"Enseñando a pescar" Terapias Formas de contacto Artículos Publicados


Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 10 de diciembre de 1995.

El Sexo Sentido

Con motivo de la concesión del Premio Planeta y del Premio Ondas, le hicieron a Fernando G. Delgado una entrevista en la que al preguntarle por "Un Sentido", respondió: "El Sexo Sentido". Yo me quedé con el toque y estuve meditando en lo que esas palabras podían significar. Por un lado, se trata de un juego semántico en el que se sustituye sexto por sexo, a la par que se menciona el sexo como un sentido (sustantivo) corporal. Pero, por otro, lo veo como un sustantivo "el sexo" y un participio o un adjetivo (según se mire) "sentido", de sentir; es decir, el sexo como algo sentido y vivido.

El ser humano, como miembro de la especie animal, hace uso del sexo para reproducirse y para satisfacer unas necesidades físicas. Pero como persona, como individuo superior, lo necesita también para satisfacer una serie de necesidades psicológicas.

En la relación sexual interviene, pues, algo más que la mera fisiología del hombre y de la mujer y algo más que la mera conducta instintiva. Hace falta esa motivación psicológica que diferencie el puro sexo de todo lo que constituye el complejo fenómeno de la sexualidad humana. Y es por esta motivación psicológica, por lo que podemos hablar de sexo sentido, de sentimientos; en una palabra, de vivencias. Si nos detuviéramos sólo en el sexo sentido a nivel de pautas físicas, encontraríamos algo que de por sí es intenso pero que, como se suele decir, "sólo dura lo que dura dura" y después no queda nada, a parte de una cierta relajación o una sensación de desahogo. Lo que ocurre es que cuando una persona provoca una relación sexual con su pareja busca, además, otras satisfacciones; porque el ser humano, por más frío y racional que quiera parecer, tiende a buscar incansablemente algo con que alimentar esa sed que, de cara al exterior, se afana en ocultar.

Entre los miembros de una pareja, una relación sexual presenta una serie de fases encaminadas a conseguir diferentes objetivos, pero a la vez, tan unidas entre sí que se muestran como un continuo indeterminado. Si nos detenemos en estas fases básicas, nos encontramos con las siguientes: acercamiento, preparación o estimulación, penetración (opcional), orgasmo y relajación. En un plano físico, las actuaciones que conforman las mismas y sus consecuencias son perfectamente conocidas y, por ello, no me voy a centrar en eso. No obstante, cuando profundizamos algo más, descubrimos lo siguiente: En la fase de acercamiento, la pareja está manifestando, consciente o inconscientemente, su necesidad de establecer una mayor intimidad; se trata del afán por compartir algo tan especial y privado como es el propio cuerpo y sus más recónditas esencias; hay una voluntad de entrega, de que el otro lo acepte y de que, a su vez, se entregue por igual. Luego, durante la estimulación física, se da rienda suelta a la necesidad de afectividad y de ternura (esta última quizá más intensamente en el caso de la mujer), y a la capacidad para hacer que el otro reciba esa misma afectividad que emana de quien a su vez la necesita y, por tanto, la busca.

Llega después un momento en que esa necesidad se hace tan profunda y se confunde de tal manera con la sensación física, que desata toda una serie de expresiones, de caricias, etc., difícilmente identificables entre sí porque parecen constituir un todo; y es también en este momento donde entran en juego todos los sentidos corporales en un descabellado intento por ver, oír, oler, saborear y palpar, en una palabra, por sentir todo lo que se da y lo que se anhela recibir. Esta fase puede unirse directamente a la del orgasmo en sí, como culminación física y explosión psicológica encaminada al abandono en manos del otro; o bien, puede servirse de la penetración, en la cual se mezclan confusamente las necesidades de entrega, de dominio, de furia irracional por la ambición en la búsqueda; la necesidad de abandono para confundirse con la esencia del otro y la necesidad de demostrarse a sí mismo la capacidad de apertura íntima, aún a riesgo de que se hagan evidentes las propias debilidades.

Y tras esta batalla física y psicológica se llega a la ruptura, a la toma de conciencia de esas debilidades y de esas necesidades; constituyendo éste el momento más delicado de la relación. Si ha habido un equilibrio entre lo que se daba y lo que se recibía, los lazos psicológicos se estrechan mucho más. Pero si tal equilibrio no se produce y uno tiene la sensación de que ha dado más que ha recibido, o de que ha buscado desesperadamente y no sólo no ha encontrado sino que, en el peor de los casos, se lo han negado, entonces se produce una frustración que hace que ese individuo se repliegue sobre sí mismo, sufra por el desengaño y se culpabilice incesantemente por el fracaso en la satisfacción de esas necesidades psicológicas que, en ese instante, se convierten en básicas, llegando, en unos planteamientos más extremos, a desequilibrar el complejo psíquico humano con manifestaciones tales como caída del nivel de autoestima, inseguridad, inhibición, trastornos psicosexuales (frigidez, impotencia, etc.), miedos, etc.

De todo esto se desprende, pues, la gran importancia de disfrutar del sexo sentido en su plenitud y de encontrar a la pareja adecuada para desarrollar el sexo sentido.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 17 de diciembre de 1995.

¿Frigidez ... o Hastío?

¿Se trata de dos puntos dentro del mismo continuo problemático que puede presentar una relación psicosexual, o no tienen nada que ver entre sí?... Descubramos hasta dónde nos lleva una rápida visión de la situación.

Entendemos por Frigidez, "una indiferencia de la mujer respecto a las sensaciones sexuales o una incapacidad para experimentar el orgasmo (Anorgasmia)". A partir de aquí, trataremos de detallar algunos de los aspectos más importantes que plantea esta problemática. Si nos centramos en la falta de interés a la hora de iniciar el contacto sexual, es posible que se den dos situaciones diferentes: En una de ellas, tenemos a esas mujeres que, aunque inicialmente no lo desean, luego sí son capaces de responder a los estímulos de la pareja y pueden experimentar cierta excitación que, incluso, tal vez alcance el orgasmo. Pero también puede darse el caso más extremo de ese otro grupo de mujeres que rechazan, de plano, toda aproximación sexual, siendo por tanto imposible que se produzca el contacto.

Las causas de este desinterés son variadas, influyendo decisivamente desde factores educacionales y/o morales, hasta factores psicológicos y fisiológicos. Algunos de estos condicionantes son: Aversión o repugnancia sexual, donde el sexo es visto como algo sucio, tanto por el asco que, debido a influencias culturales, produce la menstruación, como por su proximidad física con conductos excretores, los cuales son silenciados por considerarlos vergonzosos. Negación del interés sexual; en este caso, influye poderosamente la educación religiosa; a través del tiempo se ha inculcado a la mujer que el sexo es algo pecaminoso del que sólo se puede hacer uso, ya que no hay más remedio, con un motivo exclusivamente procreador; esto generó a lo largo de los años una conciencia de temor y pecado que exclusivamente se podía calmar con la expresa negación del deseo o del impulso sexual ("muerto el perro, se acabó la rabia").

