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Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 14 de enero de 1996. Algo sobre la Insatisfacción Cada vez es mayor el número de personas insatisfechas que pululan por las calles de nuestras ciudades y pueblos; y no es que sean desgraciadas, en el sentido de decir que han sido víctimas de algo tan terrible que ya no les permite ni el más mínimo optimismo en su visión de la vida. Más bien, lo que se produce es la frustración por querer y no poder; la conciencia de que se podía disfrutar de algo que no se tiene o de que se podía vivir de una determinada manera y no se encuentra la forma de lograrlo. Ahora bien, ¿dónde está la causa de esta Insatisfacción? ¿Se han parado a pensar en la cantidad de cosas que nos rodean que, de puro inútiles, se hacen indispensables?... Y ya metidos en la paradoja, habría que analizar, sobre todo, por qué se hacen indispensables y los efectos que su carencia produce en el ser humano. Si nos fijamos en los anuncios, cualquiera que sea el medio de difusión, podemos observar escenas, palabras, imágenes que, bajo su normal apariencia están pensadas, en su más remoto significado, para que un determinado y puede que inútil producto sea no sólo vendible sino insustituible. Sin embargo, si lo miramos desde la óptima más objetiva posible, lo que en realidad nos convence para adquirirlo no es dicho producto en sí, sino la felicidad, el buen nivel de vida, la alegría o la hermosura que derrochan los figurantes que intervienen en la publicidad. Es decir, los dardos publicitarios se dirigen, sin margen de error, a aquellos aspectos más vulnerables del ser humano, de tal manera que llega un momento en que la comparación entre esa imagen y nuestra vida real es tan brutal y tan negativamente desproporcionada en relación con nuestro platillo de la balanza, que empieza a surgir en nosotros la necesidad de adquirirlo y, si no se adquiere, nos convertimos, casi podía decirse, en unos desgraciados o, cuando menos, en unos insatisfechos. Porque todos sin excepción buscamos la felicidad, la belleza, la comodidad, etc., y si buscamos todo esto en cualquier esquina, en cualquier producto, en cualquier situación o con cualquier compañía es porque nos han enseñado o estamos convencidos de que podemos conseguir más de lo que tenemos. Además hay otro aspecto a tener en cuenta y es el evolutivo. Observemos a un niño pequeño, un niño que, por su corta edad, no se percata apenas del bombardeo publicitario; pues bien, ese niño está feliz, disfruta con lo que tiene y con cualquier cosa que cae en sus manos; es capaz de ver, en una simple caja de cartón, el juguete más maravilloso. Pero a medida que va creciendo, a medida que se va fijando más en las cosas que le rodean, empieza a ir aumentando sus necesidades, que no son básicas, pero que se convierten en básicas. Me explico: puede que su supervivencia física esté asegurada sin ellas; pero su supervivencia psicológica (si me permiten la expresión) empieza a verse seriamente amenazada si no satisface esas necesidades, y todo porque esos dardos que antes mencionábamos, han punzado y deteriorado preocupantemente esa resistencia psicológica innata. Y a medida que uno va creciendo, conforme va madurando físicamente, se ha visto más bombardeado, se ha sentido más embestido por la sociedad consumista y se le han abierto tales heridas, conscientes o inconscientes, que si no se curan, desangran y despersonalizan al ser humano. Las consecuencias de esto, cuando se tiene una personalidad débil o sin grandes recursos defensivos, son tremendas. Porque si no se satisfacen esas necesidades que han llegado a crear una fuerte dependencia psicológica, uno se empieza a sentir empobrecido, en mayor o menor medida según el grado de deseo creado, o según el mayor o menor nivel de conformismo que esa persona tenga. Empiezan a aparecer signos de insatisfacción porque lo que ya tiene no le llena lo suficiente y no puede estar completo sin eso otro que ha visto, que los demás ya tienen y que, por eso mismo, seguro que es necesario, porque si no, los demás no lo tendrían; y como es necesario, hay que conseguirlo; porque de lo contrario, no se está bien... Y ahora, fíjense: si uno no está bien, si no está satisfecho, se entristece, se siente desgraciado, se deprime, se minusvalora y se autodestruye inmerso en su pena. Ya Sócrates, hacia el año 500 a.C., decía a sus discípulos algo así como: "Fijaos cuántas cosas innecesarias necesita hoy la humanidad". Y yo me pregunto, si eso fue hace 2.500 años, ¿qué diría si viviera ahora? Esta Sociedad saturada, intransigente, vendible y comprable; esta sociedad que preconiza el Consumo nos lleva, envueltos en su vorágine, a que terminemos por consumirnos a nosotros mismos, a nuestra propia consumición. La Insatisfacción es un compendio de sensaciones negativas las cuales llegan a doler, vapuleando al individuo, haciéndole sufrir, empobreciendo su calidad de vida y jugando con sus expectativas de futuro. Sería deseable encontrar el remedio adecuado, pero no puede hablarse de panaceas universales. La solución está en uno mismo. No voy a ponerme moralista y no empezaré ahora con eso del conformismo. Creo que, más bien, el quid está en la personalidad de cada uno; cuanto más segura, cuanto menos influenciable, cuanto más madura, mejor.