"Enseñando a pescar" Terapias Formas de contacto Artículos Publicados


Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 21 de enero de 1996.

¿Jubilosa Jubilación?

Así debería ser, si nos atenemos a las definiciones que de la palabra Jubilar expone nuestro diccionario de la lengua; sin embargo, parece que la vida cotidiana demuestra lo contrario. Esta sociedad en la que estamos inmersos, cada vez más llena de jubilados, nos presenta un cuadro un tanto preocupante en lo que a este sector de la población se refiere; y esta visión es más aguda en lo que respecta a los hombres, con diferencias muy marcadas con relación a las mujeres.

Es frecuente ver, en nuestros parques y plazas, hombres, mayores ya, jubilados, que a falta de otra cosa que hacer, pasan las horas sentados en los bancos o paseando, conversando con otros que están en su misma situación; y es de algún modo sintomático verlos con la cabeza baja, mirando hacia el suelo, mientras desgranan monólogos compartidos con otros que, a su vez, desgranan sus propios monólogos.

Si sólo nos fijáramos en la raíz del término, deberíamos pensar que la Jubilación ciertamente es esa puerta que da paso a un nuevo período de la vida en el cual, lo más lógico, sería sentirse feliz, por la certeza de saber que se dispone de todo el tiempo del mundo para hacer lo que uno quiera. Pero es precisamente esa conciencia de tener todo el tiempo del mundo, sin saber realmente qué hacer con él, y a la vez, la percepción del poco tiempo que queda de vida, lo que va minando el estado de ánimo del individuo, hasta que se implanta en él la idea de su inutilidad y de que "a estas alturas" ya nada merece la pena.

Y digo que esto es más acusado en los hombres que en las mujeres porque éstas intentan llenar huecos ocupándose de las tareas de la casa, haciendo pequeñas labores que sirven más para entretener que para otra cosa; porque, por educación y por cultura, la mujer está mentalizada para esas ocupaciones domésticas para las cuales nunca llega la jubilación. Sin embargo, en el caso del hombre, y también por educación y por un fenómeno cultural y social, es más difícil acceder a estos rellenos domésticos, lo cual hace que se encuentre con todo un día, y una semana, y un mes, etc., por delante, y sin nada concreto con lo que poder llenarlo.

Claro que todo esto no ocurre de la noche a la mañana; sino que se dan una serie de etapas que vamos a intentar desgranar, aunque sea brevemente.

Cuando llega el día de la Jubilación parece que uno descansa. Han sido muchos años trabajando, madrugando con fríos y calores, dando el callo y esforzándose por mantenerse al pie del cañón en sus responsabilidades. Qué duda cabe, pues, que después de todo esto, uno diga que "ya está bien", que "ya va siendo hora de tener tiempo para ocuparse de uno mismo". Además, en estos primeros momentos de la jubilación, el tiempo se pasa rápidamente yendo de acá para allá, arreglando papeles para cobrar la pensión, o tratando de organizar un poco las cosas para empezar esa nueva vida. Pero pasado todo este ajetreo inicial, uno se despierta una mañana y se da cuenta de que lo ha hecho a la misma hora que cuando tenía que ir a trabajar y ni siquiera ha puesto el despertador; eso, para empezar, ya sienta mal, porque es como si el propio cuerpo se rebelase ante el nuevo horario y ante las nuevas condiciones, y no quisiera abandonar su rutina laboral. Seguidamente, no es lo malo el no poder volver a dormir; lo malo es empezar a pensar "¿qué hago yo hoy?". Puede surgir algo por ahí, alguna chapucilla casera, algún amigo a quien visitar pero "¿y después, qué?"...

Y es a partir de este momento cuando todo empieza a ir de capa caída. Y se hacen esfuerzos por llenar las horas con cosas que no llenan y que, más aún, recuerdan lo vacío de la situación. Luego, ese mismo vacío le lleva a uno a tomar conciencia de que, si está en esa situación es por su edad y a eso le acompaña la idea del poco tiempo que queda de vida y de que ésta se ha pasado sin que nos demos cuenta. Esto lleva, inequívocamente, a hacer balance y esta revisión de los actos trae consigo la percepción de que ya no se es lo que se era, de que uno ya no vale para nada y, casi sin darse cuenta, se va cayendo en la apatía y en la depresión...

Por todo ello, y con el ánimo de evitar el sumergirse en esta espiral de decrepitud y de autoabandono, empezaron a surgir, hace ya algunos años, con gran acierto además, los llamados "Clubs de Jubilados", u otras agrupaciones similares, donde se trata fundamentalmente de que estas personas no se sientan desamparadas por la sociedad y se autodefiendan reuniéndose, por aquello de que la unión hace la fuerza, para programar actos, viajes, charlas, juegos y, en fin, cosas que les sirvan para llenar esa nueva vida y a la vez, en la medida de sus fuerzas y con actuaciones muy concretas, para seguir siendo, de alguna manera, útiles a la sociedad.

Nadie queremos ser un estorbo para nadie; por tanto, cuanto más hagamos por valernos por nosotros mismos y por servir de ayuda a los demás, nuestra autoestima se verá aumentada; el tiempo se verá productiva y agradablemente lleno y lógicamente será más llevadera e, incluso, más rica en oportunidades y vivencias la etapa posterior a la Jubilación, convirtiéndose ésta, así, y ya sin reservas, en una Jubilosa Jubilación.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 10 de marzo de 1996.

¿Por qué "curan" los curanderos...?

No es raro oír comentar en ocasiones a algún conocido que Fulanito padecía tal cosa y que había visitado a muchos médicos, pero ninguno le solucionaba nada; sin embargo, harto ya de consultas, de esperas y de análisis, se había puesto en manos de un Curandero y, al poco tiempo, ya no presentaba esa dolencia. Hay quien dice, incluso, que en una visita posterior al médico, éste no se explicaba cómo se había producido tal mejoría. ¿Cómo puede ser?

El ser humano tiene dentro de sí un órgano que constituye la estructura más compleja y decisiva que existe y, a pesar de las numerosas y extensas investigaciones de que ha sido objeto, aún sólo ha sido posible conocer de forma parcial tanto su desarrollo como su organización; pero sobre todo, lo que resulta más difícil de descubrir en su totalidad es su inusitado y variado funcionamiento. Una definición muy sencilla, a pesar de todo lo que la misma supone, describe al Cerebro como el órgano central de las percepciones sensoriales, del pensamiento y de todos los contenidos de la conciencia. Y no voy a extenderme en este asunto porque, además de vasto y complejísimo, se merecería sin duda otro tipo de publicación. Donde quiero centrar la atención es en una de sus funciones principales: la Percepción Sensorial; y dentro de este apartado, como algo intrincado y poderoso, la Sugestión, o el dominio sobre la voluntad de una persona para llevarla a actuar en un determinado sentido; o la Autosugestión, o dominio de la propia voluntad.

De la misma manera que, como veíamos en un artículo anterior, una persona se puede ocasionar enfermedades o trastornos (las enfermedades psicosomáticas), como respuesta a un determinado factor ansioso, ya sea sensorial o sentimental, así también se puede librar de una determinada dolencia merced a la absoluta convicción o a la absoluta creencia en el proceso curativo. El cerebro humano, tan desconocido como desaprovechado, puede llegar a desarrollar tales capacidades que asusta sólo pensar en ello. Prestigiosos investigadores manifiestan que, en el mejor de los casos, un individuo sólo consigue desarrollar un diez por ciento de la capacidad cerebral. Si esto es así, puede incluso poner los pelos de punta el pensar hasta dónde podríamos llegar si lográramos explotar el total de nuestro poder cerebral. Y ya que de poderes hablamos, volvamos al tema que nos ocupa. ¿Por qué curan estas personas que no emplean ni medicinas, ni hierbas, ni técnicas terapéuticas o quirúrgicas? ¿Es posible que, sometiéndose a una sesión de rezos y plegarias, se consiga más que con la operación más compleja en el quirófano mejor dotado del mundo? Parece increíble y, sin embargo, ocurre.

Si se les pregunta por sus dones a estos curanderos o sanadores, la mayoría coinciden en afirmar que ese poder les viene de Arriba, que es cuestión de Fe. Y ahí es precisamente donde yo quiero ir a parar: a esa Fe que, según las Sagradas Escrituras, "mueve montañas". Estos Sanadores lo que tienen, pues, es una habilidad asombrosa para sugestionar a sus pacientes. Una vez conseguida la atención necesaria, lo demás es obra del cerebro del propio enfermo. Y como parece tan difícil de explicar, tanto física como psicológicamente, decimos que es algo parapsicológico, es decir, que va más allá de los límites psíquicos conocidos por el hombre aunque, en realidad, todo se queda en casa, porque todo se concentra en nuestro cerebro y nuestro cerebro es parte integrante de nosotros mismos. Cuando alguien se autosugestiona lo suficiente como para ir más allá de lo fácilmente explicable, se pone en marcha una parte de ese noventa por ciento de nuestra capacidad cerebral que está sin desarrollar. La mente humana se concentra de tal forma en un objetivo concreto que empieza a activar los estímulos adecuados que producen, sucesivamente, la energía nerviosa o química, o ese impulso eléctrico, necesarios para actuar físicamente sobre la zona afectada. Una vez conseguida la puesta en marcha de este proceso, absolutamente natural, la consecuencia no se hace esperar, aunque tachemos de sobrenatural la curación obtenida.

Aparte de esas personas que conocen las plantas y sus efectos lo suficiente como para saber mezclarlas y aplicarlas adecuadamente; o de aquellas otras que saben efectuar determinados masajes en algunas zonas del cuerpo, muy beneficiosos para los problemas musculares; o de los que desarrollan técnicas milenarias pero efectivas, como la Acupuntura; aparte, pues, de todos ellos, los Sanadores lo único que hacen, aunque con resultados llamativos, es sugestionar a sus pacientes para que ellos mismos desarrollen sus propias capacidades mentales que serán, exclusivamente, las que les lleven a esa deseada curación. Y por eso mismo, porque es tan deseada, son más fácilmente sugestionables por esos intermediarios entre el paciente y su propia capacidad mental. Del mismo modo que, por ejemplo, un niño necesita el estímulo de otra persona para desarrollar su capacidad lingüística, el afectado por una dolencia cree necesitar a su vez a ese Sanador, el cual lo único que hace es incitarle a que explote su propia capacidad mental. En ambos casos, sin embargo, y salvando las debidas distancias, la facultad está, de forma innata, en uno mismo.

Todo esto nos lleva a concluir que el ser humano es tan poderoso mentalmente que, con los estímulos adecuados, puede llegar a límites insospechados en el desarrollo de su propia capacidad cerebral, aunque por ser tan insospechados, constituyan el ámbito de la llamada Parapsicología.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 17 de marzo de 1996.

Hacia una Personalidad Sana (I)

Vivimos en una sociedad trepidante, competitiva, estresante, en la que nadie, o muy pocos, quieren ser como son y todos, o la mayoría, quisieran ser como no son; donde nadie es más que nadie, pero todos nos comportamos como si lo fuéramos o, cuando menos, nos esforzamos en serlo. Esto genera en el individuo un estado de continua ansiedad, de continua preocupación; ocasiona, en definitiva, una alteración en el estrato psicológico del ser humano, lo cual tiene como resultado lo que podemos denominar como los males de nuestra sociedad o, en su versión más extremista, las enfermedades de nuestra sociedad.

Cuántas personas aquejadas por problemas tan frecuentes como dermatitis, úlceras, taquicardias, dolores de diversa procedencia, insomnio, etc., acuden a las consultas médicas en busca de un remedio farmacológico adecuado que les ayude a superar su dolencia y cuántos oyen atónitos cómo el propio médico les dice que ese problema tiene una base psicológica y, por tanto, lo que realmente necesitan es una Psicoterapia y no la ingestión de un determinado medicamento.

En el artículo anterior, aludíamos a la increíble capacidad de nuestro cerebro para que, en determinados casos, se produzca una curación fuera de toda explicación lógica. Pues bien, de la misma manera, es el cerebro o la mente de un individuo el que le puede llevar a presentar una determinada sintomatología física por el mero hecho de obsesionarse con la idea de que tal vez llegue a padecerlo, o como una forma inconsciente de llamar la atención del propio individuo, previniéndole contra algo que le está haciendo daño a nivel psicológico. Serían muchas las enfermedades, disfunciones o trastornos físicos que podrían ser tratadas exitosamente si en lugar de fijarnos en el síntoma que presentan, nos fijáramos y centráramos nuestros esfuerzos en combatir la obsesión, la depresión o la ansiedad, entre otras causas, que subyacen, aunque a veces de forma solapada, a ese problema que está dañando el buen nivel de vida al cual, legítimamente, todo ser humano aspira.

Tomemos, por ejemplo, el caso de algunas depresiones. Cuántos hombres y mujeres se han visto obligados a pedir una baja laboral porque no se encontraban bien, porque presentaban una serie de dolencias indefinidas, que no sabrían detallar, pero que les provocaban un malestar continuo que les impedía levantar cabeza. Bien está recetar un psicofármaco o un medicamento adecuado que anime al paciente; en muchos casos, estos específicos constituyen una gran ayuda y no pretendo, de ninguna manera, repudiar su consumo. Pero ¿no sería más acertado, en vez de centrar lo esfuerzos en combatir el síntoma, descubrir qué es lo que produce esa depresión y atacar directamente sobre ello? Si ese síntoma aparece es porque algo lo origina; destruyendo el síntoma, se puede conseguir una mejoría transitoria, pero mientras no se actúe de lleno sobre sus orígenes, mientras permanezcan en el individuo las preocupaciones o los sufrimientos que generan esa depresión, lo que hoy ha desaparecido con la farmacología, dentro de un cierto tiempo, tal vez no demasiado largo, volverá a aparecer y quizá, incluso, con una mayor virulencia. Díganme ustedes, salvando las distancias, de qué sirve bajar la fiebre de un enfermo, si no se elimina la infección que la produce. ¿Cómo determinar qué es más importante: la salud física o la salud mental? ¿Cómo puede disfrutarse de una buena salud física si no se disfruta de una buena salud mental? A veces oímos a nuestro alrededor: "Está tan obsesionado con no morir del corazón que, al final, le va a dar un infarto". Convendrán conmigo en que sería más útil para esa persona tratarse la obsesión que le limita su actividad física, en lugar de ir cada dos por tres al Cardiólogo para que le recete un fármaco que prevenga el infarto.

Pero volviendo al principio, mencionábamos que era la misma sociedad que nos acoge y nos mantiene la que nos puede dañar e incluso destruir. Pongamos por caso el hecho de que se nos obliga a consumir y no porque nos pongan una pistola en la cabeza, sino porque el vecino consume y "yo no voy a ser menos que él". Sin embargo, para poder consumir, hay que tener dinero, para tener dinero hay que trabajar más y más; para trabajar más hay que quitar tiempo al descanso necesario; si no hay descanso, la mente se fatiga; con fatiga psíquica no se rinde en el trabajo; si no se rinde y no se produce, no hay dinero y sin dinero no hay adquisición y, entonces, el individuo se deprime porque ha hecho todo lo posible y no le ha servido de nada; o se obsesiona con el fracaso y empieza a verse a sí mismo como un inútil, lo que le produce una inseguridad que le aísla y le deprime más; o se angustia porque el otro sí pudo y él no y se pica con ese otro a ver quién puede más.

Y ¿qué me dicen del culto al cuerpo y al aspecto físico?... Los regímenes más severos que de entrada son efectivos, luego nos parecen poco. De eso a la anorexia o a la bulimia no hay más que un paso: la obsesión por ser el mejor desemboca en ansiedad y en estrés; la obsesión por ser el más atractivo puede llevar a trastornos en la alimentación o a depresiones por la no aceptación de la propia imagen; el fracaso en una tarea lejos, en ocasiones, de estimular a seguir adelante por otros medios, lleva a la inseguridad, a la minusvaloración y a la depresión. Y una sobreestimulación para conseguir algo, puede desembocar en insomnio, en impotencia sexual, en taquicardias, etc.

Tal vez sea hora de que tanto la sociedad  como sus individuos nos planteemos una atención adecuada para nuestra salud mental, la cual conllevará una mejor salud física, con influencia directa sobre el rendimiento laboral y la calidad de vida.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 24 de marzo de 1996.

Hacia una Personalidad Sana (II)

Revisaba el otro día una estadística sobre los problemas que motivaban con más frecuencia las bajas laborales y, además de los consabidos procesos gripales o catarrales, llamaba la atención el nivel tan alto en la escala que ocupaban las Depresiones, incluyendo en este punto, a su vez, y no está muy claro si como origen o como consecuencia de las mismas, la Fatiga Psicológica. El pasado domingo mencionábamos el hecho de que el ritmo laboral y personal que imponía nuestra Sociedad motivaba una serie de trastornos psicológicos que repercutían directamente, como si de un pez que se muerde la cola se tratara, en ese mismo ritmo laboral y personal.

Ya hablamos en otra ocasión anterior de las Depresiones, de sus clases, etc. Por eso, hoy no voy a extenderme otra vez sobre lo mismo. Lo que ahora pretendo es llamar la atención sobre ese tipo de Depresión que está producido por las condiciones de la vida de una persona y su influencia en ese mismo ambiente. Partamos de lo siguiente: Al llegar a una determinada edad, los seres humanos sentimos la necesidad de vivir por nuestra cuenta, de depender exclusivamente de nosotros mismos; el problema es que en los concurridísimos estratos medio y bajo de la sociedad, este deseo está mediatizado por un serio condicionante: el Trabajo. Si no se trabaja, no se puede alcanzar esa deseada independencia, pero la necesidad de trabajar ya de por sí supone una importante dependencia.

Las dificultades empiezan en el mismo momento en que se toma esta decisión, porque uno se ve obligado a buscar el trabajo adecuado que le permita ir satisfaciendo sus propias necesidades; y en esta búsqueda, se encuentra necesariamente con una competencia feroz, donde debe poner a prueba sus conocimientos, su valía personal y sus aptitudes y actitudes psicológicas. Pero tal y como está el mercado laboral actual, se puede ofertar un sólo puesto de trabajo para muchos aspirantes y con ello se presenta el primer problema. Hay que demostrar que se es el mejor para poder conseguirlo y esta demostración genera una fuerte tensión psicológica en el individuo, que permanece y aumenta progresivamente hasta que se llega al final del proceso selectivo.

