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Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 29 de octubre de 1995. La Depresión Todos, quién más o quién menos, sabemos de qué se trata el tema que hoy nos ocupa y decimos que una persona está deprimida cuando su estado de ánimo es triste, su voluntad es débil y se ve incapaz de tomar decisiones o, incluso, ve alterado o inhibido el curso normal del pensamiento. Es algo ya tan discutido y comentado que, a veces, ni reparamos en el problema real que se puede plantear y en las consecuencias que esto tiene; así las cosas, se intenta ayudar a esa persona diciéndola: "Venga, anímate; ya verás como dentro de nada lo ves de otra manera". Pero lo cierto es que, para ella, ni sus problemas tienen solución, o al menos no la encuentra, ni nota mejoría alguna con el paso de los días. Si ahondamos un poco en esta cuestión, nos encontramos con que no todas las depresiones son iguales ni tampoco presentan las mismas características, ni por su origen, ni por sus manifestaciones. Se entiende como una depresión exógena o reactiva, que es la más común de todas, la que está provocada por causas exteriores al individuo, es decir, que se presenta como una reacción a algo, lo cual permite explicar esa "caída" en el estado anímico de quien la padece. Sin embargo, también podemos encontrarnos con una depresión endógena, que se manifiesta sin que aparentemente se den motivos para ello y, a pesar de eso, se presenta con una virulencia tal que hace que el problema sea realmente preocupante. A mayores, es necesario observar que su aparición puede producirse de forma episódica, es decir, que ocurre una sola vez, o recurrente, cuando tras ser superada, y después de un intervalo de tiempo, vuelve a manifestarse. Además, y a pesar de que su sintomatología suele estar muy bien definida, hay ocasiones en que se ve encubierta por otro tipo de trastornos como son: conductas antisociales (principalmente en la infancia y en la adolescencia), retraimiento, insomnio, etc. Sabido esto, debemos hacer mención a continuación a un tipo de depresión muy frecuente entre las personas mayores, llamada Depresión Involutiva, que viene dada por la pérdida de seres queridos en edades muy similares a las suyas, por la percepción de un descenso gradual de las propias facultades, por el sentimiento de invalidez y de dependencia de sus familiares o, incluso, de personas ajenas a ellos y, en el caso más concreto de la mujer, por la llegada de la menopausia. Sus síntomas más característicos son, entre otros: hipocondría (excesiva preocupación por la propia salud y aprensión), culpabilidad y cierta agitación. Dejando a un lado otros tipos de Depresión, por ser demasiado específicos (como la psicótica o la anaclítica) que necesitarían un tratamiento más especializado y ajeno, por tanto, a la intención divulgativa de este artículo, nos centraremos ya en las manifestaciones más frecuentes, como son la involutiva y la reactiva, las cuales presentan un repertorio de conductas que se definen básicamente por lo siguiente: actitudes de evitación y huida ante diferentes estímulos que les resultan aversivos; exceso de conductas poco usuales o que, incluso, pueden ser consideradas como irracionales; disminución o, en casos más severos, desaparición total de la actividad normal, o de posturas que pudieran ejercer algún tipo de control sobre el entorno; amén, claro está, de una actitud melancólica o triste ante la vida. La persona afectada por cualquier clase de depresión ve reducida y alterada su capacidad de observación, lo cual produce malinterpretaciones y minusvaloraciones de lo que les rodea. La imposibilidad para desarrollar un comportamiento adecuado, les lleva a una mala adaptación al medio, lo que degenera, como si de un círculo vicioso se tratara, en una nueva disminución de la actividad, haciendo que se pierda el control sobre el entorno. Mención aparte merecen las circunstancias ambientales y sociales que pueden desencadenar en el individuo problemas de estrés, ansiedad, saturación y agotamiento que, unidos al ritmo vertiginoso y competitivo impuesto por la comunidad a cada uno de sus miembros y, a su vez, producido por ello, como si se estuviera buceando en aguas que suponen conjuntamente el medio de subsistencia y el de la propia destrucción, hace que, en algunos casos, la persona rebose sus innatas capacidades de adaptación y trate de huir de ese entorno hostil, refugiándose en un mundo particular que le va minando poco a poco, con lo que, como corrientemente se dice, no se sabe qué es peor, si el remedio o la enfermedad. Qué duda cabe que, ante esta problemática, una de las mejores soluciones pasa por una psicoterapia precoz. Si cuando empiezan a manifestarse los primeros síntomas del comportamiento depresivo, en lugar de decir, como señalábamos al principio, "venga, anímate", se trata de averiguar qué está pasando y se le da a la situación la importancia que se merece, se podrá prevenir en la manera adecuada e, incluso, si se muestra ya en un grado más avanzado, corregir un estado anímico que normalmente tiende a degenerar y, en ocasiones más extremas, destruir las capacidades de relación, de comprensión, de comunicación y de acción del ser humano, constitutivas, en última instancia, de la propia capacidad de supervivencia.
