aspecto físico?... Los regímenes más severos que de entrada son efectivos, luego nos parecen poco. De eso a la anorexia o a la bulimia no hay más que un paso: la obsesión por ser el mejor desemboca en ansiedad y en estrés; la obsesión por ser el más atractivo puede llevar a trastornos en la alimentación o a depresiones por la no aceptación de la propia imagen; el fracaso en una tarea lejos, en ocasiones, de estimular a seguir adelante por otros medios, lleva a la inseguridad, a la minusvaloración y a la depresión. Y una sobreestimulación para conseguir algo, puede desembocar en insomnio, en impotencia sexual, en taquicardias, etc. Tal vez sea hora de que tanto la sociedad como sus individuos nos planteemos una atención adecuada para nuestra salud mental, la cual conllevará una mejor salud física, con influencia directa sobre el rendimiento laboral y la calidad de vida.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 24 de marzo de 1996. Hacia una Personalidad Sana (II) Revisaba el otro día una estadística sobre los problemas que motivaban con más frecuencia las bajas laborales y, además de los consabidos procesos gripales o catarrales, llamaba la atención el nivel tan alto en la escala que ocupaban las Depresiones, incluyendo en este punto, a su vez, y no está muy claro si como origen o como consecuencia de las mismas, la Fatiga Psicológica. El pasado domingo mencionábamos el hecho de que el ritmo laboral y personal que imponía nuestra Sociedad motivaba una serie de trastornos psicológicos que repercutían directamente, como si de un pez que se muerde la cola se tratara, en ese mismo ritmo laboral y personal. Ya hablamos en otra ocasión anterior de las Depresiones, de sus clases, etc. Por eso, hoy no voy a extenderme otra vez sobre lo mismo. Lo que ahora pretendo es llamar la atención sobre ese tipo de Depresión que está producido por las condiciones de la vida de una persona y su influencia en ese mismo ambiente. Partamos de lo siguiente: Al llegar a una determinada edad, los seres humanos sentimos la necesidad de vivir por nuestra cuenta, de depender exclusivamente de nosotros mismos; el problema es que en los concurridísimos estratos medio y bajo de la sociedad, este deseo está mediatizado por un serio condicionante: el Trabajo. Si no se trabaja, no se puede alcanzar esa deseada independencia, pero la necesidad de trabajar ya de por sí supone una importante dependencia. Las dificultades empiezan en el mismo momento en que se toma esta decisión, porque uno se ve obligado a buscar el trabajo adecuado que le permita ir satisfaciendo sus propias necesidades; y en esta búsqueda, se encuentra necesariamente con una competencia feroz, donde debe poner a prueba sus conocimientos, su valía personal y sus aptitudes y actitudes psicológicas. Pero tal y como está el mercado laboral actual, se puede ofertar un sólo puesto de trabajo para muchos aspirantes y con ello se presenta el primer problema. Hay que demostrar que se es el mejor para poder conseguirlo y esta demostración genera una fuerte tensión psicológica en el individuo, que permanece y aumenta progresivamente hasta que se llega al final del proceso selectivo. En este punto, se abren dos alternativas que también, aunque desde otras perspectivas, siguen manteniendo a raya el componente psicológico de una persona. Por un lado, y dadas las actuales circunstancias, está el resultado más frecuente: que no se consiga ese trabajo. Toda la tensión y la fatiga psíquica sufrida durante la fase selectiva se ve como algo inútil, que no ha tenido los resultados esperados. Si ese sujeto no mantiene una actitud serena que le permita sacar el mejor provecho posible de todo ello, de cara a intentarlo otra vez, su personalidad se derrumbará bajo el peso del sentimiento de impotencia, o de inutilidad; bajo la conciencia de haber hecho tanto esfuerzo para nada y se machacará a sí mismo con la idea de que no vale para nada; de que, si el otro pudo, él también debería haber podido; de que, quizá, no se esforzó lo suficiente y cuando alguien le habla de que puede que para la próxima vez, responderá: "¿Para qué? ¿es que va a cambiar algo?... yo seguiré siendo el mismo inútil de siempre..." Y lo que empezó como un deseo de independencia y de mejorar el nivel de vida, termina con un sentimiento de frustración, de culpabilidad, de inseguridad y, en su caso más extremo, pero sólo a un pequeño paso de lo anterior, con una depresión que le imposibilitará, hasta que sea tratada convenientemente, para que dirija sus esfuerzos hacia otras metas. Luego está la otra alternativa, la cual, en este punto inicial, es la más satisfactoria: Se han superado con éxito las pruebas y se ha conseguido el puesto de trabajo. La incorporación al ambiente laboral puede resultar un poco complicada pero, de entrada, todo se da por bueno. Sin embargo, con el paso del tiempo, se empieza a tener conciencia de que no es oro todo lo que reluce...; de que ese trabajo, al principio ideal y maravilloso, resulta rutinario y no permite alcanzar el nivel de vida que uno deseaba; porque con la consecución de unas cosas, también queremos otras más, y lo que en aquel momento bastaba para pagar la hipoteca del piso, y eso nos hacía felices, ahora ya no llega si queremos también ese coche, y esas vacaciones, y ese refugio en el campo para los fines de semana... Y si todo esto, aún a riesgo del estrés, la tensión y la ansiedad que conlleva, sirve de aliciente al individuo para dar un salto más en su carrera y colocarse en un escalafón superior, al menos momentáneamente verá compensado su esfuerzo; pero si se empieza a pensar que se ha llegado al límite, que nunca podrá conseguir lo que desea por más que se esfuerce, aparecen también aquí los sentimientos de inseguridad, de culpabilidad, la infravaloración personal; la Fatiga Psíquica acumulada hasta ese momento, empieza a dar muestras de su existencia; la asistencia al trabajo se hace cada vez más difícil de sobrellevar, porque ha perdido el aliciente que tenía en un principio; el ánimo decae y se entra en la Depresión, con la cual la baja laboral no se hace esperar. Quizá deberíamos ser más conscientes de nuestro propio desarrollo; de cómo se van superando los diferentes estamentos vitales, para que al menor indicio de fatiga, de tensión o de decaimiento, se pongan los medios adecuados para superarlo. Las Psicoterapias actuales facilitan variados métodos para hacer frente a estos problemas y reorganizar las cosas de manera que se pueda continuar adelante en el desarrollo personal, desde unas perspectivas más adecuadas y sin dar lugar a sumergirse en el agujero negro de la Depresión, que requerirá tratamientos más largos y complejos de cara a obtener unos buenos resultados.