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 21 de julio de 1996. El Consumidor y sus "razones" Dicen que es más fácil contentar a una persona hambrienta que satisfacer a alguien bien alimentado. Para comprender mejor esto, tomaremos un ejemplo y sacaremos algunas conclusiones. Cuando alguien se decide a comprar un coche, en primer lugar la elección suele hacerse guiándose por imperativos económicos; por ejemplo, pongamos que no quieren superarse los dos millones de pesetas. Al escoger un coche de este precio se ha hecho, en realidad, una triple elección: Primero, una elección individual por conveniencia personal: "Tengo derecho a tener un coche". Segundo, una elección cualitativa personal y social: "No existe ninguna razón para que no tenga un coche, puesto que otros lo tienen pero, además, me gustaría que fuera un poco mejor". Y Tercero, una elección más o menos razonada y puramente social: "Vale, tendré que conformarme con un coche que no cueste más de dos millones, aunque Fulanito haya comprado uno de tres". En estas tres elecciones se observa algo importante: la propia imagen ante sí mimo y ante los demás; es decir, una referencia al contexto social que puede convertirse en una restricción. Lo que nos lleva a concluir que el comportamiento del consumidor, en un sistema de libre elección, está en función de la imagen que se quiere dar de sí mismo a los demás, o de la imagen que cree que los demás pueden tener de uno mismo a través del producto que compra. Pero es que, además, la adquisición de un producto que no es de primera necesidad, no es una simple adquisición; es también una adquisición de valores sociales, que expresa, para su poseedor, la aceptación de dichos valores ya que cuando un individuo compra un producto, acepta hacerse cargo de las características técnicas y psicosociológicas de dicho producto; y por esta misma razón, es destacable el hecho de que un determinado artículo se adquiera cada vez menos por sus cualidades objetivas y más por sus valores subjetivos. Sin embargo, si vamos a la justificación de la compra tenemos que, en la mayoría de los casos, es siempre engañosa y no responde a los verdaderos motivos de la elección. Siguiendo con el mismo ejemplo, el comprador de coches se suele informar sobre uno, dos o varios modelos que encajan en sus límites económicos, pero no lo hará sobre todos. En una primera etapa, eliminará los que no quiere, bajo diversos pretextos (es grande, no me gusta esta marca, etc.), pero cuando haya adquirido su coche dirá que "es el mejor" y resulta curioso descubrir cómo, con los mismos argumentos y con la misma frase final, otros compradores eligen y justifican la adquisición de otros modelos que el primero descartó. Ya sabemos que, a veces, se compra algo por los significados simbólicos que de ello se desprenden. Si yo voy a casa de alguien en un Vespino, en un Twingo o en un Ferrari (pongamos por caso), incluso antes de que me haya dirigido a él, éste ya tendrá una opinión de mí, lo cual es algo que ya admitimos de entrada, porque, incluso, esta realidad se hace evidente cuando al rechazar un modelo nos justificamos diciendo "no me veo dentro de él", lo cual viene a significar, más o menos, que: "No quiero aparecer ante mí mismo ni ante los demás en un vehículo cuya significación no se corresponde con la imagen que quiero tener o dar de mí". Y estos símbolos que todos ponemos a los objetos tienen diversas características: son esencialmente sociales; el mismo contenido simbólico tiene un valor diferente según los individuos (un coche cómodo y ostentoso puede ser deseado por un adulto y odiado por su joven hijo); y además, estos símbolos no son fijos y evolucionan en el tiempo. Sin embargo, si tiramos más de la cuerda, podemos concluir que la adquisición de un bien o el empleo de un determinado servicio, en tanto que corresponden a una adjudicación de símbolos, son en el sentido más exacto, un poseer-más y en un sentido más amplio, un ser-más. Queramos o no, cuando adquirimos un traje o un perfume de una firma famosa, su uso nos transforma y aunque nos neguemos a aceptar semejante realidad, lo cierto es que es un hecho que nos arrastra hasta el punto de que, en ocasiones, podemos llegar a pensar que comprar es ampliar las dimensiones del ser humano. Desde Freud, todos sabemos que el hombre es un ser motivado por razones conscientes e inconscientes; además, Freud demostró que las motivaciones inconscientes son mucho más numerosas, poderosas y auténticas que las demás. Así, podemos recordar brevemente lo que el psicoanálisis aportó al estudio del comportamiento del consumidor: El hombre actúa guiado por el principio del placer; vive del deseo y el deseo fundamental es la satisfacción personal. Los deseos inconscientes o reprimidos se expresan por símbolos más o menos conscientes. El