Ana I. Rico Prieto
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 31 de diciembre de 1995. Soledad: Extraña Compañera Cuando se pretende hablar de un tema en apariencia tan corriente como es éste, los posibles lectores pueden llegar a la conclusión, incluso antes de empezar, de que el comentario es tan obvio que no merece la pena perder el tiempo con él. Y sin embargo, por mucho que se utilice esta palabra, uno no se para a pensar en toda la amargura, tristeza o desengaño que pueden esconderse tras sus letras. El ser humano está hecho para vivir en sociedad, y tal es así que la inmensa mayoría de sus manifestaciones emocionales o conductuales se realizan en función de los demás, en función de lo que puedan pensar, en función de lo que puedan hacer o como consecuencia de ello. Como será que, hasta la misma palabra Soledad, quiere decir "estar sin la compañía de los demás". ¿No está todo, pues, mediatizado por esa mayor o menor cantidad de personas que integran el grupo de los demás? Ahora bien considero que, tras estos planteamientos iniciales, debemos hacer especial hincapié en dos aspectos de la misma circunstancia, pero que alteran sensiblemente su concepción y sus consecuencias. En primer lugar tenemos el hecho de estar solo, donde el verbo estar nos indica algo ocasional, transitorio, que no va más allá de la pura anécdota y que, por tanto, no suele afectar, en condiciones normales, a la persona que presenta esta característica. Pero hay un segundo aspecto, más peliagudo y, en la mayoría de los casos, con unas implicaciones que pueden desestabilizar la personalidad de quien lo sufre; me estoy refiriendo al hecho de sentirse solo. Mientras que el estar parece hacer mención sólo a circunstancias externas y, como vimos antes, ocasionales, el sentirse nos conduce a algo interno, íntimo, emocional y, por tanto, influyente de manera decisiva sobre el individuo. Y en el mismo instante en que una persona empieza a sentirse sola, se ponen en marcha toda una serie de mecanismos psicológicos, mayoritariamente negativos, que van desde la autocompasión, a la autorrecriminación; desde la minusvaloración de uno mismo, hasta la autoagresión; en una palabra, esa persona sufre y como siente que se está haciendo sufrir a sí misma, su pensamiento lógico la lleva a verse como su peor enemigo. Y díganme ¿qué cosa puede haber peor que tener el enemigo metido ya no en la propia casa, sino en el propio ser? Pero veamos... ¿por qué una persona puede llegar a sentirse sola? Quizá, en algunos casos muy concretos, todo haya empezado por un problema de Inseguridad. Cuando se tiene el convencimiento de que todo se hace mal, de que cualquiera es mejor y hace todo mejor que uno, esa persona, quizá para defenderse, se repliega en sí misma; piensa que si no habla, si no hace nada, estará a salvo de meter la pata, evitando así las críticas de los demás; el caso es que, a medida que va pasando el tiempo, ese repliegue se ha hecho tan pronunciado que, al centrarse más en sí mismo, se hacen tanto más evidentes los propios defectos y, con el reconocimiento de estos, uno se percata de que no puede imponer su presencia a los demás, porque sólo sería un estorbo para ellos; empieza así la autocompasión y, dentro de esa misma lógica, el hecho de no querer estar con los demás, para no compararse con ellos, pasa a convertirse en la idea de que los demás pasan de él y le dejan a un lado porque no vale para nada; de ahí al sufrimiento por esa soledad que ha sido autoimpuesta, bien consciente o bien inconscientemente, no hay más que un paso. Y ese sufrimiento puede degenerar en una angustia o en una amargura que va minando paulatinamente la conciencia del individuo y haciendo que éste se sienta cada vez más despersonalizado, o sea, menos persona, menos digno y, por eso mismo, menos merecedor del derecho a la vida. Sin embargo, y además de esto, hay otro tipo de soledad, no autoimpuesta, que convierte a quien la sufre en una víctima inocente de las circunstancias. Me refiero ahora a la que se produce como consecuencia de la pérdida o el abandono de seres queridos, de esas otras personas con las que se han compartido muchas cosas, hasta el punto de llenar una vida y que, se pronto, por unas razones o por otras, uno se ve privado de su compañía. Se origina así un vacío tal que resulta tan incomprensible como doloroso; y más doloroso aún cuanto más incomprensible. Además, las cosas se complican sobremanera a medida que se instaura en esa persona el desengaño por lo que se esperaba que fuera y no fue, o por lo que se imaginaba duradero y no duró: y cuanta más edad tiene la víctima de esta Soledad, mayor es el sufrimiento por la conciencia de que ya no hay tiempo para intentar llenar ese hueco; por la sinrazón de la pérdida, después de haberlo dado todo; por el dolor que supone el reconocimiento de que ya no queda nada más que esperar a que todo acabe definitivamente y cuanto antes. Todo esto y muchas más situaciones y conclusiones que se pudieran derivar de ello, nos llevan a plantear la conveniencia de intentar buscar los medios para salir de ese pozo que, con el tiempo, se va convirtiendo en una sima abismal o en un agujero negro. No puede nadie conformarse con la Soledad como algo inevitable y desde luego, ni mucho menos, resignarse a ser un sufridor de por vida ("porque eso es lo que nos ha tocado en suerte"). No es sano; no es comprensible y, bajo ningún concepto, debe ser justificable.