En este punto, se abren dos alternativas que también, aunque desde otras perspectivas, siguen manteniendo a raya el componente psicológico de una persona. Por un lado, y dadas las actuales circunstancias, está el resultado más frecuente: que no se consiga ese trabajo. Toda la tensión y la fatiga psíquica sufrida durante la fase selectiva se ve como algo inútil, que no ha tenido los resultados esperados. Si ese sujeto no mantiene una actitud serena que le permita sacar el mejor provecho posible de todo ello, de cara a intentarlo otra vez, su personalidad se derrumbará bajo el peso del sentimiento de impotencia, o de inutilidad; bajo la conciencia de haber hecho tanto esfuerzo para nada y se machacará a sí mismo con la idea de que no vale para nada; de que, si el otro pudo, él también debería haber podido; de que, quizá, no se esforzó lo suficiente y cuando alguien le habla de que puede que para la próxima vez, responderá: "¿Para qué? ¿es que va a cambiar algo?... yo seguiré siendo el mismo inútil de siempre..." Y lo que empezó como un deseo de independencia y de mejorar el nivel de vida, termina con un sentimiento de frustración, de culpabilidad, de inseguridad y, en su caso más extremo, pero sólo a un pequeño paso de lo anterior, con una depresión que le imposibilitará, hasta que sea tratada convenientemente, para que dirija sus esfuerzos hacia otras metas.

Luego está la otra alternativa, la cual, en este punto inicial, es la más satisfactoria: Se han superado con éxito las pruebas y se ha conseguido el puesto de trabajo. La incorporación al ambiente laboral puede resultar un poco complicada pero, de entrada, todo se da por bueno. Sin embargo, con el paso del tiempo, se empieza a tener conciencia de que no es oro todo lo que reluce...; de que ese trabajo, al principio ideal y maravilloso, resulta rutinario y no permite alcanzar el nivel de vida que uno deseaba; porque con la consecución de unas cosas, también queremos otras más, y lo que en aquel momento bastaba para pagar la hipoteca del piso, y eso nos hacía felices, ahora ya no llega si queremos también ese coche, y esas vacaciones, y ese refugio en el campo para los fines de semana... Y si todo esto, aún a riesgo del estrés, la tensión y la ansiedad que conlleva, sirve de aliciente al individuo para dar un salto más en su carrera y colocarse en un escalafón superior, al menos momentáneamente verá compensado su esfuerzo; pero si se empieza a pensar que se ha llegado al límite, que nunca podrá conseguir lo que desea por más que se esfuerce, aparecen también aquí los sentimientos de inseguridad, de culpabilidad, la infravaloración personal; la Fatiga Psíquica acumulada hasta ese momento, empieza a dar muestras de su existencia; la asistencia al trabajo se hace cada vez más difícil de sobrellevar, porque ha perdido el aliciente que tenía en un principio; el ánimo decae y se entra en la Depresión, con la cual la baja laboral no se hace esperar.

Quizá deberíamos ser más conscientes de nuestro propio desarrollo; de cómo se van superando los diferentes estamentos vitales, para que al menor indicio de fatiga, de tensión o de decaimiento, se pongan los medios adecuados para superarlo. Las Psicoterapias actuales facilitan variados métodos para hacer frente a estos problemas y reorganizar las cosas de manera que se pueda continuar adelante en el desarrollo personal, desde unas perspectivas más adecuadas y sin dar lugar a sumergirse en el agujero negro de la Depresión, que requerirá tratamientos más largos y complejos de cara a obtener unos buenos resultados.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 9 de junio de 1996.

Mentiras y Mentirosos

Mentir consiste en no decir la verdad, con el propósito de inducir al prójimo a error, bien por vergüenza, por temor a las consecuencias de esa verdad o por el deseo de hacer daño. Si nos fijamos, por ejemplo, en la mentira como arma o como defensa entre los adolescentes, encontramos algunos rasgos muy concretos que sería preciso tener en cuenta; así pues, tal vez constituya una llamada de atención, una huida ante la realidad, un grito pidiendo ayuda, un rechazo a comunicarse o, en ocasiones también, una simple fantasía.

Pero ahora miremos las cosas desde otra perspectiva: la del que es mentido. Cuando alguien nos miente, nos sentimos excluidos, traicionados, tal vez, incluso, odiados y entonces nos resulta muy difícil mantener una visión objetiva de la situación. Sin embargo todo debería estar en función de quién miente y por qué lo hace.

El niño suele inventar cosas, construye unas ficciones en las cuales se sumerge, dejándose llevar por tiempo indefinido, gracias a las cuales, se permite crear otra realidad, nacida de la fantasía, pero hecha a su medida. Aquí no hay mala intención, ni deseo de engañar o de estafar. Es su realidad; es lo que él quiere que sea y le sirve para escapar de la otra realidad que le rodea, que no entiende y que, a veces, le resulta hostil; la cual, además, para rizar más el rizo, le viene impuesta, sin que le hayan pedido opinión alguna para crearla. En el otro extremo, está la mentira que practica el adulto, sirviéndose de ella de forma calculadora. Y en el punto medio, nos encontramos con el proceso de la mentira en el adolescente, el cual aún puede fabular como un niño para vivir una realidad paralela, que le ayude a soportar la realidad real y, por otro lado, ya es capaz de equivocar y engañar premeditadamente como un adulto y con los mismos objetivos que él.

Y esta misma ambigüedad resulta aún más desconcertante si tratamos la mentira desde una perspectiva moral o ética. Para empezar, la noción de mentira suele ir siempre unida a la de la culpabilidad, por ese deseo de engañar o de hacer daño; sin embargo, en ocasiones la mentira puede ser generosa, digna de elogio y hasta heroica (la propia Historia se ha encargado en muchas ocasiones de demostrarlo). Todo esto nos lleva pues a que la Mentira, como tal, es una técnica más que se utiliza en las relaciones humanas; es una manera más de interactuar; de lo único que depende para cambiar la percepción que podamos tener de ella es de la intención con que es usada y de los objetivos a los que sirve.

Veamos ahora unas breves notas sobre el desarrollo de la Mentira en el ser humano. El niño accede a la realidad por medio de la imaginación. Sólo construyendo una imagen del mundo ordenada según sus deseos, sus emociones o sus primeras experiencias, consigue representarse e introducirse en la Realidad; y aquí radica el hecho de que todo cuanto imagina le parezca que forma parte de la realidad y que crea en su fábula. A continuación, y poco a poco, aprende a hacer una selección entre sus invenciones, de las cuales unas no resisten determinadas pruebas y pasan a reconocerse como fantasías y otras se ven corroboradas por la experiencia y pasan a integrar la Realidad. El adolescente tiene ya un conocimiento teórico exacto y acabado de esa realidad, aunque aún no ha olvidado la necesidad de imaginar cosas y tratar de adecuar todo lo demás a esa imaginación; es como si sufriera de nostalgia, por lo que, en ocasiones, vuelve a la fantasía para relajarse y darse confianza, antes de adoptar, de modo definitivo, lo objetivo y habitual. Para los adolescentes, la realidad de los adultos es, a veces, demasiado conflictiva y otras veces no es más que un salir del paso y, con frecuencia, se evaden de la misma porque creen que aún pueden encontrar en esta actitud algo que les ayude. La mentira es pues, en principio y en estas etapas, más para sí mismo que para los demás; de entrada, no se preocupa de si equivoca o no a los que le rodean, aunque acaba abusando de ello por el descubrimiento en de ciertas ventajas, las cuales le pueden ayudar a salir de algunas situaciones.

Estas primeras formas de mentira aparecen sobre todo en los momentos de regresión, pues el adolescente realiza con frecuencia oscilaciones entre su pasado y su futuro y es precisamente aquí cuando aprende el valor de la mentira, lo que puede sacar de ella y cómo utilizarla mejor a la hora de conseguir sus objetivos. Cuántas fanfarronadas y cuántas bravatas no tienen otra razón que la de protegerse a sí mismos o revestirse con unos poderes que dotan a su personalidad de un cierto prestigio entre sus compañeros, logrando disfrazarse de adulto ante ellos. No sólo necesitan ser alguien; además necesitan que los demás se lo crean y les miren con respeto.

A partir de aquí, la mentira adquiere su vestido más corriente: el deseo de engañar y la intención de conseguirlo. Aunque los esfuerzos de los educadores se centran, normalmente, en prevenir y erradicar todo esto, lo cierto es que habría que revisar todo el sistema educativo para lograrlo. Es sorprendente con qué ligereza algunos padres mienten a sus hijos, respondiendo por medio de absurdas leyendas a preguntas embarazosas o, incluso, les ordenan mentir en su nombre o con ellos frente a los demás. Y no debemos olvidar, además, la facilidad con que algunos crean a su alrededor un clima opresivo, en el que la sinceridad es una práctica difícil y en ocasiones, hasta peligrosa.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 30 de junio de 1996.

El Origen de las Actitudes

En términos generales, definimos la actitud como "una manera de pensar y de actuar", pero desde el punto de vista psicológico es necesario ir más allá. Según el psicosociólogo americano Allport, "una actitud es una disposición mental y neurológica, que se organiza a partir de la experiencia y que ejerce una influencia directriz sobre las reacciones del individuo respecto a todos los objetos y a todas las situaciones..." Es decir, la actitud se sitúa o parte del plano del conocimiento y del plano de la acción. El ser humano actúa porque recibe informaciones, pero a raíz de la experiencia que va acumulando, organizará paulatinamente las informaciones sucesivas, las cuales se irán organizando en función de otras nuevas experiencias... O sea, se trata de un círculo vicioso, pero absolutamente exclusivo, ya que ningún otro ser humano organizará o asociará informaciones y experiencias de la misma forma que lo hace él.

Ahora bien, una actitud no es algo único y uniforme que sólo puede apreciarse a nivel personal, sino que se da en diferentes dimensiones. Así tenemos que se da a la vez en el ámbito individual y en el social; es decir, por una parte, es una vivencia personal pero, por otra, se trata de una expresión colectiva, presentada bajo la forma de corrientes, tendencias o lo que comúnmente denominamos Modas. Además se manifiesta tanto a nivel de lo que se dice como de lo que se hace. Y por otra parte, la actitud supone una reacción del individuo respecto a..., por lo que no es un rasgo de carácter. Por ejemplo, si digo que alguien adopta una actitud agradable respecto a mí, puedo decir que esa persona es amable conmigo. Pero la amabilidad es un rasgo del carácter y, en ese caso concreto, no puedo afirmar tal cosa, ya que el hecho de que esa persona adopte una actitud amable conmigo, no quiere decir que la adopte con todo el mundo o que sea una característica personal, porque esa actitud amable sólo está en función de mis circunstancias o de las circunstancias que nos rodean exclusivamente a nosotros dos. De esto se deduce que actitud y carácter no sólo no es lo mismo, sino que, incluso, pueden ser totalmente opuestos. Una persona egoísta puede ser generosa conmigo o una persona generosa puede mostrarse egoísta conmigo, porque yo haya provocado en ella, circunstancialmente, tal actitud.

Las actitudes, en general, podrían tener su origen, directa o indirectamente, en la primera infancia y, concretamente, en las primeras relaciones familiares. Así se puede observar cómo una actitud cariñosa de los padres puede originar grandes apegos en el futuro adulto; mientras que una postura autoritaria, quizá moldee actitudes de rebeldía. Pero, a mayores, otra condición para que se forme una actitud es la acumulación de experiencias y de esta manera tenemos que si un objeto o persona provoca en otra una reacción de antipatía y hostilidad, ésta se convertirá en una actitud hacia dicho objeto o persona, si se presentan de forma continuada; mientras que si desaparecen, sólo se queda en una reacción momentánea; e incluso, puede ocurrir que si, después de mucho tiempo, volvieran a aparecer circunstancial o accidentalmente, quizá la reacción que produjeran fuera totalmente diferente u opuesta a la primera. Otra causa de formación de una actitud es la experiencia de tipo traumático. Es decir, un accidente sufrido con un coche de una determinada marca puede originar la formación de una actitud de rechazo ante esa marca o, más aún, ante cualquier tipo de coche.

Sin embargo, y a pesar de todo esto que hemos comentado, la principal fuente de formación de las actitudes es, probablemente, la imitación. Esto nos pone ante el hecho evidente de que parece que la influencia social es más importante que la experiencia individual. El niño que es objeto de toda clase de caricias y de cuidados, tiende a querer reproducir las sensaciones que se derivan de ellos; no obstante, posteriormente no sólo tratará de reproducir y, por tanto de imitar, esos efectos, sino que además tratará de imitar a aquél que le producía tales sensaciones, al mismo tiempo que imitará todos los movimientos que conforman los actos que producen dichos efectos en él. Esta imitación, consciente o no, pone en evidencia la importancia que tiene el grupo que rodea al individuo. A mayores, es necesario destacar que es de ahí, precisamente, de donde viene la idea de Normas del Grupo. El ser humano suele adoptar los puntos de vista que son habituales en su grupo; con lo cual se podría hablar de estereotipos, como actitudes comunes a los miembros de una comunidad. Sin embargo, también habría que llamar la atención sobre el hecho de que la experiencia colectiva es más rudimentaria que la experiencia individual, por lo que, con frecuencia, se producen actitudes desfavorables que llamamos prejuicios y que se basan tan sólo en creencias, o sea, en informaciones incompletas que no se apoyan en experiencias claramente comprobadas y contrastadas.

Esto nos lleva a diferenciar entre varios tipos de actitudes: las actitudes personales, directamente relacionadas con el desarrollo de la personalidad y con la propia experiencia. Las actitudes familiares, relacionadas con el ambiente, la herencia, el nivel socioeconómico, etc. Y las actitudes colectivas o sociales que comprenden, básicamente, los estereotipos y los prejuicios. Los estereotipos se limitan a menudo a las palabras; pero los prejuicios van más allá; son esencialmente aprendidos, aunque se basan en informaciones insuficientes y creencias superficiales. Muchas veces, el fenómeno del rumor es origen de prejuicios y lo más problemático es que estos prejuicios se instalan y arraigan profundamente, causando actitudes rígidas y difícilmente modificables, aunque se vean bombardeadas por nuevas y diferentes informaciones.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 7 de julio de 1996.

La Sociedad y sus Roles

Nuestra sociedad está formada por un conjunto de sistemas, entre los que nos encontramos con el familiar, el económico, el profesional, etc. Según Linton, el estatus es el "lugar que un individuo determinado ocupa dentro de un sistema, en un momento determinado". Y este mismo autor nos define el Rol como "el conjunto de modelos culturales asociados a un estatus dado". Por tanto, el rol comprende elementos tan importantes como las actitudes, los valores y los comportamientos que, dentro de ese sistema particular, la sociedad asigna a una persona que ocupa un estatus determinado. Y siguiendo en esta misma línea, se deduce que el rol es lo que un individuo debe hacer para ratificar su presencia en ese estatus.

Hasta aquí la visión general sobre la Teoría del Rol; pero es necesario que vayamos a aspectos más concretos, hilvanando un poco con el tema de las actitudes que planteábamos la semana pasada. Así tenemos que el rol está formado por actitudes y acciones. Por ejemplo, un médico debe realizar acciones concretas (radiografías, prescribir medicamentos, realizar un diagnóstico, etc.) pero su rol comprende también cierta actitud de comprensión hacia el enfermo. Esto nos lleva a concluir que la actitud es el aspecto más personal del rol y, a mayores, nos encontramos con que esa actitud corresponde a un rol, sin embargo, puede permanecer como característica de la persona aunque el rol se haya abandonado, constituyendo así lo que comúnmente denominamos como deformación profesional.

Entonces, el rol se sitúa, en líneas generales, entre lo personal y lo social. Aunque debemos seguir pormenorizando algunas cuestiones. En el grupo, el rol es el modelo de conducta para todas aquellas personas que ocupan el mismo estatus. Para el sujeto, como individuo único, el rol es el conjunto de conductas que se corresponden con lo que el grupo espera de él. Ahora bien, ya que la sociedad, como vimos al principio, engloba diferentes sistemas, un mismo individuo podrá tener diferentes roles y diversos estatus y no actúa en el mismo rol continuamente, ni en todos sus roles a la vez.

Los roles como tales, para facilitar una visión más concreta de los mismos, podemos reducirlos a los siguientes: roles de edad, roles sexuales, roles en la familia, roles de "clase social" y roles profesionales.

Por lo que respecta a los primeros tenemos, de entrada, que a cada edad le corresponde cierto estatus. El más característico es el del adolescente, con unas peculiaridades muy concretas: ensueño, escepticismo, oposición, etc. A su vez, el estado adulto también engloba diferentes roles como son, la mayoría de edad, los "40", el hombre maduro y el anciano.

En cuanto a los roles sexuales, la cosa está muy clara y aunque en nuestra sociedad actual ambos sexos intentan equipararse, lo cierto es que se siguen dando diferencias muy marcadas, lo cual, por supuesto, también está en función de la cultura y la educación, ya que aún se dan sociedades matriarcales y otras en las que, por el contrario, la mujer es tenida y se tiene a sí misma como una esclava.

En la familia, los roles son diferentes también porque se basan a la vez en relaciones biológicas (padres-hijos) y en relaciones asociativas (matrimonio, hermanos). Asimismo, las conductas que los caracterizan varían en la misma línea y lo hacen no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. Por ejemplo, el rol de padre en la sociedad romana correspondía al pater familias autoritario que tenía, incluso, derecho sobre la vida y la muerte de sus hijos. En nuestra época, las cosas han cambiado llamativamente y no sólo en cuanto al rol paterno, sino también con respecto al rol de los hijos, que gozan de una responsabilidad personal frente al hecho de que en la antigüedad se tendía, incluso, a negarles la posesión de un estatus y eran simplemente "hijos de".

Pero si, dejando a la unidad familiar, nos centramos ahora en el conjunto social, encontramos que la estructura socio-económica en que nos movemos se relaciona estrechamente con los estatus y repercute en todos los demás sistemas organizativos. El rol social se relaciona con cierto número de variables objetivas como son: la propiedad, las rentas, la profesión, el tiempo de permanencia en una comunidad, la lengua, el origen étnico, etc. Y así, las actitudes, los valores y los comportamientos propios de este rol social tienden a estar profundamente marcados, hasta el punto de que algunos autores americanos han llegado a señalar que existen culturas diferentes en función de las diversas clases sociales.

Ahora bien, dentro de toda esta amalgama social, nos topamos con los roles profesionales, en los cuales las conductas están más claramente definidas que las actitudes. La sociedad espera un resultado de una profesión y poco importa la actitud que adopte el profesional. Pero es que, a mayores, generalmente los roles profesionales están estrechamente relacionados con el prestigio por lo que, más que el rol social y profesional en sí, lo que atrae a la mayoría de los individuos es el poder.

En consecuencia, las actitudes y los roles son conceptos básicos de la Psicosociología que se relacionan, por una parte, con el desarrollo particular del individuo y, por otra, con el sistema social en el que se integra. Como decía Piaget: "El individuo social tendrá que asimilar su rol, es decir, tendrá que introducirlo en su modo de vida interior y exterior y deberá acomodar dicho modo de vida al rol exigido por la sociedad". Esto es lo que constituye la interacción.

