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Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 31 de marzo de 1996. Esa obsesión, nada sana, por la salud "Es un aprensivo", decimos algunas veces para referirnos a alguien que está todo el tiempo pendiente de su ritmo cardíaco, de su temperatura corporal, de la aparición o no de manchas en su piel. Constituyen esa clase de personas tan preocupadas por su salud que es esa misma obsesión por no estar mal, la que los lleva a ponerse mal. Porque se puede observar cómo, paradójicamente, su salud es más vulnerable que la del resto de los individuos. Todo esto nos lleva a una cuestión que ya ha sido esbozada en otros artículos, pero aún así, cualquier cosa que se diga al respecto parece quedarse coja; estoy aludiendo al Poder de la Mente. Ese mecanismo sorprendente que, por mucho que se investigue, no deja que nos acerquemos, ni remotamente, al total de sus posibilidades. Pero volviendo al principio, muy cerca de nosotros, incluso puede que nosotros mismos, porque es algo más común de lo que parece, podemos encontrarnos con personas que centran toda su actividad en la consecución de la buena salud o, dicho con más propiedad, en eliminar cualquier posibilidad de sufrir una enfermedad. Se trata de seres humanos que se levantan cada mañana buscando esa pastilla que les permitirá superar el día sin que un sobresalto les altere sus biorritmos; que, a continuación, cuentan sus pulsaciones para comprobar que todo está en orden; que vigilan estrechamente sus comidas, para evitar la ingestión de algo que pueda dañar su estómago... en resumen, que mantienen obsesivamente unas pautas de conducta destinadas, como si de un ritual sagrado se tratara, a preservar su cuerpo de cualquier cosa que le pueda perjudicar. Y así pueden llegar, incluso, a evitar casi el respirar con tal de impedirles la entrada en su organismo a los pequeñísimos microbios que inundan el aire. Puede que visto así parezca un poco exagerado, sin embargo y lamentablemente no lo es. Y digo lamentablemente porque las consecuencias de esta actitud no las padece en exclusiva el individuo afectado por esta Obsesión, sino que, con ella, trae de cabeza a todos los que le rodean ya que, ante la más mínima alteración, por ejemplo, en los latidos de su corazón, pone en pie de guerra a sus conocidos para que le lleven al hospital, en la creencia de estar al comienzo de un infarto. Lógicamente, este comportamiento obsesivo conlleva un desgaste, ya no sólo mental, sino también físico. Su explicación parece estar en el hecho de que el cerebro se ve tan bombardeado con preocupaciones, sensaciones negativas, etc., que llega un momento en que necesita dar la alarma y lo hace poniendo en marcha una serie de procesos que desencadenan una dolencia física real. Aquí se cierra el círculo, porque el Aprensivo comprueba cómo, desgraciadamente, él tenía razón al decir que se encontraba mal y al esforzarse tanto por remediar esa situación que, como luego se ha podido comprobar, la padecía realmente. O, en otro orden de cosas, ¿por qué una persona temerosa de sufrir un accidente de circulación es más propensa a darse un golpe con el coche, que otra que no piensa tanto en ese tema? La respuesta es muy simple: Esa cuestión le angustia realmente y su obsesión le lleva a ponerse al volante de su automóvil con auténtico pánico. Ahora bien, cuando se es víctima del pánico, parece como si la mente se embotara, como si no se pudiera pensar; esto disminuye la capacidad de reacción, los reflejos se paralizan y basta una simple casualidad, ocurrida en el arcén de la carretera y percibida apenas con el rabillo del ojo, para que se produzca el temido accidente. En todas estas obsesiones, lo que subyace, pues, es la angustia ante las hipotéticas consecuencias, el miedo a sufrir un daño físico y la certeza de que el mal pende sobre nuestras cabezas como la Espada de Damocles. El miedo, cualquiera que sea su procedencia y cualquiera que sea su manifestación, hace que el individuo se convierta en un ser vulnerable. Se suele definir el Miedo como un sentimiento vital de amenaza; es la vivencia de que algo puede hacer daño y tanto mayor es, cuando mayor es esa amenaza. El problema surge cuando no se produce la mencionada amenaza y, sin embargo, se vive esa misma sensación de miedo. Y es aquí donde entra en juego el componente obsesivo de la situación. A mi Gabinete de Psicoterapia han venido, en ocasiones, personas aquejadas de sensaciones físicas