consumidor tiene deseos más o menos conscientes, defensas y representaciones interiores, por lo que el acto de comprar se convierte en la satisfacción de un placer y en la reducción de una tensión, lo cual explica la imposibilidad de vender un producto en un ambiente conflictivo o triste. Los momentos que preceden a una compra son dramáticos; mientras duran, el consumidor está bajo tensión, irritado e irritable y podrá desanimarse o volverse atrás al mínimo error del vendedor. El acto de comprar puede originar una sensación de culpa en el consumidor, por haber cedido a un capricho, por lo que debe encontrar razones que lo justifiquen y tranquilizar así su conciencia. Solemos decir que las verdaderas razones de nuestras compras sólo las conocemos excepcionalmente, puesto que se relacionan con nuestra vida inconsciente; sin embargo, también puede suceder que las conozcamos, pero que sean inconfesables al no estar de acuerdo con las normas sociales. Por citar un ejemplo exagerado, y salvando las debidas distancias, ya que actualmente esto no es tan real y se tiende a ser más sincero en este sentido: Hace unos pocos años, el hombre utilizaba un after-shave para "suavizar la irritación de la piel después del afeitado" y no "para perfumarse"; y necesitaría mucho valor para decir tal cosa. Claro que esto, como digo, actualmente no se da tanto, porque el hombre, por fin, da la cara para estas cosas; lo que nuevamente nos conduce al hecho de que los significados simbólicos de un producto o de una acción de consumo varían tanto en función del grupo social como a través del tiempo, dentro de ese mismo grupo, siguiendo impulsiva o compulsiva- mente los dictados de las modas.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 28 de julio de 1996. Tiempo de Ocio Todos identificamos correctamente el Tiempo de Ocio con el Tiempo Libre y sabemos que el Ocio está formado o consiste en ese conjunto de ocupaciones a las que una persona puede dedicarse a voluntad, para descansar, divertirse, desarrollar su información o su formación desinteresada, su libre capacidad creadora o participativa, etc., después de haberse liberado de sus obligaciones profesionales o sociales. Hasta aquí, bien; pero de esto se desprende un hecho ineludible: El ocio sitúa al ser humano frente a la sociedad y frente a sí mismo; le obliga a definir su marco de vida, ya que el tiempo libre rompe su ritmo cotidiano y le impone el realizar una elección de la cual será el único responsable. Pero esto no va dirigido solamente a las cuatro semanas de vacaciones anuales. En este sentido, nos encontramos con uno de los fenómenos más característicos del mundo del ocio; me refiero a los Fines de Semana. Porque podemos pensar que no merece la pena preocuparse por qué hacer durante esos dos días de vacaciones semanales; sin embargo, si nos paramos en ello, tenemos que la simple suma de esos dos días de una semana, y de otra, y de otra... alcanzan la sorprendente cifra de doce semanas más seis días de vacaciones, con las que nos encontramos al cabo del año además de ese mes que mencionábamos antes y que se suele coger durante el período de verano. Y me dirán que qué bien, que cuánto tiempo libre; pero si lo pensamos un poco, el problema surge enseguida: ¿Cómo llenarlo? Durante el mes de vacaciones de verano, la cosa está muy clara: playa, montaña, pueblo de los abuelos, etc... y cualquier cosa dará igual porque el buen tiempo acompaña y brinda la oportunidad de eso y de mucho más. Pero en el caso de los fines de semana, que abarcan el resto del año, las condiciones meteorológicas pueden influir de manera decisiva para condicionar una actividad u otra, eliminando incluso algunas posibilidades. Las maneras de emplear este importante capital de tiempo varían hasta el infinito; desde el consabido "descanso-televisión-comida-televisión-descanso", hasta la estancia en la "casita de campo", el paseo, la comida campestre, el parque de atracciones, etc. Pero sea cual sea la opción elegida, en todas ellas se presenta el mismo factor decisivo para el equilibrio psicológico del ser humano: el deseo de escapar de la rutina. Además, es evidente que el grado de satisfacción que experimentamos al cambiar de un tipo de actividad a otra, modifica a veces de forma profunda nuestro comportamiento social. Un fenómeno muy importante en este orden de cosas y que, en otro tiempo, sólo estaba reservado a determinadas clases sociales, pero que ahora se ha extendido considerablemente, es el de la "casita en el campo". La tendencia a adquirir en propiedad una casa en un medio rural o, cuando menos, a conseguir su alquiler, es un hecho al que aspira cada vez más el ciudadano de las grandes urbes; y se ha convertido, desde hace algunos años, en una característica de la civilización urbana. Es indudable que este instrumento de ocio, producto de los fenómenos de masas, que tanto se estudian en psicología social, actúa sobre el comportamiento de las personas y lo modifica. Partamos de un hecho básico: La masificación de la demanda, tras haberse apoderado de un privilegio de