Y si seguimos en esta misma línea, al fijarnos en las actitudes y en los roles, llegamos al concepto de Civilización; pero esto ya, como suele decirse es "harina de otro costal".                                                                                     

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 14 de julio de 1996.

El Aprendizaje Social del Niño

Empecemos por el principio. Ese pequeño ser-en-el-mundo es exclusivamente un ser-en-la-madre, ya que la madre constituye todo el universo del bebé, todo su ambiente y no una figura reconocida; por lo tanto, la madre representa para el niño la totalidad de lo que posteriormente se dividirá en ambiente de objetos y en ambiente social. Y es al final del primer año cuando empieza el distanciamiento de la figura materna, con las dudosas tentativas de los "primeros pasos". En realidad, la verdadera socialización empieza alrededor de los once meses, cuando el niño aprende de la madre a continuar o a abandonar un gesto que ha empezado. En este ambiente de confianza y de seguridad para el niño, su madre le educa en la primera tolerancia a la frustración, consiguiendo que su hijo aprenda a renunciar a una satisfacción a cambio de otra diferente, o a cambio del entendimiento afectivo con su reducido ambiente social.

Al principio del tercer año puede aparecer ya la primera crisis de oposición activa; es un período de rechazos, de caprichos, de voluntad de poder y de deseo de actuar solo; y de esta primera crisis nace el "yo" a nivel del lenguaje, manifestándose entonces el padre como un nuevo centro emisor de reglas y prohibiciones. Alain, ya en 1932, decía que el padre es el primer extraño que entra en el mundo del niño, desgajando la pareja ideal madre-hijo y estableciendo una nueva relación triangular. Y a la comunicación no verbal del lactante, le sigue la comunicación verbal que señala la aparición de una dimensión auténticamente social. Claus y Hesnard (1963) subrayaban que el padre, en este período, representa la ley, siendo el nuevo guardián de los valores que él mismo manifiesta. Por lo general, a esta edad, entonces, el niño va hacia el padre como mensajero del mundo exterior, debido a que tiende a abandonar la paz materna para descubrir y aprender el universo.

El padre, pues, tiene "un rol que desempeñar"; debe estimular la autoafirmación del niño y darle confianza en la vida y en el futuro pero, al mismo tiempo, tiene que representar un carácter inflexible, de acuerdo con la máxima siguiente: "No se puede hacer cualquier cosa, en cualquier momento, de cualquier modo y con cualquier medio".

Un niño de tres años intenta, a cada paso que da, tantear los límites para poner a prueba las prohibiciones y sus posibilidades físicas personales, pero el padre es casi siempre el guardián de estos límites, por lo que su autoridad debe ser a la vez firme y creadora de seguridad. Las actuales tendencias que se oponen a la autoridad paterna olvidan que, en este período de la existencia del niño, esa autoridad es portadora de seguridad y de autocontrol; por lo que un fallo en este rol paterno puede desarrollar trastornos de personalidad, de los que el más leve sería el comportamiento de niño mimado y el más grave, el desprecio por todos los valores humanos, degenerando en marginación y en agresividad criminal.

Por todo esto, la relación normal con la figura paterna, que desempeña su rol específico, es un poderoso factor de socialización, ya que así su autoridad no es odiada y el orden que se establece es a la vez fuente de obligaciones pero también de seguridad. Además, y en este sentido, es necesario que la madre no actúe en contra del padre. Numerosas investigaciones psicológicas han demostrado que la disociación familiar desempeña un papel nefasto en la posterior adaptación social de los niños.

Pero a medida que se avanza en el desarrollo, se van ampliando los límites del grupo de influencia y así, aproximadamente a partir de los cinco años, es la familia completa el medio de aprendizaje de la socialización. La familia tiene dos funciones básicas: la satisfacción de las necesidades primarias y la socialización. Sin embargo, la familia debe estar integrada socialmente porque si ésta, como unidad, está marginada y lucha contra el ambiente social, el sentimiento de pertenencia sociofamiliar no evolucionará hasta un normal sentimiento de integración social.

Llegados a estos niveles, el gran complemento de socialización es la escuela. En este ambiente de grupo se desarrolla un sistema de relaciones que elimina el egocentrismo infantil y se desarrollan el control personal y la aptitud para contener las reacciones impulsivas, así como el reconocimiento de las normas y reglas necesarias para la vida y el progreso del grupo y, dentro de éste, la participación. El rechazo de los valores escolares caracteriza a los futuros individuos disociales, en los que se observa una precoz falta de participación, desinterés por el trabajo escolar, ausencias injustificadas, falsificación de notas, etc.

Los juegos colectivos libres representan un aprendizaje social bastante importante que, progresivamente, se convierten en un común acuerdo sobre una serie de reglas libremente decididas por el grupo. Aparte de que, en estos juegos, se ponen de manifiesto las relaciones entre el yo y los roles que debe desempeñar. A estas edades, los niños juegan a adquirir roles, a cambiarlos, a inventarlos y a identificarse con determinados modelos.

Con respecto a la aparición de pandillas, conviene señalar que esa sociabilidad general que hacia los seis años constituye la capacidad de integrarse en cualquier grupo de iguales, aquí ya empieza a restringirse, a diferenciarse y a intensificarse. Las pandillas de niños de, aproximadamente, nueve años, se crean por afinidades, se estructuran, se cierran, buscan enemigos y se dedican a determinadas actividades colectivas. Hacia los doce años, esta reducción de la sociabilidad que conforman las pandillas, se acentúa aún más y llega hasta la búsqueda del amigo-confidente del mismo sexo, lo que se une a una creciente interiorización que suele desembocar en el agudo sentimiento de soledad romántica propio del comienzo de la adolescencia, destacándose el hecho de que las cosas se invierten, otra vez, hacia el final de la adolescencia, cuando aparece de nuevo la capacidad de integrarse en cualquier grupo de la misma edad.

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 21 de julio de 1996.

El Consumidor y sus "razones"

Dicen que es más fácil contentar a una persona hambrienta que satisfacer a alguien bien alimentado. Para comprender mejor esto, tomaremos un ejemplo y sacaremos algunas conclusiones. Cuando alguien se decide a comprar un coche, en primer lugar la elección suele hacerse guiándose por imperativos económicos; por ejemplo, pongamos que no quieren superarse los dos millones de pesetas. Al escoger un coche de este precio se ha hecho, en realidad, una triple elección: Primero, una elección individual por conveniencia personal: "Tengo derecho a tener un coche". Segundo, una elección cualitativa personal y social: "No existe ninguna razón para que no tenga un coche, puesto que otros lo tienen pero, además, me gustaría que fuera un poco mejor". Y Tercero, una elección más o menos razonada y puramente social: "Vale, tendré que conformarme con un coche que no cueste más de dos millones, aunque Fulanito haya comprado uno de tres". En estas tres elecciones se observa algo importante: la propia imagen ante sí mimo y ante los demás; es decir, una referencia al contexto social que puede convertirse en una restricción. Lo que nos lleva a concluir que el comportamiento del consumidor, en un sistema de libre elección, está en función de la imagen que se quiere dar de sí mismo a los demás, o de la imagen que cree que los demás pueden tener de uno mismo a través del producto que compra.

Pero es que, además, la adquisición de un producto que no es de primera necesidad, no es una simple adquisición; es también una adquisición de valores sociales, que expresa, para su poseedor, la aceptación de dichos valores ya que cuando un individuo compra un producto, acepta hacerse cargo de las características técnicas y psicosociológicas de dicho producto; y por esta misma razón, es destacable el hecho de que un determinado artículo se adquiera cada vez menos por sus cualidades objetivas y más por sus valores subjetivos. Sin embargo, si vamos a la justificación de la compra tenemos que, en la mayoría de los casos, es siempre engañosa y no responde a los verdaderos motivos de la elección. Siguiendo con el mismo ejemplo, el comprador de coches se suele informar sobre uno, dos o varios modelos que encajan en sus límites económicos, pero no lo hará sobre todos. En una primera etapa, eliminará los que no quiere, bajo diversos pretextos (es grande, no me gusta esta marca, etc.), pero cuando haya adquirido su coche dirá que "es el mejor" y resulta curioso descubrir cómo, con los mismos argumentos y con la misma frase final, otros compradores eligen y justifican la adquisición de otros modelos que el primero descartó. Ya sabemos que, a veces, se compra algo por los significados simbólicos que de ello se desprenden. Si yo voy a casa de alguien en un Vespino, en un Twingo o en un Ferrari (pongamos por caso), incluso antes de que me haya dirigido a él, éste ya tendrá una opinión de mí, lo cual es algo que ya admitimos de entrada, porque, incluso, esta realidad se hace evidente cuando al rechazar un modelo nos justificamos diciendo "no me veo dentro de él", lo cual viene a significar, más o menos, que: "No quiero aparecer ante mí mismo ni ante los demás en un vehículo cuya significación no se corresponde con la imagen que quiero tener o dar de mí". Y estos símbolos que todos ponemos a los objetos tienen diversas características: son esencialmente sociales; el mismo contenido simbólico tiene un valor diferente según los individuos (un coche cómodo y ostentoso puede ser deseado por un adulto y odiado por su joven hijo); y además, estos símbolos no son fijos y evolucionan en el tiempo. Sin embargo, si tiramos más de la cuerda, podemos concluir que la adquisición de un bien o el empleo de un determinado servicio, en tanto que corresponden a una adjudicación de símbolos, son en el sentido más exacto, un poseer-más y en un sentido más amplio, un ser-más. Queramos o no, cuando adquirimos un traje o un perfume de una firma famosa, su uso nos transforma y aunque nos neguemos a aceptar semejante realidad, lo cierto es que es un hecho que nos arrastra hasta el punto de que, en ocasiones, podemos llegar a pensar que comprar es ampliar las dimensiones del ser humano.

Desde Freud, todos sabemos que el hombre es un ser motivado por razones conscientes e inconscientes; además, Freud demostró que las motivaciones inconscientes son mucho más numerosas, poderosas y auténticas que las demás. Así, podemos recordar brevemente lo que el psicoanálisis aportó al estudio del comportamiento del consumidor: El hombre actúa guiado por el principio del placer; vive del deseo y el deseo fundamental es la satisfacción personal. Los deseos inconscientes o reprimidos se expresan por símbolos más o menos conscientes. El consumidor tiene deseos más o menos conscientes, defensas y representaciones interiores, por lo que el acto de comprar se convierte en la satisfacción de un placer y en la reducción de una tensión, lo cual explica la imposibilidad de vender un producto en un ambiente conflictivo o triste. Los momentos que preceden a una compra son dramáticos; mientras duran, el consumidor está bajo tensión, irritado e irritable y podrá desanimarse o volverse atrás al mínimo error del vendedor. El acto de comprar puede originar una sensación de culpa en el consumidor, por haber cedido a un capricho, por lo que debe encontrar razones que lo justifiquen y tranquilizar así su conciencia. Solemos decir que las verdaderas razones de nuestras compras sólo las conocemos excepcionalmente, puesto que se relacionan con nuestra vida inconsciente; sin embargo, también puede suceder que las conozcamos, pero que sean inconfesables al no estar de acuerdo con las normas sociales. Por citar un ejemplo exagerado, y salvando las debidas distancias, ya que actualmente esto no es tan real y se tiende a ser más sincero en este sentido: Hace unos pocos años, el hombre utilizaba un after-shave para "suavizar la irritación de la piel después del afeitado" y no "para perfumarse"; y necesitaría mucho valor para decir tal cosa. Claro que esto, como digo, actualmente no se da tanto, porque el hombre, por fin, da la cara para estas cosas; lo que nuevamente nos conduce al hecho de que los significados simbólicos de un producto o de una acción de consumo varían tanto en función del grupo social como a través del tiempo, dentro de ese mismo grupo, siguiendo impulsiva o compulsiva- mente los dictados de las modas.                                                                                          

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 28 de julio de 1996.

Tiempo de Ocio

Todos identificamos correctamente el Tiempo de Ocio con el Tiempo Libre y sabemos que el Ocio está formado o consiste en ese conjunto de ocupaciones a las que una persona puede dedicarse a voluntad, para descansar, divertirse, desarrollar su información o su formación desinteresada, su libre capacidad creadora o participativa, etc., después de haberse liberado de sus obligaciones profesionales o sociales. Hasta aquí, bien; pero de esto se desprende un hecho ineludible: El ocio sitúa al ser humano frente a la sociedad y frente a sí mismo; le obliga a definir su marco de vida, ya que el tiempo libre rompe su ritmo cotidiano y le impone el realizar una elección de la cual será el único responsable.

Pero esto no va dirigido solamente a las cuatro semanas de vacaciones anuales. En este sentido, nos encontramos con uno de los fenómenos más característicos del mundo del ocio; me refiero a los Fines de Semana. Porque podemos pensar que no merece la pena preocuparse por qué hacer durante esos dos días de vacaciones semanales; sin embargo, si nos paramos en ello, tenemos que la simple suma de esos dos días de una semana, y de otra, y de otra... alcanzan la sorprendente cifra de doce semanas más seis días de vacaciones, con las que nos encontramos al cabo del año además de ese mes que mencionábamos antes y que se suele coger durante el período de verano. Y me dirán que qué bien, que cuánto tiempo libre; pero si lo pensamos un poco, el problema surge enseguida: ¿Cómo llenarlo? Durante el mes de vacaciones de verano, la cosa está muy clara: playa, montaña, pueblo de los abuelos, etc... y cualquier cosa dará igual porque el buen tiempo acompaña y brinda la oportunidad de eso y de mucho más. Pero en el caso de los fines de semana, que abarcan el resto del año, las condiciones meteorológicas pueden influir de manera decisiva para condicionar una actividad u otra, eliminando incluso algunas posibilidades.

Las maneras de emplear este importante capital de tiempo varían hasta el infinito; desde el consabido "descanso-televisión-comida-televisión-descanso", hasta la estancia en la "casita de campo", el paseo, la comida campestre, el parque de atracciones, etc. Pero sea cual sea la opción elegida, en todas ellas se presenta el mismo factor decisivo  para el equilibrio psicológico del ser humano: el deseo de escapar de la rutina. Además, es evidente que el grado de satisfacción que experimentamos al cambiar de un tipo de actividad a otra, modifica a veces de forma profunda nuestro comportamiento social.

Un fenómeno muy importante en este orden de cosas y que, en otro tiempo, sólo estaba reservado a determinadas clases sociales, pero que ahora se ha extendido considerablemente, es el de la "casita en el campo". La tendencia a adquirir en propiedad una casa en un medio rural o, cuando menos, a conseguir su alquiler, es un hecho al que aspira cada vez más el ciudadano de las grandes urbes; y se ha convertido, desde hace algunos años, en una característica de la civilización urbana. Es indudable que este instrumento de ocio, producto de los fenómenos de masas, que tanto se estudian en psicología social, actúa sobre el comportamiento de las personas y lo modifica. Partamos de un hecho básico: La masificación de la demanda, tras haberse apoderado de un privilegio de clase, hizo que esta casa de vacaciones per- diese la aureola que le confería el privilegio, para pasar a ser un mero producto de ocio. Además, resulta muy significativo el comportamiento de los jóvenes. Después de haber abandonado en parte las "vacaciones en familia", los hijos, a partir de una determinada edad, difícilmente aceptan pasarse el fin de semana en la "casa de campo". Ésta obliga a las familias a replegarse en sí mismas y se da el caso de que salen del aislamiento de las ciudades para caer en el aislamiento del campo, lo cual no constituye el entretenimiento más idóneo para algunos de sus miembros. Es más, con frecuencia se considera la casa de campo como un lugar de descanso para los padres y un refugio para cuando se jubilen.

Sin embargo, y a diferencia de otros tipos de ocio, la casa de campo es un fenómeno propio de esta civilización que se basa en una noción de permanencia y continuidad de la unidad familiar, aunque, como hemos visto, en ocasiones no se vea bien aceptada por todos sus miembros. A mayores, conviene tener en cuenta una tendencia social bastante significativa: El deseo de escapar de la ciudad, con lo que tiene de escapar de sí mismo, junto con la posesión de una casa de vacaciones en el medio rural, hace que un número de personas cada vez mayor busquen la estancia permanente fuera de la urbe, lo que ha traído como consecuencia directa la proliferación de urbanizaciones de chalets adosados, en los alrededores de las grandes ciudades, sin percatarnos de que esa huida de la ciudad, lo que ha producido inevitablemente es la formación de nuevas ciudades que, aunque estructuralmente sean distintas, comparten con las primeras la aglomeración humana que es, precisamente, de lo que se huía cuando se buscaban. Es la pescadilla que se muerde la cola, ¿no creen?

Y dejando a un lado todo esto, si generalizamos en las actividades para llenar el tiempo libre, vemos que cada una de ellas tiende a ofrecernos soluciones a las contradicciones que enredan nuestra vida cotidiana. El hombre, a través del tiempo libre, pretende encontrar de nuevo la vida social y el contacto con el hombre como tal, lejos de las rutinas que le masifican, embrutecen y anulan como individuo. El ocio detiene al ser humano, de manera regular, en su carrera hacia la masificación mental; le obliga a reflexionar sobre su mundo y sobre su situación en él y le ayuda a crear nuevas formas de comportamiento que le devuelvan a sus orígenes de individuo exclusivo.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 18 de agosto de 1996.

El Carácter "Nervioso"

A lo largo de todo el desarrollo del individuo, se van presentando una serie de problemas o de conflictos que hacen que ese ser humano vaya tanteándose a sí mismo, de cara a conseguir su propia seguridad personal, a la par que el reconocimiento social. Sin embargo, hay ocasiones en que determinadas personas topan con unas especiales dificultades para hacer frente adecuadamente a este tanteo y a sus lógicas consecuencias, las cuales pueden venir propiciadas por el carácter del individuo en cuestión; no obstante, ese carácter no tiene por qué ser algo innato en él, sino que suele ser el resultado de un entrenamiento constante, desde su más tierna infancia.

