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Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 7 de abril de 1996.

El Miedo y sus Porqués

"Érase una vez un muchacho que no sabía lo que era el miedo. Por eso le llamaban Juan sin Miedo..." Así empieza un Cuento Popular que, sin duda, nos llamó la atención a todos cuando éramos niños. Probablemente, cada uno nos escuchamos a nosotros mismos decir: ¡qué suerte... ojalá yo tampoco conociera el miedo! y nos daba envidia pensar que alguien pudiera contar con esa cualidad tan extraordinaria. Acto seguido, nos hacíamos el firme propósito y tratábamos de mentalizarnos de que, a partir de ese momento, yo tampoco tendré miedo. Claro que ese propósito, para nuestra desdicha, sólo se quedaba en eso, en un simple propósito. Y es que el Miedo es algo tan ligado a la especie animal que incluso constituye un elemento imprescindible para la supervivencia, sólo que sus manifestaciones no suelen ser agradables para nadie. Todos, porque lo sentimos en determinados momentos de nuestra vida, sabemos perfectamente qué es el Miedo; y todos, quién más o quién menos, hemos tratado de combatirlo por considerarlo una sensación nefasta, que nos limita, nos hace vulnerables, e incluso nos daña psicológicamente. Ahora bien, sería interesante diferenciar entre el Miedo-Protector y el Miedo-Peligroso o Destructivo.

El Miedo, en general, es una vivencia negativa, producida como resultado del aprendizaje, según el cual se anticipa un peligro inherente a una determinada situación. Esa anticipación nos permite protegernos contra ese peligro, consiguiendo así evitar el daño que presumimos nos podría ocasionar. Sin embargo, como en casi todas las cosas, el exagerar la nota no sólo no es efectivo, sino que se vuelve contra uno mismo y lo que en principio era útil, ahora provoca en sí el desastre. Esto es a lo que me refiero cuando hablo de Miedo Peligroso o Destructivo. Este tipo de miedo no está ocasionado, como sería de esperar, por un aprendizaje, sino que tiene su origen en una vivencia demasiado íntima, y a la vez ilógica, que se manifiesta con un especial reparo ante una determinada situación, por inocente que sea.

En más de una ocasión quizá nos hayamos quedado perplejos al oír una respuesta como "Es que me da miedo", emitida ante preguntas del tipo ¿por qué no haces esto? Inmediatamente, habremos contraatacado con otra pregunta del estilo de ¿pero, por qué...? y seguramente, y para nuestra decepción, habremos vuelto a oír "porque sí... porque me da miedo". El caso es que por mucho que porfiemos, no conseguiremos arrancarle de esa respuesta ni, lo que es peor, de esa creencia. En estos casos, convendría saber distinguir si esa afirmación constituye una simple excusa para librarse de hacer algo, o si, yendo más allá, nos estamos enfrentando a los llamados Miedos Irracionales, según los cuales un individuo experimenta realmente una sensación de terror, con manifestaciones que pueden ser vistas como trastornos psicológicos, ante circunstancias que no sólo No son amenazantes, sino que, para los que le rodean, son absolutamente normales y perfectamente asumibles.

¿Y cómo es posible que algo normal y cotidiano pueda verse como  amenazante y peligroso? La respuesta podemos encontrarla en cualquiera de estos argumentos. Por una parte, estaría el problema de las Asociaciones Incorrectas. Me explico: El ser humano, a lo largo de su vida, va experimentando una serie de hechos, situaciones o circunstancias, rodeados de toda una parafernalia de condiciones o de casualidades, directas o indirectas, pero que pasan a formar parte de la vivencia que se tiene de la situación. Cuando el resultado de dicha experiencia ha sido negativo, se aprende que, si eso mismo se produce en otro momento, nos puede hacer sufrir. Pongamos como ejemplo el caso de una persona que camina una noche hacia su casa y de repente la atracan, amenazándola con un arma; casualmente, en ese instante un perro empieza a ladrar. El hecho de que a esa persona le asustara el ir sola a casa por la noche, sería lo más lógico; sin embargo, que lo que realmente le diera auténtico pánico fuera oír el ladrido de un perro, eso no sería nada lógico y se habría producido, entonces, una Asociación Incorrecta entre la experiencia real del atraco y las circunstancias que lo acompañaron.