negativas, sin una base real que las explicara. En todas ellas, se presentaba el mismo elemento obsesivo que convertía un hipotético mal en una sensación auténtica y, en todas ellas, sin necesidad de ahondar demasiado en el problema, se producía un miedo, casi patológico, a experimentar determinados síntomas o a ser víctima de enfermedades concretas. Así era cómo ese mismo miedo les hacía estar absolutamente pendientes de su salud y tan desmedida atención se convertía en un auténtico ritual de exploraciones y actividades preventivas que pasaban a convertirse en algo vital; llegaba así un momento en que, si por cualquier circunstancia, no se había podido desarrollar ese protocolo, la persona en cuestión empezaba a temer que su descuido ocasionara la aparición del mal y se obsesionaba con esa presencia, hasta el punto de comenzar a experimentar la sintomatología inherente a la misma. Sería saludable no llegar a desencadenar semejantes procesos obsesivos, pero si ya se han establecido, seamos conscientes de ello para atajarlo convenientemente antes de que el cerebro haga de las suyas y nos sumerja en la temida patología.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 5 de mayo de 1996. La Personalidad Obsesiva: aspectos generales Desde el mismo momento en que estamos supeditados a ciertos hábitos de conducta podríamos afirmar que somos víctimas, de alguna manera, de un cierto rasgo obsesivo. Hay algunos ritos que desarrollamos a lo largo de nuestra vida, al levantarnos, al vestirnos, al relacionarnos con los demás, que nos satisfacen, con lo cual de vez en vez tratamos de desarrollarlos más frecuentemente y si no lo conseguimos, digamos que nos frustran o nos descolocan, dejándonos momentáneamente sin saber qué hacer o cómo salir del paso. Ahora bien, aunque eso pueda resultar desagradable, no lo percibimos como torturador y, por tanto, no experimentamos auténticas Obsesiones. Sin embargo, cuando alguien se ve impulsado irremediablemente a realizar esos protocolos con exclusividad, sin posibles modificaciones y aunque en ciertos momentos resulten absurdos, es entonces cuando se puede hablar de Obsesiones y a quienes las desarrollan les definimos como Personalidades Obsesivas. Una personalidad obsesiva suele estar, pues, muy apegada a instituciones, reglas y principios, ajustándose a ellos de forma absoluta, con lo que evitan la angustia de lo no previsto, la angustia de la inseguridad en los resultados de una conducta. Por eso mismo, pueden caer fácilmente en una crisis en el momento en que sus principios, opiniones, hábitos, etc., chocan con un nuevo conocimiento o avance que contradice o amenaza la orientación seguida hasta ese momento y les obliga a renunciar a sus convicciones. Suelen ser personas rencorosas por el mero hecho de que la contradicción pone en peligro su propia seguridad y estabilidad y ese peligro es una ofensa que debe ser pagada por quien la realiza. Esto, asimismo, les hace ser desconfiados, tanto porque les asusta lo desconocido, como porque lo que cambia no puede ser fiable al no ser duradero. En el ámbito laboral, prefieren los trabajos en los que se exige solidez, precisión, responsabilidad, constancia, perfección y paciencia. Casi siempre llegan a adquirir notables conocimientos dentro de su especialidad, son dignos de crédito y trabajan con regularidad; pero si se les pretende sacar de esa especialidad, se muestran tan perdidos que pueden entrar en crisis. La improvisación es su mayor enemiga. Es así fácilmente comprensible que los rasgos obsesivos se acentúen en la vejez, cuando el hombre se esfuerza por conservar y custodiar lo que posee y busca detener la marcha del tiempo. No quieren ceder su puesto, aunque sean ya demasiado mayores para desempeñarlo bien. Les gusta considerarse insustituibles. Si nos fijamos en el desarrollo de la vida de una persona obsesiva, con frecuencia encontramos una infancia en la que se castigaron o se reprimieron demasiado pronto y de forma rígida los impulsos normales, tanto agresivos como afectivos, así como los actos espontáneos. Una postura intransigente en el entorno del niño le hace vivir como peligrosa cualquier desviación respecto de la norma impuesta y esta desviación se vive como peligrosa porque lleva consigo reproches, amenazas, pérdida de cariño y castigos. A fuerza de obtener estos resultados tan negativos, el niño se va convirtiendo en una persona prudente y controlada, aunque también se va manifestando cada vez como más inseguro y cohibido. Todo