En otro extremo del espectro de los condicionantes, tenemos las dificultades en la relación de pareja, que se originan bien por las quejas en cuanto a la ausencia de respuesta afectiva por parte del compañero, encontrándonos, en este caso, con una falta de atención del hombre hacia su pareja, la cual iría desde el abandono de toda afectividad, hasta la humillación o, incluso, los malos tratos, teniendo en cuenta a la mujer solamente a la hora de saciar sus impulsos sexuales, como un simple objeto; o bien por las quejas en relación a la, quizá, abusiva frecuencia con que el hombre requiere a su compañera para practicar la conducta sexual, lo que normalmente ocasiona hastío en ella, sobre todo cuando se trata de mero sexo sin mediar la ternura o el afecto; aburrimiento de su pareja y saciedad que motiva una falta de respuesta fisiológica y psicológica para sumergirse adecuadamente en la relación sexual.

Asimismo, pueden influir negativamente y ocasionar Frigidez, los sentimientos de culpabilidad, de ansiedad, de frustración por la propia respuesta sexual o por la búsqueda inútil del reconocimiento del hombre, la desconfianza, la hostilidad, la baja autoestima sumada a una imagen negativa del propio cuerpo, el descubrimiento de la infidelidad de su pareja, el miedo al dolor, a las infecciones, etc. De la misma manera que pueden influir, también, la ausencia de atracción física, un parto reciente, el miedo a un embarazo no deseado, la depresión, el estrés o diversos estados de alteración orgánica, a la par que la ingestión de determinados fármacos o drogas.

Por otro lado, es necesario, a su vez, tener en cuenta la posibilidad de que estén influyendo una serie de factores fisiológicos, los cuales no sólo pueden dificultar la relación sexual, sino que, incluso, la hagan imposible o muy dolorosa. Nos referimos a diferentes tipos de trastornos ginecológicos y endocrinos, lesiones vaginales, tumores, etc., los cuales deben ser descartados médicamente, de forma categórica, antes de dar paso a una Psicoterapia sexual encaminada a erradicar la Frigidez.

En todo caso, y de cara a un aspecto puramente psicológico de este trastorno, sería preciso hacer hincapié en el hecho de que las desavenencias o las dificultades en una relación de pareja, constituyen uno de los motivos de más peso para que se origine una disfunción sexual, sea del orden que sea, tanto femenina, como masculina. Y, en este sentido, habría que mencionar, además, el desacuerdo a la hora de establecer las pautas sexuales, el aburrimiento motivado por una rutina sexual que se empobrece paulatinamente, o por la inexistencia de un juego erótico que estimule y prepare adecuadamente para disfrutar del coito.

No obstante, más allá de todo esto, y como factor clave, subyacente a la problemática psicológica que degenera en la falta de deseo sexual o en la incapacidad para disfrutarlo, es absolutamente indispensable citar la mala comunicación entre los miembros de la pareja, a todos los niveles, o la ausencia de la misma. Porque si uno no expresa lo que siente, o el otro no es capaz de interpretar adecuadamente lo que se le está expresando, no habrá forma de evitar o de combatir a tiempo cualquier elemento negativo que pueda entorpecer e incluso destruir la relación de pareja, en cualquiera de sus variadas y complejas manifestaciones.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 24 de diciembre de 1995.

Impotencia versus Ansiedad

Según un estudio llevado a cabo en Estados Unidos por la Dra. Helen S. Kaplan, se llegó a la conclusión de que el 85% de los casos de impotencia masculina eran debidos a causas psicológicas. ¿No es para hacer una reflexión al respecto?... Pero empecemos por el principio: La erección, técnicamente hablando, es un reflejo neurovascular que depende del correcto nivel hormonal, del adecuado influjo vascular y de un sistema nervioso con un buen nivel de funcionamiento. Un problema en cualquiera de estos aspectos puede provocar trastornos físicos que influyen en la potencia sexual. De la misma manera, cualquier complicación, ya sea consciente o inconsciente, en las emociones o en los sentimientos del hombre, cualquier reacción de ansiedad o de miedo, pueden alterar los mecanismos fisiológicos y vasculares que controlan la erección.

Pero la Impotencia no es sólo una falta de erección que imposibilita el coito, dentro del complejo espectro de la conducta sexual. También puede manifestarse aunque haya una erección correcta; en este caso, lo que se presenta es un trastorno en la eyaculación (por ser demasiado rápida o por no producirse de ninguna manera), una incapacidad para disfrutar del orgasmo, aunque haya eyaculación, o una impotencia a la hora de engendrar (lo cual ya es fisiológico, debido a la ausencia o a la debilidad de los espermatozoides).

No obstante, y volviendo a los conflictos psicológicos que pueden producir este trastorno en el hombre, debemos hacer mención a las distintas manifestaciones de los mismos y las más importantes son la ansiedad, la tensión, el miedo y el estrés.

Ocurre, a veces, que un hombre que ha disfrutado con anterioridad de las relaciones sexuales, en un momento dado, y aunque tenga erección, no consigue esa satisfacción o, en el peor de los casos, ni siquiera consigue la erección. Cuando esto es así, indiscutiblemente hay un elemento nuevo que está afectando a la consecución de esos óptimos resultados y que se podría definir como un estado de tensión o de ansiedad. Lo mismo puede decirse cuando sus experiencias masturbatorias han sido óptimas y, sin embargo, en una relación sexual de pareja no consigue la plena satisfacción. Aquí entra en juego sobremanera la tensión producida por el miedo al fracaso. Nuestra sociedad educa a sus hombres para que, en todo momento, sean muy hombres, lo cual origina unas expectativas que no pueden ser defraudadas de ninguna manera. La tensión por estar a la altura de las circunstancias, por cumplir como un hombre, genera tal miedo a fracasar que, como si unos malos duendes intervinieran en ese momento, cuanto mayor es la preocupación por conseguirlo, directamente proporcional es el grado de fracaso, o inversamente proporcional es el éxito logrado.