clase, hizo que esta casa de vacaciones per- diese la aureola que le confería el privilegio, para pasar a ser un mero producto de ocio. Además, resulta muy significativo el comportamiento de los jóvenes. Después de haber abandonado en parte las "vacaciones en familia", los hijos, a partir de una determinada edad, difícilmente aceptan pasarse el fin de semana en la "casa de campo". Ésta obliga a las familias a replegarse en sí mismas y se da el caso de que salen del aislamiento de las ciudades para caer en el aislamiento del campo, lo cual no constituye el entretenimiento más idóneo para algunos de sus miembros. Es más, con frecuencia se considera la casa de campo como un lugar de descanso para los padres y un refugio para cuando se jubilen. Sin embargo, y a diferencia de otros tipos de ocio, la casa de campo es un fenómeno propio de esta civilización que se basa en una noción de permanencia y continuidad de la unidad familiar, aunque, como hemos visto, en ocasiones no se vea bien aceptada por todos sus miembros. A mayores, conviene tener en cuenta una tendencia social bastante significativa: El deseo de escapar de la ciudad, con lo que tiene de escapar de sí mismo, junto con la posesión de una casa de vacaciones en el medio rural, hace que un número de personas cada vez mayor busquen la estancia permanente fuera de la urbe, lo que ha traído como consecuencia directa la proliferación de urbanizaciones de chalets adosados, en los alrededores de las grandes ciudades, sin percatarnos de que esa huida de la ciudad, lo que ha producido inevitablemente es la formación de nuevas ciudades que, aunque estructuralmente sean distintas, comparten con las primeras la aglomeración humana que es, precisamente, de lo que se huía cuando se buscaban. Es la pescadilla que se muerde la cola, ¿no creen? Y dejando a un lado todo esto, si generalizamos en las actividades para llenar el tiempo libre, vemos que cada una de ellas tiende a ofrecernos soluciones a las contradicciones que enredan nuestra vida cotidiana. El hombre, a través del tiempo libre, pretende encontrar de nuevo la vida social y el contacto con el hombre como tal, lejos de las rutinas que le masifican, embrutecen y anulan como individuo. El ocio detiene al ser humano, de manera regular, en su carrera hacia la masificación mental; le obliga a reflexionar sobre su mundo y sobre su situación en él y le ayuda a crear nuevas formas de comportamiento que le devuelvan a sus orígenes de individuo exclusivo.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 12 de enero de 1997. "Me siento vacío" Acaban de pasar unos días de fiestas que, por H o por B, tienen un significado concreto para cada uno de nosotros. Y quiero plantear hoy este tema porque me llama la atención el hecho de que, de vez en vez, son más las personas a las que oigo decir: "A mí estos días no me gustan". A algunas les pregunté "¿por qué?" y lo cierto es que nadie supo cómo responderme. Sin embargo, si pensamos detenidamente en ello, se pueden encontrar varias explicaciones. Por un lado, está el hecho de que a nadie nos gusta tener que divertirnos por obligación; se supone que con tantos días de fiesta, hay que pasarlo bien necesariamente; se desea tanta felicidad que uno se siente obligado a ser feliz y todos sabemos que el ser humano suele rechazar, consciente o inconscientemente, aquello que se le trata de imponer. Por otro lado, está el consumo vertiginoso, las irremediables compras navideñas; todo el mundo tiene que hacer regalos a todo el mundo, cuando, en muchos casos, ¡maldita la gracia que hace!; no obstante, si no compras, si no regalas algo, si no sigues las normas sociales impuestas por avispados comerciantes y por machaconas publicidades, pasas a convertirte en un bicho raro, insociable y huraño. Una tercera explicación estaría en la Soledad; pero no me refiero exclusivamente a esa soledad física de las personas que no tienen a nadie a su lado; me estoy refiriendo también a esa soledad psicológica, a esa soledad mental y emocional en la que algunos, por desgracia muchos, se ven inmersos, a pesar de estar acompañados. Por muchas martingalas sociales de que si asambleas para esto, reuniones para lo otro, organizar grupos para aquello, o colaboraciones para lo de más allá, la triste realidad es que el individuo funciona cada vez más como ente individual y está tan acostumbrado a ello que, ni rodeado de gente, es capaz de mostrarse todo lo sociable que sería de desear, entre otras cosas porque los que le rodean se muestran tan individuales como él. Con todo esto es, pues, muy difícil que uno rompa su norma de conducta sólo por el hecho de estar en determinados días del año o, lo que es peor, en su intento por deshacerse de su rutina conductual, se muestra desafortunado y patoso, quedándose con un sabor amargo en su mente. Algunos se preguntarán por qué estoy planteando todo esto " a toro pasado". Pues bien, porque es precisamente ahora cuando uno se para a pensar en ello y descubre el fatídico "Me siento vacío", "como si me hubieran dado una paliza". Y esto de la paliza se