A veces hemos asignado a alguien el adjetivo de nervioso: "Es una persona muy nerviosa"; "Es puro nervio". Pero ¿sabemos realmente lo que estamos diciendo con ello? Normalmente, tachamos de nervioso a alguien muy intranquilo, que reacciona ante algo sin pensarlo mucho y, casi se diría que, de forma impulsiva; que ante un problema tiembla como un flan y sólo le ve consecuencias negativas, etc. Ahora bien, esto no es todo. Veamos, primero llama la atención la hipersensibilidad y la gran excitabilidad que presenta una persona nerviosa. Cualquier cosa, por insignificante que sea, puede producir en el "nervioso" una inesperada reacción poco menos que volcánica; como si su cuerpo entrara en erupción y se dispusiera a arrasar todo lo que tiene alrededor. Sin embargo, hay que señalar también, entre sus características, su gran ambición: siempre quiere más y nunca está satisfecho con nada; su impaciencia: todo tenía que ser para ayer, "no hay tiempo que perder", "o ahora, o nunca", con el agravante de que el ahora, cuanto más deprisa debería pasar, más eterno se les hace; y en esta misma línea de desproporciones, sus afectos sobrevalorados: o quiere mucho, u odia mucho, sin término medio que le permita repartir, de forma adecuada, su afectividad entre los que le rodean. Además, las exigencias normales de la vida cotidiana someten a su organismo a una intranquilidad constante que, en ocasiones, le pone al borde del infarto.

Puede que, hasta aquí, todos digan: "eso ya lo sabíamos". Aunque aún se dan otras características que no parecen tener nada que ver con la agitada línea que veníamos describiendo. Así podemos encontrarnos con algo totalmente contrario, con un repliegue inusitado que desencadena reacciones de desánimo, pesimismo, distanciamiento y vacilación. Y en este mismo orden de cosas, será claramente perceptible para su entorno la ausencia de interés que la persona nerviosa manifiesta, en ocasiones, por todo lo que le rodea; pasando, pues, de una preocupación máxima por ello, al más absoluto desinterés. Esta postura tan contraria a su hiperexcitación inicial es el resultado de un aumento del propio sufrimiento que acapara por completo su atención, haciendo que se sumerja en sí mismo y se aísle de todo lo demás, desarrollando entonces su vida más de acuerdo con sus fantasías que con el mundo real.

Debido, pues, a este todo o nada, su experiencia del entorno es bastante más conflictiva que la del resto de las personas que constituyen ese entorno y ve los problemas con mayor ansiedad, a veces negándose incluso a enfrentarse a ellos por la expectativa de una ausencia de soluciones; lo cual, cerrando el círculo, le sirve para justificar su repliegue. De aquí, al tan traído y llevado complejo de inferioridad, no hay más que un paso; de hecho, la mayoría de las personas nerviosas desarrollan un cierto complejo de inferioridad que tratan de superar en la medida en que son más frecuentes las situaciones de hiperactividad frente a las de repliegue.

Es evidente que el ser humano, a lo largo de su desarrollo, tiene que aprender muchas cosas y esforzarse para conseguirlas de la mejor manera posible, sobre todo en los primeros años de la vida. Constantemente se presentan innumerables situaciones nuevas que deben ser superadas, o se dan avalanchas de cosas desconocidas que pueden resultar incluso amenazantes; pero si un niño se va dejando marcar por estas circunstancias o si va rechazando los desafíos, a veces por una errónea y desproporcionada protección de los progenitores, que tiene como consecuencia lo que denominamos como niño mimado, si ocurre esto, digo, irá brotando en él, paulatinamente, un sentimiento de inseguridad que degenera, con el tiempo, en una sensación de amenaza y en el mencionado complejo de inferioridad. Esto, a su vez, conllevará en este individuo, joven o adulto, un esfuerzo desmedido por alcanzar un cierto grado de seguridad y el reconocimiento social que considera que no tiene, poniendo para ello en juego rasgos de naturaleza agresiva, que se manifiestan en: ambición, vanidad, envidia y celos, odio, etc. O en el otro extremo, y también para ganarse ese mismo reconocimiento social, manifestaciones de sometimiento, dependencia, masoquismo, etc. Lo que lleva, de forma directa, a las distintas formas de Neurosis, las cuales se convierten en un medio para obtener seguridad, a la par que permite pasar de los lógicos problemas que presenta la vida diaria.

No estaría de más prestarle un poco de atención a este carácter nervioso que, a veces, consideramos con un "¡qué se le va a hacer, si cada uno es como es!", y tratar de hacer algo para que, con la orientación adecuada, no degenere en un comporta- miento neurótico que traerá problemas no sólo a quien lo padece, sino también a los que le rodean.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 25 de agosto de 1996.

Instintos e Impulsos

Según los estudiosos de la Biología, la palabra Instinto señalaría a aquellas conductas que, exhibidas en una determinada especie animal, se apartan haciendo que ésta se diferencie, entre otras características particulares, de otras especies. Así tenemos que, para que una conducta sea considerada como un instinto, deben darse las siguientes circunstancias: primero, que dicha conducta sea estereotipada y constante en su presentación; segundo, que sea característica de una determinada especie; tercero, que aparezca en seres que han crecido aislados de otros de su misma especie y, cuarto, que se muestre totalmente configurada en individuos a los que se les ha impedido practicarla.

Pero también se habla de acciones instintivas para definir a aquellas conductas que ocurren sin demasiada premeditación y aquí ya nos metemos de lleno en el exclusivo ámbito de la especie humana. Se utiliza, pues, el término instintivo para indicarnos la rapidez en la capacidad de respuesta que tienen unas personas frente a otras. Por ejemplo: dos personas tienen a su alcance un jarrón que, de pronto, inicia su caída hacia el suelo. Una de ellas alarga sus manos y lo coge al vuelo, mientras que la otra ha tardado tanto en reaccionar que, de haber dependido de ella, se hubiera roto en mil pedazos; decimos que la primera ha actuado de forma instintiva, pero ¿qué pasa con la segunda?... Su instinto también le decía que tenía que coger el jarrón, sin embargo, ¿es que, acaso, ese instinto era diferente o de menor intensidad que el de la primera, la cual sí logró cogerlo? Entendido de esta forma, el instinto haría referencia a las diferencias dentro de la misma especie y no a lo común en ella y absolutamente característico, que es precisamente lo que defienden los biólogos.

Otro tipo de confusión surge al tratar el instinto como un impulso hacia algo. Por el mero hecho de que alguien se sienta inclinado a robar, ya decimos que es algo instintivo en él y considero que es llevar demasiado lejos el término. No podemos ni debemos confundir el instinto con el impulso.

En el ser humano, una conducta instintiva sería, pongamos por caso, la lactancia; todos los niños recién nacidos saben mamar. Mientras que el impulso es un proceso emocional, y aquí es precisamente donde radica la diferencia, que obliga, o cuando menos, predispone a realizar una determinada acción. Sin embargo, para una de las corrientes de mayor relevancia dentro de la Psicología, el Psicoanálisis, y más concretamente para su "progenitor", Freud, se establece un paralelismo entre instinto e impulso, al ser considerados ambos como "fuentes apetitivas internas de conducta". En otras palabras, son "apetitivos" puesto que se dirigen hacia algo en lugar de alejarse de ello; son "internos" puesto que se derivan de procesos metabólicos y somáticos y son "fuentes de conducta" ya que los instintos propulsan la conducta o impulsan al organismo.

Cuando decimos que una persona es muy impulsiva, hacemos alusión a un concepto motivacional; es decir, a un motivo que explique el hecho de que esa persona es enérgica, se mueve como activada por un resorte o actúa sin pensar, simplemente actúa. Pero esto no es exclusivo del ser humano; así tenemos que, por ejemplo, el hambre "impulsa" al lobo a buscar comida de la misma forma que motivaciones conscientes o inconscientes pueden "impulsar" a un hombre a cambiar de opinión con respecto a algo o a alguien. A pesar de las evidentes distancias entre estas dos situaciones concretas, lo cierto es que la idea básica es la misma: tanto el lobo como el hombre son incitados por impulsos y ninguno de los dos se sentirá cómodo hasta que estos no se hayan reducido o eliminado mediante la acción que provocan. Esto nos lleva a concluir que los impulsos pueden ser considerados como estados internos aversivos, o sea, negativos, hirientes o molestos, que provocan una respuesta en los seres vivos, encaminada fundamentalmente a librarse de ellos.

A donde nos lleva todo esto es, en resumen, a la idea de que las personas nos movemos y actuamos, en la mayoría de las ocasiones, en respuesta a una necesidad y cuanto más fuerte es dicha necesidad, mayor será la intensidad de la respuesta o más rápida será tanto su preparación como su ejecución. A veces, incluso, esta necesidad es tan acuciante que sumerge al individuo en un estado de fuerte ansiedad, el cual aumentará y puede que desorganice su personalidad, hasta que no se vea totalmente satisfecha. No obstante, y a pesar de su intensidad, todo irá bien mientras se reconozcan esas necesidades y se muevan en el ámbito de lo consciente. El problema surge cuando están producidas por algo inconsciente; en ese caso, lo más probable es que esa persona, por sí misma, no sepa o no pueda descubrir lo que está necesitando imperiosamente; esto le llevará a dar palos de ciego, y aunque se muestre muy activa y trate de realizar muchas cosas, en busca de algo que calme su ansiedad, quizá no consiga librarse tan fácilmente de esa sensación negativa, lo que producirá, en muchos casos, un agotamiento psicológico que, circunstancialmente, degenerará en depresiones, las cuales no se superarán hasta no haber descubierto esa necesidad original inconsciente y, por supuesto, hasta haber trabajado adecuadamente para satisfacerla o suprimirla.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 1 de septiembre de 1996.

Libertad... ¿condicionada?

A todos nos gusta sentir que somos libres para poder actuar como queremos; de hecho, la libertad y la voluntad, ese querer o no querer, están entre nuestras posesiones intelectuales más preciadas. Sin embargo, desde un punto de vista puramente teórico, esta libertad plantea un problema: si podemos hacer todo lo que deseamos en cada momento, entonces ¿cómo podemos predecir la conducta? Y yendo más lejos: si no pudiéramos predecir la conducta de los demás, al menos hasta ciertos límites, lo más probable es que surgiera el caos social; de hecho y sólo para empezar, no podríamos comunicarnos con ellos si no supiéramos o sospecháramos cómo iban a responder.

Pero veamos esta cuestión, ahora, desde otra perspectiva: Nuestra sociedad, que acepta y propugna la libertad del hombre, sin embargo adopta ante ella una postura contradictoria al castigar las acciones que se apartan de las normas sociales, asumiendo además que el castigo determinará las conductas futuras. Luego, lo que frecuentemente entendemos por libertad no sería tal, ya que deberíamos partir, para ser más exactos, de dónde se establecen los determinantes de esa llamada conducta libre. Y así tendríamos que si esa conducta concreta está determinada o es consecuencia de acontecimientos externos al individuo (¡ojo! aunque ese individuo crea que está actuando libremente), entonces decimos que no es libre, que está condicionada. Mientras que si dicha conducta está controlada por acontecimientos internos al propio sujeto, en ese caso decimos que es libre, aunque esté condicionada.

¿Qué tenemos, pues? Ni más ni menos que se trata de una cuestión de creencias. La creencia de que somos libres hará que consideremos nuestra conducta como fruto de nuestra libertad; mientras que la creencia o la sospecha de que estamos influenciados por algo o por alguien, conseguirá que esa misma conducta sea considerada como "condicionada".

Ahora bien, nuestras creencias son fruto de nuestra mente, la cual trabaja en función de lo que percibimos y de lo que sentimos, con lo cual cerramos el círculo al descubrir que, desde un punto de vista lógico, nuestras creencias están condicionadas bien por nuestra experiencia exterior o interior y, como nuestro sentimiento de libertad depende de esas creencias, tenemos entonces que nuestra libertad no es tal, ya que está condicionada y, por tanto, no somos libres, si nos atenemos a la definición que ofrece el Diccionario de la Real Academia, según el cual "Libertad es la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar (falta de sujeción y subordinación)".

¿Dónde queda, entonces, la libertad para ser uno mismo, la libertad para decidir, la libertad para actuar...? Ustedes me dirán que es mejor "no buscarle tres pies al gato" y que, ya puestos, efectivamente, somos básicamente libres porque si nos apetece un helado y tenemos dinero para comprarlo, pues lo compramos y ya está; pero, claro, sólo somos básicamente libres ya que ¿qué hacemos si, siguiendo con el ejemplo, nos apetece ese helado y No Tenemos Dinero para comprarlo? ¿Somos libres, acaso, de cogerlo, sin más? Nuevamente vemos que nuestra libertad está condicionada.

Frecuentemente hemos oído decir que la libertad de uno termina donde empieza la libertad de otro; es decir, somos libres para vivir nuestra vida mientras dejemos a los demás vivir la suya... ¿Me repetiría mucho si insisto en la idea de que somos, entonces, condicionadamente libres?... Todo un contrasentido.

En ocasiones han llegado a mi Gabinete personas que se sentían absolutamente manipuladas, que no eran capaces de tomar sus propias decisiones y que cualquier intento por hacerlo tenía como consecuencia un sentimiento de indefensión. Por un lado, se sentían mal por no poder librarse de la influencia de los que les rodeaban; influencia que, según los casos, era auténtico dominio; pero por otro, cada vez que conseguían escapar a dicha influencia, se sentían tan perdidos que no les quedaba más remedio que reclamar otra vez la ayuda de quienes les dominaban. Ya vimos en un artículo anterior la necesidad de desarrollar lo que en Psicoterapia definimos como Habilidades Sociales. Por muy condicionada que esté nuestra libertad, por las experiencias personales, por las normas sociales o por la libertad de los demás, siempre será mejor así que no tenerla en absoluto. Siempre será mejor saber manifestar nuestras opiniones, que no vivir a expensas de lo que opinen los demás. Es preferible saber elegir lo que más nos gusta entre sólo dos alternativas posibles, a tener muchas alternativas pero estar pendientes de que alguien nos diga cuál es la mejor, que por otro lado, puede que sea la mejor para él, pero eso no significa que sea la mejor, ni siquiera la más adecuada, para nosotros.

Ya que no podemos ser libres, en términos absolutos, cuando menos sí podemos elegir y manifestarnos de acuerdo con nuestras experiencias y nuestros sentimientos y no deberíamos renunciar a ese derecho. Es mucho mejor aprender a disfrutarlo si no se sabe muy bien cómo lograrlo, antes que ser autodidactas para someternos a otros que, sin duda, sabrán sacar partido de dicha situación.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 8 de septiembre de 1996.

Emociones y Sentimientos

Se define la emoción como un estado afectivo intenso y relativamente breve que suele ir acompañado de fuertes movimientos expresivos. Además, las emociones pueden estar relacionadas e incluso ir unidas a la motivación para realizar algo o para mostrarse de una manera concreta y particular; y esto es así porque los diferentes estados emocionales tienen sus consecuencias directas sobre el comportamiento, como apuntábamos ya en las primeras líneas. Veamos, sentimientos o emociones tales como el miedo, la cólera, el entusiasmo, el amor, por ejemplo, cuando están presentes en el individuo, pueden dominar incluso su percepción de la realidad, lo cual tiene como consecuencia directa un determinado ajuste en su comportamiento o en sus formas de manifestarse o de relacionarse con los demás.

Así, por citar algo concreto, en la pena se nos ve que estamos tristes, que nuestra conducta puede incluir el llorar, la falta de interés por muchos aspectos del mundo que nos rodea, las reacciones lentas ante cosas y personas y, como consecuencia de todo esto, decimos que estamos o nos calificamos de deprimidos. Es decir, una emoción como la del dolor se halla, por tanto, asociada a cambios importantes en nuestra manera de comportarnos y en la manera en que definimos cómo nos sentimos. Pero ocurre, además, que esta reacción emocional que suele surgir como consecuencia de un suceso externo a nosotros, persiste en el tiempo, aún después de haber desaparecido lo que la produjo directamente y se instala en nuestro interior más profundo, dando origen a esos estados internos que definimos como sentimientos.

Ahora bien, de la misma forma que los diferentes elementos orgánicos o físicos que constituyen el ser vivo están directa o indirectamente relacionados, también se relacionan, yo diría que muy estrechamente, los distintos elementos psicológicos; por lo tanto, cabría relacionar, de cara a las consecuencias conductuales que pueden tener, las emociones con las motivaciones, máxime en lo que se refiere a su carácter irracional o , en ocasiones, fuera de toda lógica. Me explico: un estado emocional puede hacer que perdamos el control de nosotros mismos, pero también una motivación concreta puede cegarnos lo suficiente como para actuar sin medir las consecuencias que podrían tener nuestros actos, por tanto, actuar sin control.

Cuando experimentamos una emoción, solemos ser conscientes de sentimientos y sensaciones en diversas partes de nuestro cuerpo, lo cual nos lleva directamente al concepto de unidad del ser humano. Así, por ejemplo, podemos sentir sudoración, contracciones del estómago o podemos "temblar" de emoción. Sin embargo, también es cierto que estas sensaciones corporales no son diferentes según los distintos tipos de emociones, a pesar de que, aunque dichas sensaciones físicas sean las mismas, sí podemos, por regla general, definir o diferenciar claramente qué tipo de emoción estamos experimentando. A parte de que no debemos olvidar la influencia que tiene el aprendizaje tanto para el desarrollo de las emociones, como para la percepción de los estímulos que las provocan y las manifestaciones orgánicas o comportamentales que generan.

Pero dejando a un lado todo esto, sobre lo que tanto trabajan las teorías psicológicas, ¿qué pasa con los sentimientos? Muchas veces hemos dicho, o hemos oído decir "¿Es que no cuenta lo que yo siento?" Y precisamente se hace esa pregunta cuando lo que uno siente es lo que más cuenta en lo que está ocurriendo. Decíamos antes que diferentes sentimientos podían tener las mismas manifestaciones fisiológicas. Por ejemplo, si vemos a alguien que está llorando, enseguida pensamos que está triste, que siente pena y, como ese sentimiento cuenta, podemos actuar bien con rechazo o bien con lástima y acercamiento, pero siempre en función de lo que esa manifestación de sentimientos hace que sintamos nosotros mismos; no obstante, nuestros propios sentimientos se confunden cuando al preguntarle que por qué llora, nos dice que es de alegría o de felicidad; entonces entran en juego una serie de confusas ideas que generan sentimientos contradictorios y que, a parte de la perplejidad que ocasionan la cual, de alguna manera, nos paraliza, dejándonos sin saber muy bien cómo reaccionar, también ocurre que sintamos un cierto rencor hacia esa persona por haber producido confusión en nuestro estado de ánimo. Y entonces ¿qué cuentan más, sus sentimientos o los nuestros? Todo hubiera sido más fácil si llorara de pena; estábamos preparados para ello, sabíamos qué hacer, porque a lo largo de nuestra vida hemos aprendido reacciones lógicas ante situaciones lógicas.

Pero si los sentimientos son, en general, difíciles de controlar, más difícil es aún controlar la confusión y esto porque, en última instancia, la confusión es un cúmulo de muchos sentimientos que se contraponen, de emociones que se dan de tortas y el ser humano, a pesar de estar en la escala más alta de la evolución,, a pesar de haber llegado a dominar lo posible y hasta casi lo imposible, al menos y, sobre todo, en materia de sentimientos, aún tenemos mucho que aprender.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 1 de diciembre de 1996.

