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Publicado en el núm. 19 de la revista “Turismo” de Castilla y León, en el mes de julio de 1995. El Precio del Amor "Sólo hay dos clases de mujeres: las que te cobran y las que te lo hacen pagar." ¡Qué fuerte!... Y a pesar de todo, uno se pregunta si cabe alguna duda ante semejante afirmación. Lo cierto es que dicho por una mujer parece que suena aún mucho más duro, pero incluso a riesgo de que se me echen encima todas las feministas del mundo, pienso que quien lo dijo, persona muy querida y entrañable para mí, tiene más razón que un santo. Póngase usted, querido aunque desconocido lector, en una actitud lo más objetiva posible y pase conmigo a analizar en lo que cabe la frasecita de marras. La primera clase de mujeres, las que te cobran, creo que está claramente identificada. Me refiero a las que alguien llamó "las obreritas del amor", definición que, por cierto, también tiene bemoles. Porque ya me dirán ustedes qué amor puede ser ése que se compra y que se vende con moneda de curso legal. Amor es sentir y cuando de sentimientos se habla, no se puede hablar de dinero. Pero dejemos esto a un lado porque es tema asaz comentado, trillado y, si se me permite, vapuleado, como para seguir insistiendo en ello. La segunda "clase" es la que más nos interesa en este momento: las que te lo hacen pagar. Partamos de una pregunta básica: ¿Quién que ama no quiere ser correspondido? Todo aquel que ama y que entrega su amor, máxime teniendo en cuenta que cuando esto se produce, entrega también, y en el mismo lote, su intimidad, su persona, su confianza y toda una larga serie de sentimientos, vivencias, ilusiones y proyectos, ese individuo, digo, sea hombre o mujer, espera encontrar algo a cambio; espera que le paguen con la misma moneda. En el caso de la mujer puede ser que esto se acentúe mucho más. Me explico. Cuando una mujer se enamora, se ata, casi literalmente, al hombre que le provoca ese sentimiento. Pasa a convertirse en una amordependiente y no sólo eso, también en una erosdependiente (pero esto ya es otra historia). Se vuelca tanto en ese hombre que llega a parecerla poco lo que le da y se pasa los días pensando cómo puede complacerle más y las noches se la van soñando qué hacer para terminar de engancharle. Porque una vez que logra tenerle, todo su afán se centra en mantenerle. Pero a este primer momento del amor, el momento de dar, le sigue inexorablemente un segundo momento, que es el de recibir. Que ningún hombre piense que cuando una mujer se enamora de él, ella va a tener bastante con que él se deje querer... Craso error... Cuanto más dé, más querrá recibir; cuanto más se brinde, más querrá que la ofrezcan. Y el hombre que pensaba que esa mujer era una bicoca, empieza a darse cuenta de que no puede ir de rositas y de que, de la noche a la mañana, le llega el turno de pagar... Pero no de cualquier manera... Ese pago sería muy poco costoso si Ella se conformara, de vez en cuando, con un regalito más o menos caro, porque eso, en un momento, o en dos momentos, o en tres, halaga a una mujer y complace su frivolidad, lo cual es necesario, pero no la llena, no la satisface íntimamente y, lo que es peor, no hace que se sienta totalmente recompensada. El pago que se exige es mucho mayor porque se le obliga a que devuelva lo que recibe. Y es ahí donde una mujer pone a prueba a un hombre, a la vez que pone a prueba el amor que él dice sentir por ella. Y, si ustedes me permiten el comentario, hay que ser muy hombre para hacer frente a semejante reto. ¡Ojo!... Que he dicho muy hombre, no muy macho. Ser muy macho es muy fácil; basta con ser firme y "saber llevar los pantalones", lo cual es sumamente sencillo porque para ello pueden contar con una mayor fortaleza física. Ser Muy Hombre requiere, además, inteligencia, discreción, voluntad, ternura, sensibilidad, integridad, sinceridad, cierta dosis de buen humor y una cucharadita de ingenio... Todo ello convenientemente aderezado con una tacita de sensualidad y una salsa picantona que pueda recubrir agradablemente los preciados momentos de la intimidad. Y ya que nos hemos metido entre pucheros, llamemos la atención sobre algo imprescindible a tener en cuenta para que todo guiso salga "a pedir de boca": Cocer a Fuego Lento, con lo que se conseguirá que los ingredientes vayan dejando en el caldo su aroma y su sabor, base y esencia de la buena cocina. Esa persona tan querida para mí, mencionada al principio del artículo, Mi Padre, dice también que "Echando mucho crudo, sale mucho cocido". Yo añadiría algo más: Si se echa mucho crudo bueno, saldrá un cocido insuperable.
Ana I. Rico Prieto
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 4 de febrero de 1996. Incompatibilidad en la Pareja Quizá, algunas de las cuestiones que más se suelen plantear en nuestros Gabinetes de Psicoterapia son las que tienen como motivo o consecuencia las relaciones humanas. Y si entre todas las posibles, nos centramos en la más frecuente y, tal vez por eso, la más problemática, como es el caso de las relaciones de pareja, podemos encontrarnos con el siguiente Principio Matemático: "Planteamiento: Yo digo arre. Respuesta: Él (ella) dice so. Conclusión: Somos Incompatibles". Y a partir de ahí, todo degenera. Se dejan de percibir esas extrañas sensaciones que indicaban que se trataba de un Nosotros. Cada vez el yo es más Yo y el tú es más Tú. Y esa inicial necesidad de sentir y de compartir, se transforma en un simple "hoy no me apetece". Tal es así que el consabido "Muerto el perro se acabó la rabia", se transforma en "Descubierta la rabia, podemos matar al perro". Pero ¿dónde empieza esa idea de la Incompatibilidad? Cuando dos personas deciden vivir en pareja, ambas creen que son compatibles; es decir, creen que sus ideas, sus gustos, sus costumbres, van en la misma dirección, o sea, no chocan, no se enfrentan. El problema radica en que, en esos primeros momentos de la relación puede ocurrir que un miembro de la pareja (o los dos) se sienta tan fascinado por el otro que se adapta a la manera de ser del otro. Cree pensar de la misma manera, cree tener los mismos gustos, etc. Lo cierto es que lo que subyace en ese instante inicial es un poderoso deseo de que las cosas vayan bien o, en ocasiones incluso, un agobiante temor a perder a ese otro si uno se muestra tal cual es; en una palabra, les da miedo descubrir su verdadera personalidad por el riesgo de quedarse solos, por el pánico a fracasar una vez más o, peor aún, por el fatídico qué dirán los demás si soy el único en el grupo, en la familia, etc., que no tiene pareja. Sin embargo, si ya es demasiado complicado interpretar un papel en esta vida, me atrevería a afirmar que supone un esfuerzo titánico tener que representar dos, máxime teniendo en cuenta que el segundo debe suplantar al primero justamente en aquel lugar en que lo normal sería evadirse de todas las tensiones, estar tranquilo; es decir, en ese reducto personal tan vital llamado intimidad. La consecuencia de ello es, evidentemente, la explosión y de creer que se podía vivir bien así, se pasa a odiar visceralmente todo lo que constituye ese escenario, todo lo que nos hace ser conscientes de haber perdido la propia identidad. Y aun sin percibir muy claramente cómo o en qué momento ocurrió, esa persona se ve detestando a su pareja... Los defectos que antes resultaban graciosos u originales, ahora son insoportables... La fatal conclusión no tarda, pues, en imponerse: Es que yo no soy así... es que no nos parecemos en nada... es que somos totalmente incompatibles. Llegado a este punto hay muchas parejas que optan por separarse, con la ilusión, a veces no confesada, de rehacer la vida al lado de otra persona, con la que se espera ser compatible. Pero también existen muchas otras que consideran que, a pesar de ese mogollón de cosas del otro que les resultan odiosas o agobiantes, todavía existe algo que les hace sentirse bien, y creen que aún se puede hacer algo; o cuando menos, se sienten en