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 31 de marzo de 1996. Esa obsesión, nada sana, por la salud "Es un aprensivo", decimos algunas veces para referirnos a alguien que está todo el tiempo pendiente de su ritmo cardíaco, de su temperatura corporal, de la aparición o no de manchas en su piel. Constituyen esa clase de personas tan preocupadas por su salud que es esa misma obsesión por no estar mal, la que los lleva a ponerse mal. Porque se puede observar cómo, paradójicamente, su salud es más vulnerable que la del resto de los individuos. Todo esto nos lleva a una cuestión que ya ha sido esbozada en otros artículos, pero aún así, cualquier cosa que se diga al respecto parece quedarse coja; estoy aludiendo al Poder de la Mente. Ese mecanismo sorprendente que, por mucho que se investigue, no deja que nos acerquemos, ni remotamente, al total de sus posibilidades. Pero volviendo al principio, muy cerca de nosotros, incluso puede que nosotros mismos, porque es algo más común de lo que parece, podemos encontrarnos con personas que centran toda su actividad en la consecución de la buena salud o, dicho con más propiedad, en eliminar cualquier posibilidad de sufrir una enfermedad. Se trata de seres humanos que se levantan cada mañana buscando esa pastilla que les permitirá superar el día sin que un sobresalto les altere sus biorritmos; que, a continuación, cuentan sus pulsaciones para comprobar que todo está en orden; que vigilan estrechamente sus comidas, para evitar la ingestión de algo que pueda dañar su estómago... en resumen, que mantienen obsesivamente unas pautas de conducta destinadas, como si de un ritual sagrado se tratara, a preservar su cuerpo de cualquier cosa que le pueda perjudicar. Y así pueden llegar, incluso, a evitar casi el respirar con tal de impedirles la entrada en su organismo a los pequeñísimos microbios que inundan el aire. Puede que visto así parezca un poco exagerado, sin embargo y lamentablemente no lo es. Y digo lamentablemente porque las consecuencias de esta actitud no las padece en exclusiva el individuo afectado por esta Obsesión, sino que, con ella, trae de cabeza a todos los que le rodean ya que, ante la más mínima alteración, por ejemplo, en los latidos de su corazón, pone en pie de guerra a sus conocidos para que le lleven al hospital, en la creencia de estar al comienzo de un infarto. Lógicamente, este comportamiento obsesivo conlleva un desgaste, ya no sólo mental, sino también físico. Su explicación parece estar en el hecho de que el cerebro se ve tan bombardeado con preocupaciones, sensaciones negativas, etc., que llega un momento en que necesita dar la alarma y lo hace poniendo en marcha una serie de procesos que desencadenan una dolencia física real. Aquí se cierra el círculo, porque el Aprensivo comprueba cómo, desgraciadamente, él tenía razón al decir que se encontraba mal y al esforzarse tanto por remediar esa situación que, como luego se ha podido comprobar, la padecía realmente. O, en otro orden de cosas, ¿por qué una persona temerosa de sufrir un accidente de circulación es más propensa a darse un golpe con el coche, que otra que no piensa tanto en ese tema? La respuesta es muy simple: Esa cuestión le angustia realmente y su obsesión le lleva a ponerse al volante de su automóvil con auténtico pánico. Ahora bien, cuando se es víctima del pánico, parece como si la mente se embotara, como si no se pudiera pensar; esto disminuye la capacidad de reacción, los reflejos se paralizan y basta una simple casualidad, ocurrida en el arcén de la carretera y percibida apenas con el rabillo del ojo, para que se produzca el temido accidente. En todas estas obsesiones, lo que subyace, pues, es la angustia ante las hipotéticas consecuencias, el miedo a sufrir un daño físico y la certeza de que el mal pende sobre nuestras cabezas como la Espada de Damocles. El miedo, cualquiera que sea su procedencia y cualquiera que sea su manifestación, hace que el individuo se convierta en un ser vulnerable. Se suele definir el Miedo como un sentimiento vital de amenaza; es la vivencia de que algo puede hacer daño y tanto mayor es, cuando mayor es esa amenaza. El problema surge cuando no se produce la mencionada amenaza y, sin embargo, se vive esa misma sensación de miedo. Y es aquí donde entra en juego el componente obsesivo de la situación. A mi Gabinete de Psicoterapia han venido, en ocasiones, personas aquejadas de sensaciones físicas negativas, sin una base real que las explicara. En todas ellas, se presentaba el mismo elemento obsesivo que convertía un hipotético mal en una sensación auténtica y, en todas ellas, sin necesidad de ahondar demasiado en el problema, se producía un miedo, casi patológico, a experimentar determinados síntomas o a ser víctima de enfermedades concretas. Así era cómo ese mismo miedo les hacía estar absolutamente pendientes de su salud y tan desmedida atención se convertía en un auténtico ritual de exploraciones y actividades preventivas que pasaban a convertirse en algo vital; llegaba así un momento en que, si por cualquier circunstancia, no se había podido desarrollar ese protocolo, la persona en cuestión empezaba a temer que su descuido ocasionara la aparición del mal y se obsesionaba con esa presencia, hasta el punto de comenzar a experimentar la sintomatología inherente a la misma. Sería saludable no llegar a desencadenar semejantes procesos obsesivos, pero si ya se han establecido, seamos conscientes de ello para atajarlo convenientemente antes de que el cerebro haga de las suyas y nos sumerja en la temida patología.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 8 de diciembre de 1996. Nuestro inmenso Poder Mental (1) ¿Se han parado a pensar cómo es posible que alguien pueda simular su propia muerte y que durante algún tiempo ésta sea tan real que incluso un médico la certificaría? No se trata de ningún cuento; ocurre, para sorpresa de muchos. El poder de la mente es ilimitado y algunas personas, como es el caso de esta secta religiosa que tiene su origen en la India, han sabido desarrollarlo de tal manera que a los demás sus hazañas nos pueden parecer más el argumento de un episodio de "Expediente X". También podríamos considerar que, puestas así las cosas, habría posibilidad de conseguir muchas cosas de más envergadura, aunque también muchas cosas de menos, y quizá sea esto último lo que, por estar más a nuestro alcance, debería ser lo que constituyera nuestro objetivo. De entrada, sería preciso pararnos a pensar en lo que ya conseguimos, sin saber cómo lo hacemos y sin darnos cuenta de cuándo lo hacemos. Partamos de un hecho básico: la mente es como un caballo salvaje; si no lo dominas tú, es él quien te domina a ti; pero una vez que te has hecho con el control, lo tienes prácticamente comiendo de tu mano, con la ventaja añadida de que, en ese caso, sólo comería de tu mano, siendo tan salvaje para los demás como en un principio lo era para ti. Ahora bien, y siguiendo con este mismo ejemplo, la mente, cual caballo salvaje, cuando campa a su libre albedrío, no se está quieta, sino que se muestra muy activa, aunque haciendo cosas que a nosotros nos pueden fastidiar o, más aún, perjudicar. Y en este caso, sus trastadas pueden dar lugar a auténticos desequilibrios, tanto físicos y orgánicos, como psicológicos. Lo cual seguro que no hace falta asegurarles que no se trata de una broma. Veamos; sin ir más lejos, hoy en día se estima que, sólo en nuestro país, hay aproximadamente dos millones de personas afectadas por la depresión; personas que se han dejado arrojar a un pozo por una mente que, aprovechándose de su falta de control, ha ido minando las débiles defensas de esos individuos, jugando con ellos hasta que, a fuerza de convencerles de que no sirven