Enseñando a pescar

"Dale a un hombre un pez y le alimentarás un día; enséñale a pescar y le alimentarás toda la vida". Hoy quiero hablarles de mi Profesión: en qué consisten y cómo funcionan las Técnicas de Psicoterapia, y he comenzado con este proverbio porque es la frase que mejor define nuestra labor. Aunque actualmente la mayoría de las personas saben cuál es la función que desarrollamos los Psicólogos, aún existe una mínima parte de la población que no tiene muy claro qué es lo que, en realidad, hacemos y, para este sector, seguimos siendo los loqueros, creando a nuestro alrededor un aroma a tabú que es sinónimo del miedo al "qué dirán" ya que, para ellos,  el hecho de que les vean entrar en un Gabinete de Psicoterapia es tanto como colgarse en la propia espalda el sambenito de "loco" o de "demente", con todo el matiz peyorativo que esas palabras pueden aportar. Nada más lejos de la realidad. Por eso, la intención de desvelar en lo posible el gran secreto de unas técnicas destinadas a mejorar la vida del ser humano en su faceta más determinante pero, también, más desconocida, la Psicológica.

A lo largo de todos los años, siglos y milenios de su existencia sobre la faz de la tierra, el hombre, con el único propósito de sobrevivir, tuvo que adaptarse a los cambios que se iban produciendo y su adaptación llegó hasta el punto de conseguir modificar sus características físicas y morfológicas. Pero no sólo cambiaba su cuerpo. También evolucionaba su cerebro e, incondicionalmente unida a él, su mente. Y si complicada era su adaptación física, bastante más esfuerzo suponía su adaptación mental, ya que cada vez eran más difíciles los retos a los que tenía que hacer frente, exigiendo nuevas y aparentemente inimaginables soluciones. Ahora bien, observen que he dicho "aparentemente inimaginables" porque, como tantas veces he mencionado a lo largo de estas páginas, el cerebro tiene potencial suficiente para desarrollar cualquier cosa, sólo es cuestión de, como suele decirse, "ponerle a prueba". Sea como fuere, el caso es que después de tantos avatares evolutivos, hemos venido a dar con nuestros huesos en la era de la informática y los ordenadores; en la era espacial, donde las megacomunicaciones son posibles con sólo pulsar la tecla "Intro" de nuestro ordenador personal; en una era donde todo parece que está inventado, donde todas las necesidades humanas, tanto las primarias, como las secundarias, terciarias, etc... están cubiertas (al menos, y eso es lo más triste, en una parte del planeta); pero también una era donde el hombre, como si no hubiera pasado ni un sólo minuto sobre él, desde que poblara la tierra, se sigue sintiendo insatisfecho e incompleto.

Todo esto tiene como consecuencia directa un replegarse sobre sí mismo, para buscar dentro lo que no puede encontrar fuera, descubriendo entonces su caótica situación psicológica. Y hay muchos que, con una gran dosis de tenacidad y entereza, consiguen reestructurar sus emociones, sus sentimientos, sus ideas, en dos palabras, su estructura psicológica, que sería algo así como el gran ordenador central de los llamados Edificios Inteligentes. Pero hay otras muchas personas que no saben o no pueden reorganizarse y se sumergen en un mar de dudas, de angustias, en pozos sin fondo y callejones sin salida, apareciendo en ellos estados tan diversos como: depresiones, insomnios, el tan afamado estrés, ansiedad, trastornos psicosomáticos, problemas de alimentación, el "mal genio", los conflictos con las personas que les rodean, etc... Y ¡ojo!, eso no significa que estén locos; simple y dramáticamente están confundidos, ignorando cómo salir de esa situación para lograr la anhelada e imprescindible estabilidad emocional.

Y es aquí donde entramos los Psicólogos, poniendo en marcha lo que hemos denominado Psicoterapia. Para esto partimos de la base de que una persona cuenta con todo un conjunto de habilidades, algunas de las cuales están sobreexplotadas, pero otras están por descubrir y entre ellas pueden encontrarse las que tienen la clave para solucionar el problema. Por tanto, nuestra misión va directamente encaminada a descubrir cuáles son, dónde están, cómo funcionan y ponerlas en marcha para que sea luego el propio individuo quien las desarrolle, al principio con nuestra ayuda, pero después por sí mismo, con el fin de terminar o de disminuir al máximo esa situación conflictiva que le estaba haciendo tanto daño. Por eso, los Psicólogos, de alguna manera, "enseñamos a pescar". Sería muy fácil y simple levantar el ánimo a las personas que, ya en última instancia, recurren a nuestros Gabinetes, con sus problemas a cuestas; pero así sólo "les daríamos un pez", una comida cuyos efectos durarían justo lo preciso hasta salir por la puerta del despacho y luego ¿qué?... Por el contrario, al sacar a la luz sus propios recursos y enseñarle a manejarlos adecuadamente, no sólo le abrimos el camino para superar ese conflicto que tanto le afecta en la actualidad, sino que, además, le equipamos con los instrumentos psicológicos necesarios para que pueda hacer frente a cualquier otro conflicto que se le pueda plantear en el futuro.

Cuántos sufrimientos inútiles se evitarían si una persona solicitara ayuda cuando lo necesita, en lugar de entonar el, en algunos casos fatídico, "ya se me pasará". Porque esa actitud es el trampolín más adecuado para caer directamente en lo que llamábamos antes "pozo sin fondo". Y hay quien dirá que caer en manos de un psicólogo es meterse en una red de sesiones de psicoterapia que nunca se acaba. Eso no es cierto, al menos no lo es cuando se trata de auténticos profesionales. Ahora bien, que ese final llegue antes (en 4 ó 5 sesiones) o después, sólo dependerá de lo pronto o tarde que se coja el problema, ya que, cuanto más avanzado se encuentre, más difícil será desenmarañar la red y sacar a la luz los recursos de la propia persona para superarlo y estabilizar, por fin, su vida.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 8 de diciembre de 1996.

Nuestro inmenso Poder Mental (1)

¿Se han parado a pensar cómo es posible que alguien pueda simular su propia muerte y que durante algún tiempo ésta sea tan real que incluso un médico la certificaría? No se trata de ningún cuento; ocurre, para sorpresa de muchos. El poder de la mente es ilimitado y algunas personas, como es el caso de esta secta religiosa que tiene su origen en la India, han sabido desarrollarlo de tal manera que a los demás sus hazañas nos pueden parecer más el argumento de un episodio de "Expediente X". También podríamos considerar que, puestas así las cosas, habría posibilidad de conseguir muchas cosas de más envergadura, aunque también muchas cosas de menos, y quizá sea esto último lo que, por estar más a nuestro alcance, debería ser lo que constituyera nuestro objetivo.

De entrada, sería preciso pararnos a pensar en lo que ya conseguimos, sin saber cómo lo hacemos y sin darnos cuenta de cuándo lo hacemos. Partamos de un hecho básico: la mente es como un caballo salvaje; si no lo dominas tú, es él quien te domina a ti; pero una vez que te has hecho con el control, lo tienes prácticamente comiendo de tu mano, con la ventaja añadida de que, en ese caso, sólo comería de tu mano, siendo tan salvaje para los demás como en un principio lo era para ti. Ahora bien, y siguiendo con este mismo ejemplo, la mente, cual caballo salvaje, cuando campa a su libre albedrío, no se está quieta, sino que se muestra muy activa, aunque haciendo cosas que a nosotros nos pueden fastidiar o, más aún, perjudicar. Y en este caso, sus trastadas pueden dar lugar a auténticos desequilibrios, tanto físicos y orgánicos, como psicológicos. Lo cual seguro que no hace falta asegurarles que no se trata de una broma.

Veamos; sin ir más lejos, hoy en día se estima que, sólo en nuestro país, hay aproximadamente dos millones de personas afectadas por la depresión; personas que se han dejado arrojar a un pozo por una mente que, aprovechándose de su falta de control, ha ido minando las débiles defensas de esos individuos, jugando con ellos hasta que, a fuerza de convencerles de que no sirven para nada, les machacan hasta hundirlos terriblemente. Y si hay tantas personas con una depresión reconocida oficialmente, es escandalosamente alto el número de aquellas otras que simplemente dicen sentirse "depre", apáticas y prácticamente sin ganas de nada, pero sin haber llegado al extremo que caracteriza a una depresión.

Otro tanto ocurre con las llamadas enfermedades o trastornos psicosomáticos. Si la mente descontrolada es capaz de producir úlceras, taquicardias, problemas en la piel, dolores de cabeza, etc., sería lógico pensar que, controlada debidamente, también sería capaz, como mínimo, de desenredar lo que ha enredado. Actualmente son incluso muchos los médicos que, aun tirando piedras contra su propio tejado, reconocen que una gran parte de los trastornos físicos que suele presentar el ser humano podrían ser superados sin tener que recurrir a la farmacología, la cual, en algunos casos, lo mejor que puede hacer es dejarle a uno como está; así pues, qué se podría decir de los trastornos emocionales o psicológicos. Aún son muchas las personas que se agarran a su pastillita, con el firme convencimiento de que sólo esa pequeña cosita les puede solucionar su problema. Bien; llegado a este punto, me atrevería a afirmar que es precisamente su convencimiento, a nivel mental, de que va a curarse, lo que realmente le cura y en ello no tiene nada que ver la química de un laboratorio farmacológico. En esta línea podría hablarles de numerosas investigaciones que demuestran la influencia de los llamados "Placebos", que no son otra cosa que simples caramelos con diferentes sabores "a medicina", o en casos más llamativos, simples dosis de agua con azúcar, etiquetados convenientemente para que la persona que tiene que ingerirlos crea "a cierra ojos" que está tomando una medicina milagrosa. En estos estudios, se tenía un grupo de personas que padecía un determinado trastorno orgánico. Dividido este gran grupo en dos subgrupos, a uno de ellos no se le daba nada y al otro se le administraba el placebo, que era lo mismo que no darle nada, pero advirtiéndole que se trataba de un nuevo medicamento con un gran efecto curativo. Los resultados no se hacían esperar y al cabo de un tiempo, mientras que el primer grupo seguía igual, el segundo había experimentado una importante mejoría. ¿La explicación? Pues simplemente porque se les predisponía en favor de esa sustancia y su mente trabajaba en función de esa predisposición, lo que es lo mismo que controlar esa mente o, como algunos dirían "comerle el coco".

Considero oportuno hablar de esto en ocasiones sucesivas, concretando en la medida de lo posible lo que por ahora no he hecho más que esbozar pero, por lo pronto, basten estas líneas para introducirnos en un mundo que, por más real que sea, puede parecernos alucinante, aludiendo a nuestro propio poder mental el cual, debidamente desarrollado, nos llena de facultades y de recursos que permiten afrontar con un cierto éxito las diferentes situaciones que se nos pueden plantear.

Vivimos pensando, casi de forma ciega, cómo conseguir esto o lo otro, pero sin darnos cuenta realmente de que vivimos. Constreñimos nuestras propias facultades en pos de objetivos concretos, en vez de potenciar y desarrollar esas facultades y muchas más que tenemos pero que ni nos molestamos en conocer; lo que supone tanto como afirmar que no nos tomamos el más mínimo interés por nosotros mismos, al menos no por lo que probablemente más debería importarnos.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 15 de diciembre de 1996.

Nuestro inmenso Poder Mental (2)

Hoy, continuando con el tema que iniciamos la semana pasada, pretendo centrarme en la problemática de algunos trastornos psicosomáticos, los cuales, por tener una apariencia y localización física, se suelen tratar, de entrada, vía médica y sólo después de infructuosos intentos terapéuticos o de innumerables pruebas que no demuestran o no encuentran nada concluyente, a veces es el propio médico quien toma conciencia del verdadero origen del problema y nos remite al paciente a nuestros Gabinetes de Psicoterapia.

Partamos, por ejemplo, de las llamadas Sensaciones de Ahogo, las cuales pueden llegar a extremos tan angustiosos que sumergen a la persona que las padece en el pánico a la asfixia y, por tanto, a su propia muerte. La reacción más lógica de sus víctimas es acudir al Servicio de Urgencias de un Hospital, porque esa sensación de ahogo es real y lo primero que se piensa es que algo está obstruyendo su laringe. Sin embargo, aunque la sensación sea tan real, eso no significa que sea realidad. Tras una exploración a fondo, les dirán que no tienen nada y puede que, incluso ya allí, les informen de que puede tratarse de algo "de nervios". No lo echen en saco roto. Háganse todas las pruebas que quieran si eso les tranquiliza, pero llegado a este punto, es cuestión de plantearse la visita a un Psicólogo, porque sólo este profesional les puede ayudar a superar el problema.

Mediante Técnicas de Psicoterapia se puede entrar en el fascinante mundo del control de la mente; y no quiero que piensen en ello como algo propio de la Parapsicología, ni que intenten servirse de los llamados "mediums"; no se trata de experimentos ocultistas. De lo que les estoy hablando es de desarrollar una serie de facultades y de recursos que tenemos todos los seres humanos, porque nuestro cerebro está capacitado para eso y para mucho más, de forma que, si en un futuro sobreviniera otra vez esa sensación de ahogo, ustedes, sus víctimas, sepan cómo reaccionar para que su mente se haga con el control de la situación, anulando esa desagradable sintomatología.

Y qué decirles de los dolores de cabeza. Dolores que sobrevienen, en muchas ocasiones, como consecuencia de situaciones de ansiedad o de estrés, entre otras. Si es nuestra mente quien los produce, por qué no la domesticamos para que sea ella misma la que nos libre de ellos, en vez de recurrir a una pastillita que, puede que consuele algo, en el mejor de los casos, aunque yo creo que lo que en realidad funciona es la sugestión que conlleva su ingestión. Porque fíjense en el proceso que seguimos, ya sea consciente o inconscientemente: Empieza el dolor y, aunque en un primer momento no queremos hacerle caso, parece como si se empeñara en llamar nuestra atención y aumenta su intensidad; a partir de aquí ya no podemos negarlo y comenzamos a quejarnos y a centrarnos más en su presencia; lógicamente, esto impide que disminuya porque ya sólo pensamos en él y nos dedicamos a sufrirlo que es, justamente, lo que él quiere. Pero como todos tenemos una determinada resistencia, más tarde o más temprano llegamos a sus límites y decimos: "Me voy a tomar una pastilla, porque si no, no se me pasa". Fíjense bien en esto: "si no, no se me pasa"; o sea, tomamos conciencia de que sólo esa pastilla tiene poder para eliminar nuestro dolor; quedamos condicionados a tomarla para superarlo, pero a la vez nos sugestionamos con la idea de sus efectos curativos; es tanto como ordenarle a nuestra mente que se prepare para eliminar el dolor y que cuando entre esa sustancia en nuestro cuerpo, se va a terminar el problema; lógicamente, ante ese imperativo, a la mente no le queda más remedio que actuar y actúa. Y ahora piensen un poco: ¿No les suena esto a las órdenes que dan los hipnotizadores a las personas que se ponen en sus manos? ¿no sería tanto como un procedimiento de autohipnosis? Pudiera parecerlo, pero es mucho más simple, ya que no es necesario perder la conciencia para conseguirlo; se trata de algo consciente. Pues bien, si su dolor de cabeza no tiene ningún motivo orgánico o fisiológico, evítense problemas de reacciones secundarias en su estómago y eliminen la pastilla, porque si es su mente, en definitiva, la que les quita el dolor de cabeza, lo mismo se puede servir de la muleta de la pastilla como de otra cosa. Todo es cuestión de enseñarla a actuar de una determinada manera en según qué casos concretos.

Además, con la ventaja añadida de que es mucho mejor que el ser humano domine a una parte de sí mismo (en este caso, su mente), que el caso contrario, o sea, que sea esa parte (su mente) la que le domine a él.

Si me permiten hablarles de mi propia experiencia profesional, les diré que a mi Gabinete han llegado algunas personas aquejadas con dolores de cabeza o de estómago (entre otras varias sintomatologías) y venían ya desesperadas, como último recurso, y desencantadas por los escasos resultados obtenidos por otros medios. Lo que se hizo fue llegar hasta la situación que les estaba alterando psicológicamente, la cual, aparentemente, no tenía nada que ver con la sintomatología que presentaban. A continuación, se ayudaba a la persona a potenciar una serie de recursos propios encaminados a conseguir su objetivo. Después, todo se reducía a una cuestión de práctica y de constancia y al cabo de unas cuantas sesiones, los síntomas habían desaparecido...

Creo que seguiremos hablando de esto...

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 22 de diciembre de 1996.

Nuestro inmenso Poder Mental (3)

Fíjense si tiene importancia el equilibrio psicológico en una persona que es directamente responsable de su equilibrio físico. A nadie se le escapa el hecho de que, cuando alguien se siente bien, animado, "feliz", no suele quejarse de dolores o de trastornos físicos; de la misma forma que si es un enfermo el que, por cualquier causa, se siente animado o de buen humor, en esa misma proporción percibe que su salud mejora e, incluso, algunos afirman que los medicamentos que se ven obligados a tomar "¡por fin empiezan a hacer efecto!". También se ha podido comprobar en innumerables ocasiones la influencia que tiene sobre un paciente el carácter cercano y amistoso, o rígido y distante o, a veces, grosero y prepotente, de un médico; en el primer caso, el paciente se siente "bien atendido" y eso repercute considerablemente en la rápida desaparición o mejora de la enfermedad; mientras que, en los otros extremos, el paciente tiene conciencia de que su salud no mejora y, con frecuencia, necesita recurrir a otro médico que le aplique otro tratamiento más adecuado.

Como vemos, el talante con que el paciente visita a su médico o el que manifiesta el médico cuando recibe al paciente, tienen mucho que decir a la hora de que un trastorno físico mejore o desaparezca. Esto nos llevaría directamente a reconocer que los procesos mentales que desarrolla el paciente tienen una importancia decisiva en su propia salud, por lo que, en la mayoría de las ocasiones, no estaría de más que se combinaran tratamientos médicos con terapias psicológicas.

En este sentido, resulta especialmente llamativo el caso de algunos problemas que se manifiestan con manchas o eccemas en la piel, las cuales, además de ser muy antiestéticas, resultan muy molestas por el escozor o los picores que producen y que obligan a su víctima a tocar frecuentemente la zona afectada, lo que hace que se mantenga en problema en su aspecto físico.

