"Enseñando a pescar" Terapias Formas de contacto Artículos Publicados


Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 21 de enero de 1996.

¿Jubilosa Jubilación?

Así debería ser, si nos atenemos a las definiciones que de la palabra Jubilar expone nuestro diccionario de la lengua; sin embargo, parece que la vida cotidiana demuestra lo contrario. Esta sociedad en la que estamos inmersos, cada vez más llena de jubilados, nos presenta un cuadro un tanto preocupante en lo que a este sector de la población se refiere; y esta visión es más aguda en lo que respecta a los hombres, con diferencias muy marcadas con relación a las mujeres.

Es frecuente ver, en nuestros parques y plazas, hombres, mayores ya, jubilados, que a falta de otra cosa que hacer, pasan las horas sentados en los bancos o paseando, conversando con otros que están en su misma situación; y es de algún modo sintomático verlos con la cabeza baja, mirando hacia el suelo, mientras desgranan monólogos compartidos con otros que, a su vez, desgranan sus propios monólogos.

Si sólo nos fijáramos en la raíz del término, deberíamos pensar que la Jubilación ciertamente es esa puerta que da paso a un nuevo período de la vida en el cual, lo más lógico, sería sentirse feliz, por la certeza de saber que se dispone de todo el tiempo del mundo para hacer lo que uno quiera. Pero es precisamente esa conciencia de tener todo el tiempo del mundo, sin saber realmente qué hacer con él, y a la vez, la percepción del poco tiempo que queda de vida, lo que va minando el estado de ánimo del individuo, hasta que se implanta en él la idea de su inutilidad y de que "a estas alturas" ya nada merece la pena.

Y digo que esto es más acusado en los hombres que en las mujeres porque éstas intentan llenar huecos ocupándose de las tareas de la casa, haciendo pequeñas labores que sirven más para entretener que para otra cosa; porque, por educación y por cultura, la mujer está mentalizada para esas ocupaciones domésticas para las cuales nunca llega la jubilación. Sin embargo, en el caso del hombre, y también por educación y por un fenómeno cultural y social, es más difícil acceder a estos rellenos domésticos, lo cual hace que se encuentre con todo un día, y una semana, y un mes, etc., por delante, y sin nada concreto con lo que poder llenarlo.

Claro que todo esto no ocurre de la noche a la mañana; sino que se dan una serie de etapas que vamos a intentar desgranar, aunque sea brevemente.

Cuando llega el día de la Jubilación parece que uno descansa. Han sido muchos años trabajando, madrugando con fríos y calores, dando el callo y esforzándose por mantenerse al pie del cañón en sus responsabilidades. Qué duda cabe, pues, que después de todo esto, uno diga que "ya está bien", que "ya va siendo hora de tener tiempo para ocuparse de uno mismo". Además, en estos primeros momentos de la jubilación, el tiempo se pasa rápidamente yendo de acá para allá, arreglando papeles para cobrar la pensión, o tratando de organizar un poco las cosas para empezar esa nueva vida. Pero pasado todo este ajetreo inicial, uno se despierta una mañana y se da cuenta de que lo ha hecho a la misma hora que cuando tenía que ir a trabajar y ni siquiera ha puesto el despertador; eso, para empezar, ya sienta mal, porque es como si el propio cuerpo se rebelase ante el nuevo horario y ante las nuevas condiciones, y no quisiera abandonar su rutina laboral. Seguidamente, no es lo malo el no poder volver a dormir; lo malo es empezar a pensar "¿qué hago yo hoy?". Puede surgir algo por ahí, alguna chapucilla casera, algún amigo a quien visitar pero "¿y después, qué?"...

Y es a partir de este momento cuando todo empieza a ir de capa caída. Y se hacen esfuerzos por llenar las horas con cosas que no llenan y que, más aún, recuerdan lo vacío de la situación. Luego, ese mismo vacío le lleva a uno a tomar conciencia de que, si está en esa situación es por su edad y a eso le acompaña la idea del poco tiempo que queda de vida y de que ésta se ha pasado sin que nos demos cuenta. Esto lleva, inequívocamente, a hacer balance y esta revisión de los actos trae consigo la percepción de que ya no se es lo que se era, de que uno ya no vale para nada y, casi sin darse cuenta, se va cayendo en la apatía y en la depresión...

Por todo ello, y con el ánimo de evitar el sumergirse en esta espiral de decrepitud y de autoabandono, empezaron a surgir, hace ya algunos años, con gran acierto además, los llamados "Clubs de Jubilados", u otras agrupaciones similares, donde se trata fundamentalmente de que estas personas no se sientan desamparadas por la sociedad y se autodefiendan reuniéndose, por aquello de que la unión hace la fuerza, para programar actos, viajes, charlas, juegos y, en fin, cosas que les sirvan para llenar esa nueva vida y a la vez, en la medida de sus fuerzas y con actuaciones muy concretas, para seguir siendo, de alguna manera, útiles a la sociedad.

Nadie queremos ser un estorbo para nadie; por tanto, cuanto más hagamos por valernos por nosotros mismos y por servir de ayuda a los demás, nuestra autoestima se verá aumentada; el tiempo se verá productiva y agradablemente lleno y lógicamente será más llevadera e, incluso, más rica en oportunidades y vivencias la etapa posterior a la Jubilación, convirtiéndose ésta, así, y ya sin reservas, en una Jubilosa Jubilación.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 11 de febrero de 1996.

¿Rebeldes sin Causa...?

Todo empieza con una serie de profundas transformaciones físicas, en un determinado momento de la vida, pero el quid está en que no todo acaba aquí. A estos cambios a los que, de alguna manera, les suele acompañar un cierto componente traumático, hay que añadirles, además, pero con una presencia decisiva, la visión que el adolescente tiene de los mismos y la asimilación que eso debe conllevar, lo cual es determinante en el proceso psicológico que se desprende de, a la vez que provoca, la gran metamorfosis.

Estamos así, pues, ante uno de los aspectos más esenciales de la crisis de personalidad que estalla tan a menudo en esta delicada etapa de la vida. Tenemos, por un lado, la aceptación de los cambios físicos, las relaciones, a veces conflictivas, con quienes rodean al adolescente, la aspiración a un cierto grado de independencia y, a la vez, el temor a la misma, por un sentimiento de hostilidad o de desconfianza ante lo que puede resultarles amenazador por el simple hecho de ser desconocido. Pero, a mayores, hay una influencia decisiva del ambiente familiar y de las relaciones que se han ido fraguando con el tiempo entre padres e hijos.

Se plantea así y es más fácilmente comprensible el tan traído y llevado drama de la adolescencia; ya que se obliga impunemente al individuo a debatirse entre dos posturas contrapuestas: la rebeldía, como un canal para conseguir autoafirmar su personalidad y, por otro lado, el deseo de seguir siendo un niño, de seguir sintiéndose protegido por su ambiente de cara a las agresiones o los peligros que intuyen en el exterior. Claro que no siempre ese ambiente familiar es un buen protector para el adolescente; y no es que los padres abandonen a sus hijos o que no sepan protegerles. Todo lo contrario; a veces se esfuerzan demasiado en lograrlo. El problema está en la experiencia que ellos tienen con respecto a la adolescencia; porque por mucha teoría que se tenga al respecto, lo cierto es que los padres sólo cuentan con la experiencia de su propia adolescencia, y esto, sin duda, no tiene nada que ver con esa otra Adolescencia que les viene de fuera, metida en el cuerpo de esas personas que hasta ese momento encarnaban a sus hijos, con unos problemas muy particulares de la infancia y a los que era fácil cuidar, porque se dejaban, pero que ahora, con esa nueva cáscara, no hay quien los conozca y, por tanto, a pesar de todos los esfuerzos, se hace difícil su comprensión y su protección.

A mayores, está esa rebelión contra todo y contra todos; y de manera muy especial, contra ese ambiente familiar que, de pronto, parece como si no les comprendiera. Existen algunos padres que, desde que su hijo nace, han hecho planes para él, le han inventado un porvenir muy preciso; quieren que él sea su sucesor o, si es posible, facilitarle los medios para que le supere y tenga más éxito que él. Sin embargo, sin previo aviso, se encuentran con que su hijo ha crecido, tiene una voluntad y unas aspiraciones bien definidas y su fortaleza resiste los razonamientos aparentemente más lógicos, las súplicas más encendidas o, incluso, las amenazas. Esto les produce la sensación de fracaso, "es que no hago vida de él", y a sus hijos se les brinda en bandeja la oportunidad de protestar, de gritar "déjame en paz"; en una palabra, de rebelarse.

O sea, si ya es difícil para ese niño convertirse en un adulto, encima tiene que luchar contra los que siempre le protegieron, porque considera que puede que tengan buena voluntad, pero lo cierto es que no le dejan vivir, no le dejan expresarse, no le permiten desarrollar sus propias iniciativas... ¿Se puede hablar, entonces, de rebeldes sin causa...?

La batalla que tiene que librar el adolescente contra sí mismo y contra los otros es demasiado ardua como para complicarle aún más las cosas. Él sabe que no puede ser un niño durante toda su vida y es consciente de que, de la misma forma que su cuerpo se desarrolla, simultáneamente la sociedad le va a exigir que sea útil, que aporte su grano de arena, que sepa valerse por sí mismo... Con este peso sobre su conciencia, necesita prepararse a fondo para lograrlo y esa preparación le supone una presión demasiado fuerte; además, para saber dónde va y qué va a hacer, tiene que conocer por completo quién es en realidad y ¿cómo estar seguro de quién es, si no le permiten ni conocerse, ni manifestarse, ni buscarse, ni encontrarse?

Se dice que parece que los adolescentes de ahora andan como perdidos, que reniegan de todo, que son unos extremistas. Tal vez deberíamos plantearnos si no es esta misma sociedad a la que quieren incorporarse, la que les obliga a adoptar esas posturas. Habrá todavía quienes digan aquello de "en mis tiempos no éramos unos..., ni éramos tan...". Pero es que puede que aquellos tiempos no eran tan... ni tan... Cada época tiene unas características diferentes, unas exigencias distintas y unas necesidades absolutamente dispares. Y considero que debe ser obligación de cada sociedad, en cada momento, el saber comprender y aceptar a sus adolescentes, para que ellos no se sientan como unos proscritos, para que no se vean obligados a ejercer la intolerancia, en respuesta a la que ellos mismos padecen y para que se autorreconozcan como personas, rodeados de personas y aceptados por las personas como personas.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 28 de abril de 1996.

Cuando el árbol joven se troncha

Entre la gran cantidad de noticias que se emiten diariamente en los medios de comunicación, la mayoría de las cuales, por desgracia, consiguen estremecernos hasta la médula, hay algunas que saltan con una virulencia especial y nos arrancan exclamaciones del tipo de ¡Dios mío; cómo puede haber ocurrido esto!. Me estoy refiriendo a esos hechos tan desgraciados como inexplicables, que tienen como protagonistas a niños y a adolescentes, los cuales, de la noche a la mañana, deciden acabar con sus jóvenes vidas y, tal como lo piensan, lo hacen.

Hace poco tuvo el dudoso honor de conmovernos el caso de dos adolescentes valencianas, que a la edad de 15 años y cogidas de la mano, quizá para apoyarse mutuamente, tomaron la determinación de enfrentarse a un tren, quién sabe si por estar hartas de esta vida o por no ver la forma de encararla con ciertas garantías. Y una vez más nos asaltó la eterna pregunta, ¿Por qué? ¿Qué ocurrió para que unas chicas jóvenes, casi unas niñas, llegaran a ese extremo? Cada uno de estos chavales, evidentemente, tienen unos motivos muy concretos, pero generalmente es por algo bastante común, que de tanto utilizarlo, no nos paramos a pensar en sus amargas consecuencias: Se sienten incomprendidos. Cuántas veces les hemos oído quejarse de que los mayores no les entendemos, que no nos tomamos en serio su angustia y se preguntan si nosotros no fuimos, en algún momento ya pasado, como ellos, si no nos sentimos tan abandonados como ellos, por los que entonces eran nuestros mayores.

A partir de los 10 años, aproximadamente, a veces antes, a veces después, el niño empieza a tomar conciencia de una realidad que no es tan benévola como había creído. Esto les obliga a hacer un gran esfuerzo para adaptarse a ella lo mejor posible y para integrarse en ella con ciertas garantías de éxito. En muchas ocasiones se ha hablado de las Depresiones Infantiles y nunca, hasta ahora, se les había dado la importancia que se merecen. La percepción, como algo hostil, que el niño tiene del ambiente que le rodea, aporrea su personalidad y el gran peligro de esto se halla en que se trata de una personalidad en pleno proceso de desarrollo. Si, por poner un ejemplo, un árbol joven, que está empleando toda su energía en crecer y en consolidarse, fuera víctima de grandes vientos, lo más probable es que se torciera y se desarraigara, si sus raíces no estuvieran bien ancladas debajo de la tierra. Bien, pues pensemos un poco, entonces, en los estragos que puede hacer el ambiente en el que se desarrolla un niño, con todas sus trampas y sus exigencias, si este niño no tiene una buena base, sobre todo a nivel de relaciones afectivas, que le proteja y que le aporte la savia necesaria para consolidar adecuadamente su personalidad.

Cuando el niño no cuenta con ello, o al menos, si no lo percibe así, se sumerge poco a poco en esa especie de pozo que llamamos Depresión y que, a estas edades, se manifiesta con actitudes como: una cierta agresividad sin motivo aparente, irritabilidad, tristeza, falta de apetito, desinterés por los amigos, los juegos, etc. En otros casos, en vez de sumirse en una depresión, intentan hacer frente con sus escasos recursos personales, a ese medio que les resulta tan negativo y optan, por ejemplo, por marcharse de casa, como una forma de llamar la atención de su entorno. No se atreven a pedir ayuda, quizá porque más de una vez se han encontrado con burlas y con una escasa comprensión hacia esas cosas que les resultan tan imposibles de superar; quizá hayan notado en sus mayores cierta despreocupación, llevados por sus problemas de adultos y tan inmersos en ellos que eran incapaces de percatarse de las grandes angustias de las jóvenes personas que conviven en la misma casa.

Luego, a mayores, están la exigencias que se les imponen de hacerse hombres y mujeres de provecho; de que saquen buenas notas en el colegio para ser alguien el día de mañana; de que deben ser los mejores en todo, si quieren llegar a algo. En ocasiones, incluso, hemos podido observar cómo chavales de 13 o de 14 años, con el boletín de notas escolares en la mano, se negaba a ir a su casa "porque si me las ve mi padre, me pega" ¿Por qué se ha llegado a este extremo?

Por un lado, estaría la falta de confianza entre padres e hijos: si no hay comunicación entre ellos, si no se puede hablar abiertamente de los problemas, de las ilusiones o de los fracasos, se levantará un enorme muro entre las dos generaciones, cuya sola visión da miedo y el miedo produce huida. Por otro lado, está la intransigencia de los adultos; bien está que un padre quiera que su hijo sea el mejor, pero lo que ya no está tan bien es que le exija ser el mejor a toda costa; eso crea en el niño una inseguridad tremenda; la inseguridad origina fallos en la actuación; los fallos llevan al fracaso y el fracaso se convierte en algo insoportable por el riesgo intrínseco de perder el cariño de sus padres, y antes de verse humillados de esa manera, prefieren desaparecer. En un tercer supuesto, está la falta de respeto: si los adultos exigimos respeto por ser personas mayores, deberíamos ser los primeros en respetar a esas personas pequeñas.