para nada, les machacan hasta hundirlos terriblemente. Y si hay tantas personas con una depresión reconocida oficialmente, es escandalosamente alto el número de aquellas otras que simplemente dicen sentirse "depre", apáticas y prácticamente sin ganas de nada, pero sin haber llegado al extremo que caracteriza a una depresión. Otro tanto ocurre con las llamadas enfermedades o trastornos psicosomáticos. Si la mente descontrolada es capaz de producir úlceras, taquicardias, problemas en la piel, dolores de cabeza, etc., sería lógico pensar que, controlada debidamente, también sería capaz, como mínimo, de desenredar lo que ha enredado. Actualmente son incluso muchos los médicos que, aun tirando piedras contra su propio tejado, reconocen que una gran parte de los trastornos físicos que suele presentar el ser humano podrían ser superados sin tener que recurrir a la farmacología, la cual, en algunos casos, lo mejor que puede hacer es dejarle a uno como está; así pues, qué se podría decir de los trastornos emocionales o psicológicos. Aún son muchas las personas que se agarran a su pastillita, con el firme convencimiento de que sólo esa pequeña cosita les puede solucionar su problema. Bien; llegado a este punto, me atrevería a afirmar que es precisamente su convencimiento, a nivel mental, de que va a curarse, lo que realmente le cura y en ello no tiene nada que ver la química de un laboratorio farmacológico. En esta línea podría hablarles de numerosas investigaciones que demuestran la influencia de los llamados "Placebos", que no son otra cosa que simples caramelos con diferentes sabores "a medicina", o en casos más llamativos, simples dosis de agua con azúcar, etiquetados convenientemente para que la persona que tiene que ingerirlos crea "a cierra ojos" que está tomando una medicina milagrosa. En estos estudios, se tenía un grupo de personas que padecía un determinado trastorno orgánico. Dividido este gran grupo en dos subgrupos, a uno de ellos no se le daba nada y al otro se le administraba el placebo, que era lo mismo que no darle nada, pero advirtiéndole que se trataba de un nuevo medicamento con un gran efecto curativo. Los resultados no se hacían esperar y al cabo de un tiempo, mientras que el primer grupo seguía igual, el segundo había experimentado una importante mejoría. ¿La explicación? Pues simplemente porque se les predisponía en favor de esa sustancia y su mente trabajaba en función de esa predisposición, lo que es lo mismo que controlar esa mente o, como algunos dirían "comerle el coco". Considero oportuno hablar de esto en ocasiones sucesivas, concretando en la medida de lo posible lo que por ahora no he hecho más que esbozar pero, por lo pronto, basten estas líneas para introducirnos en un mundo que, por más real que sea, puede parecernos alucinante, aludiendo a nuestro propio poder mental el cual, debidamente desarrollado, nos llena de facultades y de recursos que permiten afrontar con un cierto éxito las diferentes situaciones que se nos pueden plantear. Vivimos pensando, casi de forma ciega, cómo conseguir esto o lo otro, pero sin darnos cuenta realmente de que vivimos. Constreñimos nuestras propias facultades en pos de objetivos concretos, en vez de potenciar y desarrollar esas facultades y muchas más que tenemos pero que ni nos molestamos en conocer; lo que supone tanto como afirmar que no nos tomamos el más mínimo interés por nosotros mismos, al menos no por lo que probablemente más debería importarnos.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 15 de diciembre de 1996. Nuestro inmenso Poder Mental (2) Hoy, continuando con el tema que iniciamos la semana pasada, pretendo centrarme en la problemática de algunos trastornos psicosomáticos, los cuales, por tener una apariencia y localización física, se suelen tratar, de entrada, vía médica y sólo después de infructuosos intentos terapéuticos o de innumerables pruebas que no demuestran o no encuentran nada concluyente, a veces es el propio médico quien toma conciencia del verdadero origen del problema y nos remite al paciente a nuestros Gabinetes de Psicoterapia. Partamos, por ejemplo, de las llamadas Sensaciones de Ahogo, las cuales pueden llegar a extremos tan angustiosos que sumergen a la persona que las padece en el pánico a la asfixia y, por tanto, a su propia muerte. La reacción más lógica de sus víctimas es acudir al Servicio de Urgencias de un Hospital, porque esa sensación de ahogo es real y lo primero que se piensa es que algo está obstruyendo su laringe. Sin embargo, aunque la sensación sea tan real, eso no significa que sea realidad. Tras una exploración a fondo, les dirán que no tienen nada y puede que, incluso ya allí, les informen de que puede tratarse de algo "de nervios". No lo echen en saco roto. Háganse todas las pruebas que quieran si eso les tranquiliza, pero llegado a este punto, es cuestión de plantearse la visita a un Psicólogo, porque sólo este profesional les puede ayudar a superar el problema. Mediante Técnicas de Psicoterapia se puede entrar en el fascinante mundo del control de la mente; y no quiero que piensen en ello como algo propio de la Parapsicología, ni que intenten servirse de los llamados "mediums"; no se trata de experimentos ocultistas. De lo que les estoy hablando es de desarrollar una serie de facultades y de recursos que tenemos todos los seres humanos, porque nuestro cerebro está capacitado para eso y para mucho más, de forma que, si en un futuro sobreviniera otra vez esa sensación de ahogo, ustedes, sus víctimas, sepan cómo reaccionar para que su mente se haga con el control de la situación, anulando esa desagradable sintomatología. Y qué decirles de los dolores de cabeza. Dolores que sobrevienen, en muchas ocasiones, como consecuencia de situaciones de ansiedad o de estrés, entre otras. Si es nuestra mente quien los produce, por qué no la domesticamos para que sea ella misma la que nos libre de ellos, en vez de recurrir a una pastillita que, puede que consuele algo, en el mejor de los casos, aunque yo creo que lo que en realidad funciona es la sugestión que conlleva su ingestión. Porque fíjense en el proceso que seguimos, ya sea consciente o inconscientemente: Empieza el dolor y, aunque en un primer momento no queremos hacerle caso, parece como si se empeñara en llamar nuestra atención y aumenta su intensidad; a partir de aquí ya no podemos negarlo y comenzamos a quejarnos y a centrarnos más en su presencia; lógicamente, esto impide que disminuya porque ya sólo pensamos en él y nos dedicamos a sufrirlo que es, justamente, lo que él quiere. Pero como todos tenemos una determinada resistencia, más tarde o más temprano llegamos a sus límites y decimos: "Me voy a tomar una pastilla, porque si no, no se me pasa". Fíjense bien en esto: "si no, no se me pasa"; o sea, tomamos conciencia de que sólo esa pastilla tiene poder para eliminar nuestro dolor; quedamos condicionados a tomarla para superarlo, pero a la vez nos sugestionamos con la idea de sus efectos curativos; es tanto como ordenarle a nuestra mente que se prepare para eliminar el dolor y que cuando entre esa sustancia en nuestro cuerpo, se va a terminar el problema; lógicamente, ante ese imperativo, a la mente no le queda más remedio que actuar y