diría que es muy cierto por el sencillo hecho de que esa persona se ha visto vapuleada mentalmente con deseos, con felicidades, con obligaciones, con salidas de rutina, con diversiones impuestas, con compañías forzadas, con besos superficiales... y no ha sido capaz de dar con el antídoto para superar ese envenenamiento. Hoy por hoy, el ser humano se siente más preocupado por seguir o por responder adecuadamente a los valores de los otros, en lugar de prestar atención a su propia capacidad para elegir lo que es más apropiado para él. Y como esos valores de los demás no tienen por qué ser precisamente los mejores para cada uno de nosotros, eso nos crea un conflicto interno que exige una atención especial y cuando, por no querer o por no saber enfrentarlo, se apodera del ser humano que lo acoge en sí mismo, le destruye sus defensas, le rompe sus esquemas y hace que se sienta vacío. Así podemos oír, con mayor frecuencia de la que cabría esperar, comentarios como el siguiente: "Tengo muchas cosas, pero me siento sin ilusión, sin proyectos, sin ganas de vivir; es como si estuviera realizando lo que los demás quieren, pero que a mí me aburre; me siento como si participara en una carrera sin que yo me haya inscrito en ella; son los otros los que deciden por mí..." Esa persona, muchas personas, nos movemos más al son de lo que otros tocan, según los gustos de los medios de comunicación, las modas, o por lo que el vecino nos dice. Con bastante razón, alguien definió al ser humano como "un conjunto de espejos que reflejan lo que cada uno espera de él". Y todo esto conforma el prototipo del hombre de hoy: frustrado e insatisfecho. Es como una carrera de obstáculos en la que la angustia o la ansiedad por superar el siguiente nos impide disfrutar del éxito por el que ya ha sido superado. Es como si cada vez hubiera que empezar desde cero, con el agravante, además, de que hay que hacerlo en solitario, sin puntos de apoyo; entre otras cosas porque cada uno de los demás está excesivamente concentrado en superar sus propios obstáculos. Todo esto es lo que lleva a esa sensación de vacío que se va manifestando bajo diferentes formas de ansiedad o de incomunicación, las cuales suponen, en ocasiones, los primeros indicios del más que probable trastorno psicológico. Pero el hombre, superviviente de hecho y de derecho, no puede conformarse con ese hueco dentro de sí y se pone en marcha para llenarse. Muchos, para conseguirlo, dan un giro radical a su vida, quizá influidos por lo bien que le ha ido con ese método al vecino y no se dan cuenta de que caen de nuevo en la equivocación de pensar que las ilusiones del otro son también las de uno mismo, cuando ya hemos visto que no es así, porque cada uno es cada uno. Otros deciden llenar su vida con cosas que se han puesto de moda y se presentan como la gran panacea, sin reparar en que no sólo al final no aportan ninguna satisfacción, sino que, además, crean nuevos temores, angustias o dependencias. No tenemos ningún derecho a perder el tiempo de esa manera. Ábrete en canal, si es necesario, fíjate bien en cómo eres tú, cómo sientes y con qué herramientas cuentas, porque sólo ahí está la respuesta que estás buscando.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 19 de enero de 1997. Insatisfacción: ¿Causa o Consecuencia... ? Cuando el ser humano se reconoce a sí mismo como un ser Insatisfecho, su natural instinto le lleva a rebelarse y esta rebelión puede ir dirigida contra los demás, al considerarles responsables de sus problemas, lo que en determinados casos constituye una respuesta problemática con tintes psicopatológicos; o contra sí mismo y aquí, el acierto o el error de tal postura depende de las formas en que se lleve a cabo dicha rebelión. Si pudiera hablarse de una línea recta para describir en qué consiste esta segunda reacción a la insatisfacción personal, tendríamos dos puntos opuestos que constituirían los extremos de la misma y estas respuestas extremas son: la Competitividad y la Pasividad o Apatía. Las nuevas generaciones que van empujando de forma inexorable son competitivas; el único afán es llegar a la cima cuanto antes y no se para uno demasiado a pensar en los medios que utiliza para lograrlo. Pero no quiero que se me interprete mal; competir no es negativo, siempre que se sepa competir y que uno no se deje a sí mismo por el camino. Lo negativo es ese empeño en ser más, cuando no se tiene el punto de apoyo adecuado desde el cual partir, cuando no se tiene un yo psicológico lo suficientemente fuerte como para soportar la carga y la tensión que supone y lo suficientemente consolidado como para no dejar a un lado su autenticidad, en aras a conseguir atajos para llegar a la meta. A nadie nos es desconocido el hecho de que ya desde que somos niños se nos enseña a rivalizar con el compañero, se nos educa en la línea de intentar ser más o llegar a más que los demás; de hecho se nos premia cuando somos los primeros en algo y se nos castiga o se nos relega al olvido cuando no damos la talla. Y la sociedad, los educadores, los padres, se preocupan tanto de