En un mismo orden de cosas, está el hecho de que algunos hombres se han llegado a quejar de que, tras haber tenido ocasionales experiencias con mujeres por las que no sentían especial afecto, o incluso por las que no sentían ninguno, ya que sólo se trataba de un mero desahogo, y aún así su respuesta era físicamente correcta y físicamente, pues, satisfactoria; llegado el momento de tener una relación sexual con una mujer que les importaba mucho a todos los niveles, sin embargo, su respuesta no sólo no llegaba a ser plenamente satisfactoria, sino que, incluso, había sido más bien decepcionante. ¿Cómo se explica esto?... Verán: En el primer caso, las mujeres con las que tenía esas relaciones ocasionales no significaban nada para ese hombre, por tanto, no se preocupaba porque ellas se sintieran satisfechas con él ("yo me ocupo de mi placer y tú te ocupas del tuyo"); se trataba prácticamente de una simple masturbación, donde en vez de emplear sus propios recursos, utilizaba el cuerpo de esas mujeres. Pero, de pronto, encuentra a una de la que se enamora, una mujer a quien quiere complacer al máximo, de manera que pueda borrar en ella los posibles recuerdos de otros hombres, quiere ser el único en su vida y pone tanto empeño en lograrlo, teniendo a la vez tanto pánico por la posibilidad de no conseguirlo, que se genera en él un nivel tal de ansiedad que complica o altera sus pautas fisiológicas y llegada la hora crítica, fracasa estrepitosamente. Y en este punto, no es lo malo el fracaso en sí; es peor aún el hecho de que hace que se sienta culpable, convirtiéndose en un desgraciado precedente para posteriores experiencias, a las que irá ya con el miedo a repetir el fracaso anterior, entrando así en un círculo vicioso que le sumirá cada vez más en el fondo del problema.

Pero éste es sólo uno de los factores que pueden degenerar en una Impotencia. Otros serían los derivados del estrés, que llegan a fatigar y a angustiar tanto al individuo que ve inexorablemente reducidas muchas de sus capacidades para desarrollar una actividad normal, en todos los aspectos de su vida.

En todo caso, cada manifestación de impotencia debe ser analizada y tratada individualmente para determinar, una vez descartada cualquier anomalía física, cuál es la causa que produce la ansiedad que subyace, de forma inequívoca, como componente básico del trastorno.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 10 de noviembre de 1996.

Hablando de Homosexualidad

El tema que planteo en esta ocasión es algo de lo que no por mucho que se haya hablado, está todo dicho, y del cual, por más que se pretenda, nunca podrán cerrarse conclusiones definitivas, porque es tan complejo y específico como su protagonista: el ser humano.

Hasta hace muy poco tiempo, hablar de homosexualidad suponía tanta falta como manifestarla; nuestra sociedad condenaba, sin excusas, cualquier actividad relacionada con el sexo pero, de forma especial, eran censuradas aquellas conductas que, por ser diferentes a las permitidas (eso sí, dentro de los límites del matrimonio), resultaba de todo punto impensable que pudieran ser vistas como normales, pasando a engrosar el innombrable ámbito de las aberraciones. Y por más que les pese a algunos, la homosexualidad no sólo no debe considerarse como un vicio aberrante, sino que debe ser entendida y comprendida en su justa medida, ya que, tal como lo avalan numerosas investigaciones, se trata de una característica que viene determinada genéticamente, de la misma forma que tenemos especificados, ya desde antes de nacer, la forma de la nariz o el color de los ojos.

Ahora bien, si se trata de algo inevitable ¿por qué es tan difícil de aceptar? Creo que la respuesta estaría, fundamentalmente, en la archiconocida frase de que "El Hombre es un Animal de Costumbres" y todo lo que se salga de lo cotidiano es mirado con recelo, cuando no es rechazado de plano.

El homosexual, lo mismo hombre que mujer, es un ser humano como todos sus congéneres, que busca su felicidad como la buscamos todos pero que, quizá, lo tiene más difícil porque pertenece a una minoría y las minorías, en cualquier escala de los reinos animal o vegetal, se ven frecuentemente amenazadas, e incluso anuladas, por la mayoría. Lo que no nos paramos a pensar, o al menos no es frecuente hacerlo, es que, en este caso, la búsqueda del amor es la misma, y el deseo de darlo y de recibirlo es el mismo, sólo que el receptor o el objetivo, en lugar de pertenecer al sexo opuesto, presenta iguales características sexuales que el emisor. ¿Por qué, entonces, todavía se les mira con precaución o, a veces, hasta con asco? Porque nuestra educación, en este sentido, deja mucho que desear. Desde pequeños hemos sido educados para seguir fielmente la Norma. Todo lo que no entra dentro de esas directrices establecidas en su día por otros seres humanos y mantenidas a lo largo de los años y de los siglos por los demás, o es raro, o es pecado; lo raro asusta, por desconocido y del pecado "¡Líbreme Dios!". Por favor, que nadie confunda mis aclaraciones; lejos de mí criticar las creencias religiosas de cada uno; el respeto hacia los demás debe ser algo absoluto y aquí lo que se está planteando es, precisamente, eso mismo. Pero no quiero desviarme del tema que ha motivado este artículo.

Por difícil que sea de entender, para un heterosexual, que haya alguien que pueda sentirse atraído por otra persona de su mismo sexo, lo cierto es que el sentimiento de atracción existe y tiene las mismas características que en cualquier otro caso. La atracción sexual o amorosa se ha venido explicando como el resultado de un complejo sistema de procesos químicos, generados en el interior de nuestro organismo, que estimulan unas zonas muy concretas, desencadenando así lo que conocemos como enamoramiento. Todo empieza en los receptores externos (vista, oído, olfato...) y procesado meticulosamente en nuestro gran ordenador central (el cerebro), se transforma dando lugar a lo que identificamos como emociones. Sin embargo, el hecho de que todo esto se desencadene en presencia del mismo o del otro sexo es una consecuencia de lo que, como ya aludimos, viene preestablecido genéticamente; y cuando de códigos genéticos hablamos, queremos decir que es algo que no se puede cambiar, al menos "a posteriori", porque últimamente, en más de una ocasión, nos hemos quedado asombrados con las manipulaciones genéticas que se llevan a cabo en algunos laboratorios.

