"Enseñando a pescar" Terapias Formas de contacto Artículos Publicados


Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 13 de abril de 1997.

Sobre Dudas e Indecisiones

No es algo que a nadie nos pille de sorpresa porque todos, alguna o muchas veces, nos mostramos indecisos ante algo, sin saber cómo resolverlo de la mejor manera posible; porque ahí está el meollo de la cuestión: que queremos salir de esa situación de la mejor manera posible; y esto es absolutamente normal, sin embargo, es la causa más directa para desembocar en una duda que puede llegar a generar angustia o, cuando menos, ansiedad.

Ahora bien, en esto como en la mayoría de las características que definen al ser humano, se pueden observar una serie de niveles que van desde la duda más simple y la duda más normal, hasta la duda patológica: Así, podemos encontrarnos con personas que aparentemente no dudan nunca; son aquéllos que se muestran muy seguros de sí mismos; están convencidos de que, hagan lo que hagan, estará bien hecho, por lo tanto, si hay que actuar, actúan; si hay que hablar, hablan; transmiten confianza porque ellos mismos se muestran confiados, aunque, como lo cierto es que nadie está exento de dudar alguna vez, lo más probable es que se planteen cosas del tipo de "Está nublado ¿qué hago? ¿me llevo el paraguas?". No es broma. Por muy segura que se sienta una persona, la duda siempre aparecerá en algún momento de su vida y esto es debido a que tenemos la capacidad de pensar y nuestro pensamiento es algo absolutamente inconsistente, imprevisible e incontrolable. Como no lo podemos controlar, puede vagar sin rumbo entre mil y una posibilidades, puede imaginar a la vez mil y una situaciones y, si con dos posibilidades o dos situaciones, ya se plantea uno por cuál decidirse, ¿qué no pasará con esas mil y una?.

En el otro extremo, tenemos a aquellos individuos que se lo cuestionan todo; que sufren lo que he denominado al principio como la duda patológica. Se trata de personas inseguras, obsesivas u obsesionadas por esta circunstancia; que no son capaces de hacer nada por sí mismas; necesitan que alguien les diga: "Haz esto, de esta forma, en este momento y en este lugar" y aún así, todavía se preguntarán "¿Y si no he entendido bien lo que me han dicho?". Podría decirse que en ellos, el pensamiento incontrolable de todo ser humano, se descontrola más aún (si es que se puede) y todas esas mil y una ideas que pululan por la mente en una fracción de segundo, se convierten, para estas personas, en mil y una alternativas que es necesario analizar convenientemente para no meter la pata, con lo que se ven inmersos en una maraña de ideas, preguntas, más preguntas y escasas respuestas que les llevan a preguntarse otra vez si no tendrán que preguntárselo más tarde. Es decir: quedan atrapados en sus propias redes mentales sin saber de qué cabo tirar para deshacer el tejido.

Ya sé que esto puede parecerles exagerado, pero ocurre. No obstante, quién más, quién menos, por muy indeciso que se muestre para algunas cosas, al menos para otras sí sabe lo que tiene que hacer y, a pesar de que, en ocasiones, lo piense un poco, termina por resolverlo. Así es como nos encontramos con las dudas normales en las personas normales. La vida del ser humano gira en torno a la búsqueda de la felicidad, por muy abstracto que sea este concepto. Necesitamos estar bien, pero aunque lo estemos, siempre necesitamos estar mejor. Y toda búsqueda que se precie está plagada de alternativas, de caminos; pero ¿qué alternativa elegir? ¿qué camino seguir? Sería muy fácil si pudiéramos seguir dos, tres o cuatro caminos a la vez; ver qué hay al final de cada uno y quedarnos con el que mejor nos pareciera; sin embargo, para eso necesitaríamos contar con un don que no tenemos y que es el de la Ubicuidad, es decir, la facultad de poder estar en varios sitios a la vez, con lo que eso conlleva, o sea, vivir varias vidas paralelas... pero a tanto no hemos llegado todavía, por lo que no nos queda más remedio que elegir qué queremos hacer y cómo queremos vivir de entre dos o más alternativas posibles.

Y aquí está el gran problema: Yo estoy bien ahora, tengo una vida tranquila y cómoda, con mis dudas razonables; de pronto, se me plantea algo con lo que creo que puedo estar mucho mejor, pero es absolutamente incompatible con lo que tengo actualmente... Y me empiezo a comer el coco. ¿Por qué? Porque yo estoy bien como estoy, aunque evidentemente no debo estarlo tanto si pienso que podría cambiarlo; sólo que no estoy realmente segura de que vaya a estar mejor después, y me planteo que quizá "sea mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer". Sin embargo, y a pesar de que trato de esquivar la situación, ya se ha instalado esa posibilidad dentro de mi mente y ésta empieza a trabajar procesando esos nuevos datos y concluyendo otras mil y una situaciones de las cuales, para mi desasosiego, la mayoría me ofrecen una evidente mejoría con respecto a lo que tengo ahora. Así es como empiezo a plantearme no ya las consecuencias de coger lo otro, que parecen evidentes al menos en su planteamiento, sino las consecuencias de dejar lo que tengo, entrando en juego el temor a decir adiós a lo que conozco. En esta fase, pues, ya estoy medianamente decidida a tomar el otro camino, aunque ahora se me plantea la cuestión de cómo salgo de éste. Por un momento, pienso que es mejor dejarme llevar por los acontecimientos, no obstante, ya sabemos que los acontecimientos necesitan, para presentarse, un mínimo de provocación y un alguien que los espere. ¿cómo salir entonces de este lío?... Siendo muy sinceros con nosotros mismos.

Si de verdad queremos una cosa, no nos conformemos con lo que tenemos por muy cómodo que resulte o por muchos miedos que nos inventemos para permanecer ahí.

 

Ana I. Rico Prieto.