Todo esto y muchos más aspectos de la convivencia diaria, sin lugar a dudas, tienen una importancia decisiva en el desarrollo de la personalidad. Si se produce un fallo por algún lado, esa personalidad, puesto que está en plena formación, se desequilibra y, en casos extremos, puede llegar a troncharse. Actualmente, la Psicoterapia dispone de medios efectivos para descubrir y hacer frente a los problemas de la infancia y de la adolescencia y a los trastornos en la convivencia entre padres e hijos. Y este es un tema lo bastante serio como para poner todo el empeño posible en detectarlo a tiempo y en tratar de solucionarlo, antes de dar lugar a que aparezca en el periódico una nueva y escalofriante noticia.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 26 de mayo de 1996.

Trastornos Psicológicos en la Adolescencia

Ya hemos mencionado en otros artículos la dura prueba que supone, para el desarrollo de la Personalidad de un individuo, esa etapa conflictiva donde las haya que hemos denominado Adolescencia. Su agresividad, su rebelión, la tendencia a la introspección, etc., se suelen explicar como consecuencia de la intervención de nuevos estímulos hormonales, pero es del dominio público, aunque no siempre queramos admitirlo, que no todo acaba aquí. A veces no es fácil comprender lo que el adolescente reclama de sus padres y normalmente se encuentra una contradicción en sus actitudes que, por un lado quieren prescindir de la autoridad de estos, pero por otro quieren utilizar los recursos que los adultos pueden aportarles para realizar sus proyectos o sus ilusiones. Esto, sin duda, les origina a ellos mismos un estado ambivalente; les hace entrar en crisis y salir de ese bache no siempre se consigue con las debidas garantías. Por ello, en algunos casos pueden aparecer ciertas dificultades que, en casos concretos, derivan en auténticos trastornos psicológicos.

Así, es posible que nos encontremos con ciertas manifestaciones neuróticas propiciadas por el aumento de la angustia inherente a esta etapa; esas reacciones neuróticas pueden presentarse bajo las ya clásicas formas de depresión, histerismo, etc.; o mediante la aparición de, por ejemplo, las tan comentadas dificultades escolares; además y en el caso de las chicas, como auténticas víctimas de sí mismas y de su autopercepción, se pueden presentar los trastornos en la alimentación, por una no aceptación de su aspecto físico, adquiriendo una relevancia especial las conocidas Anorexia y Bulimia. Además, es necesario hacer hincapié en otra serie de dificultades transitorias que ocasionan alteraciones en la conducta digamos normal, como son las reacciones antisociales y las desviaciones sexuales. Tal vez, cada una por separado merecería ser tratada de forma extensa y detallada; pero de momento intentaremos acercarnos a ellas, aunque sea con unos pequeños retoques, a modo de presentación.

Las reacciones antisociales son consecuencia del rechazo a unas normas que se les imponen y que consideran que les coartan intencionadamente su merecido derecho a la libertad y entre las conductas más frecuentes, dentro de esta actitud antisocial, encontramos todas las que quedan catalogadas entre lo que se conoce como Delincuencia Juvenil, haciendo especial mención a las drogas, robos, violencia callejera, afiliación a grupos ultras, etc. En cuanto a las desviaciones sexuales, quizá merezca llamar la atención más sobre este hecho como algo aislado, por la necesidad de experimentar nuevas sensaciones y que se repiten por la obstinación y el placer que encuentran en la transgresión de las normas, en lugar de considerarlo como lo que puede sentar las bases para la futura conducta sexual.

Hay otro punto a tener en cuenta y que ya hemos descrito en otras publicaciones pero que, por su trágica importancia merece la pena ser incluido otra vez aquí y ahora. Me refiero al Suicidio Juvenil. Es preciso destacar el elevado porcentaje de suicidios que se dan entre los adolescentes y, en cuanto a esto, es importante fijarse en dos cosas: la primera radica en que estos chicos y chicas poseen una vivencia muy fuerte a nivel de sensaciones; pasan del dicho al hecho con gran facilidad y, por tanto, el peligro de suicidio es francamente considerable, mucho más aún cuando a veces parece que existen auténticas modas o epidemias de suicidarse. Y por otro lado no se debe tomar nunca a la ligera ninguna tentativa de suicidio en estas edades, por muy en plan de broma que se haga, por la necesidad que tienen de llamar la atención sobre sus personas y de vengarse, aunque sea a costa de sí mismos, al considerar que no les comprenden.

Se puede sacar, pues, una clara conclusión de todo esto: la Adolescencia, precisamente por tratarse de un período de gran fragilidad y de grandes conflictos, dentro del desarrollo, constituye una etapa en la que se pueden presentar diferentes trastornos de la personalidad; y estos trastornos a veces llegan a tener la suficiente influencia tanto a nivel individual, como familiar o social, como para merecer una adecuada atención en aras, sobre todo, a una detección precoz de los mismos que posibilite el adecuado y eficaz tratamiento del problema, a pesar de las dificultades que todo ello conlleva ya que las características particulares de la adolescencia son en extremo variables y pasan de la normalidad a la problemática con la misma facilidad y rapidez que vuelven de nuevo a la normalidad.

La Personalidad no nace con la adolescencia, pero lo cierto es que los problemas que acarrea su desarrollo no son los mismos en el niño que en el adulto y el paso de una etapa a otra engendra invariablemente unas especiales y a veces dramáticas características. En los primeros momentos de la adolescencia todo ocurre demasiado deprisa y todo es demasiado contradictorio. Por una parte, el individuo se enfrenta a la lucha por conseguir su deseada libertad: ser independiente, no someterse a deberes ni lecciones, etc. Pero, por otro lado, y coexistiendo de forma irremediable con esas ansias de libertad, se encuentra el Miedo; miedo a verse sólo frente al mundo, porque de entrada no se puede ser libre y a la vez estar protegido. Este podría ser uno de los aspectos esenciales que originan esa crisis de la personalidad que mencionábamos más arriba; es decir, por un lado la aspiración legítima a la independencia pero, además, un temor, no menos legítimo, ante ese mundo ciertamente más apasionante que el que se encuentra dentro del estrecho marco familiar; sin embargo y a la vez, tan amenazador, tan impersonal, tan vertiginoso y tan voraz.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 2 de junio de 1996.

Sobre la Relación "Padres-Hijos"

Muchos padres consideran que, durante la adolescencia de sus hijos, su papel educativo es particularmente serio y parecen convencidos de que exige una vigilancia especial que no habían ejercido hasta entonces, ya que temen que aparezcan dificultades especiales que marquen, de alguna forma, el futuro inmediato. "No quiero que te conviertas en un..." es la frase que con más frecuencia se oye durante esta etapa. Sin embargo el adolescente, por su parte, considera que ha llegado a una edad en la que sus opiniones deben ser tenidas en cuenta, en la que puede aspirar a una cierta libertad y en la que exige que se le deje de ver como a un niño y se le permita tomar sus propias decisiones.

A mayores, es bastante difícil que, de la noche a la mañana, se conviertan en educadores unos padres que no lo han sido desde el principio, o que admitan una educación esos hijos que hasta entonces se habían movido libremente como niños o, incluso, habían conseguido de sus padres lo que querían, valiéndose de recursos quizá no muy aceptables pero, en todo caso, efectivos, y aquí quiero referirme especial- mente a las populares rabietas, que "¡sólo porque no me monte un escándalo!"... A todos nos suena un poco eso ¿verdad?

En otro orden de cosas, está el tema de la tan traída y llevada libertad, de esa anhelada autonomía que debería adquirirse con una cierta rapidez y sin embargo, sabemos que esto no ocurre así, de tal forma que, en nuestra sociedad, la dependencia no sólo está presente en la infancia y en la adolescencia, sino que aún continúa mucho más allá, sobre todo cuando los estudios se prolongan durante algún tiempo y por la gran dificultad que tienen los jóvenes para encontrar un trabajo que les aporte un mínimo de esa independencia. Así pues, esta obligatoria dependencia familiar no favorece de ningún modo la autonomía personal y psicológica, lo que conlleva determinadas actitudes que, bajo la forma de rebeldías, tratan de propiciar una salida a esa situación de depender de..., que frena su proceso de madurez y puede desembocar directamente en fracasos a nivel personal y social.

Pero es que, además, en la adolescencia de sus hijos, los padres reviven con más o menos intensidad, según los casos, su propia adolescencia. Tal es así que los mismos sentimientos de culpabilidad y de frustración que experimentaron con relación a sus padres, los atribuyen ahora, de modo sistemático, a sus hijos y sienten, de esa forma, que las actitudes generales de crítica y de desafío manifestadas por éstos, son claras expresiones de hostilidad hacia sus personas y hacia lo que representan ahora y esto, evidentemente, es bastante difícil de asumir y mucho más aún de tolerar.

Ahora bien, es importante tener en cuenta que el adolescente tiene  al mismo tiempo necesidad del adulto y necesidad de protestar contra él. Con frecuencia, las discusiones entre padres e hijos son agrias y, apenas al primer envite, entran en juego los argumentos de autoridad; en este sentido, las cosas serían un poco diferentes si ese adulto que trata de conservar su superioridad consiguiera ver en el adolescente no sólo a ese hijo que tiene la obligación de obedecerle, sino también a esa persona en pleno desarrollo, que merece el mayor respeto por el hecho de ser persona. Y entonces, díganme ¿Se puede pedir obediencia a un adolescente? Jurídicamente al menos, sí, sobre todo con respecto a aquel de sus padres que ejerce legalmente la patria potestad. Pero ya sabemos bien que no se trata sólo de eso. Lo lógico es que, por sus propias características psicológicas, el chico o la chica se nieguen a someterse a la autoridad, la rebeldía se pone de manifiesto bajo cualquier pretexto y cualquier excusa es buena para entablar una lucha en contra de la sumisión y de los deberes del hijo, máxime cuando en ocasiones se pasan por alto, consciente o inconscientemente, sus derechos. Sin embargo, no deja de ser sorprendente el hecho de que se nieguen radicalmente a obedecer a sus padres cuando, en ciertos aspectos, tienden a imitar el comportamiento de los adultos que les rodean.

Es decisivo que los hijos participen activamente en la vida familiar y que aporten su granito de arena, a fin de que todos los engranajes funcionen correctamente; pero esta participación debe hacerse sobre las bases del respeto y de la reciprocidad.

Quizá se hable muchas veces de que no se trata tanto de saber lo que se puede pedir, como de saber cómo pedirlo. Cuando se pide alguna cosa, parece que es necesario, en principio, estar seguros de poder obtenerla; por eso, hay padres que no se atreven a pedir lo que creen que no van a conseguir, ya que temen, como consecuencia de ello, perder su prestigio; prefieren soportar lo que no quieren, antes de arriesgarse a que se agrave la situación y, en estas circunstancias, las cosas pueden deteriorarse hasta tal punto que se hace imprescindible la intervención de alguien ajeno a la familia para restaurar una autoridad que ya no es reconocida. Esto es así porque el adolescente que demuestra plena oposición a sus padres, suele reconocer de mejor grado la autoridad de otro adulto que no tiene nada en común con ellos, pero al que se puede recurrir como un aliado que, de forma neutral, expone unas nuevas reglas de conducta, fácilmente asumibles por el hijo, ya que no presentan el estigma de lo familiar y fácilmente reconocibles por los padres, ya que pone las cosas en su sitio de forma objetiva y normalizando la situación.

Nuestra experiencia nos demuestra que esas intervenciones son, a veces, suficientes para conseguir que el adolescente reconozca unas reglas cuya necesidad, en el fondo, siente y ve como algo consecuente, aunque sea en el fondo.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 9 de junio de 1996.

Mentiras y Mentirosos

Mentir consiste en no decir la verdad, con el propósito de inducir al prójimo a error, bien por vergüenza, por temor a las consecuencias de esa verdad o por el deseo de hacer daño. Si nos fijamos, por ejemplo, en la mentira como arma o como defensa entre los adolescentes, encontramos algunos rasgos muy concretos que sería preciso tener en cuenta; así pues, tal vez constituya una llamada de atención, una huida ante la realidad, un grito pidiendo ayuda, un rechazo a comunicarse o, en ocasiones también, una simple fantasía.

Pero ahora miremos las cosas desde otra perspectiva: la del que es mentido. Cuando alguien nos miente, nos sentimos excluidos, traicionados, tal vez, incluso, odiados y entonces nos resulta muy difícil mantener una visión objetiva de la situación. Sin embargo todo debería estar en función de quién miente y por qué lo hace.

El niño suele inventar cosas, construye unas ficciones en las cuales se sumerge, dejándose llevar por tiempo indefinido, gracias a las cuales, se permite crear otra realidad, nacida de la fantasía, pero hecha a su medida. Aquí no hay mala intención, ni deseo de engañar o de estafar. Es su realidad; es lo que él quiere que sea y le sirve para escapar de la otra realidad que le rodea, que no entiende y que, a veces, le resulta hostil; la cual, además, para rizar más el rizo, le viene impuesta, sin que le hayan pedido opinión alguna para crearla. En el otro extremo, está la mentira que practica el adulto, sirviéndose de ella de forma calculadora. Y en el punto medio, nos encontramos con el proceso de la mentira en el adolescente, el cual aún puede fabular como un niño para vivir una realidad paralela, que le ayude a soportar la realidad real y, por otro lado, ya es capaz de equivocar y engañar premeditadamente como un adulto y con los mismos objetivos que él.

Y esta misma ambigüedad resulta aún más desconcertante si tratamos la mentira desde una perspectiva moral o ética. Para empezar, la noción de mentira suele ir siempre unida a la de la culpabilidad, por ese deseo de engañar o de hacer daño; sin embargo, en ocasiones la mentira puede ser generosa, digna de elogio y hasta heroica (la propia Historia se ha encargado en muchas ocasiones de demostrarlo). Todo esto nos lleva pues a que la Mentira, como tal, es una técnica más que se utiliza en las relaciones humanas; es una manera más de interactuar; de lo único que depende para cambiar la percepción que podamos tener de ella es de la intención con que es usada y de los objetivos a los que sirve.

Veamos ahora unas breves notas sobre el desarrollo de la Mentira en el ser humano. El niño accede a la realidad por medio de la imaginación. Sólo construyendo una imagen del mundo ordenada según sus deseos, sus emociones o sus primeras experiencias, consigue representarse e introducirse en la Realidad; y aquí radica el hecho de que todo cuanto imagina le parezca que forma parte de la realidad y que crea en su fábula. A continuación, y poco a poco, aprende a hacer una selección entre sus invenciones, de las cuales unas no resisten determinadas pruebas y pasan a reconocerse como fantasías y otras se ven corroboradas por la experiencia y pasan a integrar la Realidad. El adolescente tiene ya un conocimiento teórico exacto y acabado de esa realidad, aunque aún no ha olvidado la necesidad de imaginar cosas y tratar de adecuar todo lo demás a esa imaginación; es como si sufriera de nostalgia, por lo que, en ocasiones, vuelve a la fantasía para relajarse y darse confianza, antes de adoptar, de modo definitivo, lo objetivo y habitual. Para los adolescentes, la realidad de los adultos es, a veces, demasiado conflictiva y otras veces no es más que un salir del paso y, con frecuencia, se evaden de la misma porque creen que aún pueden encontrar en esta actitud algo que les ayude. La mentira es pues, en principio y en estas etapas, más para sí mismo que para los demás; de entrada, no se preocupa de si equivoca o no a los que le rodean, aunque acaba abusando de ello por el descubrimiento en de ciertas ventajas, las cuales le pueden ayudar a salir de algunas situaciones.