Entonces, si tal es el origen de la homosexualidad, quizá no estaría de más que empezáramos a mirar estos temas con otros ojos. Porque nadie somos responsables de nuestra configuración cromosómica y lo único que podemos hacer al respecto es tratar de vivir lo mejor posible con lo que de ella se deriva. Considero que todo es cuestión de respeto mutuo, ya que eso es lo menos que se puede esperar de cualquier ser humano. Si se respeta, como persona, a alguien que ha nacido con los ojos morados, por qué no se va a respetar a aquel otro que ha nacido con una predisposición homosexual. Además, siguiendo en esta misma línea, lo único que se le debe pedir a una persona homosexual es discreción; pero en exacta medida, esa discreción se le pide también a un heterosexual y todo porque hay determinadas manifestaciones que, por el hecho de ser relativas a la intimidad de cada uno, deben quedarse exclusivamente en el ámbito de esa intimidad. Por lo demás, este tema no puede ser planteado como una cuestión de moral, sino, como dijimos antes, de educación. No es justo marginar a nadie, sea quien sea y sea como sea. Porque, ¿se han preguntado alguna vez qué pasaría si lo normal fuera la homosexualidad?... Entonces, sería la heterosexualidad la que constituiría la desviación y qué heterosexual se consideraría a sí mismo como un ser degenerado. Me dirán: "Sí, pero con la homosexualidad no es posible la procreación ni, por tanto, la continuación de la especie..." Queridos lectores: tal y como van las cosas, con tanta fecundación "in vitro", creo que ése, precisamente, sería el menor de los problemas.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 17 de noviembre de 1996.

Acoso Sexual

Todo puede empezar con un simple gesto, aparentemente amistoso, con un guiño de ojo, con un pellizquito en la mejilla o en la cintura y, de pronto, esas expresiones se van convirtiendo en algo molesto, fuera de lugar, con una familiaridad para la que, en absoluto, se ha dado pie y la situación se vuelve tensa, se entra en un juego de "ratón y gato" y la víctima (sea hombre o mujer) se sumerge en un incómodo autoanálisis pensando en qué ha podido hacer para que el otro (o la otra) se tome tantas confianzas. Y cuanto más insistente y grosero se vuelve el que acosa, más culpable se siente el acosado; porque éste es, precisamente, uno de los motivos que con más frecuencia empujan a silenciar y a no denunciar tales hechos: la autoinculpación de la propia víctima.

Pero en el tema del Acoso Sexual no todo es tan simple y transparente como pudiera parecer a simple vista. Tras el evidente "tú me gustas" y "me gustaría que nos viéramos en otro lugar, más íntimo", se esconde, como ya mencioné en un artículo anterior, un complejo proceso de lucha por el poder, de ansias de dominio, de "revanchismo" y de necesidad de humillar al otro para sentirse más dueño de sí mismo.

¿Por qué el acoso "sexual"? Porque el sexo es algo demasiado íntimo como para suponer la humillación de la persona que no lo quiere entregar y el hecho de arrebatárselo conlleva el placer de verle suplicar, si no con palabras, sí con gestos y actitudes. Además, el sexo constituye el origen y el futuro del ser humano y poseerlo significa, para el atacante, poseer a ese ser humano, con el aliciente añadido del reto que supone tomarlo tras superar todas las resistencias que antepone la víctima; esto es, cuanto más se resista el acosado, mayor deseo tendrá el otro y mayor empeño pondrá en complacerse a sí mismo, a costa de lo que sea.

Sin embargo, veamos ahora la cuestión desde otro punto de vista. Normalmente, el que acosa digamos que puede permitírselo, porque se halla en una posición de poder. Ahora, cómo ha llegado hasta ahí, eso ya es otra historia. Partamos de la base de que suele tratarse de personas inseguras, con un cierto complejo de inferioridad y una infravaloración de sí mismo que tratan, por todos los medios, de encubrirlo a los demás. No pueden consentir que los otros se enteren de sus debilidades porque, en ese caso, se convertiría en víctima de ellos, sería pasto de sus burlas y presa de sus ambiciones y, por supuesto, eso hay que evitarlo a toda costa. Ahora bien ¿cómo conseguirlo?... "Si yo no quiero que me manipulen, tendré que convertirme en manipulador". "Si no quiero que me quiten mi puesto y mis derechos, tendré que conseguir que me vean como su indiscutible Jefe". Y a partir de aquí, este individuo comenzará a entretejer sus redes.

Pero debemos recordar que estamos ante una personalidad un tanto tortuosa, en la que lo simple se complica y lo complicado se hace cotidiano; por eso, de entrada, elegirá su víctima entre aquellas personas que cree que puede dominar, sobre las que se considera con todos los derechos del mundo y, lo más importante, con las que no hay riesgo, al menos en principio, de que se vuelvan contra él. A partir de ahí, bien de forma sutil o "por las bravas", pondrá en marcha su estrategia para consolidar su postura.

Por otro lado, y con no menos importancia en este juego de poder, está la personalidad del acosado. Porque si no hubiera víctimas, evidentemente tampoco habría abusadores, si me permiten la expresión. Una situación de acoso sexual quedaría truncada a los primeros envites si la víctima elegida no fuera realmente una víctima. En este caso, estamos ante una persona débil, que considera que todo se lo debe a todo el mundo y que les tiene que estar agradecida por dejarle vivir. Por eso, cuando empiece a sentirse mal por lo que le están haciendo, en vez de denunciarlo públicamente (aunque, por suerte, cada vez se va tomando más conciencia de ello y las leyes amparan ya a estas personas), como digo, en estos casos, la víctima comienza a cuestionarse por qué le ha tenido que ocurrir a ella (o a él) y no a otro. Y piensa: "Tal vez es que hay algo en mí que lo está provocando"; "tal vez soy yo quien tiene la culpa de lo que me pasa"... Máxime aún cuando, como ha ocurrido y ocurre, por desgracia, en algunas ocasiones, existe la amenaza, velada o directa, del despido laboral o de hacerle la vida imposible si no cede ante esas exigencias.

Hay también casos en los que esa "víctima" es, de alguna manera, "cómplice" de la situación al "prestarse" a esas prácticas con la esperanza de subir en el escalafón laboral o de mejorar su situación. Y no es que consienta en el hecho, porque entonces ya no podríamos hablar de "Acoso", pero digamos que las molestias que le supone las da por bien empleadas si con ello consigue otras cosas.

Debemos recordar, en todo momento, que se trata, como ya cité más arriba, de un juego de poder, donde "yo necesito humillarte, para reafirmar mi personalidad", pero, también, donde puede ocurrir que "yo necesite que me humilles para tenerte después comiendo en mi mano".

Simple pero complejo; en fin, contradictorio como la vida misma.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 1 de diciembre de 1996.

Enseñando a pescar

"Dale a un hombre un pez y le alimentarás un día; enséñale a pescar y le alimentarás toda la vida". Hoy quiero hablarles de mi Profesión: en qué consisten y cómo funcionan las Técnicas de Psicoterapia, y he comenzado con este proverbio porque es la frase que mejor define nuestra labor. Aunque actualmente la mayoría de las personas saben cuál es la función que desarrollamos los Psicólogos, aún existe una mínima parte de la población que no tiene muy claro qué es lo que, en realidad, hacemos y, para este sector, seguimos siendo los loqueros, creando a nuestro alrededor un aroma a tabú que es sinónimo del miedo al "qué dirán" ya que, para ellos,  el hecho de que les vean entrar en un Gabinete de Psicoterapia es tanto como colgarse en la propia espalda el sambenito de "loco" o de "demente", con todo el matiz peyorativo que esas palabras pueden aportar. Nada más lejos de la realidad. Por eso, la intención de desvelar en lo posible el gran secreto de unas técnicas destinadas a mejorar la vida del ser humano en su faceta más determinante pero, también, más desconocida, la Psicológica.