Por otro lado, y quizá considerando ésta como una causa muy común entre los miedos que, de forma ilógica, afectan a algunos individuos, tenemos que mencionar la propia Inseguridad ante cualquier circunstancia que requiera un mínimo esfuerzo, o a tener que adoptar una determinada actitud de compromiso. Una persona insegura, con baja autoestima, vive mediatizada por una sensación de miedo constante a qué hacer o qué decir, a cómo vestirse, a quién dirigirse, al qué dirán, a qué pensarán... En su escueto discurso, la expresión más frecuente será: "Tengo miedo de...", "Me asusta pensar que..." Y su característica más llamativa será la huida, el intentar pasar desapercibida, incluso, el aislamiento. Esa inseguridad hacia todo y ante todos puede, a veces, llegar a provocar auténtico pánico, presentando incluso sintomatología física (taquicardias, dilatación de pupilas, etc.) si la vivencia es tan fuerte como para llevarle a pensar que de ello pueden desprenderse consecuencias nefastas para su integridad.

Esto se puede enlazar con un tercer supuesto en el que la característica esencial, y por tanto donde se halla el porqué de ese miedo irracional, es la Visión Distorsionada de la realidad. Casi todos los problemas psicológicos generan, en mayor o menor medida, un cierto grado de distorsión y cuanto más se interioriza esa distorsión, más se proyecta hacia el exterior en forma de actitudes recelosas, hasta el punto de ver como amenazante cualquier cosa que, en circunstancias normales, no sólo sería inocua, sino que, incluso podría ser hasta agradable.

Por hoy, parece que tendré que quedarme aquí, pero tal vez sería conveniente seguir hablando de estas cosas...

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 14 de abril de 1996.

Esos otros miedos

Hablábamos el domingo pasado del Miedo y comentábamos que, aunque todos alguna vez hemos deseado tener la facultad de no sentirlo nunca, sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, esa sensación supone una protección ante situaciones que conllevan un peligro real para nuestra integridad. No obstante, se trata de una sensación tan desagradable que se ha llegado a presentar el caso de tener miedo a sentir miedo. Y es que los síntomas que acompañan a ese estado no son para menos. Primero se presenta una tensión que dispara la alarma y hace que todo el organismo tome posiciones; los músculos parecen contraerse, el sistema nervioso se sitúa en estado de alerta, el corazón dispara el ritmo de sus latidos y el cerebro se agazapa buscando la concentración necesaria para tratar de emitir una respuesta adecuada que contrarreste el peligro inminente. A nivel psicológico, el individuo se sumerge en un estado de ansiedad que, en sus primeras fases, es muy útil para facilitar la condición de alerta general; pero si se sobrepasan esos niveles, digamos beneficiosos, se corre el riesgo de caer en el bloqueo, el cual rompe las defensas y convierte a la persona en un ser vulnerable e incapacitado para protegerse o, en su caso, para responder atacando.

Hasta aquí todo muy explicable y casi diría que comprensible. Pero ¿qué pasa con el miedo a todo? ¿Por qué alguien puede llegar a asegurar que tiene miedo de algo que es absolutamente inicuo?

Nuestra sociedad, vertiginosa y feroz, que no da tregua alguna si queremos subir al tren del progreso y del buen nivel de vida, paradójicamente va minando progresivamente la capacidad del hombre para conseguir permanecer subido en ese tren. Cuanto más exigentes sean las condiciones, mayor es el riesgo de fracaso y, en la misma proporción, aumentará la inseguridad y el miedo, bien a perder lo conseguido o bien a no conseguirlo nunca. Esto tiene como consecuencia que el individuo se vuelva desconfiado, taciturno e insolidario.