Estas primeras formas de mentira aparecen sobre todo en los momentos de regresión, pues el adolescente realiza con frecuencia oscilaciones entre su pasado y su futuro y es precisamente aquí cuando aprende el valor de la mentira, lo que puede sacar de ella y cómo utilizarla mejor a la hora de conseguir sus objetivos. Cuántas fanfarronadas y cuántas bravatas no tienen otra razón que la de protegerse a sí mismos o revestirse con unos poderes que dotan a su personalidad de un cierto prestigio entre sus compañeros, logrando disfrazarse de adulto ante ellos. No sólo necesitan ser alguien; además necesitan que los demás se lo crean y les miren con respeto.

A partir de aquí, la mentira adquiere su vestido más corriente: el deseo de engañar y la intención de conseguirlo. Aunque los esfuerzos de los educadores se centran, normalmente, en prevenir y erradicar todo esto, lo cierto es que habría que revisar todo el sistema educativo para lograrlo. Es sorprendente con qué ligereza algunos padres mienten a sus hijos, respondiendo por medio de absurdas leyendas a preguntas embarazosas o, incluso, les ordenan mentir en su nombre o con ellos frente a los demás. Y no debemos olvidar, además, la facilidad con que algunos crean a su alrededor un clima opresivo, en el que la sinceridad es una práctica difícil y en ocasiones, hasta peligrosa.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 16 de junio de 1996.

El Niño Silencioso

De entrada, se plantea una cuestión fundamental: Ya se trate de un adulto o de un niño, la Sociedad en la que nos movemos experimenta cierto malestar ante un individuo poco comunicativo. El vecino que no habla con nadie suele estar mal considerado y se le tacha, normalmente, de orgulloso o de raro. Y todo esto viene dado porque el lenguaje es, ante todo, el mejor medio de que dispone el ser humano para establecer y mantener el contacto con los demás. Pero la falta de comunicación aún se hace más extraña cuando quien la manifiesta es un niño. Los niños, de forma natural, por su espontaneidad, parecen estar hechos para la risa, el ruido, las expansiones de cualquier tipo que sean, etc. Por eso nos preguntamos cómo, en algunos casos, pueden permanecer callados y fríos ante la presencia de otros seres humanos, ya sean niños como ellos, o adultos.

No es extraño que actitudes de este tipo preocupen seriamente a los padres. Sin embargo, conviene saber, y trataremos de explicarlo convenientemente, que el Silencio no siempre es un defecto; incluso, a veces, es recomendable que el niño aprenda a guardar silencio, porque ¿acaso nuestra vida social no está basada en el respeto mutuo y en la discreción; es decir, en los silencios  de cada cual con respecto a sí mismo o a los demás?

Cuando nos encontramos ante un niño poco comunicativo debemos tener presentes dos condicionantes decisivos: uno, individual, ligado al temperamento y al desarrollo; el otro, exterior a él, relacionado con las circunstancias y el ambiente que le rodea. Cada niño, como persona en las primeras etapas de su desarrollo, puede mostrarse de forma continua y casi incomprensiblemente, tan pronto muy parlanchín como, de repente, reservado y secreto. Unas veces habla sin ton ni son y otras, sin embargo, al no controlar correctamente algunos aspectos del lenguaje, resulta que no sabe expresarse y se queda callado. Esto nos lleva a que le suele ser difícil el comunicarse adecuadamente y de forma comprensible para los que le rodean, lo que hace, por tanto, que se muestre introvertido.

En el curso del crecimiento, el ser humano realiza un doble aprendizaje. Por un lado, tiene que aprender el lenguaje; debe adquirir no sólo los medios, sino también el arte, y fíjense bien que he dicho arte como una cualificación especial para..., o la habilidad para servirse de esos medios, utilizándolos de la manera más adecuada posible, de forma que le permitan hacerse comprender. Por otro lado, debe aprender cómo es él mismo, cómo siente, qué es lo que le emociona o lo que le deja indiferente; en resumen, debe aprender quién es, dónde, cómo, por qué y con quién... De resultas de todo esto, el niño será mejor comprendido cuanto mejor se comprenda a sí mismo y cuanto mejor utilice los medios para expresarse. Pero esta evolución no es igual para todos. Los ritmos y el esfuerzo de cada uno hacen que los silencios, en esta etapa, sean más o menos marcados, según los casos, así que, también según los casos, deberán ser más o menos tenidos en cuenta como algo que puede o no resultar problemático.

En cuanto a los condicionantes externos, debemos partir del hecho de que sólo poco a poco es como un niño aprende a adaptarse a las necesidades y a los ritmos sociales. Es la educación la que hace de cada uno de nosotros seres sociales; pero de la misma forma que son esos condicionantes externos los que facilitan nuestra adaptación al medio, también es cierto que cualquier tipo de incidente puede perjudicarla. Cuando las circunstancias se muestran desfavorables o amenazantes, el niño tiende a replegarse y a aislarse, lo que hace que, de ser espontáneo y comunicativo, pase a mostrarse reservado y silencioso.

Todo esto nos permite llegar a una conclusión. Cualquiera que sea la naturaleza, el temperamento, es decir, los condicionantes intrínsecos e individuales de un niño, los adultos que le rodean representan un papel decisivo en su educación y en su aprendizaje, lo que hace que influyan en sus manifestaciones y en sus actitudes, tanto comunicativas como reservadas.

En la vida familiar, los silencios dependen de las complejas relaciones que unen al niño con sus padres y con sus hermanos. A veces un niño que no habla, lo que hace es reflejar la conducta que el adulto tiene con respecto a él; no habla con sus padres porque sus padres no hablan con él; y no me refiero a que sus padres no se dirijan nunca a él, sino que aludo al hecho de que no se establecen conversaciones o diálogos entre ellos; unos padres que sólo hablan con su hijo para decirle lo que debe o lo que no debe hacer, lo que está bien o lo que está mal y para darle las diferentes instrucciones que hay que seguir a lo largo del día, esos padres no dialogan con su hijo, no comparten sentimientos ni ideas, por tanto, no deben extrañarse de que ese hijo sólo se limite a obedecer o a desobedecer, sin contarles lo que le pasa o lo que le preocupa, refugiándose en sí mismo, hablando consigo mismo y contándose a sí mismo lo que no puede contar a los demás, sencillamente porque no le escuchan.

Así es como aparece, en ocasiones, el fenómeno del Amigo Imaginario, que veremos en un próximo artículo, ya que merece ser tratado de forma más extensa.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 23 de junio de 1996.

Su Amigo Imaginario

Puede ser imaginario para todos los demás, pero lo cierto es que es muy real para el niño que cuenta con él para todo y que sólo puede contar con él para todo. Y es aquí donde está la clave de ese fenómeno que, en ocasiones, resulta más llamativo de lo que los adultos quisiéramos.

En el artículo anterior planteamos el tema de los silencios durante la infancia y comentábamos que se producían tanto por causas internas y evolutivas, de desarrollo y aprendizaje, como por causas externas, ambientales o circunstanciales. Los niños, espontáneos por naturaleza, una vez que descubren cómo son y cómo sienten, necesitan que los que están a su alrededor también lo sepan, porque necesita aliados y confidentes que le apoyen y que le animen a superar sus descubrimientos menos agradables y a disfrutar los mejores. Pero el fuerte ritmo que impone la sociedad a los adultos, en este caso a los padres, les puede convertir, quizá, en los compañeros menos adecuados para el niño o, desde su infantil perspectiva, en los menos entregados y en los menos disponibles.

Si el pequeño va hacia su padre, cuando llega a casa del trabajo, para contarle su último, y tan importante para él, gran descubrimiento, y en el camino se encuentra a su madre que le dice: "Deja a papá, cariño, que hoy está muy cansado"; y se vuelve hacia ella para contárselo, pero ésta, nuevamente, se dirige hacia él diciéndole: "Ahora no puedo atenderte, porque tengo que hacer la cena para papá"; y esto pasa un día, y otro, y otro... con una excusa o con otra, el niño terminará por darse cuenta de que sus padres no van a ser sus mejores amigos. Lógicamente, todos sus nuevos y tan frecuentes descubrimientos, o sus nuevos logros, le empujan a compartirlos con alguien más, porque para él sólo, y bien sea de felicidad o de pena, constituyen una carga muy pesada. Así pues, quizá intente contárselo a algún hermano, si tiene, o a algún amiguito del "Cole", aunque tal vez descubra que ellos también tienen tantas cosas que contar que no tienen tiempo de escuchar. ¿Qué hacer? ¿A quién acudir?

De pronto, un buen día, se da cuenta de que, por dentro de él, o por fuera, parece que se escucha una voz, que no sabe de dónde viene ni de quién es, pero que le dice cosas, le anima a hacer otras y le recrimina por no hacer algunas. Esa voz, a la que los adultos solemos denominar, según los casos, como la voz de la conciencia, para un niño necesitado de confidentes empieza a tomar cuerpo; se hace más frecuente y en un momento dado, lo que simplemente oía, resulta que también lo puede ver. Su increíble imaginación le va poniendo una cara, un pelo, unas manos... y cuando está conformado el nuevo ser, le da un nombre para poder dirigirse a él siempre que quiera.

Y ya está; así es como se instala en su vida ese nuevo amigo que pasa a convertirse en su mejor, o con demasiada frecuencia por desgracia, en su único amigo. Pero, además, como es "su" amigo, en exclusiva, procura hablar con él a solas, cuando nadie puede descubrirle, con el fin de que nadie pueda quitárselo. De esta forma, ese niño empieza a huir de la compañía de los que tiene alrededor y se refugia en su habitación, donde le espera siempre el único que le entiende.

Por otro lado, y a medida que su amigo imaginario vaya haciéndose más real, el desapego con la realidad auténtica, por decirlo de alguna manera, se hará en la misma proporción; sencillamente porque no la necesita; ya ha encontrado a alguien importante para él, que no le defrauda, que siempre está a su lado, que es exclusivo y por tanto, no lo comparte con otras personas ¿qué más se puede pedir? Así es como sus padres empezarán a observar que el niño se vuelve introvertido, que se distancia de todos, que pasa mucho tiempo encerrado en su habitación con sus cosas, y que cada vez habla menos con ellos.

El problema, y por tanto el gran peligro, radica en que ese amigo imaginario puede llegar a convertirse en un tirano; puede llegar a absorber tanto al niño que le creó que, paulatinamente, y si no es detectada a tiempo esta situación, terminará por convertirlo en su víctima, por lo que se hace absolutamente necesario observar y controlar estas introspecciones que pueden acompañarse de autorreclusiones del niño, para poner los medios más adecuados con el fin de destruir esa figura.

Hay que pensar que, llegados a estos extremos, el niño se convierte en una marioneta de esa voz, que hará todo lo que le diga, tanto lo bueno como lo malo, lo cual es probable que degenere en graves trastornos psicológicos y conductuales.

Ciertamente, no es una situación que deba pasarse por alto, con el convencimiento y la dejadez del "ya se le pasará", porque eso, por desgracia, no es cierto, a no ser que se intervenga a tiempo. Los padres tienen una gran responsabilidad para con sus hijos; no sólo a nivel de manutención y de la educación que se ve. También deben velar por la que no se ve; por su correcto desarrollo psicológico y emocional y porque su hijo esté y se sienta perfectamente integrado en un ambiente familiar y social adecuado, sano y acogedor.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 30 de junio de 1996.

El Origen de las Actitudes

En términos generales, definimos la actitud como "una manera de pensar y de actuar", pero desde el punto de vista psicológico es necesario ir más allá. Según el psicosociólogo americano Allport, "una actitud es una disposición mental y neurológica, que se organiza a partir de la experiencia y que ejerce una influencia directriz sobre las reacciones del individuo respecto a todos los objetos y a todas las situaciones..." Es decir, la actitud se sitúa o parte del plano del conocimiento y del plano de la acción. El ser humano actúa porque recibe informaciones, pero a raíz de la experiencia que va acumulando, organizará paulatinamente las informaciones sucesivas, las cuales se irán organizando en función de otras nuevas experiencias... O sea, se trata de un círculo vicioso, pero absolutamente exclusivo, ya que ningún otro ser humano organizará o asociará informaciones y experiencias de la misma forma que lo hace él.

Ahora bien, una actitud no es algo único y uniforme que sólo puede apreciarse a nivel personal, sino que se da en diferentes dimensiones. Así tenemos que se da a la vez en el ámbito individual y en el social; es decir, por una parte, es una vivencia personal pero, por otra, se trata de una expresión colectiva, presentada bajo la forma de corrientes, tendencias o lo que comúnmente denominamos Modas. Además se manifiesta tanto a nivel de lo que se dice como de lo que se hace. Y por otra parte, la actitud supone una reacción del individuo respecto a..., por lo que no es un rasgo de carácter. Por ejemplo, si digo que alguien adopta una actitud agradable respecto a mí, puedo decir que esa persona es amable conmigo. Pero la amabilidad es un rasgo del carácter y, en ese caso concreto, no puedo afirmar tal cosa, ya que el hecho de que esa persona adopte una actitud amable conmigo, no quiere decir que la adopte con todo el mundo o que sea una característica personal, porque esa actitud amable sólo está en función de mis circunstancias o de las circunstancias que nos rodean exclusivamente a nosotros dos. De esto se deduce que actitud y carácter no sólo no es lo mismo, sino que, incluso, pueden ser totalmente opuestos. Una persona egoísta puede ser generosa conmigo o una persona generosa puede mostrarse egoísta conmigo, porque yo haya provocado en ella, circunstancialmente, tal actitud.

Las actitudes, en general, podrían tener su origen, directa o indirectamente, en la primera infancia y, concretamente, en las primeras relaciones familiares. Así se puede observar cómo una actitud cariñosa de los padres puede originar grandes apegos en el futuro adulto; mientras que una postura autoritaria, quizá moldee actitudes de rebeldía. Pero, a mayores, otra condición para que se forme una actitud es la acumulación de experiencias y de esta manera tenemos que si un objeto o persona provoca en otra una reacción de antipatía y hostilidad, ésta se convertirá en una actitud hacia dicho objeto o persona, si se presentan de forma continuada; mientras que si desaparecen, sólo se queda en una reacción momentánea; e incluso, puede ocurrir que si, después de mucho tiempo, volvieran a aparecer circunstancial o accidentalmente, quizá la reacción que produjeran fuera totalmente diferente u opuesta a la primera. Otra causa de formación de una actitud es la experiencia de tipo traumático. Es decir, un accidente sufrido con un coche de una determinada marca puede originar la formación de una actitud de rechazo ante esa marca o, más aún, ante cualquier tipo de coche.