la obligación de intentarlo y de darse otra oportunidad. El hombre y la mujer, tan diferentes entre sí y tan diferentes entre los de su mismo sexo, pueden llegar a parecer tan incompatibles que es precisamente eso lo que les hace ser compatibles. El deseo de todo ser humano es el de ser total y como eso resulta imposible, busca en el otro aquello que le falta para conseguirlo; de forma que al pasar el otro a ser parte de su vida, tiene la sensación de adquirir con ello eso que tanto anhelaba. Y como una persona es, básicamente, un cúmulo de impresiones y sensaciones, al tener la sensación de poseerlo todo, se tiene la impresión de ser total. Cuando una pareja empieza a desmoronarse porque se siente incompatible, tal vez sería útil dar unos pasos atrás y analizar pausadamente qué fue aquello que tenía el otro y que tanto llamó la atención en los primeros momentos de la relación. A continuación, posiblemente, se dará cuenta de que si le llamó tanto la atención era porque no figuraba entre sus propias cualidades o características y, sin embargo, anhelaba encontrarlo, poseerlo y sentirlo. Después se dará cuenta de que eso que empezó a sentir como suyo, era precisamente lo que le faltaba para sentirse total. A partir de ahí, todo lo que después fue ocurriendo ya no tenía nada que ver; no era más que un contoneo innecesario, un querer impresionar y llamar la atención, o un miedo a perder lo que se acababa de conseguir, fingiendo no necesitarlo y sin caer en la cuenta de que si el otro estaba a nuestro lado era porque también descubrió en nosotros algo que él no tenía y necesitaba tener, ya que él también necesitaba sentirse total. Entonces, desde esta perspectiva, se podría concluir que, realmente, no es cuestión de volver a ser compatibles; es cuestión, pura y simplemente, de volver a sentir.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 22 de octubre de 1995. Los Celos A menudo, oímos quejarse a algunas personas de que su pareja las lleva por "la calle de la amargura", que son celosos, que les reprochan su actitud con los demás, que "no puedo mirar a otra persona porque se mosquea", y cuando esto sucede, es porque la situación ha llegado a un punto en el que, como veremos más adelante, ya no se puede considerar como normal lo que antes no sólo se aceptaba, sino que incluso se provocaba. En un primer momento de la relación de pareja, el que el otro se muestre un poco celoso incluso parece que gusta: "Es que mi Pepe (o mi Mari) me quiere tanto que no puede vivir sin mí... Tiene celos de todo porque me quiere con locura". Este reconocimiento, además, hace subir los niveles de autoestima; suscita ese agradable sentimiento de creerse amado y deseado hasta límites insospechados; y consigue, incluso, que uno pueda regodearse en la maravillosa idea de ser imprescindible. El problema empieza a verse como tal cuando, pasada esa euforia inicial, los celos persisten y el individuo objeto de los mismos comienza a darse cuenta de que no se trata de que él sea el mejor, sino que esa persona que tiene como pareja muestra una conducta anormalmente posesiva. Que lo que inicialmente satisfacía el propio ego, ahora es molesto e, incluso, dañino. Puestas así las cosas, no queda más remedio que darle al asunto su verdadero nombre y tratarlo con sus correspondientes apellidos. El diccionario de la Lengua Española define los celos como "Recelo que uno siente de que cualquier afecto o bien que disfrute o pretenda, llegue a ser alcanzado por otro". En Psicología se identifican como el "estado afectivo ambivalente caracterizado por el temor a perder la estima de una persona". El comportamiento celoso, en el caso de una pareja en la que quedan totalmente descartados los motivos reales para ello, tiene su origen en una personalidad frecuentemente marcada por un complejo de inferioridad, en mayor o menor grado. La persona celosa es, por regla general, un individuo inseguro, con una autoestima baja y una inevitable tendencia a infravalorarse a sí mismo, ya no sólo de cara a los demás, sino también en su fuero interno. Está constantemente necesitado de refuerzos, de que otros le reconozcan positivamente sus comportamientos o aptitudes. En la mayoría de los casos, cuando uno de los miembros de la pareja empieza a mostrar una actitud celosa, lo que realmente está ocurriendo, en un primer momento, es que esa persona ha mitificado, en algún grado, a su compañero o compañera; eso ya de por sí genera la duda de si uno será o no merecedor de esa compañía, lo que, dadas las especiales circunstancias, se valora en sentido negativo; es decir, no merece a su pareja porque, comparado con ella, se siente insignificante; a su lado, cree no valer nada. El otro es tan perfecto que cualquier intento de igualarse llevará inexorablemente al más sonoro ridículo. A renglón seguido, ese sentimiento de inferioridad va a poner en marcha todo un protocolo de mecanismos de defensa, según los cuales y para ocultar su autorreconocida minusvalía, empezará a mostrar una actitud de gallo de corral, comenzará a envalentonarse en exceso para demostrar a su pareja y a los demás que no es quien todos pensaban, "ese ser inútil e inseguro que no hacía nada bien", y lo que es más difícil, va a poner todo su empeño en demostrárselo a sí mismo. Surge, pues, en esa persona, una nueva actitud altanera ("se van a enterar de quién soy yo"), dominadora ("tú harás lo que yo diga"), celosa y posesiva ("¿dónde fuiste?... ¿con quién estabas?") e, incluso, narcisista ("yo soy mejor que nadie, así que toma nota"). Y todo ello, con la única intención de protegerse contra su autorrepudiado yo. En un momento como éste, enfrentarse al celoso para demostrarle su error tendrá como resultado más probable lo que vulgarmente definimos como echar más leña al fuego. Porque no sólo no se le va a convencer de que no tiene razón, sino que, por el contrario, ese empeño será irremediablemente interpretado como un intento de ocultar lo que ya se sabe, como un desesperado esfuerzo por negar los hechos, que además, "seguramente estarán ya en boca de todo el mundo, poniéndome en ridículo". Quizá, llegado a este punto, la respuesta más adecuada pase por hallar la fórmula según la cual el compañero o compañera celoso se sienta más valorado; que vea que su opinión es importante, que su presencia es decisiva para el buen funcionamiento de la pareja. En resumen, que se le refuerce con hechos palpables o gestos inequívocos su presencia, su hacer y su papel dentro de esa pequeña pero importante comunidad dual.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 26 de noviembre de 1995. La Comunicación en la Pareja Cuando dos personas se encuentran por primera vez y se produce esa sensación irrazonable que corrientemente llamamos flechazo, resulta sorprendente descubrir lo patosos que pueden llegar a sentirse para establecer una comunicación, y más sorprendente aún es el hecho de descubrir que existe una amplísima gama de canales para expresarse y no se sabe bien cómo usarlos. Desde las miradas, hasta la palabra, pasando por gestos, ademanes, movimientos rítmicos, etc., se podría hacer uso de cualquiera y con cualquiera, probablemente, se conseguiría el mismo resultado: emitir el archisabido "me gustaría conocerte mejor". A continuación, y a través del canal elegido, se empiezan a emitir los mensajes que llevan un clarísimo contenido destinado a definir, aunque sea indirectamente, la relación que se quiere conseguir. A partir de aquí, a medida que esas dos personas van aclarando las bases de su relación, a la vez van elaborando su particular modo de comunicación; es decir, cómo van a hacer para entenderse entre sí y frente a los demás. La teoría de la comunicación parte de una premisa básica: "Es imposible no comunicarse". Si dos o más personas están juntas, toda palabra, escritura, gesto, actitud, etc., están expresando algo a los demás. De nada sirve estar callado, porque el silencio será interpretado de diferentes maneras según quien lo reciba y la situación en la