A lo largo de todos los años, siglos y milenios de su existencia sobre la faz de la tierra, el hombre, con el único propósito de sobrevivir, tuvo que adaptarse a los cambios que se iban produciendo y su adaptación llegó hasta el punto de conseguir modificar sus características físicas y morfológicas. Pero no sólo cambiaba su cuerpo. También evolucionaba su cerebro e, incondicionalmente unida a él, su mente. Y si complicada era su adaptación física, bastante más esfuerzo suponía su adaptación mental, ya que cada vez eran más difíciles los retos a los que tenía que hacer frente, exigiendo nuevas y aparentemente inimaginables soluciones. Ahora bien, observen que he dicho "aparentemente inimaginables" porque, como tantas veces he mencionado a lo largo de estas páginas, el cerebro tiene potencial suficiente para desarrollar cualquier cosa, sólo es cuestión de, como suele decirse, "ponerle a prueba". Sea como fuere, el caso es que después de tantos avatares evolutivos, hemos venido a dar con nuestros huesos en la era de la informática y los ordenadores; en la era espacial, donde las megacomunicaciones son posibles con sólo pulsar la tecla "Intro" de nuestro ordenador personal; en una era donde todo parece que está inventado, donde todas las necesidades humanas, tanto las primarias, como las secundarias, terciarias, etc... están cubiertas (al menos, y eso es lo más triste, en una parte del planeta); pero también una era donde el hombre, como si no hubiera pasado ni un sólo minuto sobre él, desde que poblara la tierra, se sigue sintiendo insatisfecho e incompleto.

Todo esto tiene como consecuencia directa un replegarse sobre sí mismo, para buscar dentro lo que no puede encontrar fuera, descubriendo entonces su caótica situación psicológica. Y hay muchos que, con una gran dosis de tenacidad y entereza, consiguen reestructurar sus emociones, sus sentimientos, sus ideas, en dos palabras, su estructura psicológica, que sería algo así como el gran ordenador central de los llamados Edificios Inteligentes. Pero hay otras muchas personas que no saben o no pueden reorganizarse y se sumergen en un mar de dudas, de angustias, en pozos sin fondo y callejones sin salida, apareciendo en ellos estados tan diversos como: depresiones, insomnios, el tan afamado estrés, ansiedad, trastornos psicosomáticos, problemas de alimentación, el "mal genio", los conflictos con las personas que les rodean, etc... Y ¡ojo!, eso no significa que estén locos; simple y dramáticamente están confundidos, ignorando cómo salir de esa situación para lograr la anhelada e imprescindible estabilidad emocional.

Y es aquí donde entramos los Psicólogos, poniendo en marcha lo que hemos denominado Psicoterapia. Para esto partimos de la base de que una persona cuenta con todo un conjunto de habilidades, algunas de las cuales están sobreexplotadas, pero otras están por descubrir y entre ellas pueden encontrarse las que tienen la clave para solucionar el problema. Por tanto, nuestra misión va directamente encaminada a descubrir cuáles son, dónde están, cómo funcionan y ponerlas en marcha para que sea luego el propio individuo quien las desarrolle, al principio con nuestra ayuda, pero después por sí mismo, con el fin de terminar o de disminuir al máximo esa situación conflictiva que le estaba haciendo tanto daño. Por eso, los Psicólogos, de alguna manera, "enseñamos a pescar". Sería muy fácil y simple levantar el ánimo a las personas que, ya en última instancia, recurren a nuestros Gabinetes, con sus problemas a cuestas; pero así sólo "les daríamos un pez", una comida cuyos efectos durarían justo lo preciso hasta salir por la puerta del despacho y luego ¿qué?... Por el contrario, al sacar a la luz sus propios recursos y enseñarle a manejarlos adecuadamente, no sólo le abrimos el camino para superar ese conflicto que tanto le afecta en la actualidad, sino que, además, le equipamos con los instrumentos psicológicos necesarios para que pueda hacer frente a cualquier otro conflicto que se le pueda plantear en el futuro.

Cuántos sufrimientos inútiles se evitarían si una persona solicitara ayuda cuando lo necesita, en lugar de entonar el, en algunos casos fatídico, "ya se me pasará". Porque esa actitud es el trampolín más adecuado para caer directamente en lo que llamábamos antes "pozo sin fondo". Y hay quien dirá que caer en manos de un psicólogo es meterse en una red de sesiones de psicoterapia que nunca se acaba. Eso no es cierto, al menos no lo es cuando se trata de auténticos profesionales. Ahora bien, que ese final llegue antes (en 4 ó 5 sesiones) o después, sólo dependerá de lo pronto o tarde que se coja el problema, ya que, cuanto más avanzado se encuentre, más difícil será desenmarañar la red y sacar a la luz los recursos de la propia persona para superarlo y estabilizar, por fin, su vida.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 18 de mayo de 1997.

Violaciones de "Primera Clase"... (I)

El hecho de que, en su día, un juez estimara que la violación de una mujer por parte de su marido constituía menos delito que si esa violación se hubiera producido sin la existencia del vínculo matrimonial entre ellos, me ha obligado a reflexionar sobre esta cuestión y me ha llevado a la conclusión de que, siempre según esta sentencia, tendríamos que diferenciar entre Violaciones de Primera Categoría o de Segunda Categoría, cuando, tal como yo veo las cosas, una violación siempre será una violación, independientemente de quién sea el violador y quién sea el violado. No obstante, y puestas así las cosas, a través de este artículo y de los siguientes, voy a tratar de exponerles mi opinión al respecto. Empezaremos, pues, por esas Violaciones de Primera Categoría; o sea, aquéllas que se producen entre dos personas que no tienen vínculo matrimonial. Procuraré dejar la ironía a un lado al hablar de las diferentes categorías, aunque ya me dirán ustedes si no es para eso y para mucho más.