Sin embargo, y a pesar de todo esto que hemos comentado, la principal fuente de formación de las actitudes es, probablemente, la imitación. Esto nos pone ante el hecho evidente de que parece que la influencia social es más importante que la experiencia individual. El niño que es objeto de toda clase de caricias y de cuidados, tiende a querer reproducir las sensaciones que se derivan de ellos; no obstante, posteriormente no sólo tratará de reproducir y, por tanto de imitar, esos efectos, sino que además tratará de imitar a aquél que le producía tales sensaciones, al mismo tiempo que imitará todos los movimientos que conforman los actos que producen dichos efectos en él. Esta imitación, consciente o no, pone en evidencia la importancia que tiene el grupo que rodea al individuo. A mayores, es necesario destacar que es de ahí, precisamente, de donde viene la idea de Normas del Grupo. El ser humano suele adoptar los puntos de vista que son habituales en su grupo; con lo cual se podría hablar de estereotipos, como actitudes comunes a los miembros de una comunidad. Sin embargo, también habría que llamar la atención sobre el hecho de que la experiencia colectiva es más rudimentaria que la experiencia individual, por lo que, con frecuencia, se producen actitudes desfavorables que llamamos prejuicios y que se basan tan sólo en creencias, o sea, en informaciones incompletas que no se apoyan en experiencias claramente comprobadas y contrastadas.

Esto nos lleva a diferenciar entre varios tipos de actitudes: las actitudes personales, directamente relacionadas con el desarrollo de la personalidad y con la propia experiencia. Las actitudes familiares, relacionadas con el ambiente, la herencia, el nivel socioeconómico, etc. Y las actitudes colectivas o sociales que comprenden, básicamente, los estereotipos y los prejuicios. Los estereotipos se limitan a menudo a las palabras; pero los prejuicios van más allá; son esencialmente aprendidos, aunque se basan en informaciones insuficientes y creencias superficiales. Muchas veces, el fenómeno del rumor es origen de prejuicios y lo más problemático es que estos prejuicios se instalan y arraigan profundamente, causando actitudes rígidas y difícilmente modificables, aunque se vean bombardeadas por nuevas y diferentes informaciones.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 14 de julio de 1996.

El Aprendizaje Social del Niño

Empecemos por el principio. Ese pequeño ser-en-el-mundo es exclusivamente un ser-en-la-madre, ya que la madre constituye todo el universo del bebé, todo su ambiente y no una figura reconocida; por lo tanto, la madre representa para el niño la totalidad de lo que posteriormente se dividirá en ambiente de objetos y en ambiente social. Y es al final del primer año cuando empieza el distanciamiento de la figura materna, con las dudosas tentativas de los "primeros pasos". En realidad, la verdadera socialización empieza alrededor de los once meses, cuando el niño aprende de la madre a continuar o a abandonar un gesto que ha empezado. En este ambiente de confianza y de seguridad para el niño, su madre le educa en la primera tolerancia a la frustración, consiguiendo que su hijo aprenda a renunciar a una satisfacción a cambio de otra diferente, o a cambio del entendimiento afectivo con su reducido ambiente social.

Al principio del tercer año puede aparecer ya la primera crisis de oposición activa; es un período de rechazos, de caprichos, de voluntad de poder y de deseo de actuar solo; y de esta primera crisis nace el "yo" a nivel del lenguaje, manifestándose entonces el padre como un nuevo centro emisor de reglas y prohibiciones. Alain, ya en 1932, decía que el padre es el primer extraño que entra en el mundo del niño, desgajando la pareja ideal madre-hijo y estableciendo una nueva relación triangular. Y a la comunicación no verbal del lactante, le sigue la comunicación verbal que señala la aparición de una dimensión auténticamente social. Claus y Hesnard (1963) subrayaban que el padre, en este período, representa la ley, siendo el nuevo guardián de los valores que él mismo manifiesta. Por lo general, a esta edad, entonces, el niño va hacia el padre como mensajero del mundo exterior, debido a que tiende a abandonar la paz materna para descubrir y aprender el universo.

El padre, pues, tiene "un rol que desempeñar"; debe estimular la autoafirmación del niño y darle confianza en la vida y en el futuro pero, al mismo tiempo, tiene que representar un carácter inflexible, de acuerdo con la máxima siguiente: "No se puede hacer cualquier cosa, en cualquier momento, de cualquier modo y con cualquier medio".

Un niño de tres años intenta, a cada paso que da, tantear los límites para poner a prueba las prohibiciones y sus posibilidades físicas personales, pero el padre es casi siempre el guardián de estos límites, por lo que su autoridad debe ser a la vez firme y creadora de seguridad. Las actuales tendencias que se oponen a la autoridad paterna olvidan que, en este período de la existencia del niño, esa autoridad es portadora de seguridad y de autocontrol; por lo que un fallo en este rol paterno puede desarrollar trastornos de personalidad, de los que el más leve sería el comportamiento de niño mimado y el más grave, el desprecio por todos los valores humanos, degenerando en marginación y en agresividad criminal.

Por todo esto, la relación normal con la figura paterna, que desempeña su rol específico, es un poderoso factor de socialización, ya que así su autoridad no es odiada y el orden que se establece es a la vez fuente de obligaciones pero también de seguridad. Además, y en este sentido, es necesario que la madre no actúe en contra del padre. Numerosas investigaciones psicológicas han demostrado que la disociación familiar desempeña un papel nefasto en la posterior adaptación social de los niños.

Pero a medida que se avanza en el desarrollo, se van ampliando los límites del grupo de influencia y así, aproximadamente a partir de los cinco años, es la familia completa el medio de aprendizaje de la socialización. La familia tiene dos funciones básicas: la satisfacción de las necesidades primarias y la socialización. Sin embargo, la familia debe estar integrada socialmente porque si ésta, como unidad, está marginada y lucha contra el ambiente social, el sentimiento de pertenencia sociofamiliar no evolucionará hasta un normal sentimiento de integración social.

Llegados a estos niveles, el gran complemento de socialización es la escuela. En este ambiente de grupo se desarrolla un sistema de relaciones que elimina el egocentrismo infantil y se desarrollan el control personal y la aptitud para contener las reacciones impulsivas, así como el reconocimiento de las normas y reglas necesarias para la vida y el progreso del grupo y, dentro de éste, la participación. El rechazo de los valores escolares caracteriza a los futuros individuos disociales, en los que se observa una precoz falta de participación, desinterés por el trabajo escolar, ausencias injustificadas, falsificación de notas, etc.

Los juegos colectivos libres representan un aprendizaje social bastante importante que, progresivamente, se convierten en un común acuerdo sobre una serie de reglas libremente decididas por el grupo. Aparte de que, en estos juegos, se ponen de manifiesto las relaciones entre el yo y los roles que debe desempeñar. A estas edades, los niños juegan a adquirir roles, a cambiarlos, a inventarlos y a identificarse con determinados modelos.

Con respecto a la aparición de pandillas, conviene señalar que esa sociabilidad general que hacia los seis años constituye la capacidad de integrarse en cualquier grupo de iguales, aquí ya empieza a restringirse, a diferenciarse y a intensificarse. Las pandillas de niños de, aproximadamente, nueve años, se crean por afinidades, se estructuran, se cierran, buscan enemigos y se dedican a determinadas actividades colectivas. Hacia los doce años, esta reducción de la sociabilidad que conforman las pandillas, se acentúa aún más y llega hasta la búsqueda del amigo-confidente del mismo sexo, lo que se une a una creciente interiorización que suele desembocar en el agudo sentimiento de soledad romántica propio del comienzo de la adolescencia, destacándose el hecho de que las cosas se invierten, otra vez, hacia el final de la adolescencia, cuando aparece de nuevo la capacidad de integrarse en cualquier grupo de la misma edad.

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 11 de agosto de 1996.

¿Felices Vacaciones...?

Estamos en época de vacaciones y cualquier cosa que se diga sobre ellas puede parecer oportunista; sin embargo, no está de más, creo yo, que hagamos unas breves reflexiones sobre algo muy estrechamente relacionado con ellas y que, según sea la dimensión que tomen tales aconteceres, así van a tener después sus posos entre los miembros de una familia y sus relaciones, tras volver a la casa, de la que salieron unos días antes con unas determinadas expectativas. Y este algo que tanto, o tan poco, puede influir, según sea su intensidad en el momento de producirse, no es ni más ni menos que la tensión que se genera entre las personas fruto de una convivencia más estrecha que durante el resto del año y, en ocasiones, incluso más forzada.

Siempre se ha hecho hincapié en la importancia que tiene el periodo vacacional para una familia, ya que le brinda la mejor oportunidad para compartir cosas, para acercarse más unos a otros y, sobre todo, para desarrollar, en mayor grado, una convivencia que, en condiciones normales y durante el resto del año, se ve frecuente- mente interrumpida o incluso imposibilitada por las obligaciones diarias de cada uno de sus miembros. Tradicionalmente, se ha dicho que este grupo de personas, cada una con su carácter específico y con su actitud ante lo que le rodea, necesita compartir más cosas y compartir más tiempo, para consolidarse mejor como familia; pero esto, como toda moneda que se precie, también tiene su cruz y en esta cruz es donde nos vamos a centrar a continuación.

Toda convivencia produce roces que, según cómo, pueden convertirse en choques, debido especialmente, y como señalaba antes, a las características tan específicas de cada individuo. Lo mismo da que sean mayores o que sean pequeños: cada uno es cada uno y eso no hay quien pueda evitarlo. Y estos primeros roces pueden aparecer ya desde el mismo momento en que se plantea la consabida pregunta: "¿Dónde vamos este año?". Si los hijos son adolescentes o jóvenes, querrán que prevalezca su opinión y lucharán por ello con todas sus ganas; algunos querrán repetir el sitio del verano pasado, porque allí va también alguien a quien quisieran ver; otros no querrán marcharse a ninguna parte, ya que es en vacaciones, precisa- mente, cuando se reúnen aquí todos sus amigos; otros elegirán otro sitio por sus correspondientes razones... Con todo esto ¿dónde ir para que todos estén bien?... Difícil decisión y, en todo caso, siempre habrá alguno que no quede demasiado satisfecho. Otro problema se plantea con los hijos pequeños. Hay que llevarlos a algún lugar donde puedan moverse libremente, con todo el espacio que necesitan y donde no haya peligro para ellos; pero, claro, esto puede exigir un desembolso económico que la mayoría de las familias no puede permitirse, con lo cual se enfrenta uno a tener que atar corto a sus hijos, con el lógico bullicio que esto conlleva y, por tanto, adiós a relajarse, adiós a la paz soñada... todo un problema.

Cuestión aparte es la del ama de casa, que se pasa el año entre camas, cacharros y limpiadores; lo lógico es que quiera olvidarse de ello por unos días y tener sus merecidas vacaciones; pero lo cierto es que eso no es fácil, con el agravante de que estar pendiente de los niños durante las veinticuatro horas del día y preocuparse de comidas y de insolaciones, hace que añoren desesperadamente el fin de las vacaciones, la vuelta a casa y el retorno a la tranquilidad de sus labores cotidianas.

Y ya en el lugar elegido, pueden surgir otro tipo de conflictos producidos directamente por el relajamiento de las costumbres. Cada uno se muestra tal como es y de la misma manera que disfruta más con lo que le gusta, lo cual, naturalmente, puede que no tenga nada que ver con lo que les gusta a los demás, también, decía, se muestra más sensible ante lo que le disgusta y a la mínima salta, con el argumento de que no le dejan disfrutar de sus vacaciones. ¿Qué tenemos entonces?... Recapitulemos: Uno se pasa todo el año pensando en ese largo mes de vacaciones, donde se va a relajar, en el que va a disfrutar a tope, olvidándose de todo lo que le ahoga el resto del año, donde va a poder hacer lo que quiera, sin sujetarse a horarios, ni a prisas, ni a obligaciones. A medida que se acerca ese mes mágico, las expectativas aumentan, la ilusión crece, los ánimos van tomando altura y poco menos que se ponen en órbita... Pero tan sólo dos o tres días después de empezarlas, se da cuenta de que está en la tierra, de que sigue sujeto a las leyes de la naturaleza y a las normas de la convivencia... y ese ser humano ve, con amargura, cómo sus expectativas se rompen, y toda ruptura produce frustración; y cuando alguien se siente frustrado, se vuelve extremadamente sensible, cualquier cosa le molesta, se enfada con facilidad o se deprime a la menor contrariedad; esto, por supuesto, repercute en su manera de relacionarse con los demás, los cuales también sufren por ello, etc., etc.. Un círculo vicioso que puede dar al traste con la esperanza de comunicarse y compenetrarse más con su familia. Amén de que, luego, se vuelve a la rutina del trabajo en cierto modo resentido por lo que pudo ser y no fue...

Tal vez haya llevado las cosas a un límite un tanto exagerado, pero lo único que pretendo es hacerles reflexionar un poco sobre esta posibilidad; algo que, por otro lado, se puede capear medianamente bien si uno, en lugar de relajarse haciendo el vago, durante sus vacaciones se mantiene activo y ocupado en aquellas cosas que le gustan, y que el resto del año se ve imposibilitado para realizarlas. Cuantas más cosas se hagan, menos posibilidades tendrá cada cabecita de fijarse en lo que no ha salido como se esperaba; esto evitará que se enfade o que se deprima y sus relaciones con los demás también se verán beneficiadas, en todos los sentidos.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 22 de septiembre de 1996.

El Fracaso Escolar

Se ha definido tal problemática como un cúmulo de dificultades que llevan al niño a fallar según las expectativas que se habían creado en torno a él y que le imposibilitan para desarrollar una actitud positiva de cara al aprendizaje, desaprovechando así sus recursos intelectuales. Hasta aquí todo muy bien, pero muy teórico y tal vez debiéramos fijar nuestra atención en todo lo que hay detrás de esta definición tan general: El Fracaso Escolar constituye, de entrada, un hecho social que implica tanto a la familia y el entorno más cercano al niño, como al ambiente educativo y las relaciones interpersonales que en él se desarrollan. Y desde el mismo momento en que se ve como una problemática social es por lo que levanta tanto revuelo a su alrededor.

Hay veces que un niño no obtiene los resultados esperados en el Colegio y no consigue los objetivos que el sistema educativo actual ha prefijado para su edad y su nivel intelectual; pero para que esto ocurra, se tiene que producir un fallo en uno o en varios de los factores que intervienen en el proceso educativo. Estos factores son: humanos (el niño, sus profesores, sus compañeros, su familia, etc.); funcionales (programaciones y metodología empleada) y materiales (equipamiento, instalaciones, transporte y distancias, etc.) La problemática puede surgir en cualquiera de ellos; no obstante, lo malo es que no se hace palpable hasta que se ha extendido, influyendo en el conjunto del sistema educativo, y manifestándose en los resultados del curso que llegan a casa bajo la forma de las, tan traídas y llevadas, Notas.

Sin embargo, debemos partir del hecho de que es un error identificar Fracaso Escolar con suspensos, aunque esto es lo más común y, también, lo más llamativo. A pesar de que este Fracaso puede significar un problema de aprendizaje, lo cierto es que también puede implicar algo mucho más complejo, como es la Inadaptación, que irá, a mayores, arrastrando un retraso progresivo a nivel académico y que es bastante más persistente que un suspenso circunstancial en el Boletín de Notas de un trimestre.

Más bien, se produce realmente un Fracaso Escolar cuando las notas demuestran que no hay relación entre el rendimiento del niño, o del adolescente, sus capacidades objetivas y las expectativas que tenía al principio del curso. Además, se complica aún más el tema por la conciencia que adquiere el alumno de su propio fracaso, lo cual, una vez interiorizado, hace que se minusvalore a sí mismo, cayendo en un círculo vicioso que le hace seguir fracasando, por la conciencia de sentirse un inútil; y por tanto, como "es un inútil", sabe que cualquier cosa que intente se verá abocada al fracaso; consecuentemente, pierde el interés por intentarlo de nuevo y así, poco a poco, se sumerge en un pozo del que ni siquiera hace esfuerzos por salir, al no encontrar la ayuda necesaria en los que le rodean, que más que interesarse por su problema y por lo que lo produce, le recriminan ese fracaso y le echan en cara su inutilidad.