Pero hay otros miedos incomprensibles para quien no los padece, aunque quien los sufre vive absolutamente condicionado por ellos. Es el caso del miedo al ridículo, el miedo al qué dirán o, en otro punto del espectro, los llamados miedos nocturnos, el miedo a lo desconocido y, llegados a situaciones extremas, los miedos a cosas insospechadas que degeneran en fobias. Si le preguntamos a alguien por qué tiene miedo, por ejemplo, a los grandes espacios abiertos (agorafobia), lo más probable es que no sepa explicarlo, sin embargo alegará que no se trata simplemente de un estado de cierta ansiedad, sino que es algo más fuerte, que se trata de una sensación de peligro real, acompañada de temblores, vértigos, taquicardias, etc.

Normalmente, la solución a estos miedos para por un enfrentamiento directo con lo que lo produce, aunque a través de distintas fases y con diferentes grados de exposición. No obstante, sería necesario también trabajar con la persona afectada sus propias posibilidades y actitudes, procurando centrar los esfuerzos en desarrollar las defensas innatas en detrimento de las percepciones distorsionadas.

Cuanto más nos aproximamos a la realidad de esos otros miedos, más nos damos cuenta de la angustia en que se sumergen sus víctimas. Una angustia que, además de los síntomas físicos que suelen acompañarla, produce todo un protocolo de alteraciones psicológicas que pueden ir desde la incapacidad para realizar ciertas cosas, hasta la desorganización de la personalidad y el bloqueo total. Como vemos, el cuadro puede llegar a ser lo suficientemente preocupante como para que tomemos en cuenta a esas personas que lo sufren y que, en ocasiones, ni se atreven a expresarlo por el temor de añadir nuestras posibles burlas al problema que ya tienen de por sí. Porque quién no ha hecho alguna vez un comentario jocoso o ha tachado de ridiculez la confesión de un miedo de alguien, por ejemplo, a que le llamen gordo. Y sin embargo, el alarmante número de casos de Anorexia que se presentan en la población joven es para que se le dé a ese miedo la importancia que se merece. Porque la inmensa mayoría de este tipo de trastornos han comenzado de forma imperceptible por ese miedo al qué dirán, el cual fue degenerando paulatinamente en otro miedo a "cómo me veo" y a una percepción absolutamente distorsionada de la realidad.

Esto mismo podríamos observarlo, salvando las distancias y con sus condiciones particulares, con cualquiera de esos otros miedos que nos parecen ilógicos pero que, sin embargo, influyen de forma tan negativa en la personalidad. Así pues, ante la declaración de un miedo a... se debería observar cómo se vive esa situación. Es decir, si la persona afectada es capaz de enfrentarlo, nos indica que sus actitudes para la defensa están intactas y sabe cómo utilizarlas. Pero si se produce la huida (siempre y cuando, claro está, el peligro no sea lo que entendemos como "real", en cuyo caso la huida estaría más que justificada) debemos empezar a cuestionarnos por qué fallan las defensas; puede que la ansiedad que le produce esa situación le desorganice la personalidad, disminuyendo o anulando su capacidad de respuesta. Asimismo, habrá que observar, en la medida de lo posible, lo lógico o lo ilógico de tal miedo, para poder llegar a establecer el origen del mismo y actuar directamente sobre ello.

En todo caso, hay que ser conscientes de que el miedo, sean cuales sean sus orígenes, sus condicionantes y sus particularidades, produce ciertamente una sintomatología real, y el sufrimiento que conlleva es ya, de por sí, motivo suficiente como para concederle la importancia que se merece, antes de permitir que sumerja a su víctima en la angustia, la obsesión, la histeria o la despersonalización, entendida ésta como "La pérdida o deterioro de la conciencia personal... como reacción vivencial aguda".

 

Ana I. Rico Prieto.