eso que olvidan un pequeño detalle: por querer que seamos más, se olvidan de fomentar que sencillamente seamos. Es absolutamente necesario reforzar ese "yo" para que desarrolle la autoestima imprescindible que le capacite para conocerse mejor a sí mismo, para tener una idea clara de sus posibilidades y de sus límites y, a partir de ahí, favorecer una competitividad sana. Sin embargo, en muchas ocasiones, las cosas se hacen al revés: se coloca al niño en medio de un clima de fuerte competencia; tiene que sacar las mejores notas, tiene que ganar más campeonatos, tiene que ser el número uno en todo; y se le deja sólo, "viviendo y aprendiendo"; se le deja a merced de la marea humana, sin saber ni con qué recursos psicológicos cuenta, ni cómo utilizarlos. A esto se le llama empezar la casa por el tejado y es el inicio del camino más directo a la frustración y a la insatisfacción. Por el contrario, y en el otro extremo que mencionábamos antes, se encuentra la Apatía, la Pasividad, la Indiferencia. La persona se rinde, no se siente con fuerzas de luchar por nada: "Para qué voy a molestarme, si de todas formas no lo voy a conseguir". Y llegados a este punto, fíjense cómo los dos polos opuestos parece que se han unido cerrándose en un círculo. Tanto la competitividad extrema, como la pasividad tienen una misma consecuencia: la Insatisfacción... ¿o es su causa?... Y me dirán que el hombre es un superviviente y que, sin duda, buscará la forma de salir de esa vía muerta. Bien, veamos algunos ejemplos de salida: la Depresión, o huida hacia dentro. Las Conductas Antisociales: "vosotros sois los responsables de mi fracaso y, sin duda, pagareis por ello". Los Trastornos Psicosomáticos: una forma inconsciente de llamar la atención sobre uno mismo, "si estoy enfermo, me cuidarán". La Tiranía o Explotación de los que le rodean. La Intolerancia, que se puede manifestar tanto con los más cercanos, como a grandes escalas, mediante expresiones racistas o fanáticas... Podríamos seguir citando ejemplos en esta misma línea, pero no seamos tan catastrofistas y pensemos en salidas más "normales". Por ejemplo, con relativa frecuencia, una persona intenta compensar su insatisfacción con cosas materiales (tener un coche mejor, redecorar su casa, salir de compras, gastarse todos sus ahorros en unas vacaciones, acudir regularmente a un gimnasio y esforzarse en conseguir un cuerpo "danone", etc.) Pero son cosas que, al final, cuando la euforia inicial se ha calmado, le dejan a uno como estaba y, si cabe, un poco más preocupado, porque eso que se ha conseguido hay que mantenerlo de alguna forma, ya que su "pérdida" supondría un nuevo fracaso que no se está en condiciones de asumir. Es como si se quisiera llenar un saco sin fondo; por muchas cosas que se echen en él, ninguna permanecerá dentro mientras no se cosa fuertemente ese fondo, mientras no se cierre. No se trata, pues, de lo que se mete en el saco, se trata de cómo puede permanecer en él y de cómo se coloca dentro, junto con lo demás, para que el peso se armonice y se reparta, de forma que no constituya una "pesada carga" que vuelva a romper el saco. Entonces: punto primero: tejer un buen saco (una personalidad sana y fuerte); punto segundo: ir conformando un fondo sólido y resistente (con unos valores personales, unas ideas, y unos recursos psicológicos a prueba de cualquier "peso") y punto tercero: ir llenando ese saco con cosas que no lo desfonden (según las posibilidades de cada uno). Para esto se necesita un autoconocimiento que facilite el equilibrio adecuado para establecer nuestras propias metas, sabiendo cerrar los oídos a los "cantos de sirena" que pululan a nuestro alrededor; no es más feliz el que más tiene, sino el que sabe disfrutar con lo que tiene. Además, es necesaria una autoestima alta que nos permita soportar y superar los fracasos que se presenten. Recuerde: no importa lo que puede entrar en el saco; lo importante es lo que puede quedar.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 9 de marzo de 1997. La Crisis de los "Cuarenta" Con más frecuencia de la que quisiéramos, hemos oído esa expresión, incluso se diría que todos estamos destinados a caer en ella y, a medida que vamos llegando a esa edad, nos lo planteamos como un mal necesario, como un trámite más que hay que cumplir al llegar a una determinada etapa de la vida; sin embargo, ni tiene por qué ser normal, ni mucho menos hay que sufrirla necesariamente. Entonces ¿por qué se produce? El ser humano, con el paso del tiempo, va complicando su existencia con miedos, con preguntas sin respuesta, con rebeliones internas que, muchas veces, se manifiestan externamente y todo debido a que, cada vez que nos paramos a pensar, cada vez que nos detenemos a hacer un análisis de lo que llevamos vivido, su balance nunca es tan gratificante como desearíamos y, cuando uno piensa que no ha tenido demasiado éxito, inevitablemente surge la idea del fracaso, si no en todo, sí en algunos aspectos que, en ese momento de reflexión, adquieren una importancia decisiva que, quizá, antes no les dábamos. Esto