Las causas que llevan al Fracaso son múltiples, pero podemos dividirlas en dos grandes grupos: las internas o endógenas, relacionadas con el propio alumno; y las externas o exógenas, relacionadas con la personas y el ambiente que le rodea. Los condicionantes endógenos suelen ser más fácilmente conocidos por los padres y educadores, ya que van desde trastornos fisiológicos, desajustes psicológicos, problemas psicomotrices, etc., hasta deficiencias intelectuales. Pero los exógenos, que son tanto o más importantes que los anteriores, a menudo son difíciles de detectar o, si se conocen, no se les da la importancia que merecen. Entre estos, encontramos los siguientes: problemas afectivos con el entorno; ambiente familiar inestable; sobreprotección paterna; actitudes exigentes por parte de los padres, con manifestaciones incluso agresivas si el niño no responde a sus ideales; dificultades de adaptación al entorno escolar; rigidez en los sistemas educativos; etc.

Las consecuencias que el Fracaso tiene para un niño, o un adolescente, no van sólo en el orden de un retraso con respecto a sus compañeros; además supone un sufrimiento, acompañado de un descenso en su autoestima, convirtiéndose en una persona insegura, con sentimientos de vergüenza que pueden desencadenar, en casos extremos, conductas autoagresivas. Ante esta situación, los padres deberían procurar no transmitir a su hijo sentimientos de culpabilidad (que ya, de por sí, tiene), debido a que esto sólo serviría para bloquearle aún más en sus escasos intentos por superarse a sí mismo. Tampoco es aconsejable presionarle demasiado para que estudie, ya que se puede desencadenar con ello un rechazo definitivo respecto a todo lo que tenga que ver con libros; rechazo que no es de extrañar que, en ocasiones, se convierta en una fobia. Es necesario tomar conciencia de que la peor consecuencia del Fracaso Escolar es la sensación de frustración y de culpa que siente el alumno el cual ve, con impotencia, cómo mes tras mes no consigue sacar buenas notas; por eso, los padres especialmente, pueden jugar un papel muy importante de cara a aliviar, e incluso a evitar, esa sensación; y cuando ese niño o ese adolescente se relajan un poco, les es más fácil afrontar su problema con mejores garantías de éxito; máxime si encuentran en su ambiente familiar la comprensión y el apoyo necesario para aumentar su autoestima y adquirir más confianza en sí mismos.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 29 de septiembre de 1996.

"O mío o de nadie"

En días pasados, una noticia saltó al aire a través de todos los medios de comunicación y, como si de un calambre se tratara, nos puso sin remedio la carne de gallina; me estoy refiriendo al médico alemán que decidió asesinar a sus propios hijos al enterarse de las condiciones de la sentencia de su divorcio. No es un caso aislado, por desgracia, y de eso somos lamentablemente conscientes, pero no he podido dejar de pensar en qué fue lo que llevó a ese hombre a obrar de la manera que lo hizo.

Independientemente de las características psicóticas que constituyen la base para la explicación de hechos como el que nos ocupa, sería necesario hacer hincapié en los conceptos de propiedad y de venganza que también tienen una influencia decisiva. A veces oímos a alguien decir, medio en broma o medio en serio, "si no es para mí, no será para nadie" y esto, cuando se refiere a un objeto, no pasa de ser una simple exageración, pero cuando se refiere a una persona, la cosa toma ya unos tintes diferentes e, incluso, peligrosos.  Así, centrándonos en el caso que nos ocupa, deberíamos fijarnos en algunos detalles significativos. Por un lado está el concepto de propiedad que este hombre tenía con respecto a sus hijos: son "sus" hijos y nadie se los puede arrebatar; y del mismo modo que un juez no es quién para quitárselos, por el hecho biológico de que son "suyos" puede hacer con ellos lo que le plazca: si les ha dado la vida, también les puede dar la muerte. Esto puede parecer tremendo, pero las lógicas que llega a desarrollar una mente enferma están, para el individuo que la sufre, tan cargadas de razón como monstruosas nos parecen a nosotros.

Ahora bien, si seguimos por esta línea, los hijos serían una propiedad compartida entre el padre y la madre. Ese padre (aunque utilizar dicho sustantivo en este caso puede resultar fuera de lugar) comprueba que la madre ha reclamado su derecho a la propiedad; si lo reclama, es porque resulta muy preciado para ella. "Pero ella no es más que una cualquiera que ha destrozado nuestra familia (me van a perdonar el uso de tanta cursiva, pero con ello trato de remarcar las posibles palabras que usaría ese hombre. Así pues, sigamos con su presunto "razonamiento") Si ella es capaz de arruinar algo tan sagrado como es el matrimonio, es que puede ser capaz de atentar contra cualquier cosa. Merece un castigo; tengo que vengarme de ella. ¿Cómo hacerlo? Eliminando cualquier posibilidad de que se apodere de algo que desea tener: los niños. Yo me quedaré sin ellos, pero lo importante es que ella se fastidie, que sufra como sufro yo por el fin de nuestra familia; además, si no van a ser para mí, ni mucho menos voy a permitir que ella se salga con la suya, porque es mala y, además, seguro que les haría sufrir. ¿Qué puedo hacer?: Los mato".

Espeluznante. Ante situaciones así nos quedamos forzosamente mudos de asombro y de horror. Una vez más, la realidad supera a la ficción. Pero es que, a mayores, en este caso se dan otras circunstancias que lo hacen aún más doloroso. Ahí tenemos los sospechosos intentos de suicidio, que se produjeron después del asesinato. Se habló de un sentimiento de culpa; pero a mí eso no me parece posible o no, al menos, según se ha querido explicar, teniendo en cuenta los elementos que rodeaban tales intentos. Para empezar, a nadie se nos escapó el hecho de que era médico y es de suponer que si sabía cuál era la dosis letal para un niño, supiera también cuál tenía que ser la cantidad a suministrar para matar a un adulto de tales características físicas. Tal vez aventuro mucho con esto y puede que algún médico quiera librarme de mi error, pero esto parece lo más lógico. Por tanto, en este caso, lo que hizo no era más que fingir que quería suicidarse. Además, está su deambular por los acantilados de la isla. Si realmente había arrepentimiento, algo así podría llevar a la desesperación y sumada ésta a la voluntad de suicidio, hubiera sido muy fácil saltar al vacío, circunstancia que tampoco se produjo. ¿Qué podemos pensar? Que, tal vez, razonó de la siguiente manera: "Si después de lo que he hecho, simulo intentos de suicidio, me declaran perturbado mental, me ingresan en un Centro Hospitalario temporalmente, y me libro de la cárcel".

Vamos a ver, no confundamos las cosas. Ciertamente, su salud mental deja mucho que desear para haber cometido semejante atrocidad, pero aún así, no podemos dejar de sospechar que intentó burlarse de la sociedad para que no castigaran su conducta. Por otro lado, y de eso quizá se valió, para la sociedad es más justificable el hecho de que estas cosas sean ejecutadas por un individuo que está loco, que su autoinculpación por haber generado en su seno a semejante monstruo; sería tanto como reconocer su participación en el desarrollo de tal engendro y el castigo que le aplicarían supondría un castigo para sí misma por ese sentimiento de culpa. Es más fácil decir: esto "no" es un producto nuestro; es una desviación, una malformación y no somos culpables de que la naturaleza, de vez en cuando, tenga esas salidas de tono.

En todo caso, esto ocurrió realmente un desgraciado día de agosto y si volvemos a las aclaraciones iniciales, tal vez fuera conveniente no inculcar en nuestros niños, desde su más temprana edad, un sentimiento tan exacerbado de la propiedad. Los conceptos de "mío" y "tuyo" están bien como elementos de diferenciación, pero no como verdades absolutas, que en mentes enfermas, desorganizadas o dañadas por cualquier circunstancia, externa o interna, adquieran unos matices relevantes y decisivos de cara al desarrollo de una paranoia y constituyan el detonante de actos que por nada del mundo quisiéramos que volvieran a producirse.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 6 de octubre de 1996.

Anorexia: Un pozo sin fondo

A nadie se nos escapa ya lo que se esconde detrás de la palabra Anorexia porque, lamentablemente, son bastantes los casos que se manifiestan y cada vez, de forma sorprendente, en edades más tempranas. Resulta casi impensable que niñas de ocho o diez años entren voluntariamente en este calvario y, sin embargo, las últimas estadísticas así lo demuestran. Y un gran problema reside en que sus comienzos suelen pasar desapercibidos, aunque actualmente estamos más concienciados al respecto.

Ya hemos hablado en anteriores artículos del culto al cuerpo, de las modas y las consecuencias que acarrean si son llevados hasta el extremo; porque bien está el cuidarse físicamente, incluso diría que "muy bien", ya que un cierto ejercicio y una cierta regulación de la alimentación, es algo saludable y nuestro organismo lo agradece. Sin embargo, cuando se entra en estados obsesivos, estas cosas, como la inmensa mayoría, ya no son tan aconsejables.

Pero ¿cómo empieza esta caída hacia el abismo? Normalmente, y a ojos ajenos, por una tontería, aunque para la niña o adolescente que lo sufre puede suponer un auténtico trauma. Partamos de la base de que, en estas edades, todos nos hemos sentido un poco inseguros; nuestro cuerpo presenta una serie de cambios que cuesta aceptar y, aunque se tengan muchas ganas de llegar a una determinada edad, las explosiones hormonales, que van incluidas en el mismo lote, generan una serie de trastornos que inciden directa o indirectamente en la percepción que se tiene de sí mismo y del entorno. Con esta bomba de relojería adosada a la propia imagen, un buen día, una compañera de colegio, quizá mejor desarrollada físicamente, pero sobre todo envidiosa por alguna buena característica de la otra, o por los buenos resultados en los estudios, lanza una terrible frase: "¡Con ese cuerpo!... ¿quién se va a fijar en ti?" Y puede que "ese cuerpo" esté bien, a pesar de que su desarrollo no esté aún muy avanzado, pero debido a la inseguridad inherente a la que antes aludíamos, esa niña llegará a su casa triste, pensando que, tal vez, su compañera tenga razón, que quizá esté un poco gorda y, claro: "Viéndola a ella... ¿cómo voy a conseguir que Santi se fije en mí?... y Santi me gusta mucho..." Con esta idea agarrándose como una lapa en su mente, el primer vistazo en el espejo puede ser el detonante de la catástrofe. "Es verdad; estoy gorda; estoy fea... tengo que adelgazar"... Tal como sea, el caso es que, a partir de ese momento, empezará a ir disminuyendo sus comidas y aunque al principio pase mucha hambre, pensará que "el sacrificio merece la pena", hasta que, poco a poco, su cuerpo se irá acostumbrando a esa dieta y cada vez irá pidiendo menos, entrando así en la Anorexia conocida y reconocida.

Otro factor importante que puede desencadenar todo este proceso es el deseo de llegar a ser Modelo, profesión que los medios de comunicación se han encargado de dotarla con un resplandor y un nivel de vida alucinante. Esas figuras altas, delgadas, esbeltas, despiertan demasiadas envidias como para que el resto de las mujeres, en un momento u otro de nuestras vidas, nos hayamos sentido, en cierto modo, insatisfechas con nosotras mismas y, si somos sinceras, creo que todas lo reconoceríamos; máxime aún durante la adolescencia, cuando parece que, si uno se lo propone, todo se puede conseguir.

Sin embargo, y a parte de este motivo circunstancial, lo que realmente podría estar en los inicios de la Anorexia es una inseguridad personal entrelazada con, y desencadenando a la vez, una baja autoestima que, en casos extremos, puede llevar incluso a repudiar el propio cuerpo, castigándolo físicamente con autoagresiones, aunque ustedes podrán alegar que la Anorexia ya supone, de por sí, una autoagresión bastante peligrosa.

Así pues, sería conveniente estar alerta ante ciertas manifestaciones que constituyen los síntomas de esta problemática y que, aunque son muy variados, sin embargo hay algunos que, ya desde sus comienzos, pueden dar pie a pensar en esa posibilidad; y esto, como en tantos otros trastornos, cuando se detecta a tiempo, tiene una solución más fácil y rápida. Así, por ejemplo, se detecta una pérdida rápida de peso, debido a que empiezan dejando siempre, por sistema, algo de comida en el plato. Puede ocurrir que, para que no se lo recriminen, aprovechen cualquier despiste para esconderla (en algún tiesto o en algún jarrón que luego se limpia con facilidad), para echarla en el plato del que está al lado, etc. Además, suelen estar obsesivamente pendientes de las calorías que tiene cada alimento, con el fin de no pasarse lo más mínimo de las que estiman absolutamente necesarias. También puede que hagan mucho ejercicio físico para quemar rápidamente las calorías consumidas. A mayores, esta carencia alimentaria tiene unas repercusiones, a nivel psicológico, que constituyen, a su vez, otros síntomas de la Anorexia. Por ejemplo, una mayor introversión; se encierran en su habitación, se vuelven perfeccionistas e, incluso, intolerantes y, a nivel hormonal, las chicas empiezan a tener problemas con la menstruación. Si alguien cercano a ti empezara a presentar cualquiera de estos indicios, no estaría de más que lo tuvieras en cuenta para poner los medios más adecuados que eviten el desarrollo de una Anorexia que podría llegar a extremos demasiado peligrosos.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 13 de octubre de 1996.

"... Y Bulimia: La Espiral"

Al contrario de lo que vimos cuando nos referíamos a la Anorexia, en este caso nos vamos a centrar en ese otro trastorno de los hábitos alimenticios que se caracteriza por una tendencia exagerada a consumir alimentos; se trata de lo que en Psicología definimos como unas ansias compulsivas de comer. Sin embargo, además de la ingestión de grandes cantidades de comida, a la vez se tiene la sensación de que esa conducta es anormal, por lo que aparece el sentimiento de culpabilidad y de miedo a no poder controlarlo. Otro dato a tener en cuenta es, asimismo, el hecho de que las personas que padecen Bulimia tienen también miedo a estar demasiado gordas, por lo que se pueden alternar los períodos de Bulimia con los de Anorexia.

Pero centrándonos ahora en lo que es la Bulimia en sí, trataremos de comentar algunas notas relevantes en el desarrollo de este trastorno. La necesidad compulsiva de comer, es decir, la obsesión por la ingestión de alimentos, lleva a que estos sean engullidos o devorados sin masticar; lo que se dice, literalmente, tragados; y es en este momento cuando aparece el sentimiento de culpabilidad acompañado de la idea de que eso le conducirá a una obesidad desmedida; así pues, no se lo piensa dos veces y corre a provocarse el vómito para evitar esa consecuencia, en un intento casi desesperado por remediar lo que ha hecho impulsivamente.