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 21 de enero de 1996. ¿Jubilosa Jubilación? Así debería ser, si nos atenemos a las definiciones que de la palabra Jubilar expone nuestro diccionario de la lengua; sin embargo, parece que la vida cotidiana demuestra lo contrario. Esta sociedad en la que estamos inmersos, cada vez más llena de jubilados, nos presenta un cuadro un tanto preocupante en lo que a este sector de la población se refiere; y esta visión es más aguda en lo que respecta a los hombres, con diferencias muy marcadas con relación a las mujeres. Es frecuente ver, en nuestros parques y plazas, hombres, mayores ya, jubilados, que a falta de otra cosa que hacer, pasan las horas sentados en los bancos o paseando, conversando con otros que están en su misma situación; y es de algún modo sintomático verlos con la cabeza baja, mirando hacia el suelo, mientras desgranan monólogos compartidos con otros que, a su vez, desgranan sus propios monólogos. Si sólo nos fijáramos en la raíz del término, deberíamos pensar que la Jubilación ciertamente es esa puerta que da paso a un nuevo período de la vida en el cual, lo más lógico, sería sentirse feliz, por la certeza de saber que se dispone de todo el tiempo del mundo para hacer lo que uno quiera. Pero es precisamente esa conciencia de tener todo el tiempo del mundo, sin saber realmente qué hacer con él, y a la vez, la percepción del poco tiempo que queda de vida, lo que va minando el estado de ánimo del individuo, hasta que se implanta en él la idea de su inutilidad y de que "a estas alturas" ya nada merece la pena. Y digo que esto es más acusado en los hombres que en las mujeres porque éstas intentan llenar huecos ocupándose de las tareas de la casa, haciendo pequeñas labores que sirven más para entretener que para otra cosa; porque, por educación y por cultura, la mujer está mentalizada para esas ocupaciones domésticas para las cuales nunca llega la jubilación. Sin embargo, en el caso del hombre, y también por educación y por un fenómeno cultural y social, es más difícil acceder a estos rellenos domésticos, lo cual hace que se encuentre con todo un día, y una semana, y un mes, etc., por delante, y sin nada concreto con lo que poder llenarlo. Claro que todo esto no ocurre de la noche a la mañana; sino que se dan una serie de etapas que vamos a intentar desgranar, aunque sea brevemente. Cuando llega el día de la Jubilación parece que uno descansa. Han sido muchos años trabajando, madrugando con fríos y calores, dando el callo y esforzándose por mantenerse al pie del cañón en sus responsabilidades. Qué duda cabe, pues, que después de todo esto, uno diga que "ya está bien", que "ya va siendo hora de tener tiempo para ocuparse de uno mismo". Además, en estos primeros momentos de la jubilación, el tiempo se pasa rápidamente yendo de acá para allá, arreglando papeles para cobrar la pensión, o tratando de organizar un poco las cosas para empezar esa nueva vida. Pero pasado todo este ajetreo inicial, uno se despierta una mañana y se da cuenta de que lo ha hecho a la misma hora que cuando tenía que ir a trabajar y ni siquiera ha puesto el despertador; eso, para empezar, ya sienta mal, porque es como si el propio cuerpo se rebelase ante el nuevo horario y ante las nuevas condiciones, y no quisiera abandonar su rutina laboral. Seguidamente, no es lo malo el no poder volver a dormir; lo malo es empezar a pensar "¿qué hago yo hoy?". Puede surgir algo por ahí, alguna chapucilla casera, algún amigo a quien visitar pero "¿y después, qué?"... Y es a partir de este momento cuando todo empieza a ir de capa caída. Y se hacen esfuerzos por llenar las horas con cosas que no llenan y que, más aún, recuerdan lo vacío de la situación. Luego, ese mismo vacío le lleva a uno a tomar conciencia de que, si está en esa situación es por su edad y a eso le acompaña la idea del poco tiempo que queda de vida y de que ésta se ha pasado sin que nos demos cuenta. Esto lleva, inequívocamente, a hacer balance y esta revisión de los actos trae consigo la percepción de que ya no se es lo que se era, de que uno ya no vale para nada y, casi sin darse cuenta, se va cayendo en la apatía y en la depresión... Por todo ello, y con el ánimo de evitar el sumergirse en esta espiral de decrepitud y de autoabandono, empezaron a surgir, hace ya algunos años, con gran acierto además, los llamados "Clubs de Jubilados", u otras agrupaciones similares, donde se trata fundamentalmente de que estas personas no se sientan desamparadas por la sociedad y se autodefiendan reuniéndose, por aquello de que la unión hace la fuerza, para programar actos, viajes, charlas, juegos y, en fin, cosas que les sirvan para llenar esa nueva vida y a la vez, en la medida de sus fuerzas y con actuaciones muy concretas, para seguir siendo, de alguna manera, útiles a la sociedad. Nadie queremos ser un estorbo para nadie; por tanto, cuanto más hagamos por valernos por nosotros mismos y por servir de ayuda a los demás, nuestra autoestima se verá aumentada; el tiempo se verá productiva y agradablemente lleno y lógicamente será más llevadera e, incluso, más rica en oportunidades y vivencias la etapa posterior a la Jubilación, convirtiéndose ésta, así, y ya sin reservas, en una Jubilosa Jubilación.