esto, a medida que pasa el tiempo, se transforma en su segunda naturaleza y esas actitudes controladas pasan a ser automáticas. Las dudas van ganando terreno y se convierten en una obsesión. Consideran que deben estar absolutamente en lo cierto, de lo contrario pueden ser castigados; y si no encuentran la solución exacta, se ven asediados por la angustia. Esto consolida también su tendencia al perfeccionismo. Pero hay otro rasgo, asimismo, muy característico de las personalidades obsesivas: Con el fin de conseguir la mayor seguridad posible, se convierten en individuos muy dependientes de lo que dicen los demás, de lo que se debe decir y hacer en todo momento; es decir, se vuelven esclavos de los convencionalismos. En este orden de cosas, debemos tener presente algo que puede degenerar también en un comportamiento obsesivo: la sociedad, normalmente, exige y recompensa el orden, la limpieza, la dependencia y la constancia y ya hemos visto que son, precisamente, estas cualidades, aunque aumentadas desproporcionadamente, las que tipifican lo que denominamos como trastornos obsesivos. Si resumimos ahora todo lo expuesto, tenemos que una Obsesión es un pensamiento repetitivo que el individuo no puede apartar de su mente, incluso aunque le provoque dolor y angustia. Y si la obsesión la situamos a nivel mental, a nivel conductual encontramos las llamadas Compulsiones, entendiendo por ello un acto o una serie de actos que la persona se siente obligada a hacer, aunque no tengan sentido. Muchas compulsiones aparecen con forma de rituales, que se convierten en condición previa antes de desarrollar una acción o que se ejecutan, incluso, como una ceremonia supersticiosa, sin la cual el individuo no sería capaz de seguir funcionando. Esto conlleva serias molestias para las personas que rodean al individuo obsesivo, ya que ellas mismas ven limitada su personalidad si no quieren herir susceptibilidades y pretenden mantener el ambiente lo más tranquilo posible. En estas circunstancias, sería útil tratar de poner los medios adecuados para que el sujeto obsesivo se vaya liberando de su peculiar forma de ver y entender la vida o, cuando menos, hacerla más llevadera tanto para él como para los que están a su lado.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 12 de mayo de 1996. La Personalidad Obsesiva y sus relaciones de pareja Decimos que el hombre es un animal de costumbres y decimos esto porque la tendencia más general es la de dejar las cosas como están; esto es debido a que las modificaciones de cualquier clase, tienen como consecuencia que el individuo se altere, se intranquilice, se sorprenda o incluso que le perturbe su estatus o modo de vida. Vamos así a parar al hecho de que, por ejemplo, el ser humano tiende a mantenerse firme en sus opiniones, actitudes, experiencias y hábitos, pudiendo llegar a afirmar aquello de que "más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer". Pero, aferrándose de tal manera a los hechos conocidos o habituales, resulta inevitable que a la hora de abordar cualquier novedad, ésta se vea mediatizada por prejuicios que, sin duda, entorpecen la correcta percepción de la misma, viéndose, efectivamente y confirmando su teoría, como algo negativo, dañino o, cuando menos, inútil. Y de esto, y sin el más mínimo esfuerzo, se pasa a continuación a lo que entendemos como personalidad obsesiva, en la cual, la nota predominante es su necesidad de seguridad y estrechamente relacionado, encontramos la prudencia, la previsión, la planificación de metas seguras, etc. Además, el problema de una personalidad obsesiva puede definirse como una cuestión de ansiedad frente a los riesgos, a los imprevistos y a las contingencias transitorias de la vida. Una persona obsesiva lleva muy mal el hecho de que no existan principios absolutos e inamovibles; que no se puedan fijar y canalizar los actos; se ilusiona con la posibilidad de encasillarlo todo en algún sistema, a fin de poder dominarlo sin fallos, y de desarrollarlo con absoluta perfección. Estas personas tienen un miedo constante a que todo se vuelva inseguro, con el riesgo de convertirse en caótico si se muestran un poco más flexibles o si actúan de modo espontáneo, sin control consciente. Tienen miedo a dar el primer paso y son víctimas fáciles de la vacilación y las dudas. Por esto mismo, en la mayoría de las ocasiones, se dedican a preparar minuciosamente algo que tienen que hacer, pero luego se quedan sólo en esos preparativos, sin conseguir avanzar