Sirva como ejemplo el caso de un niño que, desde que nació, vivió en su casa una situación nada agradable. Sus padres se habían separado de hecho, que no de derecho, un poco antes de nacer él, lo que significa que ya antes de nacer podía percibir en su madre una tensión en modo alguno saludable; físicamente, durante el embarazo, la mujer se había cuidado lo mejor que había podido pero, evidentemente, a nivel psicológico, las cosas dejaban mucho que desear. El parto fue normal y el niño nació bien aunque, como ya digo, no le quedaba más remedio que vivir la tensión que se palpaba en su casa, estando su madre entre abogados y visitas al juzgado cada dos por tres, debido a las características nada "amistosas" de la separación. A los dos años, los problemas con el exmarido eran, si cabe, aun más llamativos y fue entonces cuando el niño empezó a presentar sus primeros problemas de piel; ningún tratamiento médico le hacía efecto y, como le picaba mucho, se rascaba constantemente, agravando más la situación debido a las heridas que él mismo se hacía. En una ocasión, y esto no es más que una anécdota entre las innumerables que se dieron de estas características, cuando contaba tres años de edad, había ido su padre a verle y como, según era su costumbre, llegó con ganas de pelea, la madre, en un intento de evitar que el niño lo presenciara, le pidió a su hermana que se lo llevara a otra habitación y le entretuviera con unos juguetes. Sin embargo, y a pesar de que no hubo ninguna palabra más alta que otra, al cabo de un rato el niño, quizá presintiendo algo, salió corriendo de la habitación y fue hacia donde estaban sus padres, sentándose, sin decir absolutamente nada, en el sofá al lado de su madre; a continuación y abrazándose a ella, lanzó a su padre una mirada tan dura como despectiva, lo que hizo que éste se marchara sin despedirse; hay que añadir que la madre había estado todo el rato llorando en silencio. A partir de este momento, el problema de la piel del niño empeoró y sólo mejoraba durante los días que, cada verano, pasaban en la playa. Dos años después, la madre conoció a otro hombre, con el que empezó a salir; ella estaba más tranquila, pero su exmarido volvió a la carga, quizá en un intento por fastidiar la incipiente felicidad de la mujer. Ni qué decir tiene que el niño seguía con su problema y con él ha seguido, sin que ningún tratamiento médico (y parece ser que fueron muchos) hiciera efecto, hasta hace poco más de un año en que, por fin, todo parece haber quedado en su sitio (el niño ya cuenta con ocho años de edad). Se han trasladado a otra ciudad y aunque su madre no se ha casado con ese otro hombre, conviven los tres juntos como cualquier otra familia ya que, a parte de la estabilidad sentimental de la madre, entre el niño y ese hombre se ha afianzado una relación afectiva bastante buena y sólida, hasta el punto de que, el Día del Padre, le hizo un regalo, reconociéndole no como padre, porque el niño tiene muy claro quién es su padre biológico, pero sí como esa persona a la que quiere como tal. Del problema de piel apenas queda ya nada, aunque sí quedan las cicatrices de las heridas que se hizo y que llenan la espalda, los brazos y las piernas, como testigos mudos de lo que ese niño sufrió en su piel como consecuencia, parece que directa, de un problema emocional doble, porque al que él tenía hay que añadir el que percibía en su madre.

Todo esto no es más que un caso entre miles, y aunque las manifestaciones físicas sean diferentes, son claros ejemplos de la influencia que tienen los procesos mentales y psicológicos en el equilibrio físico y orgánico. Y es para tomárselo en serio ¿no creen?

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 29 de diciembre de 1996.

Nuestro inmenso Poder Mental (4)

Ya alguien dijo una vez que "Si nuestro cerebro fuera tan simple como para poder entenderlo, de todas formas seríamos tan tontos que no lo podríamos entender". Hay muchas cosas que no sabemos y puede que nunca lleguemos a averiguar sobre cómo funciona, en realidad, la mente humana. Todas las personas, unas más, otras menos, nos hemos sentido alguna vez frustrados al descubrir que no somos capaces de conseguir unas determinadas metas que nos habíamos propuesto; a veces, nos vemos atrapados en una rutina que no sabemos cómo superar y, para no amargarnos más la existencia, utilizamos un mecanismo de defensa, yo diría que equivocado, que llamamos Conformismo: "Soy así, esto es lo que hay, así que será mejor que lo acepte". Sin embargo, no podemos quedarnos en esto; si todos pensáramos lo mismo, nuestra especie desaparecería al no ser capaces de evolucionar de acuerdo con las exigencias de cada día.

A lo largo de los años, en nuestro cerebro se van formando "circuitos", según cita el Dr. Benson, de la Universidad de Harvard (Estados Unidos, 1987); es decir, vías físicas que controlan nuestros pensamientos, nuestras actuaciones y nuestros sentimientos; y quedan instauradas de tal manera que parece que ya es algo inamovible; no obstante, esto no es así, porque de la misma forma que se han hecho, se pueden deshacer o modificar; y si esto resultara difícil (que lo es, para qué vamos a negarlo), podríamos decir que igual que se han hecho unos "circuitos" para actuar de una determinada manera ante un determinado estímulo, también se pueden hacer otros para responder de otra forma ante ese mismo estímulo; todo es cuestión de proponérselo y de trabajar con constancia y sin rendirse para conseguirlo.

Baste un ejemplo, comprobado por el mencionado Dr. Benson y un grupo de colaboradores, para hacernos una idea de lo que nuestra mente, bien entrenada, puede conseguir. Estos investigadores viajaron hasta un monasterio del Tibet donde, según sus informaciones, los monjes habían conseguido, gracias al adiestramiento de su cuerpo y de su mente, unas capacidades difícilmente imaginables. En la medianoche del día 5 de febrero de 1985, diez monjes (acompañados del equipo de observadores, los cuales iban tapados, como suele decirse, hasta las orejas), sin más indumentaria que unas sandalias, un taparrabo y una ligera tela de algodón a modo de capa, se dispusieron, sobre un monte desnudo a 6.200 metros sobre el nivel del mar, y a 18º centígrados, bajo cero, a pasar la noche a la intemperie. Llegado el momento, se quitaron las sandalias y se sentaron en cuclillas, inclinando la cabeza hacia adelante, hasta apoyarla en el suelo. En esta posición y, como digo, prácticamente desnudos, empezaron un período de meditación que no abandonaron hasta ocho horas después. Ni siquiera reaccionaron cuando, a primeras horas de la mañana, les cayó encima una ligera nevada. Se limitaron a permanecer inmóviles, meditando, durante esas ocho horas consecutivas, tan quietos que los observadores pensaban que se habían congelado. Al cabo de ese tiempo, respondiendo al sonido de un cuerno, se pusieron de pie, se sacudieron la nieve, se calzaron las sandalias y bajaron hasta su monasterio tan tranquilos, como si hubieran pasado la noche (una noche de -18º C.) en el mejor y más confortable hotel. En todo este tiempo, a ninguno se le vio temblar ni una sola vez, lo cual constituye la reacción más lógica de nuestro cuerpo para generar el calor que necesita a fin de poder mantenerse con vida a bajas temperaturas. No les hacía falta. Su mente estaba dando las órdenes necesarias para que su cuerpo se calentara en total quietud, sin temblores ni ejercicio físico.

Por supuesto que no es cuestión de que el resto de los mortales intentemos prepararnos para pruebas como ésta; pero quizá el hecho mencionado nos ayude a comprender de lo que podemos ser capaces. Y si se pueden conseguir tales imposibles, ¿es que acaso no vamos a intentar superar las pequeñas pruebas de cada día? Tal vez estas cosas nos animen a enfrentar nuestros insuperables problemas.

Partamos de un hecho básico: los hábitos, las pautas de pensamiento y las actitudes no son algo rígido; nuestra mente es moldeable y capaz de dejarse imprimir formas y disposiciones nuevas; y todo esto es posible porque los, aproximadamente, 10.000 millones de neuronas que constituyen nuestro cerebro y que pueden establecer billones y billones (con B) de conexiones entre sí, entablan estas conexiones en función de los cambios que realizamos en nuestras pautas de comportamiento o de pensamiento. Así, por ejemplo, si como resultado de una determinada interpretación ante un estímulo concreto, hemos desarrollado una fobia, con esto hemos creado unas específicas conexiones entre neuronas; por tanto, si conseguimos establecer otras conexiones diferentes, las que inicialmente mantenían la fobia pueden ser reemplazadas o alteradas, eliminando de nuestro repertorio emocional y conductual esa respuesta que nos hace tanto daño a nosotros mismos.

No les estoy hablando de Ciencia-Ficción, ni de operaciones mentales propias de seres extraterrestres. Me permito presentarles a los auténticos "Ustedes Mismos". No somos seres limitados; así pues, tenemos la obligación moral de no limitarnos. Vivimos centrados en nuestros problemas personales, buscando constantemente la manera de solucionarlos y me atrevo a afirmar que es en nuestra propia mente donde están las auténticas respuestas. Sólo es cuestión de trabajar, con o sin ayuda, para acceder a ellas.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 5 de enero de 1997.

El Porqué de las Supersticiones

Voy a empezar con una afirmación categórica, aunque no es mi intención, de ninguna manera, sentar cátedra sobre algo; como suele decirse para eso, "Doctores tiene la Iglesia..." El origen de las supersticiones está en nuestra propia mente; no se trata de fenómenos paranormales, ni de espíritus malignos que se divierten haciéndonos trastadas a los humanos. Es algo más simple y a la vez más complejo. Se trata de sugestiones y de convencimientos. Hemos visto, estas semanas de atrás, que la mente está capacitada para hacer lo que quiera, tanto a nuestro favor como en contra nuestra, porque ¿quién quiere ponerse enfermo, a no ser que sea para librarse de la Mili, por ejemplo? y sin embargo, como ya se ha mencionado, la inestabilidad emocional y psicológica influía lo suficiente como para provocar alteraciones físicas o, incluso, auténticas enfermedades.

Pero veamos; todos hemos oído comentar las consecuencias nefastas que puede tener el pasar por debajo de una escalera, derramar la sal, romper un espejo, etc. Y son creencias tan arraigadas que han pasado a ocupar un lugar en nuestro cerebro; digamos que nuestra mente ha quedado programada para actuar de una determinada manera cuando se produce cualquiera de esas circunstancias; o sea, estamos predispuestos ya a que, ante esos hechos, algo nos salga mal y, como nosotros sólo ejecutamos las órdenes que parten de nuestra mente, seremos nosotros solitos lo que preparamos el ambiente y nos ponemos en situación de que algo en realidad salga mal. Pero lo curioso del caso y, debido al poder de nuestra mente, es que estas predicciones negativas se suelen cumplir; lo cual nos da razón para seguir manteniendo la superstición.

Nos detendremos ahora un momento en cómo se desarrolla este proceso: Yo, por ejemplo, estoy convencida de que si rompo un espejo, me va a ocurrir alguna desgracia. Si tan convencida estoy de ello, si lo creo tan ciegamente, lo más lógico es que al romperlo, me entre miedo, pensando en esas posibles consecuencias. El miedo, como vimos en otra publicación al respecto, me va a producir una gran inseguridad, enturbia la claridad normal de mi mente, distrae mi atención, reduce mis capacidades de reacción y entorpece mi respuesta muscular. En estas condiciones, salgo a la calle; la inseguridad hace que mire constantemente hacia cualquier lado, pensando dónde puede estar el peligro; esto tiene como consecuencia la distracción y en vez de centrarme en que tengo que atravesar una avenida llena de coches, por el paso de cebra, como voy tan distraída, me pongo a cruzar sin más, incluso antes de haber llegado al semáforo. Siento que un coche toca la bocina, pero no reacciono a tiempo y mis piernas se quedan como aletargadas, clavadas en el suelo, en lugar de dar marcha atrás y volver a la acera. Consecuencia: el coche se me echa encima y, cuando recobro el conocimiento, voy en una ambulancia, camino del hospital. Y diré: "¡Si ya sabía yo que algo me iba a pasar!". Probablemente, cuando vuelva a casa, no querré ni acercarme a un espejo, pero mi superstición queda confirmada y, por tanto, me reafirmaré en esa creencia. Puede que el ejemplo sea excesivo, pero estas cosas funcionan así. Por el contrario, si al romper el espejo, no le hago el menor caso, saldré a la calle con mis cinco sentidos puestos en que tengo que cruzar cuando lo indique el semáforo y, sólo entonces, atravesaré, llegando a la otra acera sana y salva; incluso con las piernas bien dispuestas a correr los últimos metros, si el semáforo se vuelve a cerrarse antes de haber alcanzado el extremo opuesto.

Lo mismo ocurre con el caso de esas personas que llevan colgado el sambenito de "gafes". Suelen ser individuos inseguros y miedosos; esto les hace ser torpes y su torpeza puede tener consecuencias negativas tanto para ellos mismos como para los que les rodean. Y me dirán: pero si esas creencias están tan arraigadas para ellos mismos como para los demás, ¿cómo podemos librarnos de ellas? Ya mencioné que el cerebro había sido programado en ese sentido; pues bien, lo que hay que hacer es desprogramarlo e instalar, en su lugar un programa diferente. No es cuestión de una sesión, ni de dos, pero se puede hacer. Nuestro cerebro está formado por miles y miles de neuronas que se unen entre sí, en lo que llamamos sinapsis; es decir, sus brazos se entrelazan con los de otras neuronas constituyendo así la red del tejido cerebral. Cada uno de estos nudos o conexiones corresponden a una determinada información, habilidad, etc; o sea, se trata de una orden que el cerebro puede emitir en un momento dado, si se produce el estímulo necesario para desarrollarla. Pero no es algo fijo, ni inamovible; porque al igual que se hizo ese lazo, también se puede deshacer y esto costará más o menos, en función de cuándo y cómo se produjo, si es algo que hemos aprendido o inventado nosotros mismos, o es algo que viene ya instaurado de generación en generación.

Sirva un ejemplo: cuando alguien no sabe nadar, existe una sinapsis que le incapacita para esta acción; pero un día decide aprender y a fuerza de practicar, consigue deshacer ese enlace, creando otro que, al configurarse de forma diferente, ya le permite nadar; me explico, su cerebro ha sido reprogramado para desarrollar una habilidad que antes no poseía; y a partir de ese momento, con mayor o menor soltura, lo cierto es que, cuando se meta en el agua, sabrá qué hacer para mantenerse a flote.

Pues trasládenlo a otros niveles; el procedimiento será muy parecido, aunque los efectos, en algunos casos concretos, podrán ser tremendamente llamativos.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 23 de febrero de 1997.

El Yo: un "Todo"

¿Se han parado a pensar en la expresión "se me pone la carne de gallina"? En muchas ocasiones, se trata de una respuesta fisiológica ante una estimulación concreta, por ejemplo, el frío; pero ocurre que, también, lo experimentamos como consecuencia de una emoción más o menos intensa. Empecé esta serie de artículos con un título muy específico, aunque muy amplio: "Las relaciones mente - cuerpo"; y no quiero terminarla sin puntualizar algunas cosas que, a pesar de ser muy generales, me parecen importantes. Nuestra experiencia de cada día está inundada de vivencias como la que hemos mencionado al principio: emociones o sentimientos que derivan directamente en una manifestación orgánica o fisiológica; pero también está llena de reacciones a la inversa, es decir: trastornos fisiológicos que influyen para producir estados anímicos diferentes, como es el caso de una simple gastritis que puede generar una irritabilidad o una ansiedad en ocasiones, quizá, desproporcionada.

Entonces, partamos de un punto más que evidente: el cuerpo y la mente, lo físico y lo psicológico, están funcionando permanentemente en una interrelación, me atrevería a decir que, indestructible. Pero esta interrelación no es algo estático, sino que puede desarrollarse tanto en la armonía más absoluta como en la disonancia más llamativa. En las fases de armonía, la característica más evidente es la ausencia de alteraciones psicológicas o fisiológicas que inclinen la balanza de un lado o de otro; en estas circunstancias, la mente y el cuerpo pasan desapercibidos como tales y es el yo único el que adquiere protagonismo; o sea, la conciencia de una unidad total, la conciencia de persona como ente indisoluble; es la perfecta sincronía entre todas las partes de un todo para que sólo se perciba ese "todo". Ninguna parte influye más que la otra, por lo que no se produce ni angustia, ni dolor, ni tristeza... La expresión más clara de este estado es la que sentimos cuando hablamos de "estar en paz con nosotros mismos"; cuando sentimos una gran tranquilidad; incluso, hay quien la define con estas palabras: "me sentía como si estuviera flotando". Sin embargo, ocurre que, de pronto, parece que algo se rompe y entramos en la fase de disonancia; se resquebraja la armonía y entran en conflicto lo psicológico o lo corporal; es entonces cuando sentimos la mente o sentimos el cuerpo, como si funcionaran por separado aunque, paradójicamente, cuando sentimos uno, sentimos también el otro.

No obstante, todo esto no ha estado siempre tan claro, quizá por el esfuerzo, mantenido a lo largo de tantos siglos, para separar lo divino de lo humano. Así, a pesar de que ya Hipócrates habló de la "relación mente - cuerpo", estas teorías fueron prácticamente silenciadas por el predominio de la dualidad (alma y cuerpo), hasta que, en el siglo XIX, y concretamente con el desarrollo del Psicoanálisis, Freud trató de explicar algunos trastornos somáticos como consecuencia de determinadas alteraciones psicológicas. Y ahora, dejemos a un lado esta breve reseña histórica para volver a nuestro cada día, donde podemos encontrar múltiples ejemplos de lo que venimos exponiendo. "Cuando se dirigió a mí, me empezó a palpitar el corazón"; "Tenía una entrevista importante y se me quedó la boca tan seca que no podía hablar"; "Lloré cuando vi nacer a mi hijo"; "Me temblaba la voz cuando tuve que darle la mala noticia"; "Cuando iba al examen, me temblaban las piernas"... Podría seguir escribiendo ejemplos y no acabaría; y en todas estas circunstancias se observa lo mismo: una emoción o un sentimiento, ya sea positivo o negativo, se manifiesta a nivel fisiológico, con taquicardias, sequedad de boca, lágrimas, tartamudeo, temblores, etc. Ahora bien, a poco que nos fijemos, nos damos cuenta de que en ninguna de estas situaciones podemos hablar de que se padezca una enfermedad; no obstante, tales manifestaciones pueden ser síntomas, en un momento dado, de algún trastorno orgánico. Entonces, la reacción fisiológica también, y señalo la palabra, se puede producir como consecuencia, única y exclusivamente, de una vivencia psicológica. Nuestro cuerpo se queja del sufrimiento de nuestra mente pero, a la vez, es un indicador evidente de que algo se ha alterado, lo cual nos permite poner los medios necesarios para solucionarlo a fin de recuperar nuevamente la armonía.