que se encuentren; de nada sirve estarse quieto, porque la falta de movimiento indicará a los que la perciben que el emisor está expresando tal o cual sentimiento o sensación; o que se adopta tal postura o tal actitud para manifestar algo. En el caso de la pareja que, además, tiene ya claramente identificados sus canales de comunicación y que, sin muchos errores, puede dar una interpretación inequívoca de los mensajes emitidos a través de esos canales, se llega a producir tal acuerdo en torno a esto que es ese mismo acuerdo el que, de por sí, define la relación. Por otra parte, es necesario tener en cuenta que ningún canal de comunicación, dentro de la pareja (ni fuera de ella), es independiente de los demás; es decir, si uno le dice el otro que le quiere, utilizando para ello la palabra, además se lo estará diciendo, inconscientemente, con sus movimientos (acercamiento), con sus gestos o miradas, etc. De hecho, cuando no se produce esa similitud en la interpretación de los mensajes emitidos por las diferentes vías, porque los mismos se presentan como contradictorios, el miembro receptor sabe instantáneamente que algo falla, que el otro está mintiendo, aunque luego se haga necesario analizar en cuál de los mensajes emitidos por los diferentes canales está el engaño y en cuál la verdad. A este respecto, es lógico pensar que si, por ejemplo, hay una incongruencia entre el mensaje oral o la palabra y el gestual, manifestado en conductas o actitudes, en ese caso, digo, se puede presuponer que el "engaño" se está produciendo en el mensaje oral y ello porque a unas palabras se les puede dar una intencionalidad o una entonación voluntaria, mientras que, en la inmensa mayoría de las ocasiones, las gesticulaciones o actitudes suelen ser impulsivas, instintivas, sin control consciente; luego son éstas las que pueden expresar claramente sentimientos que, de otro modo, cabría la posibilidad de ocultarlos o disfrazarlos con una facilidad impune. Al hilo de lo anterior, de la misma forma que no se puede dejar de emitir mensajes, se hace obligatorio añadir que tampoco es posible no interpretar o no calificar dichos mensajes. Y esa interpretación estará básicamente mediatizada por los siguientes condicionantes: contexto o circunstancias que la rodean, actitud del receptor frente al emisor, conocimiento que tiene el receptor del emisor, estado anímico del receptor y capacidad de percepción del mismo. Un mensaje emitido con una determinada intencionalidad puede llegar a su destino y encontrarse allí con una interpretación que contrasta o incluso es opuesta a la que el emisor hubiera querido que se le diera. Soy consciente de que este tema es demasiado amplio para poder desarrollarlo en un único artículo; por tanto, sirva éste de pequeña introducción al mismo y permitidme, queridos lectores, la licencia de poder seguir tratando esta interesante cuestión en posteriores publicaciones, donde ahondaremos más detenidamente en los diferentes pormenores de la comunicación en la pareja.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 3 de diciembre de 1995. La Comunicación en la Pareja: El Silencio Parece una contradicción y, sin embargo, no lo es. Y no sólo no es una contradicción, sino que, incluso, puede llegar a ser uno de los aspectos más importantes de la comunicación entre dos personas que comparten sus vidas. Pero empecemos por el principio: Tenemos a dos individuos con unas particularidades muy específicas pero que, por mutuo acuerdo, comparten un espacio, un tiempo y una situación. Lógicamente, y para que esto sea posible, comparten también unos canales de comunicación que permiten el entendimiento entre ellos. Si nos centramos más detenidamente en esos canales, descubrimos que, entre los mismos, comparten, además, el Silencio; entendiendo por ello, como nos dice el diccionario, la "Abstención de hablar". Es decir, ninguno de los dos hace uso de las palabras ni, por tanto, de los significados, llamémoslos estándar, que éstas tienen. Sabido esto, deberíamos interesarnos a continuación por las interpretaciones del silencio, y fíjense bien que he dicho interpretaciones, como forma en que adaptamos un mensaje emitido por alguien a nuestra particular manera de percibir, a nuestro particular estado de ánimo y a nuestras circunstancias. Aunque eso no quiere decir, de ningún modo, que se corresponda dicha interpretación con la intención o el sentido que el emisor da a su mensaje. Cuando la relación en la pareja es armoniosa, el sucumbir al silencio parece que tiene un significado de calma; no es necesario decir nada porque los dos están de acuerdo; no es necesario hablar para llenar huecos porque ambos saben lo que puede descubrirse en esos huecos y uno de los hallazgos más importantes es el del respeto mutuo. Y alguien me dirá que a veces sí es necesario oír al otro decir que le quiere; aunque, en realidad, el deseo de escuchar esas dos palabras se hace notar más adelante, cuando no parece haber nada que lo indique, ni gestos, ni ademanes; cuando, y a pesar de no percibirlo, aún se mantiene la esperanza de que sigue existiendo ese amor y sólo es cuestión de recordarle al otro que ciertamente lo siente y por tanto debería manifestarlo. Es entonces cuando algo falla. Si uno se ve en la necesidad de recordarle al otro que aún se quieren, tal vez debería preguntarse qué ha pasado con ese sentimiento, aunque la respuesta más lógica estaría en el deterioro de las relaciones por el enturbiamiento a que las somete la rutina de la convivencia. Cuando el silencio pasa de significar, inequívocamente, complicidad a expresar, a veces incluso sin quererlo, hostilidad o, cuando menos, desinterés. Ahora bien, ¿cuándo y cómo se produce ese cambio? Aquí es donde parece estar el meollo de la cuestión. El cuándo podemos encontrarlo en ese momento a partir del cual empiezan a molestar algunas cosas del otro que antes no importaban; o se tiene la impresión, aunque no pueda demostrarse, de que ese otro ha comenzado una etapa de su vida en la que, al menos en algunos ratos, no se nos tiene en cuenta como pareja. O, por el contrario, cuando uno mismo tiene la necesidad de un espacio vital particular, donde no quepa nadie más y donde la pareja, efectivamente, puede llegar a convertirse en un estorbo; cuando se tiene el deseo de una intimidad tan introvertida, si se me permite la expresión, para retomar nuestra vida por unos cauces que, desde la propia óptica, lleven a una cierta "realización personal", en los cuales el otro no haría más que interferir negativamente. El cómo vendría dado, tal cual se apuntó anteriormente, por la rutina de la convivencia. Mientras que, en un principio, todo es nuevo, todo está por descubrir, con el tiempo parece que ya está todo sabido, que ya no hay sorpresas y, entonces, ese todo comienza a discurrir por unos derroteros excesivamente usados; no es más que otra vuelta de la misma rueda lo cual no presenta ningún aliciente y se convierte en hostil. Entonces, con ese cuándo y con este cómo, el silencio en el que uno se sumerge para "hablar" consigo mismo, tratando de reencontrarse con ese otro yo que consideraba, cuando menos, desplazado (¡cuánto echaba de menos este silencio!), el otro lo interpreta, quizá con cierta razón, como un sospechoso desinterés por lo que comparten (¿qué te pasa? ¿por qué no dices nada?); el primero, lógicamente, reclamará su derecho a no hablar (¿es que me tiene que pasar algo?) y de ahí al enfado, al "es que ya no te importo", a la duda, en fin, al desemparejamiento, no hay más que un paso. Y ese desemparejamiento puede ser de dos formas: hostil, con la separación, el divorcio, etc.; o condescendiente: "tú haz tu vida que yo haré la mía"; seguir juntos como dos extraños, que ni se recuerdan, ni se importan; sólo, y por toda una larga lista de razones, se aguantan. Así pues, si el silencio es tan decisivo, ¿por qué no se le reconoce su valía? Haciendo mención al título de aquella vieja canción, "Los sonidos del silencio", no estaría de más el esforzarse en oír ese silencio; en estar atentos a sus cambios de significado o en procurar, al menos, una interpretación lo más acertada posible del mismo.