actúa. Y ahora piensen un poco: ¿No les suena esto a las órdenes que dan los hipnotizadores a las personas que se ponen en sus manos? ¿no sería tanto como un procedimiento de autohipnosis? Pudiera parecerlo, pero es mucho más simple, ya que no es necesario perder la conciencia para conseguirlo; se trata de algo consciente. Pues bien, si su dolor de cabeza no tiene ningún motivo orgánico o fisiológico, evítense problemas de reacciones secundarias en su estómago y eliminen la pastilla, porque si es su mente, en definitiva, la que les quita el dolor de cabeza, lo mismo se puede servir de la muleta de la pastilla como de otra cosa. Todo es cuestión de enseñarla a actuar de una determinada manera en según qué casos concretos. Además, con la ventaja añadida de que es mucho mejor que el ser humano domine a una parte de sí mismo (en este caso, su mente), que el caso contrario, o sea, que sea esa parte (su mente) la que le domine a él. Si me permiten hablarles de mi propia experiencia profesional, les diré que a mi Gabinete han llegado algunas personas aquejadas con dolores de cabeza o de estómago (entre otras varias sintomatologías) y venían ya desesperadas, como último recurso, y desencantadas por los escasos resultados obtenidos por otros medios. Lo que se hizo fue llegar hasta la situación que les estaba alterando psicológicamente, la cual, aparentemente, no tenía nada que ver con la sintomatología que presentaban. A continuación, se ayudaba a la persona a potenciar una serie de recursos propios encaminados a conseguir su objetivo. Después, todo se reducía a una cuestión de práctica y de constancia y al cabo de unas cuantas sesiones, los síntomas habían desaparecido... Creo que seguiremos hablando de esto...
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 22 de diciembre de 1996. Nuestro inmenso Poder Mental (3) Fíjense si tiene importancia el equilibrio psicológico en una persona que es directamente responsable de su equilibrio físico. A nadie se le escapa el hecho de que, cuando alguien se siente bien, animado, "feliz", no suele quejarse de dolores o de trastornos físicos; de la misma forma que si es un enfermo el que, por cualquier causa, se siente animado o de buen humor, en esa misma proporción percibe que su salud mejora e, incluso, algunos afirman que los medicamentos que se ven obligados a tomar "¡por fin empiezan a hacer efecto!". También se ha podido comprobar en innumerables ocasiones la influencia que tiene sobre un paciente el carácter cercano y amistoso, o rígido y distante o, a veces, grosero y prepotente, de un médico; en el primer caso, el paciente se siente "bien atendido" y eso repercute considerablemente en la rápida desaparición o mejora de la enfermedad; mientras que, en los otros extremos, el paciente tiene conciencia de que su salud no mejora y, con frecuencia, necesita recurrir a otro médico que le aplique otro tratamiento más adecuado. Como vemos, el talante con que el paciente visita a su médico o el que manifiesta el médico cuando recibe al paciente, tienen mucho que decir a la hora de que un trastorno físico mejore o desaparezca. Esto nos llevaría directamente a reconocer que los procesos mentales que desarrolla el paciente tienen una importancia decisiva en su propia salud, por lo que, en la mayoría de las ocasiones, no estaría de más que se combinaran tratamientos médicos con terapias psicológicas. En este sentido, resulta especialmente llamativo el caso de algunos problemas que se manifiestan con manchas o eccemas en la piel, las cuales, además de ser muy antiestéticas, resultan muy molestas por el escozor o los picores que producen y que obligan a su víctima a tocar frecuentemente la zona afectada, lo que hace que se mantenga en problema en su aspecto físico. Sirva como ejemplo el caso de un niño que, desde que nació, vivió en su casa una situación nada agradable. Sus padres se habían separado de hecho, que no de derecho, un poco antes de nacer él, lo que significa que ya antes de nacer podía percibir en su madre una tensión en modo alguno saludable; físicamente, durante el embarazo, la mujer se había cuidado lo mejor que había podido pero, evidentemente, a nivel psicológico, las cosas dejaban mucho que desear. El parto fue normal y el niño nació bien aunque, como ya digo, no le quedaba más remedio que vivir la tensión que se palpaba en su casa, estando su madre entre abogados y visitas al juzgado cada dos por tres, debido a las características nada "amistosas" de la separación. A los dos años, los problemas con el exmarido eran, si cabe, aun más llamativos y fue entonces cuando el niño empezó a presentar sus primeros problemas de piel; ningún tratamiento médico le hacía efecto y, como le picaba mucho, se rascaba constantemente, agravando más la situación debido a las heridas que él mismo se hacía. En una ocasión, y esto no es más que una anécdota entre las innumerables que se dieron de estas características, cuando contaba tres años de edad, había ido su padre a verle y como, según era su costumbre, llegó con ganas de pelea, la madre, en un intento de evitar que el niño lo presenciara, le pidió a su hermana que se lo llevara a otra habitación y le entretuviera con unos juguetes. Sin embargo, y a pesar de que no hubo ninguna palabra más alta que otra, al cabo de un rato el niño, quizá presintiendo algo, salió corriendo de la habitación y fue hacia donde estaban sus padres, sentándose, sin decir absolutamente nada, en el sofá al lado de su madre; a continuación y abrazándose a ella, lanzó a su padre una mirada tan dura como despectiva, lo que hizo que éste se marchara sin despedirse; hay que añadir que la madre había estado todo el rato llorando en silencio. A partir de este momento, el problema de la piel del niño empeoró y sólo mejoraba durante los días que, cada verano, pasaban en la playa. Dos años después, la madre conoció a otro hombre, con el que empezó a salir; ella estaba más tranquila, pero su exmarido volvió a la carga, quizá en un intento por fastidiar la incipiente felicidad de la mujer. Ni qué decir tiene que el niño seguía con su problema y con él ha seguido, sin que ningún tratamiento médico (y parece ser que fueron muchos) hiciera efecto, hasta hace poco más de un año en que, por fin, todo parece haber quedado en su sitio (el niño ya cuenta con ocho años de edad). Se han trasladado a otra ciudad y aunque su madre no se ha casado con ese otro hombre, conviven los tres juntos como cualquier otra familia ya que, a parte de la estabilidad sentimental de la madre, entre el niño y ese hombre se ha afianzado una relación afectiva bastante buena y sólida, hasta el punto de que, el Día del Padre, le hizo un regalo, reconociéndole no como padre, porque el niño tiene muy claro quién es su padre biológico, pero sí como esa persona a la que quiere como tal. Del problema de piel apenas queda ya nada, aunque sí quedan las cicatrices de las heridas que se hizo y que llenan la espalda, los brazos y las piernas, como testigos mudos de lo que ese niño sufrió en su piel como consecuencia, parece que directa, de un problema emocional doble, porque al que él tenía hay que añadir el que percibía en su madre. Todo esto no es más que un caso entre miles, y aunque las manifestaciones físicas sean diferentes, son claros ejemplos de la influencia que tienen los procesos mentales y psicológicos en el equilibrio físico y orgánico. Y es para tomárselo en serio ¿no creen?
