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Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 12 de noviembre de 1995.

El Insomnio

 En alguna ocasión, a lo largo de nuestra vida, casi todos hemos pasado por la experiencia de tener una noche en blanco o de no pegar ojo en toda la noche. Y ciertamente, no puede decirse que se haya tratado de algo agradable; más bien, al contrario, lo normal es que resultara desesperante.

El Insomnio es un trastorno del sueño que se puede manifestar de varias maneras: bien como una dificultad para quedarse dormido, una tendencia a despertarse con facilidad durante la noche, o bien, el despertarse de madrugada resultando imposible volver a dormir. Aunque algunas enfermedades orgánicas pueden presentar entre sus manifestaciones estas alteraciones del sueño, es mucho más frecuente la causa psicológica como origen de las mismas.

En el artículo sobre el Estrés, comentamos ya la posibilidad de que un estado de ansiedad podía degenerar en insomnio y convendrán conmigo en que, en ocasiones, una preocupación o un problema al que no se le encuentra momentáneamente la solución adecuada, pueden ser suficientes para no dormir una noche o para sentirse intranquilo, despertándose cada poco tiempo. Pero hay otros motivos que hacen que una persona padezca de insomnio. Nos referimos ahora a un temor desorbitado a dormirse por miedo a la pérdida del control de la situación y por miedo a esos sueños tan desagradables que comúnmente llamamos pesadillas.

A parte del tratamiento farmacológico que, en algunas ocasiones se hace muy necesario, el tratamiento psicológico es también de gran importancia, en especial a la hora de trabajar las causas del insomnio o para recuperar el control sobre los ritmos biológicos.

Sin embargo, y dejando a un lado el insomnio producido por el miedo a dormir que citábamos anteriormente, en casi todas sus manifestaciones prevalece el deseo insistente, por parte del individuo que lo padece, de conseguir quedarse dormido a toda costa. Quiero decir con ello que, ante lo que promete ser una larga noche en vela, una persona intenta, por todos los medios a su alcance, evitarlo y recurre así a remedios que van desde el vaso de leche caliente a un baño relajante. Todo esto puede estar muy bien, pero hay que tener en cuenta algo más: en cualquier esfuerzo por remediarlo está presente, en menor o mayor grado, el desasosiego o la desesperación por no conseguirlo. Esto hace que el insomne se precipite a un círculo vicioso donde la falta de sueño le hace poner todo su afán por superarlo; ese esfuerzo activa más aún su sistema nervioso, lo que ocasiona que no pueda relajarse debidamente para dormir; como consecuencia de ello, procurará empeñarse más en el intento y así sucesivamente. Lo que da como resultado que la inicial falta de sueño se convierte, irremediablemente, en una situación angustiosa que anula por completo la más mínima posibilidad de quedarse dormido.

En el supuesto contrario, tenemos a esa persona que, por haberse visto afectada en múltiples ocasiones por un bombardeo de sueños desagradables o incluso con escenas que le provocaban terror, ha empezado consecuentemente a temer el momento en que debía abandonarse al sueño; o esa otra que, de alguna manera, asocia la pérdida de conciencia que ese sueño produce, con la propia muerte, negándose así la posibilidad de dormir para seguir siendo consciente de sí mismo y poder seguir teniendo control sobre su vida.

Esta situación, sin duda, es mucho más problemática y quizá es también más laboriosa de tratar, porque además de intentar eliminar el miedo que la origina, el cual se complica más debido al carácter inconsciente y, por tanto, incontrolable de los sueños, además de eso, digo, habría que desmantelar la convicción que tiene ese individuo de que dichos sueños le pueden producir un daño físico, en el sentido de que cree que, al despertarse, se va a encontrar con un puñal clavado en el pecho o ahogándose por haber caído en un pozo. Y qué decir ya de la asociación entre sueño y muerte, la cual merecería, de por sí, un estudio completo.

Pero volviendo a esa pérdida de sueño más de andar por casa, recordemos que, en la mayoría de los casos, el esfuerzo por dormir lo único que logra es agudizar el problema. La clave para superarlo puede estar, pues, en el abandono del empeño y en adoptar una actitud de que venga cuando él quiera que aquí estaré. Sé que resulta fácil decirlo y que, cuando hay un problema serio afectando a una persona, no es sencillo tomar una postura tan pasota; aunque también es cierto que usted ya haya comprobado, desgraciadamente, por sí mismo, lo que se consigue intentando forzar algo que debe ocurrir de forma natural.

 

Ana I. Rico Prieto.