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 12 de mayo de 1996. La Personalidad Obsesiva y sus relaciones de pareja Decimos que el hombre es un animal de costumbres y decimos esto porque la tendencia más general es la de dejar las cosas como están; esto es debido a que las modificaciones de cualquier clase, tienen como consecuencia que el individuo se altere, se intranquilice, se sorprenda o incluso que le perturbe su estatus o modo de vida. Vamos así a parar al hecho de que, por ejemplo, el ser humano tiende a mantenerse firme en sus opiniones, actitudes, experiencias y hábitos, pudiendo llegar a afirmar aquello de que "más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer". Pero, aferrándose de tal manera a los hechos conocidos o habituales, resulta inevitable que a la hora de abordar cualquier novedad, ésta se vea mediatizada por prejuicios que, sin duda, entorpecen la correcta percepción de la misma, viéndose, efectivamente y confirmando su teoría, como algo negativo, dañino o, cuando menos, inútil. Y de esto, y sin el más mínimo esfuerzo, se pasa a continuación a lo que entendemos como personalidad obsesiva, en la cual, la nota predominante es su necesidad de seguridad y estrechamente relacionado, encontramos la prudencia, la previsión, la planificación de metas seguras, etc. Además, el problema de una personalidad obsesiva puede definirse como una cuestión de ansiedad frente a los riesgos, a los imprevistos y a las contingencias transitorias de la vida. Una persona obsesiva lleva muy mal el hecho de que no existan principios absolutos e inamovibles; que no se puedan fijar y canalizar los actos; se ilusiona con la posibilidad de encasillarlo todo en algún sistema, a fin de poder dominarlo sin fallos, y de desarrollarlo con absoluta perfección. Estas personas tienen un miedo constante a que todo se vuelva inseguro, con el riesgo de convertirse en caótico si se muestran un poco más flexibles o si actúan de modo espontáneo, sin control consciente. Tienen miedo a dar el primer paso y son víctimas fáciles de la vacilación y las dudas. Por esto mismo, en la mayoría de las ocasiones, se dedican a preparar minuciosamente algo que tienen que hacer, pero luego se quedan sólo en esos preparativos, sin conseguir avanzar ni un ápice y, al menor intento de avance, volverán siempre para atrás, con el fin de comprobar si los preparativos son correctos. Una teoría psicológica afirma que todo lo que se reprime, se acumula, con lo que el receptáculo psicológico se va llenando progresivamente, aumentando poco a poco la presión interior. La personalidad obsesiva necesitaría así, cada vez, más tiempo y energías para mantener ocultas sus represiones, lo que permite fácilmente comprender la estrechez de miras y la intransigencia que conlleva este comportamiento, rayando en el absolutismo. Sólo es consciente de que lo que quiere es hallar el punto justo, con lo que hace imposible la aparición de asociaciones libres que aligeran normalmente el modo de actuar de un individuo. Y por más diferentes que sean las obsesiones, en todas ellas nos encontramos con una falta absoluta de espontaneidad; así todo resulta previsible, nada se modifica, no se pueden presentar sorpresas y esa persona consigue, por tanto, sentirse segura. Los individuos que presentan rasgos obsesivos intentan, en todo momento, controlar sus sentimientos que, según ellos, no son dignos de fiar, por ser demasiado subjetivos y cambiantes; la pasión les resulta aún más sospechosa, ya que es totalmente imprevisible e irracional y constituye un signo de debilidad. Como consecuencia de todo esto, dosifican sus afectos y demuestran escasa comprensión con respecto a su pareja. Aunque manifiestan un alto sentido de la responsabilidad y mantienen sus decisiones (de matrimonio, de fidelidad, etc.) una vez que las han tomado. Además, desean que su pareja dependa de ellos por una necesidad de poder; pretendiendo moldearla con arreglo a su propia voluntad y considerándola de su exclusiva propiedad. Antes de contraer vínculo alguno, tienen grandes dudas, pero una vez decidido, ese vínculo ya es para ellos algo totalmente indisoluble. Cuanto más intensos son los rasgos obsesivos, tanto más se tomará el matrimonio como un contrato con derechos y deberes estrictos, se sobrevalora y se convierte en algo firme e indestructible. Mientras todo se mantenga en un marco que ellos consideran razonable, no hay nada que objetar; pero cuando desaparece la relación afectiva como tal, aparece entonces una verdadera lucha en torno a los derechos y a los principios; llegándose, incluso, bajo una apariencia de corrección, a descargar amargos sentimientos de hostilidad y exigencias de poder. Para los individuos con rasgos obsesivos muy acentuados, lo más importante es que la pareja funcione; en lugar de un sano intercambio de ideas, actitudes y deseos, se imponen las condiciones y los reglamentos; la sexualidad se practica de acuerdo a un horario y a un calendario prefijado y es vista como un deber más, con el que hay que cumplir; además, esas manifestaciones le sirven para demostrar su dominio y su poderío y la pareja se convierte en un simple instrumento de comprobación. Sin embargo, cuando una persona presenta unos rasgos obsesivos más leves, y por tanto más normales, aunque no es en general un amante apasionado, conviene aclarar, en su favor, que son constantes y dignos de confianza; proporcionan a su pareja un afecto permanente, apoyándola, defendiéndola y protegiéndola sin descanso; son previsores y atentos y sostienen sus relaciones afectivas basándose en el respeto, el cariño y la responsabilidad.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 29 de septiembre de 1996. "O mío o de nadie" En días pasados, una noticia saltó al aire a través de todos los medios de comunicación y, como si de un calambre se tratara, nos puso sin remedio la carne de gallina; me estoy refiriendo al médico alemán que decidió asesinar a sus propios hijos al enterarse de las condiciones de la sentencia de su divorcio. No es un caso aislado, por desgracia, y de eso somos lamentablemente conscientes, pero no he podido dejar de pensar en qué fue lo que llevó a ese hombre a obrar de la manera que lo hizo. Independientemente de las características psicóticas que constituyen la base para la explicación de hechos como el que nos ocupa, sería necesario hacer hincapié en los conceptos de propiedad y de venganza que también tienen una influencia decisiva. A veces oímos a alguien decir, medio en broma o medio en serio, "si no es para mí, no será para nadie" y esto, cuando se refiere a un objeto, no pasa de ser una simple exageración, pero cuando se refiere a una persona, la cosa toma ya unos tintes diferentes e, incluso, peligrosos. Así, centrándonos en el caso que nos ocupa, deberíamos fijarnos en algunos detalles significativos. Por un lado está el concepto de propiedad que este hombre tenía con respecto a sus hijos: son "sus" hijos y nadie se los puede arrebatar; y del mismo modo que un juez no es quién para quitárselos, por el hecho biológico de que son "suyos" puede hacer con ellos lo que le plazca: si les ha dado la vida, también les puede dar la muerte. Esto puede parecer tremendo, pero las lógicas que llega a desarrollar una mente enferma están, para el individuo que la sufre, tan cargadas de razón como monstruosas nos parecen a nosotros. Ahora bien, si seguimos por esta línea, los hijos serían una propiedad compartida entre el padre y la madre. Ese padre (aunque utilizar dicho sustantivo en este caso puede resultar fuera de lugar) comprueba que la madre ha reclamado su derecho a la propiedad; si lo reclama, es porque resulta muy preciado para ella. "Pero ella no es más que una cualquiera que ha destrozado nuestra familia (me van a perdonar el uso de tanta cursiva, pero con ello trato de remarcar las posibles