ocurre al mirar para atrás, sin embargo y como los cuarenta suelen constituir la mitad de la vida, al mirar hacia adelante el panorama no es más atractivo; incluso hasta se presenta como amenazante: la vejez, sus posibles y frecuentes enfermedades y, para poner "la guinda", la muerte. ¡Casi nada! Pero hay más motivos que nos conducen a esta situación: Tendemos a pensar que la juventud es la mejor etapa de la vida; es la edad pletórica de belleza, de despreocupación, de ganas de vivir, de grandes proyectos, de una fuerza vital arrolladora y, por eso mismo, nos autoconvencemos de que lo que no se consigue en ese momento, ya jamás se podrá alcanzar. Gran error: Hay cosas que sólo pueden lograrse con la serenidad, con la estabilidad y con una madurez de las que carecemos en nuestros años más jóvenes, porque esas cualidades sólo se adquieren con el asentamiento de la propia experiencia. No obstante, al menos de entrada, no reparamos en estos pequeños detalles. Y a todo esto se añade el hecho de que, a medida que vamos evolucionando, las personas nos vemos condicionadas por el engranaje de la rutina, por las imposiciones sociales, por esas tareas que no debemos olvidar; y nos centramos tan absolutamente en estas cosas que vamos olvidándonos de nosotros mismos, hasta llegar a no reconocernos en lo que fuimos y a vernos como unos extraños en lo que somos y todo, porque vivimos de espaldas a nuestro auténtico yo. Aunque lo cierto es que ninguno tenemos demasiado claro cómo hay que vivir; ya que, dejándonos llevar una vez más por la corriente, siempre vamos a elegir los "valores" que están de moda en cada etapa, independientemente de que nos gusten o no, de que nos sintamos bien o mal con ellos y, lo que es peor, independientemente de que estemos o no convencidos de nuestra elección. Ahora bien, una vez descubierta la crisis, nos desesperamos buscando soluciones que sólo son fruto de esa desesperación; así podemos elegir entre: "cerrar los ojos" para no ver una realidad que nos frustra; la "huida" a través de actividades sociales o profesionales, aunque eso nos sumerja más en la maraña de la frustración; el "olvidarnos" de nosotros, proyectándonos en los que vienen detrás; o el "egoísmo" a ultranza, el "sálvese quien pueda", el "si nadie se preocupa por mí, para qué me voy a preocupar yo por nadie". Claro está que también hay soluciones que sí solucionan el problema, aunque a priori parezcan un poco más molestas y, sobre todo, menos cómodas. Para empezar, hay que tener en cuenta que sólo hemos captado una parte de la realidad, sobre todo cuando la hemos analizado a través de unos sentimientos que la desfiguran, y que esa realidad es mucho más amplia. A continuación, si nosotros somos los creadores de nuestra propia vida, debemos tener bien claro cómo queremos que sea, para crearla de esa forma. Cambia lo que te obliga a vivir como no quieres y busca hasta conseguir lo que te ayude a vivir como quieres. Cuídate a ti mismo, mímate, tanto física como psicológicamente. ¿Quién mejor que tú para saber lo que más íntimamente deseas? Ya sé que me dirás que no es fácil, sobre todo cuando hay que aprender a distribuir el tiempo para ocuparse de lo que "nos mantiene físicamente" y poner en marcha, a la vez, lo que "nos mantiene psicológicamente", pero si empiezas, ya tienes conseguida la mitad, porque lo más difícil es decidirse y empezar. Muchos piensan que se les ha pasado ya la edad de luchar por una ilusión. No es cierto. Siempre que se tenga una nueva ilusión, se estará en la edad adecuada para conseguirla, entre otras cosas debido a que "esa ilusión" ha nacido en "esa edad". Hay que vivir en lugar de vegetar. Además, en la medida en que tú te enriqueces psicológicamente, tu presencia es más grata para los demás, simplemente porque está más llena y, por lo mismo, es más enriquecedora también para ellos. Por otra parte, si nuestras obligaciones van disminuyendo, no debemos crearnos otras nuevas que, ficticiamente, nos hagan sentirnos necesarios. Considero que, después de cuarenta años de deberes, es justo que empecemos a tener derechos, entre otras cosas porque nos los hemos ganado. Si no sabes reorganizar tu vida, porque no sabes reorganizar tu personalidad, busca ayuda; pero no te pierdas en la conciencia de estar en crisis, no te extravíes en lamentaciones el resto de tu vida. Piensa que lo que viene, lo que está por vivir, siempre será lo mejor de tu vida.