Se entiende por Violación el delito cometido por una persona que, en el caso que nos ocupa, se trataría de un hombre, quien, mediante la fuerza o la intimidación, o ambas cosas a la vez, abusa sexualmente de una mujer, por supuesto contra su voluntad. El violador, en general, suele ser un individuo con una personalidad frustrada, con unos niveles bajos de autoestima, que se siente incapaz de obtener gratificación sexual de forma normal, debido a que sus relaciones interpersonales suelen ser muy deficientes, además de que no tolera fácilmente la frustración; por todo esto, necesita violar a fin de saberse importante y poderoso, con la lógica consecuencia de que así puede elevar su autoestima. Esto resulta aún más acusado cuando se trata de un grupo de violadores; en estas circunstancias, el cabecilla que organiza el acto se siente mucho más dueño de la situación al tener bajo su control tanto a la víctima como a los otros violadores que se someten a sus deseos a la hora de actuar, siguiendo sus instrucciones o respetando el orden que él impone. Además, es de destacar el hecho de que en este tipo de violaciones en grupo, la personalidad del cabecilla presenta una desorganización diferente que cuando se trata de un sólo violador, porque al ejecutar el delito, consigue aliviar ciertos deseos homosexuales inconscientes, los cuales le llevan a disfrutar con la visión de otros hombres desnudos, realizando una actividad sexual violenta, en la que puede llegar a imaginarse a sí mismo en el lugar de la víctima, con una clara tendencia también al voyeurismo sadomasoquista. Así pues, este tipo de violador, jefe de un grupo, obtendría su placer sexual a través de, por un lado, la agresión sexual directamente protagonizada por él; por otro, a través de la imaginación homosexual masoquista, viéndose a sí mismo como violado por otros hombres y, en tercer lugar, a través de su postura de espectador que disfruta de un espectáculo de violencia sexual y al que se une el escuchar gritos, insultos, peticiones de socorro, etc.

Ahora bien ¿qué pasa con la víctima de una violación, ya sea atacada por uno o por varios violadores? No resulta fácil analizar las repercusiones psicológicas que se desarrollan en estas personas, después de la agresión, sobre todo porque lo único que desean es olvidarlo y esto, por varios factores: En primer lugar (aunque el orden de presentación no tiene ninguna relevancia) porque la sociedad, aún machista, en que nos movemos les lleva a considerarse a sí mismas como culpables de provocación; es decir, si el hombre las ataca es porque ellas, con su ropa, con su forma de moverse, le inducen a portarse como un animal ("Quizá no hubiera pasado nada si yo no me pongo hoy este vestido"). En segundo lugar, porque se sienten humilladas; esa humillación hace que su autopercepción se reboce en el fango, que baje a cotas mínimas su nivel de autoestima y que les cueste trabajo mirar después a alguien a la cara, tal vez como consecuencia, en cierto modo, del punto anterior. Por otra parte, sienten una gran vergüenza ante la posibilidad de verse en boca de todos por una cosa así; incluso, pueden llegar a temer la reacción de su propia familia; éste es uno de los motivos por los cuales muchas violaciones quedan sin denunciar, ya que, además de tener que pasar un examen médico que dé fé de lo sucedido (o sea, que tienen que probar que no mienten, luego, de entrada, se las considera mentirosas), tendrán que verse después en un juicio, donde lo más probable es que el abogado defensor las acuse de provocadoras. Se da también un miedo feroz a que algo así les vuelva a ocurrir, manifestando un cierto temor, en general, a cualquier hombre que se acerque a ellas; con lo que se produce un rechazo a las relaciones sexuales, que puede desembocar en trastornos graves de la conducta sexual, especialmente si, como consecuencia de la violación, se produjeron lesiones físicas. Y no hay que dejar de lado el miedo a un embarazo y, si éste se desarrolla, las presiones familiares que se suceden para que realice un aborto, con frases que llevan implícita una culpabilización de la víctima, como por ejemplo: "¡No añadas, a una vergüenza, otra más grande!"

En cualquier caso, la readaptación posterior de la víctima está en función de cómo ha sido la experiencia sufrida y la interpretación que hace de ella; en especial, cómo se ve a sí misma, a posteriori, en el antes, en el durante y en el después.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 25 de mayo de 1997.

Violaciones de "Primera Clase"... (II)

Aunque suele haber reacciones psicológicas comunes en las víctimas de una violación, es muy cierto que estas reacciones dependen, entre otras cosas, de la intensidad del estado emocional consecuente, de las circunstancias en que se produjo la agresión, de la edad de la víctima, del historial, en su caso, de agresiones previas, ya sean sexuales o de cualquier otro tipo, de los recursos psicológicos que tiene esta persona para combatir situaciones estresantes, de sus niveles de autoestima y de confianza en sí misma, del apoyo social y familiar con que puede contar, y de sus relaciones afectivas y sexuales actuales. Las consecuencias psicológicas inmediatas suelen ser las siguientes: malestar generalizado, conductas desorganizadas y, a veces, mecánicas, aislamiento, reacciones de pánico, pérdida de apetito, insomnio, temblores, etc. Éstas suelen disminuir o desaparecer a las pocas semanas, sin embargo, queda en esa mujer una cierta ansiedad que variará en el sentido de que, cuanto más intensa sea la reacción durante las primeras horas o días, después de la agresión, tanto mayor será la probabilidad de que el problema se convierta en algo crónico.

Esa ansiedad suele estar relacionada después con situaciones que, de alguna forma, recuerdan el momento de la agresión, por ejemplo, el hecho de estar sola, el que tenga que ver a gente (hombres, sobre todo) que no conoce, la oscuridad o los lugares deshabitados. Y no es de extrañar que aparezcan estados depresivos y pérdida, como hemos visto, de la autoestima, con una desconfianza en las propias posibilidades para enfrentarse a su vida futura en general. A mayores, y como ya se apuntó en el artículo anterior, están los sentimientos de culpa, como consecuencia de una percepción errónea de lo ocurrido, de los posibles errores cometidos y de los pensamientos obsesivos acerca de lo que pudo haber hecho y no hizo. Esta autoinculpación que daña seriamente la opinión que tiene de sí misma, le puede llevar a desencadenar una serie de conductas de evitación en relación con las expresiones de afecto, pérdida del deseo, huida de las manifestaciones eróticas y disfunciones sexuales, ya que esa relación erótica sana y normal, aunque sea deseada y provocada, puede evocarle el recuerdo de aquella situación traumática, con lo que se produce el desconcierto de su pareja ("¡Primero me lo pides, y ahora lo rechazas!... ¡es que no te entiendo!") y el rechazo de sí misma al verse incapaz de satisfacer a la persona amada.