ni un ápice y, al menor intento de avance, volverán siempre para atrás, con el fin de comprobar si los preparativos son correctos. Una teoría psicológica afirma que todo lo que se reprime, se acumula, con lo que el receptáculo psicológico se va llenando progresivamente, aumentando poco a poco la presión interior. La personalidad obsesiva necesitaría así, cada vez, más tiempo y energías para mantener ocultas sus represiones, lo que permite fácilmente comprender la estrechez de miras y la intransigencia que conlleva este comportamiento, rayando en el absolutismo. Sólo es consciente de que lo que quiere es hallar el punto justo, con lo que hace imposible la aparición de asociaciones libres que aligeran normalmente el modo de actuar de un individuo. Y por más diferentes que sean las obsesiones, en todas ellas nos encontramos con una falta absoluta de espontaneidad; así todo resulta previsible, nada se modifica, no se pueden presentar sorpresas y esa persona consigue, por tanto, sentirse segura. Los individuos que presentan rasgos obsesivos intentan, en todo momento, controlar sus sentimientos que, según ellos, no son dignos de fiar, por ser demasiado subjetivos y cambiantes; la pasión les resulta aún más sospechosa, ya que es totalmente imprevisible e irracional y constituye un signo de debilidad. Como consecuencia de todo esto, dosifican sus afectos y demuestran escasa comprensión con respecto a su pareja. Aunque manifiestan un alto sentido de la responsabilidad y mantienen sus decisiones (de matrimonio, de fidelidad, etc.) una vez que las han tomado. Además, desean que su pareja dependa de ellos por una necesidad de poder; pretendiendo moldearla con arreglo a su propia voluntad y considerándola de su exclusiva propiedad. Antes de contraer vínculo alguno, tienen grandes dudas, pero una vez decidido, ese vínculo ya es para ellos algo totalmente indisoluble. Cuanto más intensos son los rasgos obsesivos, tanto más se tomará el matrimonio como un contrato con derechos y deberes estrictos, se sobrevalora y se convierte en algo firme e indestructible. Mientras todo se mantenga en un marco que ellos consideran razonable, no hay nada que objetar; pero cuando desaparece la relación afectiva como tal, aparece entonces una verdadera lucha en torno a los derechos y a los principios; llegándose, incluso, bajo una apariencia de corrección, a descargar amargos sentimientos de hostilidad y exigencias de poder. Para los individuos con rasgos obsesivos muy acentuados, lo más importante es que la pareja funcione; en lugar de un sano intercambio de ideas, actitudes y deseos, se imponen las condiciones y los reglamentos; la sexualidad se practica de acuerdo a un horario y a un calendario prefijado y es vista como un deber más, con el que hay que cumplir; además, esas manifestaciones le sirven para demostrar su dominio y su poderío y la pareja se convierte en un simple instrumento de comprobación. Sin embargo, cuando una persona presenta unos rasgos obsesivos más leves, y por tanto más normales, aunque no es en general un amante apasionado, conviene aclarar, en su favor, que son constantes y dignos de confianza; proporcionan a su pareja un afecto permanente, apoyándola, defendiéndola y protegiéndola sin descanso; son previsores y atentos y sostienen sus relaciones afectivas basándose en el respeto, el cariño y la responsabilidad.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 19 de mayo de 1996. La Agresividad en una Personalidad Obsesiva Ya vimos en las publicaciones anteriores que las personas con rasgos obsesivos tendían a reprimir sus emociones y sentimientos; que aprenden desde muy pronto a autocontrolarse y a dominar sus reacciones espontáneas, por la angustia que les supone el que esa espontaneidad no esté bien vista y tenga consecuencias negativas para ellos. Desde su infancia, han tenido que reprimir ciertas manifestaciones ya que solían ser castigadas física o psicológicamente. Lo más corriente, pues, es que a medida que se hacen adultos, sepan manejar con prudencia sus pasiones, emociones y agresiones; normalmente, entonces, dudarán bastante antes de mostrarse agresivos en una determinada circunstancia. Sin embargo, estas personas sufren auténticos conflictos cuando son conscientes de sus emociones y no pueden expresarlas; para solucionar esto, recurren a las ideologías y, a veces, al fanatismo. Esto es así porque necesitan buscar descargas legítimas que no sólo les permitan desahogar sus pasiones, sino que además las revistan