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 12 de enero de 1997. "Me siento vacío" Acaban de pasar unos días de fiestas que, por H o por B, tienen un significado concreto para cada uno de nosotros. Y quiero plantear hoy este tema porque me llama la atención el hecho de que, de vez en vez, son más las personas a las que oigo decir: "A mí estos días no me gustan". A algunas les pregunté "¿por qué?" y lo cierto es que nadie supo cómo responderme. Sin embargo, si pensamos detenidamente en ello, se pueden encontrar varias explicaciones. Por un lado, está el hecho de que a nadie nos gusta tener que divertirnos por obligación; se supone que con tantos días de fiesta, hay que pasarlo bien necesariamente; se desea tanta felicidad que uno se siente obligado a ser feliz y todos sabemos que el ser humano suele rechazar, consciente o inconscientemente, aquello que se le trata de imponer. Por otro lado, está el consumo vertiginoso, las irremediables compras navideñas; todo el mundo tiene que hacer regalos a todo el mundo, cuando, en muchos casos, ¡maldita la gracia que hace!; no obstante, si no compras, si no regalas algo, si no sigues las normas sociales impuestas por avispados comerciantes y por machaconas publicidades, pasas a convertirte en un bicho raro, insociable y huraño. Una tercera explicación estaría en la Soledad; pero no me refiero exclusivamente a esa soledad física de las personas que no tienen a nadie a su lado; me estoy refiriendo también a esa soledad psicológica, a esa soledad mental y emocional en la que algunos, por desgracia muchos, se ven inmersos, a pesar de estar acompañados. Por muchas martingalas sociales de que si asambleas para esto, reuniones para lo otro, organizar grupos para aquello, o colaboraciones para lo de más allá, la triste realidad es que el individuo funciona cada vez más como ente individual y está tan acostumbrado a ello que, ni rodeado de gente, es capaz de mostrarse todo lo sociable que sería de desear, entre otras cosas porque los que le rodean se muestran tan individuales como él. Con todo esto es, pues, muy difícil que uno rompa su norma de conducta sólo por el hecho de estar en determinados días del año o, lo que es peor, en su intento por deshacerse de su rutina conductual, se muestra desafortunado y patoso, quedándose con un sabor amargo en su mente. Algunos se preguntarán por qué estoy planteando todo esto " a toro pasado". Pues bien, porque es precisamente ahora cuando uno se para a pensar en ello y descubre el fatídico "Me siento vacío", "como si me hubieran dado una paliza". Y esto de la paliza se diría que es muy cierto por el sencillo hecho de que esa persona se ha visto vapuleada mentalmente con deseos, con felicidades, con obligaciones, con salidas de rutina, con diversiones impuestas, con compañías forzadas, con besos superficiales... y no ha sido capaz de dar con el antídoto para superar ese envenenamiento. Hoy por hoy, el ser humano se siente más preocupado por seguir o por responder adecuadamente a los valores de los otros, en lugar de prestar atención a su propia capacidad para elegir lo que es más apropiado para él. Y como esos valores de los demás no tienen por qué ser precisamente los mejores para cada uno de nosotros, eso nos crea un conflicto interno que exige una atención especial y cuando, por no querer o por no saber enfrentarlo, se apodera del ser humano que lo acoge en sí mismo, le destruye sus defensas, le rompe sus esquemas y hace que se sienta vacío. Así podemos oír, con mayor frecuencia de la que cabría esperar, comentarios como el siguiente: "Tengo muchas cosas, pero me siento sin ilusión, sin proyectos, sin ganas de vivir; es como si estuviera realizando lo que los demás quieren, pero que a mí me aburre; me siento como si participara en una carrera sin que yo me haya inscrito en ella; son los otros los que deciden por mí..." Esa persona, muchas personas, nos movemos más al son de lo que otros tocan, según los gustos de los medios de comunicación, las modas, o por lo que el vecino nos dice. Con bastante razón, alguien definió al ser humano como "un conjunto de espejos que reflejan lo que cada uno espera de él". Y todo esto conforma el prototipo del hombre de hoy: frustrado e insatisfecho. Es como una carrera de obstáculos en la que la angustia o la ansiedad por superar el siguiente nos impide disfrutar del éxito por el que ya ha sido superado. Es como si cada vez hubiera que empezar desde cero, con el agravante, además, de que hay que hacerlo en