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 29 de diciembre de 1996. Nuestro inmenso Poder Mental (4) Ya alguien dijo una vez que "Si nuestro cerebro fuera tan simple como para poder entenderlo, de todas formas seríamos tan tontos que no lo podríamos entender". Hay muchas cosas que no sabemos y puede que nunca lleguemos a averiguar sobre cómo funciona, en realidad, la mente humana. Todas las personas, unas más, otras menos, nos hemos sentido alguna vez frustrados al descubrir que no somos capaces de conseguir unas determinadas metas que nos habíamos propuesto; a veces, nos vemos atrapados en una rutina que no sabemos cómo superar y, para no amargarnos más la existencia, utilizamos un mecanismo de defensa, yo diría que equivocado, que llamamos Conformismo: "Soy así, esto es lo que hay, así que será mejor que lo acepte". Sin embargo, no podemos quedarnos en esto; si todos pensáramos lo mismo, nuestra especie desaparecería al no ser capaces de evolucionar de acuerdo con las exigencias de cada día. A lo largo de los años, en nuestro cerebro se van formando "circuitos", según cita el Dr. Benson, de la Universidad de Harvard (Estados Unidos, 1987); es decir, vías físicas que controlan nuestros pensamientos, nuestras actuaciones y nuestros sentimientos; y quedan instauradas de tal manera que parece que ya es algo inamovible; no obstante, esto no es así, porque de la misma forma que se han hecho, se pueden deshacer o modificar; y si esto resultara difícil (que lo es, para qué vamos a negarlo), podríamos decir que igual que se han hecho unos "circuitos" para actuar de una determinada manera ante un determinado estímulo, también se pueden hacer otros para responder de otra forma ante ese mismo estímulo; todo es cuestión de proponérselo y de trabajar con constancia y sin rendirse para conseguirlo. Baste un ejemplo, comprobado por el mencionado Dr. Benson y un grupo de colaboradores, para hacernos una idea de lo que nuestra mente, bien entrenada, puede conseguir. Estos investigadores viajaron hasta un monasterio del Tibet donde, según sus informaciones, los monjes habían conseguido, gracias al adiestramiento de su cuerpo y de su mente, unas capacidades difícilmente imaginables. En la medianoche del día 5 de febrero de 1985, diez monjes (acompañados del equipo de observadores, los cuales iban tapados, como suele decirse, hasta las orejas), sin más indumentaria que unas sandalias, un taparrabo y una ligera tela de algodón a modo de capa, se dispusieron, sobre un monte desnudo a 6.200 metros sobre el nivel del mar, y a 18º centígrados, bajo cero, a pasar la noche a la intemperie. Llegado el momento, se quitaron las sandalias y se sentaron en cuclillas, inclinando la cabeza hacia adelante, hasta apoyarla en el suelo. En esta posición y, como digo, prácticamente desnudos, empezaron un período de meditación que no abandonaron hasta ocho horas después. Ni siquiera reaccionaron cuando, a primeras horas de la mañana, les cayó encima una ligera nevada. Se limitaron a permanecer inmóviles, meditando, durante esas ocho horas consecutivas, tan quietos que los observadores pensaban que se habían congelado. Al cabo de ese tiempo, respondiendo al sonido de un cuerno, se pusieron de pie, se sacudieron la nieve, se calzaron las sandalias y bajaron hasta su monasterio tan tranquilos, como si hubieran pasado la noche (una noche de -18º C.) en el mejor y más confortable hotel. En todo este tiempo, a ninguno se le vio temblar ni una sola vez, lo cual constituye la reacción más lógica de nuestro cuerpo para generar el calor que necesita a fin de poder mantenerse con vida a bajas temperaturas. No les hacía falta. Su mente estaba dando las órdenes necesarias para que su cuerpo se calentara en total quietud, sin temblores ni ejercicio físico. Por supuesto que no es cuestión de que el resto de los mortales intentemos prepararnos para pruebas como ésta; pero quizá el hecho mencionado nos ayude a comprender de lo que podemos ser capaces. Y si se pueden conseguir tales imposibles, ¿es que acaso no vamos a intentar superar las pequeñas pruebas de cada día? Tal vez estas cosas nos animen a enfrentar nuestros insuperables problemas. Partamos de un hecho básico: los hábitos, las pautas de pensamiento y las actitudes no son algo rígido; nuestra mente es moldeable y capaz de dejarse imprimir formas y disposiciones nuevas; y todo esto es posible porque los, aproximadamente, 10.000 millones de neuronas que constituyen nuestro cerebro y que pueden establecer billones y billones (con B) de conexiones entre sí, entablan estas conexiones en función de los cambios que realizamos en nuestras pautas de comportamiento o de pensamiento. Así, por ejemplo, si como resultado de una determinada interpretación ante un estímulo concreto, hemos desarrollado una fobia, con esto hemos creado unas específicas conexiones entre neuronas; por tanto, si conseguimos establecer otras conexiones diferentes, las que inicialmente mantenían la fobia pueden ser reemplazadas o alteradas, eliminando de nuestro repertorio emocional y conductual esa respuesta que nos hace tanto daño a nosotros mismos. No les estoy hablando de Ciencia-Ficción, ni de operaciones mentales propias de seres extraterrestres. Me permito presentarles a los auténticos "Ustedes Mismos". No somos seres limitados; así pues, tenemos la obligación moral de no limitarnos. Vivimos centrados en nuestros problemas personales, buscando constantemente la manera de solucionarlos y me atrevo a afirmar que es en nuestra propia mente donde están las auténticas respuestas. Sólo es cuestión de trabajar, con o sin ayuda, para acceder a ellas.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 26 de enero de 1997. Las relaciones Mente - Cuerpo Muchas veces hemos oído hablar de Trastornos Psicosomáticos como esas alteraciones orgánicas que tienen su origen en causas puramente psicológicas; de hecho, a lo largo de estas páginas se ha tratado en alguna ocasión este tema. Asimismo, se ha podido comprobar cómo la excesiva preocupación que un individuo llega a tener por su salud, le genera en ocasiones una presencia de síntomas o de dolores que llegan a convertirse, al menos desde el modo de sentir del propio sujeto, en algo real; aunque luego, las pruebas y revisiones médicas pertinentes demuestren que no se da ninguna alteración orgánica que pueda ser responsable de esa sintomatología. Por otro lado, la práctica en algunos centros hospitalarios (controlada y observada directamente por profesionales) ha sacado a la luz hasta qué punto puede afectar en la mejoría de un paciente o en la persistencia de su enfermedad el hecho de que los médicos y el resto del personal sanitario se muestren muy cercanos y muy agradables con ellos o, por el contrario, se presenten como distantes e, incluso, ariscos y la relación, en cualquier caso, ha sido directamente proporcional. Con todo esto, en los últimos años se está situando en una posición relevante lo que los profesionales de la Sanidad (Médicos, Psicólogos Clínicos, Psiquiatras, Personal Sanitario, etc.) hemos denominado