palabras que usaría ese hombre. Así pues, sigamos con su presunto "razonamiento") Si ella es capaz de arruinar algo tan sagrado como es el matrimonio, es que puede ser capaz de atentar contra cualquier cosa. Merece un castigo; tengo que vengarme de ella. ¿Cómo hacerlo? Eliminando cualquier posibilidad de que se apodere de algo que desea tener: los niños. Yo me quedaré sin ellos, pero lo importante es que ella se fastidie, que sufra como sufro yo por el fin de nuestra familia; además, si no van a ser para mí, ni mucho menos voy a permitir que ella se salga con la suya, porque es mala y, además, seguro que les haría sufrir. ¿Qué puedo hacer?: Los mato". Espeluznante. Ante situaciones así nos quedamos forzosamente mudos de asombro y de horror. Una vez más, la realidad supera a la ficción. Pero es que, a mayores, en este caso se dan otras circunstancias que lo hacen aún más doloroso. Ahí tenemos los sospechosos intentos de suicidio, que se produjeron después del asesinato. Se habló de un sentimiento de culpa; pero a mí eso no me parece posible o no, al menos, según se ha querido explicar, teniendo en cuenta los elementos que rodeaban tales intentos. Para empezar, a nadie se nos escapó el hecho de que era médico y es de suponer que si sabía cuál era la dosis letal para un niño, supiera también cuál tenía que ser la cantidad a suministrar para matar a un adulto de tales características físicas. Tal vez aventuro mucho con esto y puede que algún médico quiera librarme de mi error, pero esto parece lo más lógico. Por tanto, en este caso, lo que hizo no era más que fingir que quería suicidarse. Además, está su deambular por los acantilados de la isla. Si realmente había arrepentimiento, algo así podría llevar a la desesperación y sumada ésta a la voluntad de suicidio, hubiera sido muy fácil saltar al vacío, circunstancia que tampoco se produjo. ¿Qué podemos pensar? Que, tal vez, razonó de la siguiente manera: "Si después de lo que he hecho, simulo intentos de suicidio, me declaran perturbado mental, me ingresan en un Centro Hospitalario temporalmente, y me libro de la cárcel". Vamos a ver, no confundamos las cosas. Ciertamente, su salud mental deja mucho que desear para haber cometido semejante atrocidad, pero aún así, no podemos dejar de sospechar que intentó burlarse de la sociedad para que no castigaran su conducta. Por otro lado, y de eso quizá se valió, para la sociedad es más justificable el hecho de que estas cosas sean ejecutadas por un individuo que está loco, que su autoinculpación por haber generado en su seno a semejante monstruo; sería tanto como reconocer su participación en el desarrollo de tal engendro y el castigo que le aplicarían supondría un castigo para sí misma por ese sentimiento de culpa. Es más fácil decir: esto "no" es un producto nuestro; es una desviación, una malformación y no somos culpables de que la naturaleza, de vez en cuando, tenga esas salidas de tono. En todo caso, esto ocurrió realmente un desgraciado día de agosto y si volvemos a las aclaraciones iniciales, tal vez fuera conveniente no inculcar en nuestros niños, desde su más temprana edad, un sentimiento tan exacerbado de la propiedad. Los conceptos de "mío" y "tuyo" están bien como elementos de diferenciación, pero no como verdades absolutas, que en mentes enfermas, desorganizadas o dañadas por cualquier circunstancia, externa o interna, adquieran unos matices relevantes y decisivos de cara al desarrollo de una paranoia y constituyan el detonante de actos que por nada del mundo quisiéramos que volvieran a producirse.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 1 de diciembre de 1996. Enseñando a pescar "Dale a un hombre un pez y le alimentarás un día; enséñale a pescar y le alimentarás toda la vida". Hoy quiero hablarles de mi Profesión: en qué consisten y cómo funcionan las Técnicas de Psicoterapia, y he comenzado con este proverbio porque es la frase que mejor define nuestra labor. Aunque actualmente la mayoría de las personas saben cuál es la función que desarrollamos los Psicólogos, aún existe una mínima parte de la población que no tiene muy claro qué es lo que, en realidad, hacemos y, para este sector, seguimos siendo los loqueros, creando a nuestro alrededor un aroma a tabú que es sinónimo del miedo al "qué dirán" ya que, para ellos, el hecho de que les vean entrar en un Gabinete de Psicoterapia es tanto como colgarse en la propia espalda el sambenito de "loco" o de "demente", con todo el matiz peyorativo que esas palabras pueden aportar. Nada más lejos de la realidad. Por eso, la intención de desvelar en lo posible el gran secreto de unas técnicas destinadas a mejorar la vida del ser humano en su faceta más determinante pero, también, más desconocida, la Psicológica. A lo largo de todos los años, siglos y milenios de su existencia sobre la faz de la tierra, el hombre, con el único propósito de sobrevivir, tuvo que adaptarse a los cambios que se iban produciendo y su adaptación llegó hasta el punto de conseguir modificar sus características físicas y morfológicas. Pero no sólo cambiaba su cuerpo. También evolucionaba su cerebro e, incondicionalmente unida a él, su mente. Y si complicada era su adaptación física, bastante más esfuerzo suponía su adaptación mental, ya que cada vez eran más difíciles los retos a los que tenía que hacer frente, exigiendo nuevas y aparentemente inimaginables soluciones. Ahora bien, observen que he dicho "aparentemente inimaginables" porque, como tantas veces he mencionado a lo largo de estas páginas, el cerebro tiene potencial suficiente para desarrollar cualquier cosa, sólo es cuestión de, como suele decirse, "ponerle a prueba". Sea como fuere, el caso es que después de tantos avatares evolutivos, hemos venido a dar con nuestros huesos en la era de la informática y los ordenadores; en la era espacial, donde las megacomunicaciones son posibles con sólo pulsar la tecla "Intro" de nuestro ordenador personal; en una era donde todo parece que está inventado, donde todas las necesidades humanas, tanto las primarias, como las secundarias, terciarias, etc... están cubiertas (al menos, y eso es lo más triste, en una parte del planeta); pero también una era donde el hombre, como si no hubiera pasado ni un sólo minuto sobre él, desde que poblara la tierra, se sigue sintiendo insatisfecho e incompleto. Todo esto tiene como consecuencia directa un replegarse sobre sí mismo, para buscar dentro lo que no puede encontrar fuera, descubriendo entonces su caótica situación psicológica. Y hay muchos que, con una gran dosis de tenacidad y entereza, consiguen reestructurar sus emociones, sus sentimientos, sus ideas, en dos palabras, su estructura psicológica, que sería algo así como el gran ordenador central de los llamados Edificios Inteligentes. Pero hay otras muchas personas que no saben o no pueden reorganizarse y se sumergen en un mar de dudas, de angustias, en pozos sin fondo y callejones sin salida, apareciendo en ellos estados tan diversos como: depresiones, insomnios, el tan afamado estrés, ansiedad, trastornos psicosomáticos, problemas de alimentación, el "mal genio", los conflictos con las personas que les rodean, etc... Y ¡ojo!, eso no significa que estén locos; simple y dramáticamente están confundidos, ignorando cómo salir de esa situación para lograr la anhelada e imprescindible estabilidad emocional. Y es aquí donde entramos los Psicólogos, poniendo en marcha lo que hemos denominado Psicoterapia. Para esto partimos de la base de que una persona cuenta con todo un conjunto de habilidades, algunas de las cuales están sobreexplotadas, pero otras están por descubrir y entre ellas pueden encontrarse las que tienen la clave para solucionar el problema. Por tanto, nuestra misión va directamente encaminada a descubrir cuáles son, dónde están, cómo funcionan y ponerlas en marcha para que sea luego el propio individuo quien las desarrolle, al principio con nuestra ayuda, pero después por sí mismo, con el fin de terminar o de disminuir al máximo esa