con un cierto valor, ya sea moral, religioso, etc., y lo que hacen es combatir en los demás lo que se ven obligados a prohibirse a sí mismos; este es el caso de los fanáticos que luchan implacablemente y sin miramiento alguno: no dirigen su agresividad contra sí mismos, sino contra algo o alguien del exterior, pero lo hacen con la conciencia muy tranquila, ya que llegan a estar convencidos de que es totalmente necesario. Esto, a todas luces, es muy peligroso, porque cuando se busca una válvula de escape para la propia agresividad, siempre se encuentran motivos contra los que es lícito luchar, por convicción; y esto mismo les permite realizar incluso agresiones masivas que pueden justificarse por unos determinados fines. No hace falta que señalemos las fatales consecuencias que esto tiene cuando, cada día, y a través de los medios de comunicación, podemos observar un claro ejemplo de ello en las revueltas, disturbios y masacres que originan, llevados por su ideología, los grupos neonazis, palestinos, integristas, etc. Ahora bien, no todas las personalidades obsesivas encauzan su agresividad en los términos extremistas que comentábamos anteriormente.. Hay una forma bastante más atenuada de agresividad lícita y que se presenta como una corrección exagerada en las costumbres o como un cumplimiento al pie de la letra de las normas y preceptos que rigen las relaciones laborales o sociales. Un ejemplo de esto podemos encontrarlo en ese empleado que cierra la ventanilla donde trabaja con una puntualidad de milésimas de segundo y se niega a atender a esa última persona que quedaba esperando, porque ya está fuera de horario; o el profesor que es puntilloso con la más mínima falta de atención en clase; etc. Todas estas personas canalizan su agresividad mediante un exceso de celo aparentemente legítimo; abusan de su poder y son inabordables e intransigentes para los que, de alguna manera, dependen de ellos. Además, se observa en estos individuos un verdadero afán de mando. Su agresividad se pone al servicio del poder y, por eso mismo, buscarán el desarrollar una profesión donde puedan ejercer libremente un dominio sobre los demás y que, a la vez, les permita manifestar legalmente su agresividad, ya que ésta se emite en nombre de la ley, del orden, de las buenas costumbres, etc. No debemos olvidar tampoco otras formas mucho más sutiles de agresividad que utilizan las personas obsesivas para vengarse o para hacer daño a los que les rodean, pero que son realizadas casi de forma inconsciente y por tanto, sin sentimientos de culpa, les permiten exteriorizar emociones reprimidas. Me estoy refiriendo a las murmuraciones, a los chismes, con que lastiman a sus compañeros, criticando a escondidas y poniéndoles, como suele decirse, a parir, según les vuelven la espalda; mientras que de frente les lanzan sonrisas hipócritas, les hacen ver que están de su parte y les dan palmaditas en los hombros. Se suele decir que el que mucho habla, quizá sea porque tiene mucho que callar. Ciertamente ocurre que estas personas tan propensas a murmurar son unas grandes reprimidas, que atacan a quienes se muestran valientes y decididos por el mero hecho de que ellas no se atreven a comportarse así, por más que lo quisieran; o arremeten contra los que destacan frente a ellos, por la envidia que les corroe al no ser capaces de llegar a su altura, ya que, como hemos visto, esas personas obsesivas necesitan el poder y el estar sobre los demás para liberarse adecuada y lícitamente de sus emociones. El mostrarse indecisos y el hacer esperar a los demás, sin causa que lo justifique es otra manera solapada de agredir a quien sufre esa espera o a quien está pendiente de esa decisión. Esto, de alguna manera, les permite llamar la atención, les permite destacar sobre esas otras personas, con la satisfacción que les da el saberse poderosos ya que, en ese momento, hay alguien que depende de ellos, de sus decisiones o de su presencia. Pero no quiero terminar estas páginas dedicadas a la personalidad obsesiva sin hacer hincapié en el amplio abanico de sus manifestaciones, donde encontramos, en el punto más positivo, a aquella persona práctica, fiel a sus obligaciones y digna de confianza, hasta, en un ámbito más conflictivo, aquella otra arribista, ambiciosa, testaruda y quisquillosa, tirana y déspota; poniendo el punto final con la que sufre su obsesión bajo una forma declarada de Psicopatología.
Ana I. Rico Prieto. |
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