solitario, sin puntos de apoyo; entre otras cosas porque cada uno de los demás está excesivamente concentrado en superar sus propios obstáculos. Todo esto es lo que lleva a esa sensación de vacío que se va manifestando bajo diferentes formas de ansiedad o de incomunicación, las cuales suponen, en ocasiones, los primeros indicios del más que probable trastorno psicológico. Pero el hombre, superviviente de hecho y de derecho, no puede conformarse con ese hueco dentro de sí y se pone en marcha para llenarse. Muchos, para conseguirlo, dan un giro radical a su vida, quizá influidos por lo bien que le ha ido con ese método al vecino y no se dan cuenta de que caen de nuevo en la equivocación de pensar que las ilusiones del otro son también las de uno mismo, cuando ya hemos visto que no es así, porque cada uno es cada uno. Otros deciden llenar su vida con cosas que se han puesto de moda y se presentan como la gran panacea, sin reparar en que no sólo al final no aportan ninguna satisfacción, sino que, además, crean nuevos temores, angustias o dependencias. No tenemos ningún derecho a perder el tiempo de esa manera. Ábrete en canal, si es necesario, fíjate bien en cómo eres tú, cómo sientes y con qué herramientas cuentas, porque sólo ahí está la respuesta que estás buscando.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 9 de marzo de 1997. La Crisis de los "Cuarenta" Con más frecuencia de la que quisiéramos, hemos oído esa expresión, incluso se diría que todos estamos destinados a caer en ella y, a medida que vamos llegando a esa edad, nos lo planteamos como un mal necesario, como un trámite más que hay que cumplir al llegar a una determinada etapa de la vida; sin embargo, ni tiene por qué ser normal, ni mucho menos hay que sufrirla necesariamente. Entonces ¿por qué se produce? El ser humano, con el paso del tiempo, va complicando su existencia con miedos, con preguntas sin respuesta, con rebeliones internas que, muchas veces, se manifiestan externamente y todo debido a que, cada vez que nos paramos a pensar, cada vez que nos detenemos a hacer un análisis de lo que llevamos vivido, su balance nunca es tan gratificante como desearíamos y, cuando uno piensa que no ha tenido demasiado éxito, inevitablemente surge la idea del fracaso, si no en todo, sí en algunos aspectos que, en ese momento de reflexión, adquieren una importancia decisiva que, quizá, antes no les dábamos. Esto ocurre al mirar para atrás, sin embargo y como los cuarenta suelen constituir la mitad de la vida, al mirar hacia adelante el panorama no es más atractivo; incluso hasta se presenta como amenazante: la vejez, sus posibles y frecuentes enfermedades y, para poner "la guinda", la muerte. ¡Casi nada! Pero hay más motivos que nos conducen a esta situación: Tendemos a pensar que la juventud es la mejor etapa de la vida; es la edad pletórica de belleza, de despreocupación, de ganas de vivir, de grandes proyectos, de una fuerza vital arrolladora y, por eso mismo, nos autoconvencemos de que lo que no se consigue en ese momento, ya jamás se podrá alcanzar. Gran error: Hay cosas que sólo pueden lograrse con la serenidad, con la estabilidad y con una madurez de las que carecemos en nuestros años más jóvenes, porque esas cualidades sólo se adquieren con el asentamiento de la propia experiencia. No obstante, al menos de entrada, no reparamos en estos pequeños detalles. Y a todo esto se añade el hecho de que, a medida que vamos evolucionando, las personas nos vemos condicionadas por el engranaje de la rutina, por las imposiciones sociales, por esas tareas que no debemos olvidar; y nos centramos tan absolutamente en estas cosas que vamos olvidándonos de nosotros mismos, hasta llegar a no reconocernos en lo que fuimos y a vernos como unos extraños en lo que somos y todo, porque vivimos de espaldas a nuestro auténtico yo. Aunque lo cierto es que ninguno tenemos demasiado claro cómo hay que vivir; ya que, dejándonos llevar una vez más por la corriente, siempre vamos a elegir los "valores" que están de moda en cada etapa, independientemente de que nos gusten o no, de que nos sintamos bien o mal con ellos y, lo que es peor, independientemente de que estemos o no convencidos de nuestra elección. Ahora bien, una vez descubierta la crisis, nos desesperamos buscando soluciones que sólo son fruto de esa desesperación; así podemos elegir entre: "cerrar los ojos" para no ver una realidad que nos frustra; la "huida" a través de actividades sociales o profesionales, aunque eso nos sumerja más en la maraña de la frustración; el "olvidarnos" de nosotros, proyectándonos en los que vienen detrás; o el "egoísmo" a ultranza, el "sálvese quien pueda", el "si nadie se preocupa por mí, para qué me voy a preocupar yo por nadie". Claro está que también hay soluciones que sí solucionan el problema, aunque a priori parezcan un poco más molestas y, sobre todo, menos cómodas. Para empezar, hay que tener en cuenta que sólo hemos captado una parte de la realidad, sobre todo cuando la hemos analizado a través de unos sentimientos que la desfiguran, y que esa realidad es mucho más amplia. A continuación, si nosotros somos los