situación conflictiva que le estaba haciendo tanto daño. Por eso, los Psicólogos, de alguna manera, "enseñamos a pescar". Sería muy fácil y simple levantar el ánimo a las personas que, ya en última instancia, recurren a nuestros Gabinetes, con sus problemas a cuestas; pero así sólo "les daríamos un pez", una comida cuyos efectos durarían justo lo preciso hasta salir por la puerta del despacho y luego ¿qué?... Por el contrario, al sacar a la luz sus propios recursos y enseñarle a manejarlos adecuadamente, no sólo le abrimos el camino para superar ese conflicto que tanto le afecta en la actualidad, sino que, además, le equipamos con los instrumentos psicológicos necesarios para que pueda hacer frente a cualquier otro conflicto que se le pueda plantear en el futuro. Cuántos sufrimientos inútiles se evitarían si una persona solicitara ayuda cuando lo necesita, en lugar de entonar el, en algunos casos fatídico, "ya se me pasará". Porque esa actitud es el trampolín más adecuado para caer directamente en lo que llamábamos antes "pozo sin fondo". Y hay quien dirá que caer en manos de un psicólogo es meterse en una red de sesiones de psicoterapia que nunca se acaba. Eso no es cierto, al menos no lo es cuando se trata de auténticos profesionales. Ahora bien, que ese final llegue antes (en 4 ó 5 sesiones) o después, sólo dependerá de lo pronto o tarde que se coja el problema, ya que, cuanto más avanzado se encuentre, más difícil será desenmarañar la red y sacar a la luz los recursos de la propia persona para superarlo y estabilizar, por fin, su vida.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 2 de marzo de 1997. Otras formas de "hablar" Estamos hartos de mirarnos al espejo y siempre vemos lo mismo, aunque cada vez es diferente; y las diferencias no sólo las marca el paso del tiempo; también influye de manera decisiva el cambio que se puede producir en nuestras emociones, en nuestros sentimientos o en nuestra forma de percibir lo que nos rodea. Porque los seres humanos vivimos enfundados en un cuerpo opaco que es transparente. Muy pocas veces nos hemos parado a pensar en el gran poder que tienen nuestros propios medios de comunicación a la hora de manifestar fielmente lo que somos, lo que queremos o lo que sentimos. Quizá porque le damos más importancia a las palabras, quizá porque se trata de algo tan simple y natural que no reparamos en ello, lo cierto es que prácticamente nos pasa desapercibida la expresión corporal de los que nos rodean, con lo que nos privamos de tan excepcional sistema de información. Porque ya no se trata sólo de ser conscientes de nuestros propios gestos; se trata, más bien, de saber realmente lo que nos quieren o "no" nos quieren decir los demás. Tu cuerpo eres tú, de la misma forma que mi cuerpo soy yo. No hay nada que pensemos o sintamos que no se refleje en él y a través de él: por más que queramos ocultar algo, nuestro cuerpo es nuestro más "indiscreto yo" y sólo es cuestión de que los que nos rodean se fijen un poco en esas cosas para dar al traste con el secreto mejor guardado. Claro que, en lógica compensación, nosotros también podemos averiguar lo que ellos pretenden esconder. Sólo es cuestión de saber cómo interpretar sus expresiones. Todos los estudios al respecto indican que el 85% de la comunicación interpersonal se produce con gestos, tono de voz (ahora no estamos teniendo en cuenta las palabras emitidas), tensión, movimientos de manos, ojos y cabeza, posturas o el propio contacto físico con otro cuerpo; de esta forma, estamos indicando y nos indican, sin riesgo de confusión, la confianza, la agresividad, el aburrimiento, la atracción, etc. Claro, con tanta información a nuestro alcance, este lenguaje tiene una influencia decisiva sobre nuestros juicios con respecto a alguien y sobre la imagen que los otros adquieren de nosotros mismos. Con las palabras decimos lo que queremos y, por eso mismo, si queremos, mentimos; sin embargo, los gestos, las manifestaciones corporales, no mienten nunca. De hecho si, por ejemplo, alguien le dice a otro que le quiere, pero rehuye el contacto corporal o baja los ojos mientras habla, es que, evidentemente, no le quiere tanto como dice o no como sabe que el otro quisiera que le amara; o sea, no dice toda la verdad, porque no dice lo que siente realmente; sus emociones llevan un camino distinto al de sus palabras. Hay expresiones que tienen significados reconocidos por casi todos; así, el arquear las cejas denota sorpresa, o el movimiento constante de los pies expresa nerviosismo. Las actitudes y las vivencias que se desarrollan a nivel psicológico afectan a la postura y al funcionamiento del cuerpo (como ya vimos en los artículos anteriores); así, una persona constantemente infeliz termina por desarrollar una expresión ceñuda como característica imborrable en su cara y es que, precisamente, la cara es una parte privilegiada de nuestro cuerpo a la hora de expresar cosas y, dentro de la cara, los ojos. Si yo desvío la mirada de quien me está hablando, doy a entender que no estoy de acuerdo con lo que dice o que no me importa; si la desvío mientras hablo yo, es que no estoy muy seguro de lo que digo; si miro al que me habla, le doy a entender que estoy muy interesado en sus palabras y si miro a alguien mientras le hablo, es que estoy convencido de lo que digo. En esta línea, aumentar el contacto ocular con alguien aumenta las probabilidades de agrado mutuo, de comprender y de ser comprendido, quizá por aquello de que "los ojos son el espejo del alma" y si miras dentro de unos ojos, miras dentro de ese alma. Ahora bien, esto tiene un problema: cuando nos sentimos mirados, observados, pasamos a tener una especial conciencia de quien nos mira y en ese momento, de alguna forma, dejamos de sentirnos dueños de nosotros mismos para depender de ese otro, porque nos obliga a manifestarnos según los sentimientos que él nos provoca. Si a mi "me cae mal" Ernesto, pero ni le veo, ni me ve, es una sensación de la que puedo o no hablar a otro, aunque no repercutirá en mi comunicación con ese otro; no obstante, si estoy delante de Ernesto, todo mi cuerpo se pondrá en tensión, quizá en un intento desesperado porque no se me note ese sentimiento o, por el contrario, para que se entere de una vez por todas a pesar de no saber cómo decírselo (con qué palabras). Una persona que tiene un bajo concepto de sí misma, cree que los otros le ven igual y trata de ocultarse a su mirada; para ello se mostrará tímido, inseguro, casi tartamudeando, bajando los ojos, se ruboriza y se encoge, en un intento, sin control consciente, por pasar desapercibido. Mientras que quien se siente seguro de sí mismo, va con la espalda recta, la cabeza alta, mirando de frente, como suele decirse "pisando fuerte"; es decir, su autoconfianza se manifiesta a través de todo su cuerpo; está satisfecho consigo mismo y lo va "gritando a los cuatro vientos". Con las palabras se puede jugar; puedes decir verdad o mentira; puedes creer o no lo que te digan; pero si quieres saber la verdad, si quieres conocer realmente a alguien, mírale, obsérvale, atiende a sus gestos o a sus posturas; ellos no te mienten; en ellos pueden confiar porque ellos "son" lo que él "es".