A mayores, está el hecho de que se avergüenza de su debilidad y evita por todos los medios que alguien le pueda ver y, consiguientemente, echárselo en cara; por eso, cuando está con otras personas, se mostrará en extremo comedido, llegando incluso a "no probar bocado" o, como mucho, picoteando algo de aquí y de allá; es como si se acogiera a la máxima de que "es mejor pecar de poco que de exceso". Claro que el ver tanta comida junta y no poder devorarla a gusto, le genera un fuerte estado de ansiedad que irá en aumento, produciéndole una gran irritabilidad: necesita comer y "esos pesados" no le dejan explayarse. Puede ocurrir que incluso, inconscientemente, provoque algún pequeño incidente que le obligue a salir corriendo de la sala, como una discusión que le hace salir enfadado de allí, o una torpeza con la que hace que algo se derrame sobre su ropa y deba salir a limpiarse... en fin, algo que le saque de esa situación para poder calmar su ansiedad; una vez conseguido, se dirigirá sin pérdida de tiempo a una despensa o a un frigorífico donde se aprovisionará y, ya a solas, poder dar rienda suelta a su impulso... y come... y, de momento, no piensa, sólo ingiere, hasta que, de pronto, se da cuenta de lo que está haciendo; se le vienen encima todas las consecuencias que pueden derivarse de su vicio y, como si el cerebro hubiera dado una orden irrevocable a su estómago, éste empieza a convulsionarse para arrojar de sí lo que le han embutido, produciéndose así el vómito; en otras ocasiones, especialmente en las primeras fases del problema, sería la misma persona la que se lo provocara físicamente, en un intento desesperado por remediar su error.

En otro orden de cosas, la bulimia suele acompañarse de un estado de depresión, como tónica general, aunque son frecuentes los cambios bruscos de humor, los cuales son más acentuados, como vimos antes, cuando el nivel de ansiedad es muy fuerte y no se puede dar rienda suelta convenientemente a ese deseo.

Si hasta ahora hemos visto cómo se produce, a continuación vamos a tratar de explicar por qué puede desencadenarse un proceso bulímico. Aquí contamos con el inconveniente de que las causas no están tan claras como en el anoréxico, el cual parece que suele empezar por un fuerte deseo de adelgazar. Entonces, habría que buscar el origen en otras fuentes y quizá la más importante sea el placer de comer. Porque además de ser una necesidad biológica, la comida puede significar un auténtico placer para los sentidos y bien se podría decir que para todos los sentidos: La Vista, ¿a quién no le agrada ver una mesa bien puesta con unos alimentos pletóricos de colorido, de brillo y de buena pinta?. El Oído, ¿y ese "mummm", o ese ¡qué bueno!, que oímos susurrar a quien está a nuestro lado y que invita a probar lo que a él le resulta tan agradable? El Tacto, ¿.. y esa sensación voluptuosa de impregnar los dedos en merengue y chuparlos casi de forma sensual?... Y ¿qué decir del gusto y del olfato?... sin comentarios. Así pues, con todos estos ingredientes, bien podría ser el placer de comer uno de los firmes candidatos a auparse con el dudoso honor de ser el primer desencadenante de una bulimia.

Además están las costumbres sociales. Cualquier reunión que se precie, bien sea de negocios o de placer, siempre, de una forma u otra, va acompañada de comida: tapeo, comida de negocios, banquete de celebración... Y así un día y otro, y el ser humano tiene por principio aquel célebre "todos queremos más y siempre queremos más"; por tanto, si somos ambiciosos por naturaleza, añadan esta característica humana al empujón que te dan los hábitos sociales, al placer derivado de la comida y a esa debilidad natural por ceder ante lo que nos agrada,, junto con el "¿por qué tengo que privarme, si no hago daño a nadie?" y tendremos así el cóctel más estimulante para empezar a desarrollar una especial atracción por la comida. Tras esto, algunos se convierten en obesos, pero no les importa y dicen aquello de "a vivir, que son dos días", pero otros no quieren verse así, por cuestiones de estética o por lo que sea y, si no pueden evitar el comer, algo tendrán que hacer para, al menos, evitar sus consecuencias; entrando así en todo el proceso que hemos descrito anteriormente y que constituye un gran problema tanto a nivel psicológico como físico.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 20 de octubre de 1996.

Cuando la educación pierde "el Norte"

New York. Niño de siete años expulsado de un colegio por acoso sexual. Parece ser, según se especificaba en el comunicado que poco menos que ha dado la vuelta al mundo, que este niño fue sorprendido por una profesora cuando besaba en la mejilla a una compañera de clase y la maquinaria adulta se puso en marcha. ¿No estaremos sacando las cosas de quicio? Veamos, según el Diccionario de la Real Academia, acosar es "perseguir, sin darle tregua ni reposo, a un animal o a una persona". Y más concretamente, cuando nos referimos a acoso sexual, hacemos alusión a una conducta que busca el dominio sobre otra persona, mediante la insistencia a veces agresiva o incluso violenta, y que trata de conseguir la sumisión del otro en aquella faceta que más le puede humillar: su intimidad sexual. Porque de eso, precisamente, se trata: de un juego cruel de abuso de poder y de intento de humillación o de sometimiento.

Detrás del acoso sexual se esconde todo un confuso espectro de complejos de inferioridad, de ansias absolutistas de poder, de necesidad de que los demás reconozcan en todo momento el célebre "Quién manda aquí". Convendrán conmigo, pues,  en que es difícil que algo de esto pueda darse en un niño de siete años.

Desde mi punto de vista, acusar a una criatura inocente de tal conducta lo único que consigue es fomentar en el niño la idea del delito. Si a alguien que escasamente sabe lo que es el sexo, con todo lo que esta palabra conlleva, se le inculca su conocimiento a base de castigos, lo más probable es que vaya germinando, de forma inadecuada, en su mente la idea de tabú, la idea de lo prohibido y pecaminoso y esto puede tener dos vertientes igualmente desastrosas. Por un lado, el convertir a esa personalidad en ciernes en un reprimido, en un ser pusilánime y acomplejado y, por desgracia, sabemos muy bien las hazañas a las que pueden llegar estas personas en momentos de rebeldía. Por otra parte, estaríamos ante la amenaza implícita en aquel individuo que ya ha pagado por un crimen que no ha cometido y considera que se le debe algo, con lo cual, tratará de cobrarlo cuando menos se espere y lo hará, precisamente, ejecutando el delito que considera que ya tiene abonado.

Todo esto puede parecer excesivo y quizá ese niño, en su inocencia, no alcance a ver más allá de un castigo, que no entiende bien a qué se ha debido, pero que le fastidia, por unos días, el poder asistir a las clases y jugar con sus amigos; sin embargo y puesto que nosotros, los adultos, sí vemos esas implicaciones, no estaría de más que nos planteáramos seriamente el hecho de que somos responsables de la educación de la sociedad del futuro y que, si lo hacemos de esta manera tan desastrosa, no nos debería extrañar la proliferación de tantos engendros con conductas claramente antisociales y, en algunos casos, hasta peligrosas.

Vivimos en un mundo demasiado complejo y nos vemos obligados a caminar a ciegas por el filo de una navaja; si a esto le añadimos el que unos a otros nos pongamos constantemente la zancadilla, máxime aún si se la estamos poniendo a los que nos siguen, en vez de facilitarles un poco las cosas que tienen por delante, ya de por sí difíciles, seremos nosotros mismos los responsables de la degeneración de nuestra especie.

Lamento ponerme tan catastrofista, pero ya que necesariamente estamos influyendo en el desarrollo mental y de la personalidad de nuestros niños, se hace imprescindible que tengamos en cuenta una serie de cuestiones de trascendental importancia. En primer lugar, un niño será el día de mañana, con escasas excepciones, lo que nosotros provoquemos que sea; el cerebro de los más pequeños es como un campo preparado para ser cultivado; si le descuidas, se convertirá en un amasijo de rastrojos, de la misma forma que si siembras trigo, crecerá trigo. En segundo lugar, los niños, en su deseo por hacerse mayores, tienden a imitar las cosas que ven hacer a los mayores. Como tercera premisa, tenemos el hecho de que no sólo imitan a los adultos, sino que se sienten orgullosos de hacerlo y convencidos de que es lo correcto; así pues, cuántas veces se les ha regañado diciendo cosas como: "Niño, no digas esas palabrotas" y su réplica inmediata ha sido "Pues mi padre las dice"...

Además, está la certeza de que la malicia o la picardía a la hora de hacer algo, no surge de ellos, sino que viene del secretismo o de la malicia con que los adultos revestimos ciertas conductas y, unido a esto, el deseo infantil de llamar la atención, llevando la contraria. Por ejemplo, y ya que hemos empezado este artículo hablando de sexo, algunas veces hemos observado que los niños pequeños realizan tocamientos en sus genitales o en los de sus amiguitos o sus hermanos; ésta es una conducta absolutamente normal, que se produce en una etapa del desarrollo infantil y, como es inseparable de esa fase evolutiva, lo mismo que aparece con ella, también desaparecerá cuando esta etapa se supere; sin embargo, si mientras se produce, cometemos el error de censurarlo y de castigarlo, seremos nosotros los que estaremos revistiendo ese hecho con una intencionalidad que no tiene; de esta forma, el niño se fija en algo que, hasta ese momento, ejecutaba de forma mecánica, le llamará poderosamente la atención y tenderá a repetirlo por dos razones: primero, para tratar de descubrir lo que se esconde ahí y que los papás tanto le recriminan y, segundo, para llevar la contraria, tomándolo entonces como un juego del "ratón y el gato"; así cuando sus padres le regañen por algo, en vez de sacarles la lengua que podría ser un acto de rebeldía "normal", optará por tocarse o tocar los genitales de otro, en vista del éxito que tiene ese gesto para soliviantar a sus, en ese momento, enemigos, los adultos.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 3 de noviembre de 1996.

Mafias escolares: quién es quién

 

Se está hablando mucho últimamente de las llamadas "Mafias Escolares" y lo cierto es que es una cuestión demasiado seria, tanto por los problemas que plantea "in situ", como por las consecuencias que puede tener en el futuro, por lo que no debería pasarse por alto tan a la ligera. En esta situación, tenemos dos protagonistas: el grupo perseguidor y el grupo perseguido, por lo que procuraremos analizar ambos tipos de personalidades para centrar lo más adecuadamente posible el problema.

En el grupo perseguidor nos encontramos a niños con una personalidad compleja, que lucha por definirse partiendo de un sentimiento de inferioridad, el cual tratan de superar a toda costa envalentonándose y haciéndose el gallito frente a otros niños, ya que no pueden lograrlo frente a los adultos que tienen a su alrededor y que, en la mayoría de los casos, son los que le humillan a él, causándole esa infravaloración de su propia persona. No es extraño, por desgracia, encontrar a padres que quieren que sus hijos sean unos "machotes", incluso les gustaría que se convirtieran en unos "cabronazos", por aquello de tener la sartén por el mango y que nadie les pueda hacer sombra en el futuro. Así, desde muy pequeñitos, estos niños no reciben más que insultos y amenazas y, ante cualquier cosa que tratan de hacer, la frase más amable que escuchan es la de "como sea esto todo lo mejor que puedes hacerlo, no llegarás a ningún sitio ¡pedazo de inútil!". Con estos estímulos paternos otorgados tan generosamente desde las primeras horas de la mañana, hasta el mismo instante de quedarse dormidos, se va generando en el niño una dualidad que solivianta su ánimo en el sentido de, por un lado, buscar venganza y, por otro, demostrar que puede ser más que nadie y que nadie le va a pisar el terreno; demostrar a su padre que realmente es ya el tipo duro que tanto quiere que sea.

Ahora bien, a la hora de vengarse de las humillaciones recibidas, este niño tiene muy claro que no puede hacerlo sobre los adultos, porque son más grandes que él; luego, entonces, desvía su objetivo hacia sus iguales o hacia otros más pequeños; de esta manera, todo lo que él vive por un lado, se lo hace vivir a los que considera más vulnerables que él, y lo intenta, primero, poniendo en marcha toda su inteligencia, que suele ser mucha, para descubrir por dónde puede hacer más daño y, segundo, haciendo uso de toda su rabia para poder ejecutarlo. Se ha dicho en algunas ocasiones que, curiosamente, los cabecillas de estas mafias son niños que sacan buenas notas y que son tenidos, por sus profesores, como inteligentes. Por supuesto. Los meditados chantajes y las elaboradas torturas con que castigan a otros compañeros tienen que ser, necesariamente, fruto de mentes muy despiertas, activas y con grandes capacidades para crear y ejecutar; a mayores, estos niños, aun sacando buenas notas, se encuentran en casa con una intransigencia que no acepta "buenas notas", sino que sólo puede tolerar las máximas calificaciones y ello teniendo en cuenta que estas calificaciones excepcionales "no demuestran nada" que son "sólo notas" y, según estos adultos, "ser el mejor hay que demostrarlo en todo y no solamente sobre el papel". Con todo esto, se completa el círculo vicioso y se inicia el camino del "Padrino".

Por el contrario, en el otro extremo del espectro, tenemos al grupo perseguido. En este caso, no partimos de un sentimiento de inferioridad que lleva a un despliegue de medios erróneos para superarse; sino que, normalmente, se trata de niños emocionalmente estables que son abocados, por las circunstancias, a convertirse en seres humillados, timoratos y deprimidos. Y son precisamente estos niños las víctimas más adecuadas para sus otros compañeros porque les generan una envidia difícilmente controlable.

Si un pequeño que, a pesar de todos sus esfuerzos por superarse, se encuentra constantemente con malos tratos psicológicos en el entorno familiar, percibe cómo ese otro compañero "tiene mucha suerte", y aunque no es tan bueno en clase, recibe recompensas, y un día va al "cole" con una bicicleta nueva y al siguiente le están esperando sus padres a la salida, para ir al parque de atracciones, poco a poco la conciencia de su "mala suerte" va alimentando la envidia, y la rabia acumulada contra sus progenitores, la vuelca en quien, según él, más suerte tiene, "para que se fastidie", a la vez que le servirá para demostrar a los demás y demostrarse a sí mismo que puede controlar a quien quiera, cuando quiera.

Con esto, lo que ocurre es que la víctima empieza a tener miedo, se convierte en un niño receloso y, de confiar plenamente en sus padres, empieza a ocultarles cosas, llega incluso a robarles para salir de determinados apuros, se vuelve introvertido, triste, pudiendo caer en la depresión. Y de ir contento al colegio, de pronto una mañana dice que se encuentra mal y no puede levantarse; otro día, aunque ha salido de casa, no se ha presentado en clase y los padres reciben una llamada del tutor preguntando por los motivos de la ausencia, cuando estos no sabían nada de dicha falta. El rendimiento escolar se resiente y su actitud, en general, cambia, distrayéndose constantemente en un intento por paliar el miedo que le domina y por huir de los que le agreden.

Es importante estar atentos a la posibilidad de que se presenten estos cambios en el niño que, si bien empiezan siendo ocasionales, luego pasan a ser continuos y causantes de trastornos psicológicos decisivos.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 30 de marzo de 1997.

Esa Depresión "Invisible" (I)

Parece que siempre que hablamos de Depresión lo asociamos con personas adultas o que han entrado ya en la vejez, y como mucho, casi haciendo un esfuerzo, aludimos a que también se presenta en la juventud. No obstante, cada vez son más los estudios que dejan constancia de que este trastorno emocional se presenta también en la Infancia y en la Adolescencia. Entonces, si esto es así y, llegado el caso, no lo afrontamos, ocurre que es porque o no nos damos cuenta o, lo que es peor, no nos la queremos dar. Así pues, hoy pretendo aprovechar estas líneas para darles algunas pistas que pueden facilitar su detección, aunque nos vemos obligados a partir del hecho de que se trata de algo realmente difícil de diagnosticar, debido  a las características tan especiales de estas etapas de la vida, las que hacen que, normalmente, su sintomatología se asocie con problemas típicos de la edad.