creadores de nuestra propia vida, debemos tener bien claro cómo queremos que sea, para crearla de esa forma. Cambia lo que te obliga a vivir como no quieres y busca hasta conseguir lo que te ayude a vivir como quieres. Cuídate a ti mismo, mímate, tanto física como psicológicamente. ¿Quién mejor que tú para saber lo que más íntimamente deseas? Ya sé que me dirás que no es fácil, sobre todo cuando hay que aprender a distribuir el tiempo para ocuparse de lo que "nos mantiene físicamente" y poner en marcha, a la vez, lo que "nos mantiene psicológicamente", pero si empiezas, ya tienes conseguida la mitad, porque lo más difícil es decidirse y empezar. Muchos piensan que se les ha pasado ya la edad de luchar por una ilusión. No es cierto. Siempre que se tenga una nueva ilusión, se estará en la edad adecuada para conseguirla, entre otras cosas debido a que "esa ilusión" ha nacido en "esa edad". Hay que vivir en lugar de vegetar. Además, en la medida en que tú te enriqueces psicológicamente, tu presencia es más grata para los demás, simplemente porque está más llena y, por lo mismo, es más enriquecedora también para ellos. Por otra parte, si nuestras obligaciones van disminuyendo, no debemos crearnos otras nuevas que, ficticiamente, nos hagan sentirnos necesarios. Considero que, después de cuarenta años de deberes, es justo que empecemos a tener derechos, entre otras cosas porque nos los hemos ganado. Si no sabes reorganizar tu vida, porque no sabes reorganizar tu personalidad, busca ayuda; pero no te pierdas en la conciencia de estar en crisis, no te extravíes en lamentaciones el resto de tu vida. Piensa que lo que viene, lo que está por vivir, siempre será lo mejor de tu vida.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 16 de marzo de 1997. Estoy "Depre" Tenemos encima la Primavera y, como cada año, inexplicablemente, a pesar de que todo invita a estar bien, a salir por ahí y a olvidar las tristezas invernales, parece que algunos se sienten mucho peor. Se encuentran tristes, cansados, sin ganas de nada, con el ánimo por los suelos; en una palabra, se les oye decir aquello de "Estoy Depre". Porque no es que estén deprimidos, no; a tanto no llegan o, al menos, no en la definición exacta del término; pero los síntomas son inconfundibles: levantarse por la mañana supone un gran esfuerzo; parece que, luego, uno se pasa el día como dormido; todo le da igual, como si las cosas no fueran con él; cualquier actividad, por simple que sea, supone una gran aventura, en ocasiones bastante incómoda de desarrollar y, para colmo, nada gratificante. Ahora bien, ¿por qué se produce? ¿qué explicación tiene todo esto? Parece que estos estados de ánimo están en función del llamado ritmo vital de cada persona. Como todos somos diferentes, nuestros biorritmos también lo son y algunos van en la dirección contraria que los de los otros; esto hace que, cuando todo invita al optimismo y unos se encuentran más alegres, otros vean lo que les rodea justo al revés, lo que les lleva al pesimismo y a la tristeza. Pero es que, además, los cambios, aunque sean positivos, siempre suelen generar una cierta inseguridad. Así pues, nos encontramos con lo siguiente: la Primavera es una etapa de cambios que, en ocasiones y para algunas cosas, pueden ser bastante llamativos (el color de la luz del día, la temperatura más agradable, el mayor bullicio en las calles, tanto de día como de noche, los cambios en el vestuario, el aumento de la actividad debido a que hay más horas de luz solar, etc.); el funcionamiento tan particular del propio ritmo vital; la inseguridad que genera cualquier proceso de adaptación y el esfuerzo que supone el mismo, unido al tiempo que tarda nuestra mente en hacerse con esas nuevas circunstancias. Si sumamos todo esto, nos encontramos con un cierto desequilibrio personal que, en el caso que nos ocupa, se convierte en un trastorno emocional cuyas consecuencias, para cada individuo, están ya en función de sus particulares características psicológicas. En la misma línea, sería necesario señalar que esta situación se puede presentar con la llegada del invierno, con dos particularidades importantes. En primer lugar, cuando la "depre" se siente al empezar el invierno, parece que a uno no le preocupa tanto, se lo toma como algo más normal o, cuando menos, más explicable, ya que da la impresión de que la vida se adormece, el color del día se vuelve gris, hay menos horas de luz y pasamos más tiempo refugiados en el interior de nuestras casas o en el interior de nosotros mismos, simplemente mirando por la ventana y pensando en el frío que hace fuera, lo que hace que nos envolvamos con nuestros propios brazos y nos repleguemos. En segundo lugar es, cuando menos, curioso observar que las personas que se ponen "depre" con la llegada de la primavera, se sienten, sin embargo, más alegres o más vivas cuando se aproxima el invierno; justo al revés de lo que parece más lógico, que no por ello es más o menos normal; y esto como consecuencia de lo que mencionábamos antes sobre los funcionamientos tan particulares de los ritmos vitales. Pero volvamos a la Depre Primaveral o lo que