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Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 5 de noviembre de 1995.

El Estrés

Normalmente, se dice que alguien está estresado cuando es víctima de la fatiga o de un estado de agotamiento general que le imposibilita para continuar con su trabajo, para tomar decisiones o, simplemente, para enfrentarse a los problemas cotidianos.

Si nos detenemos en una definición más exacta, encontramos que el Estrés, como tal, es una respuesta que da el organismo para prepararse ante un estímulo agresivo o excitante. Visto así, se puede deducir, entonces, que se trataría de una reacción de alarma; por decirlo de alguna manera, es como si el cuerpo o la mente humana se previnieran para poder actuar frente a algo, como si ese cuerpo o esa mente se pusieran la armadura del Estrés para combatir contra algo que les resulta, cuando menos, sospechoso debido a su complejidad o a la ansiedad que puede suscitar. Entonces, evidentemente, como reacción de alarma, se convierte en algo útil, desde el momento que nos predispone para el enfrentamiento con algo, ya sea desconocido o no, que puede resultar aversivo. Y si es así, ¿por qué se le teme, o por qué se le identifica exclusivamente con una respuesta negativa que suele ser dañina para el individuo?

La respuesta está en la generalización del término. Si tenemos en cuenta sólo la primera parte del proceso, la de la preparación para un posible enfrentamiento, ciertamente esto se trata de algo positivo, porque hace que el organismo se mentalice para la lucha. Lo que ocurre es que, en la mayoría de las ocasiones, ese combate deja al individuo demasiado fatigado como para encarar otra batalla de forma inmediata. Y ese estado de agotamiento, que constituye la segunda fase del proceso general llamado Estrés (si se me permite tal explicación) es lo que, al tener unos efectos más llamativos, acapara el significado de la palabra. De esta manera, se olvidan las distintas fases del estrés, para ver sólo como Estrés la parte final del mismo. O, como suele decirse, se trata de tomar una parte del todo, como el Todo.

Ahora bien, como lo que realmente preocupa es esa parte, porque es la que produce alteraciones en el comportamiento del individuo, será en ella en la que nos centraremos a continuación.

Cuando, como hemos detallado anteriormente, el Estrés, o respuesta normal de organismo ante una situación conflictiva, alcanza un grado no deseable y se desborda, hace que el individuo se desordene, lo que origina una incapacidad para reaccionar adecuadamente ante los diferentes estímulos. Este individuo, entonces, tiene que esforzarse mucho más para conseguir emitir la respuesta adecuada y esto conlleva, en fin, el agotamiento, la desgana e, incluso, la agresividad como rebelión ante la propia inutilidad.

Las consecuencias psicológicas, a continuación, no se hacen esperar, apareciendo así el sufrimiento y la imposibilidad de disfrutar de los aspectos agradables del ambiente; se pierde el interés por lo que le rodea, se deterioran las relaciones afectivas (y a veces, las sexuales); se desconfía de las propias facultades y se llega, incluso, a la dificultad para razonar adecuadamente ante lo que está ocurriendo. Más aún, y en el peor de los casos, cuando el estrés ha hecho una profunda hendidura en la persona, las consecuencias físicas se presentan irremediablemente, adquiriendo formas como: dolores de cabeza, taquicardias, vértigos, insomnio, etc., constituyendo lo que denominamos como Enfermedades Psicosomáticas.

La solución más efectiva de cara a no verse abocado a estas desagradables  consecuencias está en prevenir la situación, de  manera que se pueda mantener bajo control el grado deseable de Estrés, para que nos permita estar preparados y responder, de forma adecuada, ante los diferentes estímulos del ambiente. Ello se consigue mirando el entorno con la suficiente perspectiva que permita objetivizar y desdramatizar los aspectos más conflictivos.

Se puede empezar, por ejemplo, con el planteamiento de pequeños objetivos que no conlleven grandes dificultades. Una vez conseguidos, se buscan otros más avanzados y así sucesivamente. Si desde el principio se proponen metas inalcanzables o, en todo caso, difíciles, el individuo se irá desgastando paulatinamente en su afán por conquistarlas, para, al fin, no lograrlo, deshinchándose, definitivamente, en el camino.

Todo esto haría buena la célebre fábula de "La Liebre y la Tortuga", o como diría Machado: "Se hace camino al andar"... no, al saltar.

 

Ana I. Rico Prieto.