Así pues, como vemos, la víctima se ve inmersa en una situación más complicada de lo que, en un principio y desde fuera, pudiera parecer. De hecho, la ansiedad generada a raíz de la violación, no suele desaparecer espontáneamente con el paso del tiempo, aunque el ambiente social y familiar sea favorable; en muchas ocasiones, es absolutamente necesario un tratamiento psicológico adecuado para reequilibrar nuevamente el estado emocional, las perspectivas personales y sus relaciones afectivas. Pero hay que tener en cuenta otros datos que influirán, también, en la percepción, a posteriori, de la situación: Muchas violaciones se cometen por amigos o conocidos de la víctima, los cuales interpretan de forma errónea las intenciones reales de ésta y así, en base a falsas ideas sobre lo que significa ser hombre o ser mujer, consideran que un inocente coqueteo por parte de ella, o un roce, es un indicador de que ésta quiere tener una relación sexual y ya en el intento, consideran que su rechazo o su negativa, es parte del juego erótico ("Si sé que te va a gustar... ¿te gusta jugar, eh?... ¡Haciéndote la dura me pones que no veas!"...) Por otro lado, aunque la violación suele considerarse más como una conducta agresiva que como una conducta sexual, sí es cierto que en la mayoría de los violadores y en algunas víctimas (aunque sean muy pocas) se produce, en ese momento, una respuesta sexual de excitación (con clara erección en el hombre y lubricación vaginal en la mujer que lo sufre) como consecuencia tal vez de la ansiedad experimentada; lo que constituiría, sobre todo en las mujeres, una reacción fisiológica sin relación alguna con el placer sexual a no ser que, a nivel inconsciente, se produjera una estimulación morbosa fruto de la situación en sí.

Es también destacable la impunidad con la que puede llegar a actuar un violador y la tranquilidad que le da el saber que son muy pocas las mujeres que denuncian el delito. Según una estadística de los años 80, aunque las cosas han cambiado algo como consecuencia de los cada vez más frecuentes abusos y crímenes cometidos con niñas y adolescentes y la mujer está más concienciada para dar la cara, por encima de su dolor y de sus sentimientos, pues bien, como decía, hasta hace muy poco, en España sólo se denunciaban un 8% de las violaciones consumadas; a parte de que al menos un tercio de las agresiones no eran reveladas por las víctimas ni siquiera a sus familiares o amigos más íntimos; esto, probablemente, hacía que fueran mayores las repercusiones emocionales negativas por verse obligadas a sufrirlas en soledad, sin ningún apoyo afectivo. Todo con tal de no sufrir la vergüenza de revivir delante de los demás el hecho traumático; de no sentirse marcadas socialmente; por el pudor que muestran algunos hombres a tener relaciones con mujeres que fueron violadas y porque estas mujeres suelen temer las represalias posteriores por parte de sus agresores si éstos pertenecen a su propio círculo social.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 1 de junio de 1997.

Violaciones de "Segunda Clase"... (III)

Serían, como vimos en el primer artículo de esta serie, aquéllas que en un proceso judicial (por suerte no siempre es así) tienen el atenuante de que el violador es el marido de la víctima y por ello tiene sus derechos. Si nos fijamos en la expresión sus derechos, podemos hablar de derechos personales o individuales, como el derecho a la libertad, a ser respetado, a la intimidad, a expresarse según su ideología y a la propiedad, entre otros. Pero, en el caso que nos ocupa, parece que al hablar de los derechos de un marido sobre su mujer, se hace alusión directamente al derecho a la propiedad; es decir: la esposa es propiedad de su cónyuge; pierde la condición de persona para ser objeto que se posee, porque, a mi entender, sólo se puede y se debe ejercer la posesión sobre los objetos; ya que si tratas de ejercer ese derecho sobre una persona, te estás cargando de un plumazo el derecho de la misma a la libertad, a ser respetado a su intimidad, etc. No soy abogada y quizá todos estos términos, que parecen más bien expresiones jurídicas, me queden un poco grandes, no obstante creo que ustedes comprenden perfectamente lo que trato de decir.

Cuando en una pareja libremente formada se tuercen las cosas, ambos deberían poder sentirse libres para romper sus ataduras, pero esta idea choca con esas tradiciones que propugnan la supremacía del varón y la sumisión de su compañera, reducida a ser propiedad privada del hombre. Ahora bien ¿por qué se producen esos abusos? ¿Por qué un hombre es capaz de violar a su pareja? Podríamos partir (por empezar por algo concreto) de un complejo de inferioridad, más o menos acusado, en ese hombre que, íntimamente, le hace sentirse mal consigo mismo al compararse con su mujer, pero se niega a reconocerlo y necesita demostrar y, sobre todo, demostrarse, que él es superior a ella. El problema está cuando, no encontrando cómo demostrarlo de una forma respetuosa, debido a que no tiene argumentaciones intelectuales o afectivas para ello, recurre a algo en lo que sí está seguro de poder destacar: su fortaleza física. Así es como, dando rienda suelta a su actividad muscular, se le oyen frases como: "¡Te vas a enterar de una vez quién manda aquí!" o "¡Eres mi mujer y harás lo que yo diga!"; mezclándose en todo ello ese concepto enfermizo de la propiedad con ese deseo de demostrar su superioridad. Aunque, si bien es cierto, en la mayoría de las ocasiones, que para llegar a este extremo, el hombre necesita de una estimulación externa, como puede ser el alcohol, porque su propio sentimiento de inferioridad le impide imponerse de una u otra forma, si no está lo suficientemente estimulado.

A pesar de todo ello, las mujeres que sufren este tipo de violaciones desarrollan, al igual que las violadas por hombres ajenos a ellas, un elevado sentimiento de culpabilidad que les lleva a verse como provocadoras de la situación, simplemente por estar ahí, y este sentimiento es tanto mayor cuanto más dependientes, económica o afectivamente, son de sus maridos; y no es de extrañar el que, por ejemplo, sus familiares directos, también con los mismos condicionantes de dependencia hacia los patriarcas, les digan, si llegan a quejarse ante ellos, lo que no es muy frecuente que ocurra: "¡Tú te lo habrás buscado!". Con frecuencia, las mujeres se ven tan intimidadas por la violencia de su compañero que su amor propio se resiente y concluyen que eso que tienen es precisamente todo lo más a lo que pueden aspirar; y la depresión, la apatía, la pérdida de esperanza y la sensación de culpabilidad hacen aún más difícil la decisión de marcharse. Las mujeres que son económicamente independientes de sus maridos tienen muchas menos probabilidades de mantener estas relaciones violentas durante menos tiempo y, en este caso, la duración de las mismas estará en función de la dependencia afectiva que mantengan con respecto a él, aunque tarde o temprano se sentirán más capacitadas para decir "¡basta!".