se ha dado en llamar, más científicamente, Astenia Primaveral. En nuestra experiencia clínica, hemos observado que este tipo de trastornos emocionales suelen afectar más a las mujeres que a los hombres y, en ambos casos, la edad de mayor incidencia suele estar en la franja comprendida entre los 28 y los 40 años; aunque la Depresión, como tal, no se vea tan limitada ni en el sexo ni en la edad (pero esto, como mencionamos al principio, es diferente de la "depre"). Y por qué afecta más a las mujeres puede tener su explicación en las particulares características del sexo femenino, tanto a nivel físico como psicológico. En cuanto a nuestro componente físico, la presencia de la menstruación (o del embarazo, en su caso) suele dejarnos más bajas de defensas a todos los niveles, a la par que los cambios hormonales que eso conlleva producen una serie de cambios físicos y químicos en nuestro organismo decisivos para su adecuado funcionamiento. Y con respecto al componente psicológico, de todos es sabido que las mujeres solemos ser más afectivas, más emocionales, más sensibles a los estímulos que se producen a nuestro alrededor, lo que significa que los cambios o alteraciones, sean del tipo que sean, repercuten más en nuestro esquema psicológico, sencillamente porque los vivimos de una forma más intimista, más personal, más intensa; porque parece que todo lo asumimos y lo hacemos nuestro con mayor prontitud que el hombre; aunque eso, por supuesto, no significa que los hombres no sean sensibles ni, desde luego, que no sufran también ellos de estas "Depre" que estamos reseñando. La solución a este estado, puesto que se trata de un trastorno psicoafectivo leve, pasa por hacer cosas, por mantenerse distraído, por no permitir que uno se "amuerme". Pero si tú te encuentras así y ya has intentado muchas remedios, sin conseguir resultados satisfactorios, será mejor que busques ayuda, quizá en uno de nuestros Gabinetes de Psicoterapia, donde podemos dar con la solución concreta para tu problema concreto, antes de que las cosas, por diversas circunstancias imprevisibles, se tuerzan y den como resultado la prolongación o el empeoramiento de la sintomatología que, entonces, sí desembocaría en una Depresión, con todas sus letras.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 23 de marzo de 1997. La Línea Fronteriza Han sido varias las personas que, tras leer el artículo de la semana pasada sobre la "Depre", me han preguntado dónde estaba la frontera entre la "depre" y la Depresión; cómo se podía diferenciar entre una y otra cuando parece que ambas empiezan de una forma muy similar. Gráficamente, la diferencia sería ésta: La "depre" es un bache, mientras que la depresión es un pozo. En ese mismo sentido, tenemos que, de un bache, se sale bien; de un bache sale uno por sus propios medios porque no deja de ser algo parecido a un "traspiés"; te hundes un poquito, pero como el agujero no es profundo, en ese mismo paso, con un poquito más que levantes la pierna, alcanzas de nuevo el nivel normal del camino. Por el contrario, si caes en un pozo, es muy difícil que puedas salir por tus propios medios, a no ser que tengas una cuerda (recursos personales) bien sujeta al brocal, que te permita trepar hasta arriba; lo malo es que no todos los pozos disponen de esa cuerda, e incluso, se podría decir que lo más normal es que no la tengan, con lo cual, si caes dentro, vas a necesitar de la ayuda exterior para salir de ahí. En un principio, los síntomas efectivamente son muy similares: desgana, tristeza, aburrimiento, decaimiento, desinterés, autorreclusión. Incluso las causas parecen ser las mismas, es decir, no se detectan claramente unas causas concretas. Únicamente sientes que te vas hundiendo sin saber cómo ni por qué y aunque, en determinadas circunstancias, se dé, en efecto, un estímulo desencadenante de todo el proceso, lo cierto es que éste no suele reconocerse como tal y se observa, en todo caso, como la gota que colma el vaso. No obstante,, una vez identificada la sintomatología inicial, ya se pueden empezar a establecer algunas diferencias. En primer lugar, la "depre" no es algo demasiado intenso; no es algo que, además, parezca ir en aumento; más bien se observa que un día te levantas peor, otro día te sientes más animado; al día siguiente vuelves a no tener ganas de nada y, poco a poco, aun con cierto esfuerzo, te vas despejando; sin saber bien cómo, descubres que, de pronto, llevas ya cuatro días que te sientes mejor y, a pesar de que puede volver a aparecer algún momento de melancolía, tú mismo te das cuenta de que ya se trata de algo ocasional, quizá como los últimos coletazos de un estado que toca a su fin, lo que te sirve para darte a ti mismo el último impulso que necesitabas para salir definitivamente de ese bache. Por el contrario, la depresión es como una espiral hacia abajo; te vas metiendo y cada vez te sientes peor; como si te vieras envuelto en un torbellino donde giras y giras, sin poder desembarazarte de ello; se percibe, desde sus primeros momentos, como algo más constante y a veces parece que no se vislumbra el final; es más, en una depresión