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 18 de mayo de 1997. Violaciones de "Primera Clase"... (I) El hecho de que, en su día, un juez estimara que la violación de una mujer por parte de su marido constituía menos delito que si esa violación se hubiera producido sin la existencia del vínculo matrimonial entre ellos, me ha obligado a reflexionar sobre esta cuestión y me ha llevado a la conclusión de que, siempre según esta sentencia, tendríamos que diferenciar entre Violaciones de Primera Categoría o de Segunda Categoría, cuando, tal como yo veo las cosas, una violación siempre será una violación, independientemente de quién sea el violador y quién sea el violado. No obstante, y puestas así las cosas, a través de este artículo y de los siguientes, voy a tratar de exponerles mi opinión al respecto. Empezaremos, pues, por esas Violaciones de Primera Categoría; o sea, aquéllas que se producen entre dos personas que no tienen vínculo matrimonial. Procuraré dejar la ironía a un lado al hablar de las diferentes categorías, aunque ya me dirán ustedes si no es para eso y para mucho más. Se entiende por Violación el delito cometido por una persona que, en el caso que nos ocupa, se trataría de un hombre, quien, mediante la fuerza o la intimidación, o ambas cosas a la vez, abusa sexualmente de una mujer, por supuesto contra su voluntad. El violador, en general, suele ser un individuo con una personalidad frustrada, con unos niveles bajos de autoestima, que se siente incapaz de obtener gratificación sexual de forma normal, debido a que sus relaciones interpersonales suelen ser muy deficientes, además de que no tolera fácilmente la frustración; por todo esto, necesita violar a fin de saberse importante y poderoso, con la lógica consecuencia de que así puede elevar su autoestima. Esto resulta aún más acusado cuando se trata de un grupo de violadores; en estas circunstancias, el cabecilla que organiza el acto se siente mucho más dueño de la situación al tener bajo su control tanto a la víctima como a los otros violadores que se someten a sus deseos a la hora de actuar, siguiendo sus instrucciones o respetando el orden que él impone. Además, es de destacar el hecho de que en este tipo de violaciones en grupo, la personalidad del cabecilla presenta una desorganización diferente que cuando se trata de un sólo violador, porque al ejecutar el delito, consigue aliviar ciertos deseos homosexuales inconscientes, los cuales le llevan a disfrutar con la visión de otros hombres desnudos, realizando una actividad sexual violenta, en la que puede llegar a imaginarse a sí mismo en el lugar de la víctima, con una clara tendencia también al voyeurismo sadomasoquista. Así pues, este tipo de violador, jefe de un grupo, obtendría su placer sexual a través de, por un lado, la agresión sexual directamente protagonizada por él; por otro, a través de la imaginación homosexual masoquista, viéndose a sí mismo como violado por otros hombres y, en tercer lugar, a través de su postura de espectador que disfruta de un espectáculo de violencia sexual y al que se une el escuchar gritos, insultos, peticiones de socorro, etc. Ahora bien ¿qué pasa con la víctima de una violación, ya sea atacada por uno o por varios violadores? No resulta fácil analizar las repercusiones psicológicas que se desarrollan en estas personas, después de la agresión, sobre todo porque lo único que desean es olvidarlo y esto, por varios factores: En primer lugar (aunque el orden de presentación no tiene ninguna relevancia) porque la sociedad, aún machista, en que nos movemos les lleva a considerarse a sí mismas como culpables de provocación; es decir, si el hombre las ataca es porque ellas, con su ropa, con su forma de moverse, le inducen a portarse como un animal ("Quizá no hubiera pasado nada si yo no me pongo hoy este vestido"). En segundo lugar, porque se sienten humilladas; esa humillación hace que su autopercepción se reboce en el fango, que baje a cotas mínimas su nivel de autoestima y que les cueste trabajo mirar después a alguien a la cara, tal vez como consecuencia, en cierto modo, del punto anterior. Por otra parte, sienten una gran vergüenza ante la posibilidad de verse en boca de todos por una cosa así; incluso, pueden llegar a temer la reacción de su propia familia; éste es uno de los motivos por los cuales muchas violaciones quedan sin denunciar, ya que, además de tener que pasar un examen médico que dé fé de lo sucedido (o sea, que tienen que probar que no mienten, luego, de entrada, se las considera mentirosas), tendrán que verse después en un juicio, donde lo más probable es que el abogado defensor las acuse de provocadoras. Se da también un miedo feroz a que algo así les vuelva a ocurrir, manifestando un cierto temor, en general, a cualquier hombre que se acerque a ellas; con lo que se produce un rechazo a las relaciones sexuales, que puede desembocar en trastornos graves de la conducta sexual, especialmente si, como consecuencia de la violación, se produjeron lesiones físicas. Y no hay que dejar de lado el miedo a un embarazo y, si éste se desarrolla, las presiones familiares que se suceden para que realice un aborto, con frases que llevan implícita una culpabilización de la víctima, como por ejemplo: "¡No añadas, a una vergüenza, otra más grande!" En cualquier caso, la readaptación posterior de la víctima está en función de cómo ha sido la experiencia sufrida y la interpretación que hace de ella; en especial, cómo se ve a sí misma, a posteriori, en el antes, en el durante y en el después.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 25 de mayo de 1997. Violaciones de "Primera Clase"... (II) Aunque suele haber reacciones psicológicas comunes en las víctimas de una violación, es muy cierto que estas reacciones dependen, entre otras cosas, de la intensidad del estado emocional consecuente, de las circunstancias en que se produjo la agresión, de la edad de la víctima, del historial, en su caso, de agresiones previas, ya sean sexuales o de cualquier otro tipo, de los recursos psicológicos que tiene esta persona para combatir situaciones estresantes, de sus niveles de autoestima y de confianza en sí misma, del apoyo social y familiar con que puede contar, y de sus relaciones afectivas y sexuales actuales. Las consecuencias psicológicas inmediatas suelen ser las siguientes: malestar generalizado, conductas desorganizadas y, a veces, mecánicas, aislamiento, reacciones de pánico, pérdida de apetito, insomnio, temblores, etc. Éstas suelen disminuir o desaparecer a las pocas semanas, sin embargo, queda en esa mujer una cierta ansiedad que variará en el sentido de que, cuanto más intensa sea la reacción durante las primeras horas o días, después de la agresión, tanto mayor será la probabilidad de que el problema se convierta en algo crónico. Esa ansiedad suele estar relacionada después con situaciones que, de alguna forma, recuerdan el momento de la agresión, por ejemplo, el hecho de estar sola, el que tenga que ver a gente (hombres, sobre todo) que no conoce, la oscuridad o los lugares deshabitados. Y no es de extrañar que aparezcan estados depresivos y pérdida, como hemos visto, de la autoestima, con una desconfianza en las propias posibilidades para enfrentarse a su vida futura en general. A mayores, y como ya se apuntó en el artículo anterior, están los sentimientos de culpa, como consecuencia de una percepción errónea de lo ocurrido, de los posibles errores cometidos y de los pensamientos obsesivos acerca de lo que pudo haber hecho y no hizo. Esta autoinculpación que daña seriamente la opinión que tiene de sí misma, le puede llevar a desencadenar una serie de conductas de evitación en relación con las expresiones de afecto, pérdida del deseo, huida de las manifestaciones eróticas y disfunciones sexuales, ya que esa relación erótica sana y normal, aunque sea deseada y provocada, puede evocarle el recuerdo de aquella situación traumática, con lo que se produce el desconcierto de su pareja ("¡Primero me lo pides, y ahora lo rechazas!... ¡es que no te entiendo!") y el rechazo de sí misma al verse incapaz de satisfacer a la persona amada. Así pues, como vemos, la víctima se ve inmersa en una situación más complicada de lo que, en un principio y desde fuera, pudiera parecer. De hecho, la ansiedad generada a raíz de la violación, no suele desaparecer espontáneamente con el paso del tiempo, aunque el ambiente social y familiar sea favorable; en muchas ocasiones, es absolutamente necesario un tratamiento psicológico adecuado para reequilibrar nuevamente el estado emocional, las perspectivas personales y sus relaciones afectivas. Pero hay que tener en cuenta otros datos que influirán, también, en la percepción, a posteriori, de la situación: Muchas violaciones se cometen por amigos o conocidos de la víctima, los cuales interpretan de forma errónea las intenciones reales de ésta y así, en base a falsas ideas sobre lo que significa ser hombre o ser mujer, consideran que un inocente coqueteo por parte de ella, o un roce, es un indicador de que ésta quiere tener una relación sexual y ya en el intento, consideran que su rechazo o su negativa, es parte del juego erótico ("Si sé que te va a gustar... ¿te gusta jugar, eh?... ¡Haciéndote la dura me pones que no veas!"