Sin embargo, y a pesar de su mayor o menor dependencia, las mujeres que son violadas reiteradamente por sus maridos, se ven obligadas a enfrentarse a lo que manifestábamos al principio: "Es tu marido y tiene sus derechos". Esto hace que, en algunas ocasiones y ya hartas de una situación que hace peligrar seriamente su integridad física y su salud mental, decidan, ya que nadie les ayuda, tomarse la justicia por su mano. Así ocurrió con la americana Lorena Bobbitt, en 1993, aunque ella tuvo la suerte de verse comprendida por un jurado que la declaró inocente, lo que en otras ocasiones y con otros jueces no ocurre. Son muchas, más de las que creemos, las mujeres, de diversas clases sociales, de diferentes ambientes culturales y de todos los países del mundo, que sufren en silencio, continuamente, los abusos a que las someten sus maridos; y lo sufren en silencio por soledad, por falta de apoyo, por miedo o por necesidad económica. Esta violencia sexual que se ampara en el vínculo matrimonial convierte la convivencia en un verdadero infierno del que no todas las mujeres tienen el valor, los recursos necesarios o la posibilidad de escapar. Hasta que un día salta la chispa, bien porque llegan al absoluto convencimiento de que ya no tienen nada que perder o, simplemente, porque ya no pueden pensar en nada más, y todas las humillaciones, todas las vejaciones padecidas se terminan a golpe de cuchillo; ocurriendo así que la mutilación del pene o, en otros casos, la muerte del marido, se convierten en el símbolo de su liberación y en el final de sus pesadillas.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 15 de junio de 1997.

... Esas otras violaciones (IV)

Éstas a las que me voy a referir hoy, sí son castigables, sí son repudiables socialmente, pero no por eso, desgraciadamente, son menos frecuentes. Son los abusos sexuales a menores; práctica que está muy extendida actualmente, como dan fe de ello los más del medio millón de casos denunciados cada año en Estados Unidos. Pero además, ocurre que el 90% de los abusos denunciados se dan en el mismo hogar por familiares de la víctima, amigos de la familia o vecinos, en contra de la creencia de que los adultos que realizan estas prácticas son personas totalmente desconocidas.

Quizá ahora ustedes se estarán preguntando cómo son esos individuos que pueden llegar a cometer semejantes atrocidades. Según las investigaciones realizadas, suelen ser hombres de mediana o avanzada edad, solitarios, puritanos en cuanto a sus actitudes sexuales con las mujeres y, a menudo, al menos aparentemente, muy religiosos. Sus prácticas consisten en tocar los órganos sexuales del menor, lenguaje obsceno o, simplemente, contemplarles desnudos mientras se masturban; en muy raras ocasiones se produce la penetración vaginal o anal y no suelen dañar físicamente a sus víctimas. Aunque últimamente han escandalizado a la opinión pública los hallazgos de cadáveres de niños que habían sufrido, tanto antes como después de la muerte, abusos sexuales y ésta se había producido como consecuencia de torturas físicas relacionadas con prácticas de sadismo. A mayores y quizá como consecuencia del consumismo en que estamos inmersos, de unos años para acá han proliferado los negocios que tienen como objeto el satisfacer las demandas de estos individuos, proporcionándoles películas pornográficas o espectáculos en vivo, en los que se utiliza a niños que no entienden qué están haciendo o, si lo entienden, no quieren hacerlo pero lo hacen porque tienen miedo de las represalias que puedan caer sobre ellos ya que, además de ser víctimas de abusos físicos, son víctimas de intimidaciones y violencias psicológicas.

Pero volvamos otra vez a la personalidad de estos sujetos. Probablemente, la causa de esta desviación sexual esté al igual que en el caso de las violaciones a mujeres, en un grave complejo de inferioridad o, también, en un acusado infantilismo psicosexual. Son adultos que temen las relaciones sexuales normales porque se ven incapaces de llevarlas a cabo de modo satisfactorio, tanto para sí mismos como, y especialmente, para su posible pareja, tal vez por un sentimiento de minusvalía orgánica o psíquica. Entonces, cuando ya no les basta la masturbación, deben elegir una pareja sexual que excluya la relación normal, tanto a nivel físico como afectivo y esta pareja sólo puede ser un niño o una niña de corta edad. Es la típica figura del amigo de los niños, que siempre está dispuesto a distribuir golosinas para captar su atención. Y el abuso se produce porque la inexperiencia de los niños y su poca capacidad de defensa les excita o, cuando menos, les desinhibe para realizar lo que no se atreven en términos de igualdad. No obstante, en ocasiones ocurre que, a la vez que se desinhiben sexualmente, empiezan a desarrollar un acusado sentimiento de culpabilidad que les obliga a reprimir sus tendencias lo que, llegado a este punto, les resulta tremendamente difícil y como no pueden controlarse a sí mismos, deciden que deben castigar o eliminar lo que les provoca, convirtiendo así a los niños en víctimas de sus iras (malos tratos físicos o psicológicos) o, en casos extremos, de sus crímenes.

Y ahora fijémonos en algo de extrema importancia. Si una mujer que resulta víctima de una o de frecuentes violaciones llega a desarrollar serios trastornos psicológicos, ¿qué no ocurrirá con un niño, cuya inocencia no le permite comprender ese tipo de perversión humana y que está en plena formación y desarrollo de su personalidad? Para poder ayudarles, hay que evitar a toda costa la posibilidad de que sufran tales agresiones, con la protección adecuada, pero si el daño ya está hecho, hay que intentar fomentar la expresión de sus emociones, hacerles hablar para que suelten todos sus sentimientos de rabia y de confusión; van a necesitar mucho tiempo para superarlo pero, en todo momento, deberán sentirse acompañados y comprendidos de forma que se controle su miedo a que vuelva a ocurrir. Además, hay que eliminar sus sentimientos de culpa ya que si, aunque se haya visto obligado a ello, ha participado en la actividad sexual, se verá a sí mismo como algo sucio, lo que puede hacer que se autorrechace y se autocastigue.

Aún hoy son muchos los padres que no ofrecen a sus hijos una adecuada información sexual y menos aún les hablan de los abusos, pensando que esto, a ellos, no les puede ocurrir. Sin embargo, es fundamental que los padres o tutores sean conscientes de este problema, que les expliquen estos riesgos a la vez que les dan una visión positiva de la sexualidad normal, de forma que sepan reaccionar a tiempo llegado el caso. También es necesario darles la suficiente confianza a todos los niveles, para que el niño sepa que puede contar cualquier cosa que le ocurra, sin miedo a posibles represalias, ya que, si a la culpabilidad que se genera en la víctima, se añade el miedo a lo que le ocurrirá si lo cuenta, este niño se irá convirtiendo en una persona introvertida, huidiza, insegura, desconfiada y con muchas probabilidades de desarrollar en el futuro conductas antisociales que se pueden evitar.

 

Ana I. Rico Prieto.