Pero no se trata sólo de solucionar lo que ya se ha producido; lo más adecuado sería prevenir para que no se produzca, entre otras cosas porque uno se puede evitar males mayores. Por regla general, la descompensación "mente - cuerpo" se produce por un enfrentamiento entre lo que somos y lo que queremos ser o lo que debemos ser. ¿Por qué tenemos que ser algo, cuando somos otro algo muy distinto? Ya una vez mencioné que "la felicidad está en sentirse bien con uno mismo". Y no se trata de un conformismo que lleve a la resignación; se trata, más bien, de conocer cómo somos en realidad y de saber explotar correctamente nuestros propios recursos. Es un gran error considerarnos como unos inútiles, cuando estamos dotados de una mente capaz de conseguir lo inimaginable. Alguien dijo una vez: "Hasta un reloj parado es capaz de dar la hora exacta dos veces al día". Pues bien, queridos amigos, sé que no me equivoco al afirmar que el ser humano vale mucho más y es capaz de mucho más que el mejor y más exacto reloj inventado por él; porque un producto nunca, bajo ningún concepto, podrá superar a su creador.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 27 de abril de 1997.

La Culpa y sus Culpables

"Si la culpa fuera mocita, se quedaría soltera" solían decir nuestros abuelos para manifestar, en forma de refrán o de expresión popular, lo que todos sabemos: aquello de "¿qué será la culpa, que nadie la quiere?" Tener culpa de algo es tener la responsabilidad sobre un suceso o sobre una situación, cuando de este suceso o de esta situación se derivan una serie de consecuencias negativas para la propia persona o para los que le rodean. Entonces, desde el mismo momento en que esa culpa o esa responsabilidad se asocia a algo negativo, nadie queremos vernos relacionados con ella.

Tanto el Código Civil como el Código Penal nos dan definiciones muy específicas de lo que la culpa y la culpabilidad suponen en nuestras relaciones sociales, pero esto lo dejaremos para los profesionales del Derecho y aquí nos centraremos en cómo afecta esto sobre esa determinada persona que manifiesta sentimientos de culpabilidad o, en ocasiones, complejos de culpabilidad.

Pero empecemos por el principio. En Psicología se define la Culpa como ese estado emocional que sigue a una acción que el individuo considera reprensible. Esto nos lleva directamente al castigo; o sea, lo más normal es que a un acto reprensible le siga una consecuencia negativa, un castigo, que sufrirá aquél que tiene la culpa y, díganme, ¿a quién de nosotros nos gusta que nos castiguen, aunque seamos conscientes de lo justo de tal circunstancia? Creo que, con excepción de los masoquistas, nadie más queremos pasar por ello, de ahí que, a la mínima, intentemos arrojar balones fuera y, si podemos cargar a otro con esa culpa, mucho mejor... Y ¡qué carga tan pesada puede resultar! aunque no se perciba a simple vista... No nos faltan ejemplos ni en la Biblia, ni en la Historia, ni en el transcurrir diario de nuestra sociedad, de personas que, aquejadas por un gran sentimiento de culpa, decidieron suicidarse como única salida posible a ese malestar. Resulta tan lamentable que puede ser incluso difícil de explicar; a pesar de que se podría establecer una relación bastante directa entre el impacto de un sentimiento de culpabilidad y la inseguridad personal, en el sentido de que cuanto más inseguro se siente alguien, a cualquier nivel en que nos movamos, peor afronta la culpa y peor es su respuesta ante la misma. Aunque siempre es difícil asumir este hecho, sí es cierto que una persona equilibrada, con un nivel normal de autoestima, que se siente segura tanto de sí misma como del ambiente afectivo y social que le rodea, esta persona, como digo, responde mejor ante su responsabilidad en algo y, llegado el caso, está mejor capacitado para ofrecer y poner en marcha soluciones que palien en todo o en parte el error cometido. Y ya que lo he apuntado, a pesar de que haya sido de pasada, conviene dejar clara la influencia que puede tener en todo esto el clima afectivo en que se desenvuelve cada ser humano; no obstante, y aunque es vital esta circunstancia en el desarrollo de la personalidad, el detenernos en ello supondría dejar, en cierto modo, de lado el tema que nos ocupa, debido a todo lo que puede derivarse de esto y a todo lo que hay que tener en cuenta para tratarlo adecuadamente, así que les emplazo para otro artículo en el que nos extenderemos sobre esta cuestión.

Ahora, sin embargo, quisiera apuntar algunos aspectos del sentimiento de culpabilidad planteado ya en términos psicopatológicos. En clara oposición a que nadie quiere sentirla, en procesos neuróticos y, más concretamente, en los obsesivos, se suele presentar con bastante frecuencia, sobre todo en forma de reproches contra uno mismo, debido, de manera especial, a un sentimiento difuso de indignidad y de vergüenza. En los estados depresivos, también es bastante corriente la autoacusación, bien de cara a los demás como para sí mismo; se sienten tan bajos, tan mezquinos, tan nadie, que se consideran merecedores del desprecio de los demás y, si se merecen ese desprecio, es porque se autorreconocen culpables de cosas inconfesables; pero, lejos de permitirse un enfrentamiento con la situación para averiguar, a ciencia cierta, cuáles son esos pecados, se sumergen aún más, como si de una respuesta masoquista se tratara, en su sentimiento de culpabilidad el cual, en un círculo vicioso perfecto, les hunde por completo en la anulación de la propia personalidad.

Claro que, puestos a rizar el rizo, es peor (al menos, socialmente) el caso de esos delincuentes o criminales psicópatas que manifiestan un agudo sentimiento de culpabilidad por el mero hecho de imaginar el delito que van a cometer, en los que esa culpa no es consecuencia de la comisión de tal delito, sino que, por el contrario, es el motivo más directo que les lleva a ejecutarlo; esto, por enrevesado que parezca, se explica porque, en estos individuos, la idea del crimen les resulta asfixiante y tanto más cuanto más inmaterial es la misma, por eso, para librarse de la angustia de culpabilidad, necesitan, y subrayo la palabra, cometer el delito ya que, al convertirse éste en algo real, que se puede ver, es como si saliera efectivamente de su mente, como si se liberaran de ese peso que han conseguido, por fin, arrojar fuera de sí, con lo que obtiene descanso mental y, en algunos casos, hasta un placer relajante.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 4 de mayo de 1997.

Criminales "normales" y "psicópatas"

El pasado domingo hice alusión al descanso que experimentaban los criminales psicópatas cuando conseguían cometer su crimen y, dado el alarmante aumento de tales conductas que nos asaltan a través de los medios de comunicación, me parece interesante aportar unas reflexiones al respecto que sirvan para explicarlas, en la medida de lo posible. Quizá antes, no obstante, sea útil establecer la diferencia entre el delincuente normal y el delincuente psicópata. El primero, por decirlo de alguna manera, elige su conducta, aunque existan determinadas circunstancias familiares, económicas y sociales que parece que le empujan a ello; en todo caso, se trata de ese individuo que, por una u otra razón, considera que ésa es la única forma de conseguir lo que quiere, aun teniendo la posibilidad de optar por otras alternativas; se trata, pues, de una salida voluntaria de la cual, se arrepientan o no a continuación, son conscientes. En el segundo caso, el tema se complica un poco más.

El Dr. Vallejo-Nágera ya expuso, en su día, sus teorías al respecto y hoy quiero hacerme eco de ellas porque las sigo considerando de gran actualidad. Existen determinadas personas, calificadas de normales, que razonan bien y con un sentido claro de la realidad, en las que, sin embargo, a veces se perciben conductas anómalas y extrañas. Pueden llegar a percibir el ambiente, en ciertas ocasiones, y responder a él de una forma tan inadecuada que entorpece su adaptación al mismo, aunque no exista una enfermedad o un trastorno mental que lo explique. No obstante, y mientras las consecuencias de tales respuestas no sean perturbadoras o peligrosas para él mismo o para los demás, estaremos ante determinados rasgos antisociales de la personalidad, pero las cosas no pasarán de ahí. Ahora bien, si la inadaptación social y el sufrimiento que ello conlleva son más serios y persistentes, estaremos ya ante un claro trastorno de la personalidad.

Se suele definir, aunque no sea técnicamente correcto, a estas personas como psicópatas y no es correcto porque, realmente, el término psicópata se aplica al "enfermo mental" y ya sabemos que el psicópata al que nos referimos no lo es. Otra definición que se le puede dar es la de Sociópata, por su inadaptación social, pero no nos extenderemos más en estas cuestiones de vocabulario y, para centrarnos en lo que nos ocupa, seguiremos utilizando el término psicópata.

Estos "trastornos" suelen presentar sus primeras manifestaciones en la adolescencia, con conductas que, aparentemente, no van a ningún sitio, pero que es necesario darles la importancia que se merecen; hablamos, por ejemplo, de pequeños y a veces insignificantes robos en casa o en el colegio, mentiras reiteradas, algún que otro acto vandálico; en general, serían pequeñas aunque frecuentes violaciones de las normas familiares o sociales. Pero todo esto tiene que deberse a algo y, al no haber un trastorno mental que lo explique, las diferentes investigaciones psicológicas apuntan al hecho de que estas conductas violentas se aprenden; es decir, de entrada, suele ser una persona violenta aquella que ha sido tratada violentamente; sin embargo, también es cierto que existen personas que dan ejemplo de todo lo contrario. Esto nos llevaría, entonces, a las diferencias individuales y al modo en que cada uno procesamos la información que nos viene del ambiente. Probablemente, una personalidad débil se convierta más fácilmente en un mal procesador de sus experiencias, lo que le lleve directamente a responder de una forma inadecuada, a pesar de lo mal que pueda sentirse por ello. Sin embargo, estos temas son bastante más complejos y quizá se haga necesario ahondar más en ellos para sacar alguna conclusión clara.

Recientemente ha vuelto a saltar ante la opinión pública el descubrimiento, en Bélgica, de una serie de asesinatos que, por tener las mismas características, parecen obra de un solo individuo, con lo cual estaríamos, probablemente, ante un psicópata, asesino en serie, que mata y mutila a sus víctimas y que, por desgracia, no es el primero ni será el último. Tanto la ficción, como la realidad, nos presentan de vez en cuando estos sucesos que son difícilmente comprensibles para el común de los ciudadanos; y es más incomprensible aún cuando se descubre que ese asesino estaba conviviendo con nosotros, como una persona normal, que no llamaba la atención por nada, que realizaba bien su trabajo y que, incluso, era una buena persona para sus vecinos, un poco tímida, quizá, pero muy amable. Y a pesar de todo esto, había sido capaz de semejantes horrores... ¿Cómo es posible?

Siempre resulta muy difícil de explicar algo que, de entrada, parece inexplicable; lo cierto es que, en el lado oscuro de estos individuos hay algo que está latente, esperando esa señal que lo activa. Si me permiten la comparación, sería algo así como un virus informático; está en el ordenador, pero no se manifiesta hasta que no se dan conjuntamente una serie de circunstancias; acuérdense de aquel famoso virus "Viernes, 13": no pasaba nada si era viernes; no pasaba nada si era un día 13 cualquiera; pero si coincidía el día viernes, con la fecha 13, se activaba y descomponía el sistema operativo. Bien, sirva esto como botón de muestra. Seguiremos hablando de ello.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 11 de mayo de 1997.

"Psicópatas": Asesinos en serie

Así pues, y siguiendo con lo que apuntamos el domingo pasado, tenemos a ese individuo, aparentemente normal, que nos saluda muy amablemente cuando nos lo encontramos por la calle... Y, de pronto, una tarde nos quedamos todos consternados cuando vemos que es detenido por la policía, acusado de un cúmulo de horrores que no acertamos ni a imaginar... ¿Ficción?... No.

Por supuesto, en esto como en la mayoría de los temas que se tratan bajo el punto de vista de la Psicología, no podemos generalizar, ni hablar de conductas - tipo, debido precisamente a las diferencias individuales que propician el desarrollo de una personalidad en un determinado sentido; no obstante, quizá sí podamos mencionar algunas características que nos ayuden a comprender cómo estos individuos pueden llegar a cometer semejantes atrocidades.

Debemos partir, entonces, de una infancia y una adolescencia sumidas en un ambiente familiar represivo; incluso, aunque no necesariamente, violento; en el que el castigo y las recriminaciones constituían la única forma de relación entre sus padres o tutores y él; los adultos buscaban el respeto de ese niño, pero consideraban que únicamente podían lograrlo a base de inculcar el miedo. Todo está mal, todo es castigable; "no vales para nada"... Así se va desarrollando un gran sentimiento de culpa que, por un lado, entorpece el desarrollo normal de su personalidad y, por otro, le incita a escapar de esa situación. Sin embargo, esta escapada no se produce porque se está convirtiendo en un ser retraído y tímido, al que le falta valor para hacerlo y porque teme las consecuencias que se pueden desencadenar si su intento de huida fracasa. Con esto, lo único que le queda es seguir aguantando y, a la vez, alimentar su deseo de venganza. No obstante, como cada vez su sentimiento de culpa es mayor, ese deseo de venganza se va reprimiendo, pero al ser éste tan fuerte, en lugar de anularlo, pasa a replegarlo hacia el subconsciente, donde se queda latente, esperando su momento de estallar y nutriéndose, mientras tanto, con nuevas represiones.

El paso del tiempo quizá le haya abierto alguna salida y hay quien supo aprovechar esa oportunidad para reorganizar su personalidad y salir airoso de una situación tan traumática, pero también, y esa es la triste realidad, se da el caso de ese otro individuo que, aparentemente, logra algún éxito, encuentra un trabajo al que responde bien, pero sigue sufriendo los efectos de la represión, sigue teniendo miedo y sigue, inconscientemente, esperando la oportunidad de vengarse.

Hasta que un día, de forma casual, se encuentra a solas con una persona con la que, sin un motivo especial, se siente superior; por primera vez en su vida, siente que es él quien tiene el control de la situación; se ve a sí mismo como alguien poderoso, con capacidad para hacer lo que quiera; eso le produce un placer indescriptible y empieza a disfrutar de esa circunstancia; sus miedos, sus temores se esfuman; se siente como alguien diferente y, de pronto, esa otra persona, para su desgracia, hace o dice algo que despierta en él aquel latente deseo de venganza; quizá se haya tratado de algún gesto o algún comentario en tono de burla, lo que espolea en él aquel sentimiento que siempre se había visto obligado a reprimir. Pero, ahora se siente poderoso; ahora puede dar rienda suelta a todo lo que siente, porque ahora no le pueden castigar, porque nadie les ve y "éste (o ésta) me las va a pagar... es igual que todos los demás... se está burlando de mí..." Y en medio de esta vorágine mental, comete su crimen. Ahora bien, la ejecución del delito le ha producido un gran placer al sumar la sensación de poder, con el sabor de la venganza, con la conciencia (o la inconsciencia) de la impunidad, con el sentimiento de liberación de sus represiones y con el hecho de que, por primera vez, ha podido reprimir (y esto sí le gusta) su complejo de culpabilidad. Con todo ello, el "quid" de la cuestión está ahora en el gran Placer experimentado. Y el placer es una sensación psicofisiológica que, debido a las descargas químicas y eléctricas que provoca, induce al cuerpo y a la mente a buscarlo y a intentar experimentarlo en ocasiones posteriores y, si cabe, cada vez más frecuentes. Así pues, este individuo que ha encontrado su especial y más intenso placer cometiendo ese crimen, necesitará cometerlo otra vez para experimentar lo mismo, enganchándose de tal forma a ese caballo que llegará un momento en que no podrá dejar de hacerlo... Convirtiéndose en ese temible asesino psicópata.

Hemos visto cómo ha logrado reprimir sus sentimientos de culpabilidad y, sin embargo, de la misma forma que en su día afloró su deseo de venganza, en un momento dado empieza también a salir a flote su culpa, concretamente cuando más frecuentes son sus crímenes; será entonces y a partir de ese momento, cuando, consciente o inconscientemente, vaya dejando en cada uno su marca, como la única forma de firmar sus actos. Con esto, por un lado, se descarga de culpabilidad, ya que se identifica y si no le atrapan es "porque son tontos" y, por otro, quizá la tensión emocional a que se ve sometido le obliga a dejar de ser una sombra, para que le atrapen de una vez y terminen para siempre con esa espiral en la que se metió con placer y en la que ya se siente tan incómodo. Algunos, muy pocos, se suicidan. Pero la mayoría necesitan ser identificados como una forma "in extremis" de vengarse de la sociedad que le creó: "Soy vuestro producto; vosotros sois los verdaderos asesinos..."

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 22 de junio de 1997.

Nosotros y los Impuestos

Me van a permitir que juegue un poco con el doble sentido de la palabra Impuestos, aunque, al final, y tanto en lo que tiene que ver con Hacienda, como en esas otras cosas que no nos apetecen, pero que no tenemos más remedio que asumir, todo queda reducido a una sola expresión: Lo que se nos impone. Y es precisamente porque se nos impone, por lo que se lleva tan mal, se hace a regañadientes y, en la medida de nuestras capacidades o de nuestra osadía, se intenta esquivar.

Estamos en plena campaña de Declaración de la Renta y, por eso mismo, quizá serían los propios funcionarios del Ministerio de Hacienda los que mejor podrían hablar hoy de este tema, especialmente si se trata de hacer una definición de la actitud que, en términos generales, manifiesta el ciudadano "de a pie" frente a sus mostradores o nada más traspasar las puertas de ese recinto que, más que un edificio destinado al servicio público, se percibe como un patíbulo o una cámara de torturas. Así pues, por fin, una infausta mañana, tras mucho retrasarlo, quizá con la esperanza de que un milagro nos evite semejante comparecencia, allá vamos, usted y yo, con nuestros papeles debajo del brazo, con una expresión en la que se hace patente un cierto matiz avinagrado y con un talante similar a como si nos hubiéramos echado, de golpe, veinte años encima. No es para menos, Si hay algo que nos duele especialmente es que nos apuñalen en el bolsillo, por aquello de que nos hace daño desprendernos de lo que tanto esfuerzo nos ha costado conseguir y, en el supuesto de que no haya sido demasiado el esfuerzo invertido, no es menos cierto que el dinero ganado o conseguido, de una u otra forma, es de esas cosas que quedan revestidas inmediatamente con la capa de la propiedad, lo que hace que, si bien podemos disponer de ello y hacer con ello lo que queramos, sin embargo, al no ver en ese desprendimiento una utilidad que revierta sobre nosotros mismos, de forma inmediata, nos parece que nos lo están robando y nadie se brinda gustoso a que le roben (a no ser que vaya a cobrar un suculento seguro, pero eso es otra historia). Además, y para rizar el rizo, está el agravio comparativo de aquellas personas que viven en los llamados paraísos fiscales: ¿Por qué ellos no y yo sí?...