...) Por otro lado, aunque la violación suele considerarse más como una conducta agresiva que como una conducta sexual, sí es cierto que en la mayoría de los violadores y en algunas víctimas (aunque sean muy pocas) se produce, en ese momento, una respuesta sexual de excitación (con clara erección en el hombre y lubricación vaginal en la mujer que lo sufre) como consecuencia tal vez de la ansiedad experimentada; lo que constituiría, sobre todo en las mujeres, una reacción fisiológica sin relación alguna con el placer sexual a no ser que, a nivel inconsciente, se produjera una estimulación morbosa fruto de la situación en sí. Es también destacable la impunidad con la que puede llegar a actuar un violador y la tranquilidad que le da el saber que son muy pocas las mujeres que denuncian el delito. Según una estadística de los años 80, aunque las cosas han cambiado algo como consecuencia de los cada vez más frecuentes abusos y crímenes cometidos con niñas y adolescentes y la mujer está más concienciada para dar la cara, por encima de su dolor y de sus sentimientos, pues bien, como decía, hasta hace muy poco, en España sólo se denunciaban un 8% de las violaciones consumadas; a parte de que al menos un tercio de las agresiones no eran reveladas por las víctimas ni siquiera a sus familiares o amigos más íntimos; esto, probablemente, hacía que fueran mayores las repercusiones emocionales negativas por verse obligadas a sufrirlas en soledad, sin ningún apoyo afectivo. Todo con tal de no sufrir la vergüenza de revivir delante de los demás el hecho traumático; de no sentirse marcadas socialmente; por el pudor que muestran algunos hombres a tener relaciones con mujeres que fueron violadas y porque estas mujeres suelen temer las represalias posteriores por parte de sus agresores si éstos pertenecen a su propio círculo social.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 1 de junio de 1997. Violaciones de "Segunda Clase"... (III) Serían, como vimos en el primer artículo de esta serie, aquéllas que en un proceso judicial (por suerte no siempre es así) tienen el atenuante de que el violador es el marido de la víctima y por ello tiene sus derechos. Si nos fijamos en la expresión sus derechos, podemos hablar de derechos personales o individuales, como el derecho a la libertad, a ser respetado, a la intimidad, a expresarse según su ideología y a la propiedad, entre otros. Pero, en el caso que nos ocupa, parece que al hablar de los derechos de un marido sobre su mujer, se hace alusión directamente al derecho a la propiedad; es decir: la esposa es propiedad de su cónyuge; pierde la condición de persona para ser objeto que se posee, porque, a mi entender, sólo se puede y se debe ejercer la posesión sobre los objetos; ya que si tratas de ejercer ese derecho sobre una persona, te estás cargando de un plumazo el derecho de la misma a la libertad, a ser respetado a su intimidad, etc. No soy abogada y quizá todos estos términos, que parecen más bien expresiones jurídicas, me queden un poco grandes, no obstante creo que ustedes comprenden perfectamente lo que trato de decir. Cuando en una pareja libremente formada se tuercen las cosas, ambos deberían poder sentirse libres para romper sus ataduras, pero esta idea choca con esas tradiciones que propugnan la supremacía del varón y la sumisión de su compañera, reducida a ser propiedad privada del hombre. Ahora bien ¿por qué se producen esos abusos? ¿Por qué un hombre es capaz de violar a su pareja? Podríamos partir (por empezar por algo concreto) de un complejo de inferioridad, más o menos acusado, en ese hombre que, íntimamente, le hace sentirse mal consigo mismo al compararse con su mujer, pero se niega a reconocerlo y necesita demostrar y, sobre todo, demostrarse, que él es superior a ella. El problema está cuando, no encontrando cómo demostrarlo de una forma respetuosa, debido a que no tiene argumentaciones intelectuales o afectivas para ello, recurre a algo en lo que sí está seguro de poder destacar: su fortaleza física. Así es como, dando rienda suelta a su actividad muscular, se le oyen frases como: "¡Te vas a enterar de una vez quién manda aquí!" o "¡Eres mi mujer y harás lo que yo diga!"; mezclándose en todo ello ese concepto enfermizo de la propiedad con ese deseo de demostrar su superioridad. Aunque, si bien es cierto, en la mayoría de las ocasiones, que para llegar a este extremo, el hombre necesita de una estimulación externa, como puede ser el alcohol, porque su propio sentimiento de inferioridad le impide imponerse de una u otra forma, si no está lo suficientemente estimulado. A pesar de todo ello, las mujeres que sufren este tipo de violaciones desarrollan, al igual que las violadas por hombres ajenos a ellas, un elevado sentimiento de culpabilidad que les lleva a verse como provocadoras de la situación, simplemente por estar ahí, y este sentimiento es tanto mayor cuanto más dependientes, económica o afectivamente, son de sus maridos; y no es de extrañar el que, por ejemplo, sus familiares directos, también con los mismos condicionantes de dependencia hacia los patriarcas, les digan, si llegan a quejarse ante ellos, lo que no es muy frecuente que ocurra: "¡Tú te lo habrás buscado!". Con frecuencia, las mujeres se ven tan intimidadas por la violencia de su compañero que su amor propio se resiente y concluyen que eso que tienen es precisamente todo lo más a lo que pueden aspirar; y la depresión, la apatía, la pérdida de esperanza y la sensación de culpabilidad hacen aún más difícil la decisión de marcharse. Las mujeres que son económicamente independientes de sus maridos tienen muchas menos probabilidades de mantener estas relaciones violentas durante menos tiempo y, en este caso, la duración de las mismas estará en función de la dependencia afectiva que mantengan con respecto a él, aunque tarde o temprano se sentirán más capacitadas para decir "¡basta!". Sin embargo, y a pesar de su mayor o menor dependencia, las mujeres que son violadas reiteradamente por sus maridos, se ven obligadas a enfrentarse a lo que manifestábamos al principio: "Es tu marido y tiene sus derechos". Esto hace que, en algunas ocasiones y ya hartas de una situación que hace peligrar seriamente su integridad física y su salud mental, decidan, ya que nadie les ayuda, tomarse la justicia por su mano. Así ocurrió con la americana Lorena Bobbitt, en 1993, aunque ella tuvo la suerte de verse comprendida por un jurado que la declaró inocente, lo que en otras ocasiones y con otros jueces no ocurre. Son muchas, más de las que creemos, las mujeres, de diversas clases sociales, de diferentes ambientes culturales y de todos los países del mundo, que sufren en silencio, continuamente, los abusos a que las someten sus maridos; y lo sufren en silencio por soledad, por falta de apoyo, por miedo o por necesidad económica. Esta violencia sexual que se ampara en el vínculo matrimonial convierte la convivencia en un verdadero infierno del que no todas las mujeres tienen el valor, los recursos necesarios o la posibilidad de escapar. Hasta que un día salta la chispa, bien porque llegan al absoluto convencimiento de que ya no tienen nada que perder o, simplemente, porque ya no pueden pensar en nada más, y todas las humillaciones, todas las vejaciones padecidas se terminan a golpe de cuchillo; ocurriendo así que la mutilación del pene o, en otros casos, la muerte del marido, se convierten en el símbolo de su liberación y en el final de sus pesadillas.
Ana I. Rico Prieto. |
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