Una de las manifestaciones más corrientes es la presencia de conductas agresivas, claro que, por regla general, se suelen asociar, en los primeros años, con rabietas motivadas por no conseguir lo que quieren y, ya entrando en la adolescencia, con esa característica rebeldía. Ahora bien, esta asociación errónea se hace quizá como consecuencia de un acto reflejo de autodefensa por parte del adulto. Me explico: Reconocer que un niño es agresivo, implica que es desgraciado, ya que si fuera feliz, no mostraría esas actitudes de enfrentamiento tanto consigo mismo como con los que le rodean; y si ese niño es desgraciado y lo normal es que en esa edad uno sea felizmente inocente, es porque, de alguna forma, somos nosotros, los adultos, los que le estamos haciendo desdichado, ya que depende casi absolutamente de nosotros. Claro, llegados a este punto, es inevitable el sentimiento de culpabilidad y como a nadie nos gusta sentirnos culpables de nada, preferimos pensar que su agresividad es fruto de los rebotes propios de la etapa por la que está pasando, de su inmadurez, o de su oposición a todo. Mal empezamos.

Otra manifestación, si se quiere más lógica de una depresión, es una tristeza desproporcionada; el niño no tiene ganas de jugar; el adolescente se refugia en su habitación, con su música favorita, se tiende en la cama y no quiere ver a nadie y, aún así, decimos: "Es que está en la edad del pavo", "Son sus rarezas" y, lo peor de todo, en ambos casos, "¡Ya se le pasará!". Sin embargo, se comportan así porque perciben que nadie les comprende; se encuentran mal y nadie se da cuenta de ello; se sienten solos; tienen la sensación, quizá por el desinterés que ven en los adultos, de que no pueden confiar en nadie, de que les van a decir que es una tontería, o aquello de: "Si ahora te pones así, ¡qué va a ser de ti cuando te enfrentes a los verdaderos problemas de la vida!"... Pero ese repliegue  hacia dentro, tiene unas consecuencias muy evidentes: silencios, desinterés por todo lo que les rodea, fracasos en los estudios, aislamiento casi absoluto, trastornos del sueño, falta de apetito y, en los más pequeños, incontinencia urinaria, a veces incluso diurna (según la edad) o la aparición del "amigo imaginario" que ya expusimos en un artículo anterior. Considero que no se debe pasar de estos pequeños o grandes detalles. Porque, efectivamente,  con el correr del tiempo pueden desaparecer por sí solos, aunque el problema es que esta desaparición se produce sólo "a simple vista", ya que se ha podido comprobar que aquellas personas que presentaron episodios depresivos durante su infancia y adolescencia, y no fueron debidamente tratadas, tendían a presentar, en la edad adulta, en un elevado porcentaje de casos (alrededor del 80%), cuadros depresivos importantes con, en ocasiones, rasgos de cronicidad.

Pero esto no son más que datos generales. Ahora, con el fin de que puedan sacar mayor utilidad de esta página, estimo oportuno hablarles de cómo se puede llegar a esta situación, de su evolución hasta la adolescencia y de los efectos visibles que se desencadenan, para lo cual me voy a basar en las investigaciones efectuadas durante la década de los ochenta por varios psicólogos, psiquiatras y médicos especialistas, que observaron, en su práctica clínica, la relevancia de factores antes menospreciados.

Por evidentes razones de espacio, continuaré con este tema la próxima semana, pero hoy quiero dejar apuntado un dato que considero relevante: Desde el mismo instante del nacimiento, y hasta alcanzar la madurez, una persona se enfrenta a una sucesiva necesidad de renunciar a cosas y a una cadena de frustraciones que van constituyendo "el pan nuestro de cada día". Así, y ya para empezar, hay que renunciar a la comodidad de la vida fetal para tener que empezar a respirar por uno mismo y a pedir la comida, de forma que podamos ser debidamente atendidos. Todo esto hace que la depresión, en su estado más básico, sea ya un componente importante en la vida psíquica del niño aunque, por supuesto, aún no tiene una dimensión digamos patológica. Y, un hecho de interés, cuanto más temprana es la edad del niño, más somática es la manifestación de su depresión, mientras que, a medida que va creciendo, va entrando y adquiriendo cada vez más relevancia el aspecto psicológico. Teniendo esto en cuenta, vemos que se puede detectar ya una depresión a partir de los seis u ocho meses, cuando empieza a darse una mayor separación de la madre y el niño lo percibe con angustia, más profunda cuanto más directa ha sido la relación establecida hasta ese momento.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

 Esa Depresión "Invisible" (II)

Iniciamos el domingo pasado el tema de la Depresión Infantil y, tras esa breve visión general, seguiré con una exposición que considero de bastante utilidad, especialmente para aquellas personas que, por su profesión o por sus particulares condiciones de vida, se ven enfrentadas cada día al "¿qué le pasará a este niño que...?"

Ya dejamos apuntado que, desde las primeras etapas de la vida se pueden presentar determinadas actitudes o conductas explicables dentro de este contexto y aludimos a la primera angustia que puede aparecer en el niño como consecuencia de las cada vez más frecuentes separaciones de su madre. Esos albores de depresión se manifiestan en hechos como: el rechazo o la aprensión ante otros adultos; el llanto incontrolado y, en ocasiones, inacabable; la tristeza que puede apreciarse en ese llanto que le da una tonalidad de desesperación; el rechazo de cualquier caricia por parte de otro adulto; y, en determinados casos, un abatimiento que llega a impedirle el movimiento normal de su cuerpo y le obliga a despreciar el alimento, bien negándose a tomarlo, o bien vomitándolo nada más ingerirlo.

Si el niño recupera a su madre, o si se toman las medidas oportunas para sustituir adecuadamente a esa figura materna, en pocas horas o en pocos días, toda esta sintomatología desaparece, siempre y cuando la depresión no haya durado más de tres meses, tiempo que es considerado por los investigadores que mencionamos en el artículo anterior como un límite extremo. Aunque parece ser que, en todo caso, el niño puede conservar la señal de esa herida. Habrá quien piense que estos casos se dan raramente, pero se han podido descubrir episodios similares, aunque sin tanta virulencia, entre niños cuya madre se ha visto obligada a separarse de ellos por una hospitalización, por ejemplo; a causa de una modificación de sus relaciones como consecuencia de un proceso depresivo grave en ella; o cuando los niños sufren hospitalizaciones desde muy pronto y de forma repetitiva, en las cuales, además de la separación de la madre (si no total, sí de forma constante) se ven invadidos por las intervenciones médicas, lo que puede aumentar su trauma. Por eso, es tan importante, en cualquiera de estas situaciones, estar muy atento a las necesidades afectivas del pequeño, a la par que se atienden sus necesidades corporales, de forma que se pueda evitar, en la medida de lo posible, la depresión y sus consecuencias posteriores. No obstante, y aunque no se llegue a estos casos tan extremos, en situaciones cotidianas, a veces el niño percibe una cierta perturbación o un cierto cambio en la relación que su madre había mantenido con él hasta ese momento, quizá como consecuencia de problemas laborales, problemas familiares o de pareja, etc. No quiere decir que esos problemas separen a la madre de su hijo (a pesar de que, a veces, sí ocurre), pero sí es cierto que se dejan sentir en el ánimo de la madre y eso repercute en dicha relación. Es entonces cuando pueden aparecer trastornos digestivos (rechazo de alimentos, vómitos, diarrea infantil); retrasos, a veces imperceptibles, en el crecimiento y en el desarrollo, aunque terminan por mostrarse más evidentes en una etapa posterior.

En períodos más avanzados de la infancia, la depresión va tomando ya unas características mejor identificables, por utilizar un mayor número de manifestaciones psicológicas, aunque siguen siendo frecuentes las somáticas, repercutiendo ambos grupos tanto en la vida familiar como en la vida escolar. En este sentido, nos encontramos con niños tristes, que sonríen poco y lloran con facilidad. Muestran poco interés por lo que les rodea; se repliegan sobre sí mismos, disminuyendo en estas fases, de forma evidente, su actividad. Aunque a continuación pueden presentar fases de excitación con comportamientos que, en ocasiones, rayan la violencia; se manifiestan entonces como muy irritables, tanto con sus hermanos o padres como con los compañeros del colegio y existe en ellos una tensión que puede estallar a la mínima provocación, y aún sin que ésta se dé de manera objetiva, con una fuerte agresividad. A nivel intelectual, decaen bastante en su actividad normal, entrando en una especie de flojera que les suele conducir al fracaso escolar. Se sienten incapaces de afrontar cualquier frustración, por pequeña que sea, o de adaptarse a un cambio o a una nueva exigencia, por leve que parezca. Se quejan constantemente de la atención que reciben de los demás y formulan acusaciones de que nadie les quiere. Son niños miedosos de todo. La expresión somática más frecuente o, cuando menos, de lo que más se quejan, es de dolores abdominales que no tienen base real. En edades más tempranas y dentro de estas manifestaciones somáticas, se pueden dar, entre otras, la succión del pulgar, el tirarse del pelo, la falta de control de esfínteres o, incluso, las excesivas manipulaciones genitales. Y a medida que van acercándose a la adolescencia, la aparición de cuadros anoréxicos, bulimia, insomnio (que en ocasiones se complica con una alteración del ritmo vigilia-sueño, durmiendo, así, durante el día y permaneciendo despierto durante la noche). Se muestran ansiosos ante todo; excesivamente preocupados por agradar a los demás, o pasando rotundamente de ellos. Y tampoco es extraño observar inicios de conductas delictivas más o menos graves (pequeños robos, alborotos callejeros, etc.)

Deberíamos, pues, estar pendientes de la frecuencia e intensidad de estos síntomas, porque un niño nunca nos dirá que está deprimido (ésa es una expresión utilizada sólo por adolescentes, en determinados casos, o adultos) lo que no significa que no lo esté.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 18 de mayo de 1997.

Violaciones de "Primera Clase"... (I)

El hecho de que, en su día, un juez estimara que la violación de una mujer por parte de su marido constituía menos delito que si esa violación se hubiera producido sin la existencia del vínculo matrimonial entre ellos, me ha obligado a reflexionar sobre esta cuestión y me ha llevado a la conclusión de que, siempre según esta sentencia, tendríamos que diferenciar entre Violaciones de Primera Categoría o de Segunda Categoría, cuando, tal como yo veo las cosas, una violación siempre será una violación, independientemente de quién sea el violador y quién sea el violado. No obstante, y puestas así las cosas, a través de este artículo y de los siguientes, voy a tratar de exponerles mi opinión al respecto. Empezaremos, pues, por esas Violaciones de Primera Categoría; o sea, aquéllas que se producen entre dos personas que no tienen vínculo matrimonial. Procuraré dejar la ironía a un lado al hablar de las diferentes categorías, aunque ya me dirán ustedes si no es para eso y para mucho más.

Se entiende por Violación el delito cometido por una persona que, en el caso que nos ocupa, se trataría de un hombre, quien, mediante la fuerza o la intimidación, o ambas cosas a la vez, abusa sexualmente de una mujer, por supuesto contra su voluntad. El violador, en general, suele ser un individuo con una personalidad frustrada, con unos niveles bajos de autoestima, que se siente incapaz de obtener gratificación sexual de forma normal, debido a que sus relaciones interpersonales suelen ser muy deficientes, además de que no tolera fácilmente la frustración; por todo esto, necesita violar a fin de saberse importante y poderoso, con la lógica consecuencia de que así puede elevar su autoestima. Esto resulta aún más acusado cuando se trata de un grupo de violadores; en estas circunstancias, el cabecilla que organiza el acto se siente mucho más dueño de la situación al tener bajo su control tanto a la víctima como a los otros violadores que se someten a sus deseos a la hora de actuar, siguiendo sus instrucciones o respetando el orden que él impone. Además, es de destacar el hecho de que en este tipo de violaciones en grupo, la personalidad del cabecilla presenta una desorganización diferente que cuando se trata de un sólo violador, porque al ejecutar el delito, consigue aliviar ciertos deseos homosexuales inconscientes, los cuales le llevan a disfrutar con la visión de otros hombres desnudos, realizando una actividad sexual violenta, en la que puede llegar a imaginarse a sí mismo en el lugar de la víctima, con una clara tendencia también al voyeurismo sadomasoquista. Así pues, este tipo de violador, jefe de un grupo, obtendría su placer sexual a través de, por un lado, la agresión sexual directamente protagonizada por él; por otro, a través de la imaginación homosexual masoquista, viéndose a sí mismo como violado por otros hombres y, en tercer lugar, a través de su postura de espectador que disfruta de un espectáculo de violencia sexual y al que se une el escuchar gritos, insultos, peticiones de socorro, etc.

Ahora bien ¿qué pasa con la víctima de una violación, ya sea atacada por uno o por varios violadores? No resulta fácil analizar las repercusiones psicológicas que se desarrollan en estas personas, después de la agresión, sobre todo porque lo único que desean es olvidarlo y esto, por varios factores: En primer lugar (aunque el orden de presentación no tiene ninguna relevancia) porque la sociedad, aún machista, en que nos movemos les lleva a considerarse a sí mismas como culpables de provocación; es decir, si el hombre las ataca es porque ellas, con su ropa, con su forma de moverse, le inducen a portarse como un animal ("Quizá no hubiera pasado nada si yo no me pongo hoy este vestido"). En segundo lugar, porque se sienten humilladas; esa humillación hace que su autopercepción se reboce en el fango, que baje a cotas mínimas su nivel de autoestima y que les cueste trabajo mirar después a alguien a la cara, tal vez como consecuencia, en cierto modo, del punto anterior. Por otra parte, sienten una gran vergüenza ante la posibilidad de verse en boca de todos por una cosa así; incluso, pueden llegar a temer la reacción de su propia familia; éste es uno de los motivos por los cuales muchas violaciones quedan sin denunciar, ya que, además de tener que pasar un examen médico que dé fe de lo sucedido (o sea, que tienen que probar que no mienten, luego, de entrada, se las considera mentirosas), tendrán que verse después en un juicio, donde lo más probable es que el abogado defensor las acuse de provocadoras. Se da también un miedo feroz a que algo así les vuelva a ocurrir, manifestando un cierto temor, en general, a cualquier hombre que se acerque a ellas; con lo que se produce un rechazo a las relaciones sexuales, que puede desembocar en trastornos graves de la conducta sexual, especialmente si, como consecuencia de la violación, se produjeron lesiones físicas. Y no hay que dejar de lado el miedo a un embarazo y, si éste se desarrolla, las presiones familiares que se suceden para que realice un aborto, con frases que llevan implícita una culpabilización de la víctima, como por ejemplo: "¡No añadas, a una vergüenza, otra más grande!"

En cualquier caso, la readaptación posterior de la víctima está en función de cómo ha sido la experiencia sufrida y la interpretación que hace de ella; en especial, cómo se ve a sí misma, a posteriori, en el antes, en el durante y en el después.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 25 de mayo de 1997.