Nosotros, personas integrantes de una sociedad que presume de democrática, tenemos a gala ser individuos libres, con capacidad para hacer y deshacer y con facultades propias para decidir, para actuar o para no actuar, cuándo, cómo y dónde consideremos oportuno. Por eso, el hecho de que alguien trate de imponernos algo, va en contra de lo que consideramos como nuestros derechos; que nos obliguen a algo activa inmediatamente nuestro afán de defendernos ante lo que consideramos una agresión a nuestra libertad de opinión o de actuación. Y es tanto más chocante que sea el propio Estado, en teoría el garante de nuestros derechos y libertades, el que nos imponga unas aportaciones con las que sólo en una mínima parte (si acaso) está de acuerdo. Todo esto nos produce una sensación de abuso de poder, de ser exprimidos como si fuéramos unos simples frutos cítricos, de humillación ("¡Tú bajas la cabeza y pagas... y no hay más que hablar!") tal que tiene como consecuencia directa el deseo de rebelarnos y, en la medida de lo posible, defraudar y engañar, como única defensa factible ante lo que no nos parece justo.

Y, llegados a este punto, de nada sirve que se nos diga que ese dinero que nos vemos obligados a soltar, que esos Impuestos que se nos imponen por imperativo legal (¡Uf!), van a servir para que tengamos una mejor Sanidad Pública, o mejores Infraestructuras o, en resumen, mejores Servicios para la Sociedad, porque, en primer lugar, no lo vemos de forma clara (la Sanidad es un batiburrilo donde, sólo si tienes suerte, te operan antes de que te mueras; las carreteras parecen caminos de cabras que ni con bacheos periódicos se arreglan, etc); y en segundo lugar, porque no lo vemos de forma inmediata; es decir, nuestro esfuerzo no tiene una recompensa directa y, por eso mismo, no nos apetece hacer dicho esfuerzo. Porque cuando usted y yo hacemos algo, por muy altruistas que presumamos de ser, esperamos que eso nos aporte un cierto beneficio, si no material, si social o humano, por el reconocimiento público que tal acción pueda tener. Psicológicamente, necesitamos de ese refuerzo, ya no sólo para compensar lo aportado, sino para que sirva de estímulo que nos promueva a realizar esfuerzos posteriores. Sólo en ese juego de estímulo - acción - recompensa, es en el que nos movemos de forma satisfactoria, ya que la búsqueda de la satisfacción y de la felicidad constituye la esencia de todo ser humano.

Por todo esto, nos llevamos tan mal con los Impuestos. Y hay quien dirá que, para él, el estímulo de pagar a Hacienda es no acabar con sus huesos en la cárcel o no tener que pagar la multa correspondiente. Ante esto, yo sólo puedo decir que eso no es un estímulo; que eso es una amenaza; que la amenaza implica un castigo y que un castigo, como método de persuasión, puede ser muy eficaz, pero desde luego, no puede funcionar de ninguna manera como aliciente necesario para traspasar las puertas de la Delegación de Hacienda con nuestros papeles bajo el brazo y con una sonrisa de oreja a oreja; ni aunque la Declaración salga Negativa, por la conciencia de que sólo hemos conseguido que nos devuelvan una parte muy pequeña de todo lo que nos hemos visto obligados a pagar por anticipado y por la sensación de que nos dan una limosna cuando ya se han aprovechado de lo que adelantamos.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 29 de junio de 1997.

¿Tenemos Prejuicios...?

La Psicología Social define los Prejuicios como una actitud compartida por una gran parte de los miembros de un grupo, en su interacción con otro grupo, y se suelen basar en ideas subjetivas o generalizaciones de observaciones aisladas, mucho más que en la experiencia y la información objetivas. Pero conviene hacer algunas aclaraciones previas: Tendemos a pensar que tener prejuicios significa hacer valoraciones negativas previas al conocimiento real de algo o de alguien; es decir, que el prejuicio supone una anticipación de las cosas negativas que nos vamos a encontrar. Y esto no es exactamente así; también se pueden tener prejuicios positivos, si, ante algo o alguien, estamos predispuestos a que nos guste, bien por lo que hemos oído decir al respecto o en función de nuestras ideas previas.

Entonces, ante la pregunta inicial de si tenemos prejuicios, una vez hecha la anterior puntualización, cabría responder que, desde el mismo momento que vivimos, o sea, que tenemos, disfrutamos o sufrimos, determinadas experiencias vitales, es bastante razonable suponer que sí tenemos prejuicios, tanto más cuanto más experiencias individuales y sociales acumulamos.

Si debido a su aprendizaje a lo largo de la vida, usted piensa que todos los políticos son unos egocéntricos, constantemente deseosos de que les adulen y de ser "el alma de la reunión", el día que un amigo le diga que le va a presentar al líder provincial de tal partido, usted ya se hará una imagen mental de cómo es ese individuo, se imaginará cómo va a actuar y las fantasmadas que dirá; e incluso, usted tendrá un prejuicio con respecto a ese político que le condiciona, de entrada, la actitud que debe mantener ante él. Pero, llegado el momento, descubre que se trata de una persona encantadora, que trata de pasar desapercibida y que está muy pendiente de que quienes le rodean se encuentren a gusto. Eso, ya para empezar, le rompe los esquemas y, en medio de esta ruptura, usted tiene que defenderse a sí mismo y, por tanto, a sus planteamientos previos, por lo que, una vez repuesto de la sorpresa, en primer lugar estará ojo avizor a ver si le pilla en el menor desliz que confirme su prejuicio, con lo que, probablemente, usted se muestre un tanto antipático y reservado, lo que hará que, quizá, ese político adopte frente a su persona una actitud también de reserva que usted aprovechará y definirá, en su fuero interno, como característica negativa; y, en segundo lugar, si pasado un cierto tiempo, no encuentra nada que reprocharle, se acogerá al refrán que dice "La excepción confirma la regla", con el único fin de no dar su brazo a torcer, ya que, por el hecho de que un político sea agradable, sincero y cercano, eso no significa que los demás también lo sean. No, señor. Usted tiene que defenderse y hace muy bien; si no nos defendemos a nosotros mismos y a nuestras posiciones ¿quién lo va a hacer? Además, para eso tenemos esos refranes que, tan oportunamente, nos pueden sacar las castañas del fuego.

Pero ¿dónde está el origen de todo esto? Los Psicólogos Sociales, especializados en el estudio del comportamiento humano, influyente en, e influenciado por el círculo social en el que se mueve, concluyen que los prejuicios, al igual que la mayoría de las actitudes que desarrolla una persona, a lo largo de su vida, tienen su punto de arranque o su motor de impulso en la protección de la propia estima. Si alguien descubre en sí mismo un rasgo que le resulta negativo o desfavorable, tenderá a percibir ese mismo rasgo en las personas que le rodean para, de esa forma, primero, sacarlo de sí mismo, ya que al ver la paja en el ojo ajeno, es más fácil dejar de ver la viga en el nuestro y, segundo, si ese rasgo lo tienen todos los demás, es porque se trata de algo normal, y en el momento en que algo es normal, se generaliza, ya no llama la atención y es más fácil de asumir, perdiendo, incluso, su carácter negativo.

Por otro lado, gracias a los prejuicios nos autojustificamos por nuestras acciones; o sea, nos protegemos de autorrecriminarnos una determinada actitud o conducta, con lo que, nuevamente, nuestra autoestima queda a salvo. Por ejemplo, si llegamos a convencernos de que un determinado grupo social es estúpido, es inmoral o es escoria, el hecho de que hagamos daño a un miembro de ese grupo, no nos acongoja, ni nos llena de remordimientos, sencillamente porque se lo merece. Entonces, no sólo nos conviene tener ese tipo de prejuicios, sino que es necesario mantenerlos porque de esa forma podremos seguir justificando posteriores conductas de marginación o de castigo con respecto a ese grupo.

En otro orden de cosas, y aparte de la autojustificación y de la necesidad de salvaguardar nuestra propia estima, está también la necesidad de poder, la necesidad de vernos superiores a otros, Cuando alguien se encuentra en una posición socio- económica baja, necesita la presencia de otro grupo a quien pisotear para sentirse superior a alguien; de hecho, diferentes estudios han demostrado que los prejuicios (sobre todo, los negativos) aumentan a medida que el estatus social de una persona es más bajo; lo que no quiere decir que alguien de un estatus socioeconómico alto no tenga prejuicios; todo lo contrario; aunque, en este supuesto los prejuicios serían necesarios para mantenerse en esa posición a modo de código moral, que le evite descender hacia estamentos inferiores.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 7 de septiembre de 1997.

Atribuciones: En busca del "Porqué"

Cuando hacemos algo o cuando nos ocurre algo, todos, sin excepción, y si no es en un primer momento, desde luego sí un poco más tarde, intentamos buscarle una explicación, tendemos a atribuirle una causa, haciendo bueno el comentario de que todo en esta vida tiene un Porqué. Más aún, en el supuesto de que no se encuentre una explicación aparente, directa o consciente, no por eso una acción se va a quedar sin su motivo, ya que, inmediatamente, le atribuimos un origen inconsciente. Y este fenómeno se produce más concretamente si actuamos como observadores de la conducta de otro, ya que, al instante, nos pondremos a la caza del porqué, haciendo todas las deducciones que sean necesarias hasta llegar a la explicación que consideramos más adecuada.

Todas estas explicaciones, todas estas causas constituyen lo que hemos denominado Atribuciones. Atribuimos a un Hecho su correspondiente Porqué. Pero no me voy a quedar aquí. Yo también voy a hacer atribuciones para tratar de explicarme y de explicarles por qué hacemos atribuciones. Las personas siempre tendemos a querer saber más; por poco curiosos que seamos, la curiosidad, más que un defecto, se trata de una cualidad gracias a la que conseguimos adaptarnos al ambiente que nos rodea, con lo que se convierte en una característica importante para la evolución de nuestra especie y, con ello, para nuestra supervivencia a través del tiempo. Sin embargo, sin entrar en consideraciones que tienden a infinito, los seres humanos necesitamos ir más allá de la información que inicialmente se nos da. Tenemos sed de saber, presente incluso cuando, en los primeros momentos de nuestra evolución como personas, no somos capaces de hacer atribuciones. Quién no ha sufrido en algún momento la etapa del porqué de un niño que, de forma diaria o casual, tenía a su lado; quién no ha sentido la incomodidad de no saber qué decir ante un torrente de porqués que buscaban el porqué de cada porqué. No se trata de ningún trabalenguas; usted y yo sabemos que esto es así, de la misma forma que ustedes y yo hemos sido víctimas alguna vez de semejante acoso. Es decir, si nuestro desarrollo mental, relacionado estrechamente con nuestra experiencia vital, no nos da para hacer atribuciones, no por eso nos vamos a conformar, sino que, al contrario, nos ponemos en marcha y acosamos literalmente a alguien para que las haga por nosotros, porque ciertamente se trata de una necesidad y, como apunté antes, es, casi, un instinto de supervivencia.

Pero es que, además, hay otra cosa a tener en cuenta en todo este embrollo. La idea que nos hacemos de los demás, el concepto que tenemos de los que nos rodean, depende directamente de las atribuciones que hacemos a su conducta o a su actitud. Por ejemplo, si nos incorporamos por primera vez a un determinado grupo de trabajo y, esa misma mañana, uno de los compañeros se acerca a nosotros, nos saluda, nos cuenta cómo suelen hacer las cosas, nos trata con una cierta confianza y, al despedirse, nos dice: "Por cierto: yo voy a ser tu jefe directo", inmediatamente nos pondremos a hacer atribuciones sobre su actitud y podemos pensar: 1) que, a pesar de ser nuestro jefe, nos ha dado confianza, lo que significa que le importan mucho las personas que trabajan con él; o 2) que va de simpático, pero, ante todo, deja constancia de que él es "el jefe" y eso nos puede resultar peligroso. El inclinarnos por una u otra atribución va a ser decisiva para las relaciones que vamos a mantener después con esa persona y le veremos como un compañero más o le miraremos con ciertas reservas y procurando no meter la pata delante de él. No sabemos con certeza por qué se ha mostrado así con nosotros; de hecho, nuestras interpretaciones pueden ser apropiadas o inadecuadas, pero eso no quita que hagamos conjeturas y, desde luego, no impide que, a partir de ese momento, le veamos o le tratemos en función de nuestras conjeturas.

Ahora bien ¿cómo son nuestras atribuciones cuando las realizamos en relación con nuestra propia actitud o conducta? Esto es más curioso aún y ¿por qué no?, forma parte también del instinto de supervivencia. Si cometemos un fallo, si nuestra conducta es incorrecta o nefasta, la responsabilidad de ello, el porqué, la causa de que lo hayamos hecho así, está en las circunstancias o en las personas que nos rodean: "Yo no hubiera actuado así, si él no me dice tal cosa". No obstante, si nuestra acción es acertada, si se trata de un éxito, "es que me he preparado a fondo", "es que me pareció que era lo más oportuno", o "es que el que vale, vale". Fíjense, sin ir más lejos, cuando alguien recibe los resultados de un examen; suele decir: "He aprobado" o "Me han suspendido"; no decimos "Me han aprobado ellos", o "He suspendido yo". También, en cuanto a las relaciones laborales, no solemos decir: "Me han aceptado en este trabajo", sino que decimos: "He conseguido este trabajo"; de la misma forma que no decimos: "Provoqué la pérdida de mi trabajo", sino que comentamos: "Me han despedido". En estos casos, como en la inmensa mayoría, nuestras atribuciones tienen una función de autodefensa. ¿Por qué tenemos que culpabilizarnos de algo, si podemos cargar la responsabilidad a alguien o a algo ajeno a nosotros? ¿Quién es el majo que le haría semejante faena a su propia personalidad?... Sin comentarios.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Seguimos necesitando Mitos

Hoy, uniéndome a los miles de comentaristas que, en todo el mundo, no han hablado de otra cosa desde el pasado domingo, 31 de agosto, quiero valerme de esta "Tribuna" para exponerles mi particular visión sobre lo que ha propiciado tal avalancha monotemática de información: La vida y la muerte de la Princesa Diana. Y si alguien se pregunta qué tiene que ver eso con la Psicología, confío en que las líneas que siguen le den una respuesta. Por encima de cualquier apelativo que se haya utilizado y que se utilizará para referirse a ella, la reacción de millones de personas en todo el mundo, ante esos desgraciados acontecimientos, ha elevado a esta mujer, con todas sus alegrías y sus penas, con todos sus dimes y diretes, con todos sus aciertos y con todos sus errores, a la categoría de Mito. Pero ¿por qué?

Cualquier ser humano, por el mero hecho de ser consciente, por suerte o por desgracia, de sus limitaciones, siempre ha sentido la necesidad de identificarse, de imitar, de admirar, a otro determinado ser humano, que representaba, para cada uno, lo que siempre había querido ser, de la misma manera que utilizaba a ese mismo ser humano para criticar, a veces de forma feroz, lo que más odiaba en él y que, curiosamente, siempre venía a resultar que era lo que más odiaba en sí mismo. Pero cuando todo esto se reúne en una misma persona que, a la vez, está en el punto de mira de media humanidad, es cuando en torno a ella se va creando la base que un día sostendrá su mítica figura. Y si, a mayores, se añade la trágica e inesperada muerte, su engrandecimiento es inversamente proporcional a la edad en que ocurre el deceso; es decir, cuanto menos edad tiene, cuanto más "lleno de vida", más se le mitifica.

En el caso que nos ocupa, cualquier persona que siguiera su vida podía estar en cualquier rincón del mundo, podía hacer infinidad de cosas; pero, sobre todo, podía hacer temblar los cimientos de la Monarquía más recalcitrantemente anacrónica del mundo y todo lo que ella representa. Si la Corona Británica simboliza la rigidez, la frialdad, las buenas formas en su estado más ridículo y desfasado, cualquiera que sea contrario a esta manera de ver la vida, encontró en Diana su más fiel valedora, con el punto añadido de haber salido de sus mismas entrañas, poniendo en jaque tanto la tradición como el poder establecidos. Luego, por encima de lo que hacía, estaba lo que significaban sus actos, en cuanto que su, bien llamada, venganza suponía la ruptura total, la desintegración de ese anacronismo. Así pues, al ser tantas las personas que, en el umbral del siglo XXI, quieren que todo eso desaparezca definitivamente, no es de extrañar que mitificaran a la única que fue capaz de enfrentarse a ellos y ridiculizarlos, valiéndose de lo que mejor sabía explotar: su propia imagen. Además, su venganza ha alcanzado la cumbre con su trágica muerte. Si a la Monarquía Británica ya le escocía la vida de Diana, cuánto más le habrá escocido su muerte, al poner de manifiesto a quién quería la gente y, si de simbolismos hablamos, qué quiere la gente: frescura frente a frialdad.

El mito es Mito precisamente porque parece alguien cercano y, a la vez, es inaccesible. Cuando un mito muere, desaparece con él la expresión de lo que representa y los que se sentían representados en él, se quedan sin su medio de expresarse; es como si les amordazaran, por lo que su Mito es, si cabe, más mitificado. Se olvidan de repente todos los errores que pudo tener, para engrandecer sus aciertos. Mi padre dice algunas veces: "¡Dios nos libre del Día de las Alabanzas!", porque la muerte, y en el caso de un mito más aún, actúa como un detergente que lava lo sucio, haciendo resplandecer lo limpio. Cuando al ser humano, el destino le arrebata su Figura Mítica, se ve en la necesidad de ponderar sus virtudes para justificar, ante sí mismo, el haberle investido con esa aureola; lo que le lleva a mostrarse más desvalido por su pérdida. No obstante, y por esa necesidad de alguien a quien admirar y en quién depositar sus sueños, cuando ese mito desaparece, hay que crearse otro y, entonces, como si de un cambio de nivel se tratara, el nuevo mito pasa a ocupar el lugar del anterior, mientras que éste queda elevado a la categoría de Leyenda.

Porque siempre necesitaremos alguien a quién admirar o a quién criticar para, a través de él, admirarnos o criticarnos a nosotros mismos.

Cerrando esta página, me he enterado de que una triste jugada del destino ha hecho que desapareciera otro mito viviente: La Madre Teresa de Calcuta. La Conciencia Social. La mujer que revolucionó otro tipo de poder establecido: el poder religioso; para, a través de su obra, echarle en cara el que siempre estuviera del lado de los que tienen más, cuando siempre debió de estar del lado de todos, ayudando especialmente a los que tienen menos.

Dos mitos muy diferentes: uno frívolo y llamativo, para sacar a la luz lo que cada hombre tenemos de humano; frente a otro profundo y silencioso para descubrir lo que cada uno tenemos de divino. No es cuestión de establecer similitudes ni diferencias. Sencillamente porque no se puede. Sin embargo, si una representaba el cuerpo y otra representaba el alma, bien podemos decir que el destino ha querido mitificar a la totalidad de la esencia humana... Y, ahora ya, como dije antes, comienza la Leyenda.

 

Ana I. Rico Prieto.