Psicosomática; entendida ésta como una disciplina científica, centrada en el estudio de las relaciones que se pueden establecer entre los factores psicológicos, sociales y biológicos para el desarrollo de la salud o la enfermedad en los seres humanos. Ahora me propongo hablarles de todas esas cosas con la intención de que, en la medida de lo posible, todos, tanto profesionales como posibles pacientes o como amigos y familiares de esos posibles pacientes, mejoremos las condiciones que redundan en nuestra salud en general y, como consecuencia de ello, en nuestra calidad de vida. En el trabajo diario desarrollado en mi consulta, he observado cómo se van sacando a la luz mecanismos psicológicos que son responsables directos de alteraciones fisiológicas. Así, problemas en la afectividad o negaciones de sucesos reales (por una huida inconsciente de la situación en sí), pueden dar lugar a somatizaciones con un cuadro sintomático concreto que altera profundamente las condiciones del individuo, tanto en su manera de comportarse en relación consigo mismo, como en sus relaciones con los que le rodean, cerrándose así el siguiente círculo: Un problema psicológico provoca una alteración orgánica o funcional; como esa alteración orgánica "se ve", se intenta tratar por vía médica el problema, pero aunque, en ocasiones, se da una disminución, lo cierto es que los síntomas no desaparecen por completo; esto genera una desconfianza en el paciente con respecto a esos tratamientos, que agrava sus condiciones emocionales; al agudizarse la indefensión emocional, los síntomas físicos vuelven a aumentar y así sucesivamente. Esto nos lleva a la conclusión de lo necesaria que puede llegar a ser, para el tratamiento de determinados trastornos o enfermedades, la combinación de las terapias médicas y psicológicas e, incluso (aunque parezca que con ello arrimo el ascua a mi sardina) lo decisiva que puede ser una Psicoterapia para eliminar algunos trastornos que la Medicina se ha declarado como incapaz de erradicar (con esto hago alusión algún tipo de dolor o "malestar" que no encuentra remedio en los tratamientos médicos habituales). Asimismo, las características psicológicas de cada persona en concreto, pueden ser decisivas para la eficacia o inutilidad de un determinado tratamiento para un determinado trastorno orgánico, hasta el punto de que ese mismo tratamiento para unos puede ser milagroso, mientras que en otros casos hemos oído decir "pues a mí no me ha hecho nada". Y en esta misma línea, se ha observado cómo esas características psicológicas concretas son determinantes, ya no sólo de cara a la actuación de un tratamiento, sino incluso como explicación a la vulnerabilidad o resistencia ante una enfermedad concreta o a cualquier tipo de desajuste personal. Así pues, factores generalmente considerados como indeseables, los que favorecen el fracaso ante las demandas ambientales y sociales o los objetivos personales, los que dificultan la comprensión, el control o la previsión de la propia situación individual, los que disminuyen la autoestima y favorecen la insatisfacción, aumentan las posibilidades de que se presenten una gran variedad de trastornos o enfermedades; mientras que los factores psicológicos que suelen considerarse como óptimos o deseables, favorecen el éxito personal, aumentan la autoestima, propician la satisfacción y la estabilidad emocional y disminuyen el riesgo de sufrir trastornos físicos. Sirva como ejemplo el caso de una mujer, ama de casa por dedicación y por vocación, que había vivido absolutamente pendiente y dependiente de la crianza de sus hijos y de sus responsabilidades como madre y que, en un momento dado, comenzó a sentir trastornos digestivos que, poco a poco, fueron degenerando en un brote ulceroso. Y se da la circunstancia de que este momento dado coincidió con la boda de su hija y con la marcha de su hijo, con una beca, para estudiar en Londres, quedando el matrimonio sólo en casa. Es decir, con la independencia de sus hijos, (motivo fundamental, durante muchos años, de su existencia), perdió su justificación ante la vida, lo cual desorganizó sus esquemas mentales hasta el punto de verse a sí misma como una inútil, causa directa de la degeneración de su funcionamiento orgánico.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 9 de febrero de 1997. Ese Dolor Crónico e "Incurable" Se habla mucho del Dolor y sabemos el malestar que sentimos cuando algo nos duele, pero ¿qué se entiende por dolor?... Lo primero que hay que tener en cuenta es que se trata de una experiencia emocional, subjetiva, que no se puede medir de forma material y que suele estar estrechamente relacionada con experiencias anteriores motivadas por diferentes estímulos y las respuestas que éstos ocasionan. Por un lado, es algo personal pero, por otro, es una respuesta condicionada para protegernos físicamente de males mayores. Ahora bien; también se trata de mucho más. Puede ser una forma de comunicar o de expresar los resultados negativos de una determinada vivencia: "Su adiós me causó un profundo dolor"; y, sobre todo, se trata de algo muy íntimo, directamente relacionado con la propia esencia del individuo: Su manera de sentir, tanto lo que le rodea como lo que sale de él mismo. Así pues, si tuviéramos que dar una definición concreta de lo que es el Dolor, existe el acuerdo de que se trata de una percepción; reacción ante algo y, a la vez, manifestación emocional con una intensidad y tolerancia que depende de la experiencia pasada, lejana o inmediata, del individuo. Es, a mayores, como ya dije, otra forma de comunicación. No obstante, de ninguna manera puede decirse que todos los dolores sean iguales y todos signifiquen lo mismo: Daño. Entonces, debemos empezar por diferenciar el dolor Agudo del dolor Crónico. El primero va asociado a lesiones físicas puntuales o situaciones emocionales concretas, con una duración limitada; mientras que el Dolor Crónico es aquel que se percibe y manifiesta de forma persistente en el tiempo, con lesiones físicas o sin ellas, y en ausencia de cualquier conflicto o trastorno emocional consciente; esto hace que la persona que padece el dolor crónico vea su vida como algo intolerable y se sienta a sí mismo como un ser desgraciado, lo que puede abocarle a una depresión. Algunos estudios han demostrado que los mecanismos físicos del dolor (periferia - cordones medulares - cerebro - sistema límbico - hipotálamo y córtex) están bajo un poderoso control cognitivo o mental, influenciado por factores sociales, culturales, de atención, etc. En esta misma línea, podría pensarse que ese dolor actuaría como un repelente de otros sentimientos o ideas perturbadoras, con la misión de mantener esos conflictos psicológicos fuera de la consciencia, desplazando la ansiedad que los mismos pudieran producir y sustituyéndola por una realidad psicológicamente más soportable, a la vez que, con ello, también se podrían satisfacer una serie de necesidades afectivas, de atención, de mimos, etc. Por otro lado, se ha podido observar que personas que nos han sido remitidas desde consultas médicas con un determinado e inexplicable dolor crónico, manifestaban un componente psicológico muy disgregado y confuso; es decir, no eran