Violaciones de "Primera Clase"... (II)

Aunque suele haber reacciones psicológicas comunes en las víctimas de una violación, es muy cierto que estas reacciones dependen, entre otras cosas, de la intensidad del estado emocional consecuente, de las circunstancias en que se produjo la agresión, de la edad de la víctima, del historial, en su caso, de agresiones previas, ya sean sexuales o de cualquier otro tipo, de los recursos psicológicos que tiene esta persona para combatir situaciones estresantes, de sus niveles de autoestima y de confianza en sí misma, del apoyo social y familiar con que puede contar, y de sus relaciones afectivas y sexuales actuales. Las consecuencias psicológicas inmediatas suelen ser las siguientes: malestar generalizado, conductas desorganizadas y, a veces, mecánicas, aislamiento, reacciones de pánico, pérdida de apetito, insomnio, temblores, etc. Éstas suelen disminuir o desaparecer a las pocas semanas, sin embargo, queda en esa mujer una cierta ansiedad que variará en el sentido de que, cuanto más intensa sea la reacción durante las primeras horas o días, después de la agresión, tanto mayor será la probabilidad de que el problema se convierta en algo crónico.

Esa ansiedad suele estar relacionada después con situaciones que, de alguna forma, recuerdan el momento de la agresión, por ejemplo, el hecho de estar sola, el que tenga que ver a gente (hombres, sobre todo) que no conoce, la oscuridad o los lugares deshabitados. Y no es de extrañar que aparezcan estados depresivos y pérdida, como hemos visto, de la autoestima, con una desconfianza en las propias posibilidades para enfrentarse a su vida futura en general. A mayores, y como ya se apuntó en el artículo anterior, están los sentimientos de culpa, como consecuencia de una percepción errónea de lo ocurrido, de los posibles errores cometidos y de los pensamientos obsesivos acerca de lo que pudo haber hecho y no hizo. Esta autoinculpación que daña seriamente la opinión que tiene de sí misma, le puede llevar a desencadenar una serie de conductas de evitación en relación con las expresiones de afecto, pérdida del deseo, huida de las manifestaciones eróticas y disfunciones sexuales, ya que esa relación erótica sana y normal, aunque sea deseada y provocada, puede evocarle el recuerdo de aquella situación traumática, con lo que se produce el desconcierto de su pareja ("¡Primero me lo pides, y ahora lo rechazas!... ¡es que no te entiendo!") y el rechazo de sí misma al verse incapaz de satisfacer a la persona amada.

Así pues, como vemos, la víctima se ve inmersa en una situación más complicada de lo que, en un principio y desde fuera, pudiera parecer. De hecho, la ansiedad generada a raíz de la violación, no suele desaparecer espontáneamente con el paso del tiempo, aunque el ambiente social y familiar sea favorable; en muchas ocasiones, es absolutamente necesario un tratamiento psicológico adecuado para reequilibrar nuevamente el estado emocional, las perspectivas personales y sus relaciones afectivas. Pero hay que tener en cuenta otros datos que influirán, también, en la percepción, a posteriori, de la situación: Muchas violaciones se cometen por amigos o conocidos de la víctima, los cuales interpretan de forma errónea las intenciones reales de ésta y así, en base a falsas ideas sobre lo que significa ser hombre o ser mujer, consideran que un inocente coqueteo por parte de ella, o un roce, es un indicador de que ésta quiere tener una relación sexual y ya en el intento, consideran que su rechazo o su negativa, es parte del juego erótico ("Si sé que te va a gustar... ¿te gusta jugar, eh?... ¡Haciéndote la dura me pones que no veas!"...) Por otro lado, aunque la violación suele considerarse más como una conducta agresiva que como una conducta sexual, sí es cierto que en la mayoría de los violadores y en algunas víctimas (aunque sean muy pocas) se produce, en ese momento, una respuesta sexual de excitación (con clara erección en el hombre y lubricación vaginal en la mujer que lo sufre) como consecuencia tal vez de la ansiedad experimentada; lo que constituiría, sobre todo en las mujeres, una reacción fisiológica sin relación alguna con el placer sexual a no ser que, a nivel inconsciente, se produjera una estimulación morbosa fruto de la situación en sí.

Es también destacable la impunidad con la que puede llegar a actuar un violador y la tranquilidad que le da el saber que son muy pocas las mujeres que denuncian el delito. Según una estadística de los años 80, aunque las cosas han cambiado algo como consecuencia de los cada vez más frecuentes abusos y crímenes cometidos con niñas y adolescentes y la mujer está más concienciada para dar la cara, por encima de su dolor y de sus sentimientos, pues bien, como decía, hasta hace muy poco, en España sólo se denunciaban un 8% de las violaciones consumadas; a parte de que al menos un tercio de las agresiones no eran reveladas por las víctimas ni siquiera a sus familiares o amigos más íntimos; esto, probablemente, hacía que fueran mayores las repercusiones emocionales negativas por verse obligadas a sufrirlas en soledad, sin ningún apoyo afectivo. Todo con tal de no sufrir la vergüenza de revivir delante de los demás el hecho traumático; de no sentirse marcadas socialmente; por el pudor que muestran algunos hombres a tener relaciones con mujeres que fueron violadas y porque estas mujeres suelen temer las represalias posteriores por parte de sus agresores si éstos pertenecen a su propio círculo social.

 

Ana I. Rico Prieto.

  

 Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 1 de junio de 1997.

Violaciones de "Segunda Clase"... (III)

Serían, como vimos en el primer artículo de esta serie, aquéllas que en un proceso judicial (por suerte no siempre es así) tienen el atenuante de que el violador es el marido de la víctima y por ello tiene sus derechos. Si nos fijamos en la expresión sus derechos, podemos hablar de derechos personales o individuales, como el derecho a la libertad, a ser respetado, a la intimidad, a expresarse según su ideología y a la propiedad, entre otros. Pero, en el caso que nos ocupa, parece que al hablar de los derechos de un marido sobre su mujer, se hace alusión directamente al derecho a la propiedad; es decir: la esposa es propiedad de su cónyuge; pierde la condición de persona para ser objeto que se posee, porque, a mi entender, sólo se puede y se debe ejercer la posesión sobre los objetos; ya que si tratas de ejercer ese derecho sobre una persona, te estás cargando de un plumazo el derecho de la misma a la libertad, a ser respetado a su intimidad, etc. No soy abogada y quizá todos estos términos, que parecen más bien expresiones jurídicas, me queden un poco grandes, no obstante creo que ustedes comprenden perfectamente lo que trato de decir.

Cuando en una pareja libremente formada se tuercen las cosas, ambos deberían poder sentirse libres para romper sus ataduras, pero esta idea choca con esas tradiciones que propugnan la supremacía del varón y la sumisión de su compañera, reducida a ser propiedad privada del hombre. Ahora bien ¿por qué se producen esos abusos? ¿Por qué un hombre es capaz de violar a su pareja? Podríamos partir (por empezar por algo concreto) de un complejo de inferioridad, más o menos acusado, en ese hombre que, íntimamente, le hace sentirse mal consigo mismo al compararse con su mujer, pero se niega a reconocerlo y necesita demostrar y, sobre todo, demostrarse, que él es superior a ella. El problema está cuando, no encontrando cómo demostrarlo de una forma respetuosa, debido a que no tiene argumentaciones intelectuales o afectivas para ello, recurre a algo en lo que sí está seguro de poder destacar: su fortaleza física. Así es como, dando rienda suelta a su actividad muscular, se le oyen frases como: "¡Te vas a enterar de una vez quién manda aquí!" o "¡Eres mi mujer y harás lo que yo diga!"; mezclándose en todo ello ese concepto enfermizo de la propiedad con ese deseo de demostrar su superioridad. Aunque, si bien es cierto, en la mayoría de las ocasiones, que para llegar a este extremo, el hombre necesita de una estimulación externa, como puede ser el alcohol, porque su propio sentimiento de inferioridad le impide imponerse de una u otra forma, si no está lo suficientemente estimulado.

A pesar de todo ello, las mujeres que sufren este tipo de violaciones desarrollan, al igual que las violadas por hombres ajenos a ellas, un elevado sentimiento de culpabilidad que les lleva a verse como provocadoras de la situación, simplemente por estar ahí, y este sentimiento es tanto mayor cuanto más dependientes, económica o afectivamente, son de sus maridos; y no es de extrañar el que, por ejemplo, sus familiares directos, también con los mismos condicionantes de dependencia hacia los patriarcas, les digan, si llegan a quejarse ante ellos, lo que no es muy frecuente que ocurra: "¡Tú te lo habrás buscado!". Con frecuencia, las mujeres se ven tan intimidadas por la violencia de su compañero que su amor propio se resiente y concluyen que eso que tienen es precisamente todo lo más a lo que pueden aspirar; y la depresión, la apatía, la pérdida de esperanza y la sensación de culpabilidad hacen aún más difícil la decisión de marcharse. Las mujeres que son económicamente independientes de sus maridos tienen muchas menos probabilidades de mantener estas relaciones violentas durante menos tiempo y, en este caso, la duración de las mismas estará en función de la dependencia afectiva que mantengan con respecto a él, aunque tarde o temprano se sentirán más capacitadas para decir "¡basta!".

Sin embargo, y a pesar de su mayor o menor dependencia, las mujeres que son violadas reiteradamente por sus maridos, se ven obligadas a enfrentarse a lo que manifestábamos al principio: "Es tu marido y tiene sus derechos". Esto hace que, en algunas ocasiones y ya hartas de una situación que hace peligrar seriamente su integridad física y su salud mental, decidan, ya que nadie les ayuda, tomarse la justicia por su mano. Así ocurrió con la americana Lorena Bobbitt, en 1993, aunque ella tuvo la suerte de verse comprendida por un jurado que la declaró inocente, lo que en otras ocasiones y con otros jueces no ocurre. Son muchas, más de las que creemos, las mujeres, de diversas clases sociales, de diferentes ambientes culturales y de todos los países del mundo, que sufren en silencio, continuamente, los abusos a que las someten sus maridos; y lo sufren en silencio por soledad, por falta de apoyo, por miedo o por necesidad económica. Esta violencia sexual que se ampara en el vínculo matrimonial convierte la convivencia en un verdadero infierno del que no todas las mujeres tienen el valor, los recursos necesarios o la posibilidad de escapar. Hasta que un día salta la chispa, bien porque llegan al absoluto convencimiento de que ya no tienen nada que perder o, simplemente, porque ya no pueden pensar en nada más, y todas las humillaciones, todas las vejaciones padecidas se terminan a golpe de cuchillo; ocurriendo así que la mutilación del pene o, en otros casos, la muerte del marido, se convierten en el símbolo de su liberación y en el final de sus pesadillas.

 

Ana I. Rico Prieto.

 

 Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 15 de junio de 1997.

... Esas otras violaciones (IV)

Éstas a las que me voy a referir hoy, sí son castigables, sí son repudiables socialmente, pero no por eso, desgraciadamente, son menos frecuentes. Son los abusos sexuales a menores; práctica que está muy extendida actualmente, como dan fe de ello los más del medio millón de casos denunciados cada año en Estados Unidos. Pero además, ocurre que el 90% de los abusos denunciados se dan en el mismo hogar por familiares de la víctima, amigos de la familia o vecinos, en contra de la creencia de que los adultos que realizan estas prácticas son personas totalmente desconocidas.

Quizá ahora ustedes se estarán preguntando cómo son esos individuos que pueden llegar a cometer semejantes atrocidades. Según las investigaciones realizadas, suelen ser hombres de mediana o avanzada edad, solitarios, puritanos en cuanto a sus actitudes sexuales con las mujeres y, a menudo, al menos aparentemente, muy religiosos. Sus prácticas consisten en tocar los órganos sexuales del menor, lenguaje obsceno o, simplemente, contemplarles desnudos mientras se masturban; en muy raras ocasiones se produce la penetración vaginal o anal y no suelen dañar físicamente a sus víctimas. Aunque últimamente han escandalizado a la opinión pública los hallazgos de cadáveres de niños que habían sufrido, tanto antes como después de la muerte, abusos sexuales y ésta se había producido como consecuencia de torturas físicas relacionadas con prácticas de sadismo. A mayores y quizá como consecuencia del consumismo en que estamos inmersos, de unos años para acá han proliferado los negocios que tienen como objeto el satisfacer las demandas de estos individuos, proporcionándoles películas pornográficas o espectáculos en vivo, en los que se utiliza a niños que no entienden qué están haciendo o, si lo entienden, no quieren hacerlo pero lo hacen porque tienen miedo de las represalias que puedan caer sobre ellos ya que, además de ser víctimas de abusos físicos, son víctimas de intimidaciones y violencias psicológicas.

Pero volvamos otra vez a la personalidad de estos sujetos. Probablemente, la causa de esta desviación sexual esté al igual que en el caso de las violaciones a mujeres, en un grave complejo de inferioridad o, también, en un acusado infantilismo psicosexual. Son adultos que temen las relaciones sexuales normales porque se ven incapaces de llevarlas a cabo de modo satisfactorio, tanto para sí mismos como, y especialmente, para su posible pareja, tal vez por un sentimiento de minusvalía orgánica o psíquica. Entonces, cuando ya no les basta la masturbación, deben elegir una pareja sexual que excluya la relación normal, tanto a nivel físico como afectivo y esta pareja sólo puede ser un niño o una niña de corta edad. Es la típica figura del amigo de los niños, que siempre está dispuesto a distribuir golosinas para captar su atención. Y el abuso se produce porque la inexperiencia de los niños y su poca capacidad de defensa les excita o, cuando menos, les desinhibe para realizar lo que no se atreven en términos de igualdad. No obstante, en ocasiones ocurre que, a la vez que se desinhiben sexualmente, empiezan a desarrollar un acusado sentimiento de culpabilidad que les obliga a reprimir sus tendencias lo que, llegado a este punto, les resulta tremendamente difícil y como no pueden controlarse a sí mismos, deciden que deben castigar o eliminar lo que les provoca, convirtiendo así a los niños en víctimas de sus iras (malos tratos físicos o psicológicos) o, en casos extremos, de sus crímenes.

Y ahora fijémonos en algo de extrema importancia. Si una mujer que resulta víctima de una o de frecuentes violaciones llega a desarrollar serios trastornos psicológicos, ¿qué no ocurrirá con un niño, cuya inocencia no le permite comprender ese tipo de perversión humana y que está en plena formación y desarrollo de su personalidad? Para poder ayudarles, hay que evitar a toda costa la posibilidad de que sufran tales agresiones, con la protección adecuada, pero si el daño ya está hecho, hay que intentar fomentar la expresión de sus emociones, hacerles hablar para que suelten todos sus sentimientos de rabia y de confusión; van a necesitar mucho tiempo para superarlo pero, en todo momento, deberán sentirse acompañados y comprendidos de forma que se controle su miedo a que vuelva a ocurrir. Además, hay que eliminar sus sentimientos de culpa ya que si, aunque se haya visto obligado a ello, ha participado en la actividad sexual, se verá a sí mismo como algo sucio, lo que puede hacer que se autorrechace y se autocastigue.

Aún hoy son muchos los padres que no ofrecen a sus hijos una adecuada información sexual y menos aún les hablan de los abusos, pensando que esto, a ellos, no les puede ocurrir. Sin embargo, es fundamental que los padres o tutores sean conscientes de este problema, que les expliquen estos riesgos a la vez que les dan una visión positiva de la sexualidad normal, de forma que sepan reaccionar a tiempo llegado el caso. También es necesario darles la suficiente confianza a todos los niveles, para que el niño sepa que puede contar cualquier cosa que le ocurra, sin miedo a posibles represalias, ya que, si a la culpabilidad que se genera en la víctima, se añade el miedo a lo que le ocurrirá si lo cuenta, este niño se irá convirtiendo en una persona introvertida, huidiza, insegura, desconfiada y con muchas probabilidades de desarrollar en el futuro conductas antisociales que se pueden evitar.

 

Ana I. Rico Prieto.