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 22 de junio de 1997. Nosotros y los Impuestos Me van a permitir que juegue un poco con el doble sentido de la palabra Impuestos, aunque, al final, y tanto en lo que tiene que ver con Hacienda, como en esas otras cosas que no nos apetecen, pero que no tenemos más remedio que asumir, todo queda reducido a una sola expresión: Lo que se nos impone. Y es precisamente porque se nos impone, por lo que se lleva tan mal, se hace a regañadientes y, en la medida de nuestras capacidades o de nuestra osadía, se intenta esquivar. Estamos en plena campaña de Declaración de la Renta y, por eso mismo, quizá serían los propios funcionarios del Ministerio de Hacienda los que mejor podrían hablar hoy de este tema, especialmente si se trata de hacer una definición de la actitud que, en términos generales, manifiesta el ciudadano "de a pie" frente a sus mostradores o nada más traspasar las puertas de ese recinto que, más que un edificio destinado al servicio público, se percibe como un patíbulo o una cámara de torturas. Así pues, por fin, una infausta mañana, tras mucho retrasarlo, quizá con la esperanza de que un milagro nos evite semejante comparecencia, allá vamos, usted y yo, con nuestros papeles debajo del brazo, con una expresión en la que se hace patente un cierto matiz avinagrado y con un talante similar a como si nos hubiéramos echado, de golpe, veinte años encima. No es para menos, Si hay algo que nos duele especialmente es que nos apuñalen en el bolsillo, por aquello de que nos hace daño desprendernos de lo que tanto esfuerzo nos ha costado conseguir y, en el supuesto de que no haya sido demasiado el esfuerzo invertido, no es menos cierto que el dinero ganado o conseguido, de una u otra forma, es de esas cosas que quedan revestidas inmediatamente con la capa de la propiedad, lo que hace que, si bien podemos disponer de ello y hacer con ello lo que queramos, sin embargo, al no ver en ese desprendimiento una utilidad que revierta sobre nosotros mismos, de forma inmediata, nos parece que nos lo están robando y nadie se brinda gustoso a que le roben (a no ser que vaya a cobrar un suculento seguro, pero eso es otra historia). Además, y para rizar el rizo, está el agravio comparativo de aquellas personas que viven en los llamados paraísos fiscales: ¿Por qué ellos no y yo sí?... Nosotros, personas integrantes de una sociedad que presume de democrática, tenemos a gala ser individuos libres, con capacidad para hacer y deshacer y con facultades propias para decidir, para actuar o para no actuar, cuándo, cómo y dónde consideremos oportuno. Por eso, el hecho de que alguien trate de imponernos algo, va en contra de lo que consideramos como nuestros derechos; que nos obliguen a algo activa inmediatamente nuestro afán de defendernos ante lo que consideramos una agresión a nuestra libertad de opinión o de actuación. Y es tanto más chocante que sea el propio Estado, en teoría el garante de nuestros derechos y libertades, el que nos imponga unas aportaciones con las que sólo en una mínima parte (si acaso) está de acuerdo. Todo esto nos produce una sensación de abuso de poder, de ser exprimidos como si fuéramos unos simples frutos cítricos, de humillación ("¡Tú bajas la cabeza y pagas... y no hay más que hablar!") tal que tiene como consecuencia directa el deseo de rebelarnos y, en la medida de lo posible, defraudar y engañar, como única defensa factible ante lo que no nos parece justo. Y, llegados a este punto, de nada sirve que se nos diga que ese dinero que nos vemos obligados a soltar, que esos Impuestos que se nos imponen por imperativo legal (¡Uf!), van a servir para que tengamos una mejor Sanidad Pública, o mejores Infraestructuras o, en resumen, mejores Servicios para la Sociedad, porque, en primer lugar, no lo vemos de forma clara (la Sanidad es un batiburrilo donde, sólo si tienes suerte, te operan antes de que te mueras; las carreteras parecen caminos de cabras que ni con bacheos periódicos se arreglan, etc.); y en segundo lugar, porque no lo vemos de forma inmediata; es decir, nuestro esfuerzo no tiene una recompensa directa y, por eso mismo, no nos apetece hacer dicho esfuerzo. Porque cuando usted y yo hacemos algo, por muy altruistas que presumamos de ser, esperamos que eso nos aporte un cierto beneficio, si no material, si social o humano, por el reconocimiento público que tal acción pueda tener. Psicológicamente, necesitamos de ese refuerzo, ya no sólo para compensar lo aportado, sino para que sirva de estímulo que nos promueva a realizar esfuerzos posteriores. Sólo en ese juego de estímulo - acción - recompensa, es en el que nos movemos de forma satisfactoria, ya que la búsqueda de la satisfacción y de la felicidad constituye la esencia de todo ser humano. Por todo esto, nos llevamos tan mal con los Impuestos. Y hay quien dirá que, para él, el estímulo de pagar a Hacienda es no acabar con sus huesos en la cárcel o no tener que pagar la multa correspondiente. Ante esto, yo sólo puedo decir que eso no es un estímulo; que eso es una amenaza; que la amenaza implica un castigo y que un castigo, como método de persuasión, puede ser muy eficaz, pero desde luego, no puede funcionar de ninguna manera como aliciente necesario para traspasar las puertas de la Delegación de Hacienda con nuestros papeles bajo el brazo y con una sonrisa de oreja a oreja; ni aunque la Declaración salga Negativa, por la conciencia de que sólo hemos conseguido que nos devuelvan una parte muy pequeña de todo lo que nos hemos visto obligados a pagar por anticipado y por la sensación de que nos dan una limosna cuando ya se han aprovechado de lo que adelantamos.
Ana I. Rico Prieto. |
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