capaces de definirse a sí mismos de ninguna manera y presentando lo que nosotros denominamos quejas inespecíficas; esto nos llevaba a concluir que ese dolor crónico les permitía definirse, que les permitía asumir un rol, aunque fuera el de enfermo, con lo cual se autoasignaban una identidad concreta, gracias a la cual poder situarse en la realidad social. Y, una vez asumida esta identidad, ¿por qué se enganchaban a ella?... Pues por la sencilla razón de que, a través de ese dolor, podían esperar una ayuda concreta, una reacción por parte de los demás que aliviara su angustia. Ahora bien, no todo queda en esto y lo cierto es que ese mecanismo de defensa puede resultar un poco más complejo ya que, a mayores, la expresión del dolor puede servirles para controlar y manejar la conducta de los demás, lo que les daría un cierto poder al que suele ser difícil renunciar. Puede hacer que los que le rodean se vean en la obligación de cuidarle y de satisfacer todas sus necesidades, tanto físicas como afectivas; también puede castigarles, impidiendo que disfruten de las atenciones de alguien que se ve en la necesidad de cuidarle a él (es el caso del hijo de una madre, o un padre, separado que, ante la posibilidad de una nueva pareja, empieza a sentirse mal para que su madre, o su padre, se tenga que volcar en sus cuidados y descuide a su posible nueva pareja). Además, la excusa del dolor les permite expresar, en ocasiones, una irritabilidad, una dureza o una tiranía que en otra situación no se les consentiría, pero que, así, se les puede perdonar porque están enfermos. Es, en última instancia, la expresión más justificable posible de algunas personas, con el objeto de tener a otras siempre pendientes de ellas, a fin de sentirse seguras. O, en otros casos, la expresión de una huida ante una situación temida; antes que verse en la necesidad de enfrentarse a algo que les provoca una gran ansiedad, "prefieren que les duela algo" para justificar su retirada. Bajo estas condiciones, su cerebro se pone a actuar originando realmente ese dolor; si la huida es ante toda una manera de vivir, como se apuntó más arriba, el dolor pasa a ser algo crónico. Por todos estos motivos, aquellos pacientes que presentan ese tipo de dolor que se prolonga bastante en el tiempo, no suelen reaccionar positivamente ante los tratamientos médicos que se les ofrecen; ya que han ido conformando su identidad como personas sufrientes, con incapacidad para hacerse cargo de algunas situaciones que les rodean. Sin embargo, consciente o inconscientemente, buscarán a los profesionales de la Medicina para que éstos, mediante su intervención, puedan legitimar su rol, aunque quizá, cubriéndose las espaldas ante los propios médicos, les presenten su dolor como algo "que no tiene remedio". Además, temiendo que consideren que su padecimiento es fingido o imaginario, tienden a no facilitar casi ninguna información sobre su estado emocional o sobre cualquier otro aspecto ajeno al dolor en sí.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 16 de febrero de 1997. Emociones y Corazón Siguiendo en la línea que hemos planteado desde hace algunas semanas, mediante la cual estamos destacando la gran importancia que tienen las características psicoafectivas de una persona en sus condiciones de salud, hoy voy a centrarme en una determinada patología que, en la actualidad, constituye la causa más frecuente de muerte en los países desarrollados: las Enfermedades Cardiovasculares, las cuales, debido a su implacable actuación, constituyen uno de los principales objetivos de los programas de Salud Pública. Y si hay algo que llama poderosamente la atención en todo esto es que, cada vez, afecta a más personas de mediana edad y a individuos jóvenes, que ven alarmantemente reducidas sus posibilidades de supervivencia cuando se les presenta una crisis de estas características. Una alteración emocional, por ejemplo una ansiedad generalizada, unida a ciertos hábitos sociales, como puede ser el consumo de alcohol, el tabaco, etc., puede dar lugar a una hipertensión que se erigiría como el caldo de cultivo más propicio para la aparición de una cardiopatía. Pero esto, naturalmente, no se queda aquí, sino que tal posibilidad genera en el individuo un aumento de la ansiedad, con lo que se va formando una cadena de factores de riesgo que convierten a su víctima en una persona irascible. A mayores, este individuo se ve aprisionado en un grupo social competitivo y hostil, donde las relaciones interpersonales no son precisamente una excusa para disfrutar, sino más bien la plataforma de lanzamiento hacia la lucha. No tenemos más que fijarnos en una simple expresión muy usada cuando saludamos a algún conocido por la mañana: "¿Qué... a la lucha?". Sin embargo, lo peor de todo es el hecho de que esta concepción de la vida se nos va inculcando ya desde el Jardín de Infancia, y a medida que vamos creciendo, se nos instiga y presiona, a veces muy sutilmente, para que vayamos adquiriendo los vicios sociales. No tenemos más que ver a grupos de adolescentes en los que alguno de ellos fuma; poco a poco, los demás les irán imitando, independientemente de que les guste o no, pero como los otros lo hacen... Pues bien, si a todas estas maniobras o manipulaciones sociales, en el transcurso del desarrollo del individuo se van añadiendo pérdidas afectivas, situaciones de impotencia, reacciones de defensa exageradas... ya tenemos todos los ingredientes necesarios para un cóctel explosivo y, entonces, sólo es cuestión de que caiga la gota que colma el vaso. Algunos autores (1974) dieron la siguiente definición de toda esta conducta de riesgo: "Una compleja acción - emoción que puede ser observada en cualquier persona que se encuentra agresivamente rodeada, con un esfuerzo crónico y continuo para realizar cada vez más cosas en cada vez menos tiempo..." Sería, pues, un estilo de vida con tendencia a la competitividad, prisa, impaciencia, hostilidad, irritabilidad y excesivamente activo. Y no podemos seguir adelante con este tema sin mencionar el consabido estrés. Se trata de una reacción de tensión del organismo (según Selye), frente a una situación de alarma o de peligro. Esto, por supuesto, genera una ansiedad que se manifiesta, en el sistema cardiovascular, con taquicardias, palpitaciones, opresión y dolor, etc. Pero es que, además, hay otra alteración emocional capaz de constituirse en factor de riesgo, o de agravar el efecto de otros riesgos más evidentes, al descuidar considerablemente las mínimas atenciones personales; estoy citando ahora la Depresión, cuya influencia no debe ser desestimada en absoluto, aunque normalmente se hace, debido a sus características de apatía y de lasitud, en clara oposición a la hiperactividad o a la excesiva tensión que normalmente parecen estar detrás de estas patologías. En todo caso y aunque no hay una tendencia clara, por parte de las instituciones, hacia la previsión o tratamiento de los factores psicoafectivos y sociales que pueden influir en el desarrollo de estos trastornos, sí es cierto que todos estos componentes se trabajan mucho más ahora que antes, especialmente en la rehabilitación tras haber sufrido un infarto de miocardio; hasta el punto de que no puede hablarse de rehabilitación fisiológica que no vaya directamente unida a una rehabilitación a nivel psicológico y psicosocial. Y los objetivos que se pretenden con ello son, básicamente, los siguientes: disminuir los factores de riesgo que desemboquen en un nuevo infarto; aumentar la supervivencia estabilizando o mejorando las características psicoafectivas y facilitar la reincorporación al mundo laboral, promocionando una mejora de la calidad de vida del paciente en su ámbito psicosocial. Por otro lado, y en este mismo sentido, sería necesario estar atentos a las lógicas depresiones que sobrevienen tras superar una crisis cardíaca que pueden desencadenarse como consecuencia de la pérdida de expectativas (parece como si ya no se pudieran hacer ciertas cosas que antes se hacían y disfrutaban); el sentimiento de invalidez que esto conlleva y que suele ser desproporcionado con relación al estado físico real del paciente; la autolimitación de actividades que podrían mejorar la autoestima (deportes, actividad sexual, dietas de adelgazamiento, etc.); la consideración por los compañeros de trabajo de que el paciente es una persona débil que ya no puede asumir ciertas responsabilidades laborales; la autoinculpación por haber desarrollado unos hábitos de vida que le han producido el infarto y la inexistencia de opciones para mejorar sus condiciones psicosociales: y es que, además de suponer un malestar emocional considerable y de dificultar por ello la readaptación social y laboral, la depresión puede influir directamente sobre el mismo desarrollo de la enfermedad al provocar arritmias de consecuencias imprevisibles.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 23 de febrero de 1997. El Yo: un "Todo" ¿Se han parado a pensar en la expresión "se me pone la carne de gallina"? En muchas ocasiones, se trata de una respuesta fisiológica ante una estimulación concreta, por ejemplo, el frío; pero ocurre que, también, lo experimentamos como consecuencia de una emoción más o menos intensa. Empecé esta serie de artículos con un título muy específico, aunque muy amplio: "Las relaciones mente - cuerpo"; y no quiero terminarla sin puntualizar algunas cosas que, a pesar de ser muy generales, me parecen importantes. Nuestra experiencia de cada día está inundada de vivencias como la que hemos mencionado al principio: emociones o sentimientos que derivan directamente en una manifestación orgánica o fisiológica; pero también está llena de reacciones a la inversa, es decir: trastornos fisiológicos que influyen para producir estados anímicos diferentes, como es el caso de una simple gastritis que puede generar una irritabilidad o una ansiedad en ocasiones, quizá, desproporcionada. Entonces, partamos de un punto más que evidente: el cuerpo y la mente, lo físico y lo psicológico, están funcionando permanentemente en una interrelación, me atrevería a decir que, indestructible. Pero esta interrelación no es algo estático, sino que puede desarrollarse tanto en la armonía más absoluta como en la disonancia más llamativa. En las fases de armonía, la característica más evidente es la ausencia de alteraciones psicológicas o fisiológicas que inclinen la balanza de un lado o de otro; en estas circunstancias, la mente y el cuerpo pasan desapercibidos como tales y es el yo único el que adquiere protagonismo; o sea, la conciencia de una unidad total, la conciencia de persona como ente indisoluble; es la perfecta sincronía entre todas las partes de un todo para que sólo se perciba ese "todo". Ninguna parte influye más que la otra, por lo que no se produce ni angustia, ni dolor, ni tristeza... La expresión más clara de este estado es la que sentimos cuando hablamos de "estar en paz con nosotros mismos"; cuando sentimos una gran tranquilidad; incluso, hay quien la define con estas palabras: "me sentía como si estuviera flotando". Sin embargo, ocurre que, de pronto, parece que algo se rompe y entramos en la fase de disonancia; se resquebraja la armonía y entran en conflicto lo psicológico o lo corporal; es entonces cuando sentimos la mente o sentimos el cuerpo, como si funcionaran por separado aunque, paradójicamente, cuando sentimos uno, sentimos también el otro. No obstante, todo esto no ha estado siempre tan claro, quizá por el esfuerzo, mantenido a lo largo de tantos siglos, para separar lo divino de lo humano. Así, a pesar de que ya Hipócrates habló de la "relación mente - cuerpo", estas teorías fueron prácticamente silenciadas por el predominio de la dualidad (alma y cuerpo), hasta que, en el siglo XIX, y concretamente con el desarrollo del Psicoanálisis, Freud trató de explicar algunos trastornos somáticos como consecuencia de determinadas alteraciones psicológicas. Y ahora, dejemos a un lado esta breve reseña histórica para volver a nuestro cada día, donde podemos encontrar múltiples ejemplos de lo que venimos exponiendo. "Cuando se dirigió a mí, me empezó a palpitar el corazón"; "Tenía una entrevista importante y se me quedó la boca tan seca que no podía hablar"; "Lloré cuando vi nacer a mi hijo"; "Me temblaba la voz cuando tuve que darle la mala noticia"; "Cuando iba al examen, me temblaban las piernas"... Podría seguir escribiendo ejemplos y no acabaría; y en todas estas circunstancias se observa lo mismo: una emoción o un sentimiento, ya sea positivo o negativo, se manifiesta a nivel fisiológico, con taquicardias, sequedad de boca, lágrimas, tartamudeo, temblores, etc. Ahora bien, a poco que nos fijemos, nos damos cuenta de que en ninguna de estas situaciones podemos hablar de que se padezca una enfermedad; no obstante, tales manifestaciones pueden ser síntomas, en un momento dado, de algún trastorno orgánico. Entonces, la reacción fisiológica también, y señalo la palabra, se puede producir como consecuencia, única y exclusivamente, de una vivencia psicológica. Nuestro cuerpo se queja del sufrimiento de nuestra mente pero, a la vez, es un indicador evidente de que algo se ha alterado, lo cual nos permite poner los medios necesarios para solucionarlo a fin de recuperar nuevamente la armonía. Pero no se trata sólo de solucionar lo que ya se ha producido; lo más adecuado sería prevenir para que no se produzca, entre otras cosas porque uno se puede evitar males mayores. Por regla general, la descompensación "mente - cuerpo" se produce por un enfrentamiento entre lo que somos y lo que queremos ser o lo que debemos ser. ¿Por qué tenemos que ser algo, cuando somos otro algo muy distinto? Ya una vez mencioné que "la felicidad está en sentirse bien con uno mismo". Y no se trata de un conformismo que lleve a la resignación; se trata, más bien, de conocer cómo somos en realidad y de saber explotar correctamente nuestros propios recursos. Es un gran error considerarnos como unos inútiles, cuando estamos dotados de una mente capaz de conseguir lo inimaginable. Alguien dijo una vez: "Hasta un reloj parado es capaz de dar la hora exacta dos veces al día". Pues bien, queridos amigos, sé que no me equivoco al afirmar que el ser humano vale mucho más y es capaz de mucho más que el mejor y más exacto reloj inventado por él; porque un producto nunca, bajo ningún concepto, podrá superar a su creador.
Ana I. Rico Prieto. |
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