también se dan cambios en el estado de ánimo, como en la "depre", pero no es igual ya que, al contrario de lo que vimos antes, ahora, detrás de un día malo, puedes tener otro similar; al día siguiente estás peor; al tercer día puede parecer que estás mejor con respecto al segundo día, pero compruebas que estás exactamente igual que el primero, con lo que te sientes aún peor al descubrir que no adelantas nada; lo que hace que te hundas más y que tomes más conciencia de tu incapacidad para salir de ahí, con lo cual bajas otro peldaño más en tu descenso. En segundo lugar, la "depre" es, más que nada, un malestar, un estado un tanto desagradable, pero que se percibe en todo momento como algo pasajero, transitorio; se tiene la seguridad de que uno puede sentirse mejor cuando menos lo espere; mientras que en la depresión, esa seguridad no sólo no se tiene, sino que uno ni siquiera se lo plantea; la sensación es diferente; ya desde sus inicios, se tiene la impresión de que es algo duradero, algo que no se sabe cómo acabará, algo en lo que sabes que entras, pero no aciertas a vislumbrar cuándo vas a salir. Y todo esto lo que hace es empujarte más hacia abajo, aplastarte más contra ese fondo que, aunque no te lo explicas, lo cierto es que, de vez en vez, está más hondo, como si de un abismo negro se tratara. Ya vimos la semana pasada que, en estos días, puede ser normal que te encuentres más bajo de ánimo, que no tengas muchas ganas de hacer cosas y también vimos por qué. Entonces, no le des demasiadas vueltas a ese letargo que parece cubrirte como una capa. Diferente es si has dejado de verle un sentido a tu vida; si, además, has dejado de esforzarte para verlo; si todos los intentos de los que te rodean por animarte, o no hacen mella en ti o los recibes como si de una limosna se tratara, lo que aumenta tu convencimiento de que no son más que obras de caridad ante una persona que no vale para nada y sólo merece lástima, disminuyendo más aún, si es que se puede, tu autoestima. Diferente es si has decidido olvidarte de quién eres para centrarte exclusivamente en lo que nunca podrás ser. Si has llegado a esa línea fronteriza. Si la "depre" ya es una depresión, como apunté la semana pasada, con todas sus letras, quizá aún, en algún recodo de tu persona haya algo que te dé ese empujoncito que necesitas para ponerte manos a la obra y buscar la cuerda que te ayude a salir del pozo o, cuando menos a llamar a gritos hasta que alguien de fuera te la tire. No te niegues a ti mismo esa oportunidad. No te compadezcas; ponte los aperos de montañismo si es necesario, pero escala y alcanza la cima. No importan las paradas que tengas que hacer; lo que importa es llegar.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 30 de marzo de 1997. Esa Depresión "Invisible" (I) Parece que siempre que hablamos de Depresión lo asociamos con personas adultas o que han entrado ya en la vejez, y como mucho, casi haciendo un esfuerzo, aludimos a que también se presenta en la juventud. No obstante, cada vez son más los estudios que dejan constancia de que este trastorno emocional se presenta también en la Infancia y en la Adolescencia. Entonces, si esto es así y, llegado el caso, no lo afrontamos, ocurre que es porque o no nos damos cuenta o, lo que es peor, no nos la queremos dar. Así pues, hoy pretendo aprovechar estas líneas para darles algunas pistas que pueden facilitar su detección, aunque nos vemos obligados a partir del hecho de que se trata de algo realmente difícil de diagnosticar, debido a las características tan especiales de estas etapas de la vida, las que hacen que, normalmente, su sintomatología se asocie con problemas típicos de la edad. Una de las manifestaciones más corrientes es la presencia de conductas agresivas, claro que, por regla general, se suelen asociar, en los primeros años, con rabietas motivadas por no conseguir lo que quieren y, ya entrando en la adolescencia, con esa característica rebeldía. Ahora bien, esta asociación errónea se hace quizá como consecuencia de un acto reflejo de autodefensa por parte del adulto. Me explico: Reconocer que un niño es agresivo, implica que es desgraciado, ya que si fuera feliz, no mostraría esas actitudes de enfrentamiento tanto consigo mismo como con los que le rodean; y si ese niño es desgraciado y lo normal es que en esa edad uno sea felizmente inocente, es porque, de alguna forma, somos nosotros, los adultos, los que le estamos haciendo desdichado, ya que depende casi absolutamente de nosotros. Claro, llegados a este punto, es inevitable el sentimiento de culpabilidad y como a nadie nos gusta sentirnos culpables de nada, preferimos pensar que su agresividad es fruto de los rebotes propios de la etapa por la que está pasando, de su inmadurez, o de su oposición a todo. Mal empezamos. Otra manifestación, si se quiere más lógica de una depresión, es una tristeza desproporcionada; el niño no tiene ganas de jugar; el adolescente se refugia en su habitación, con su música favorita, se tiende en la cama y no quiere ver a nadie y, aún así, decimos: "Es que está en la edad del pavo", "Son sus rarezas" y, lo peor de todo, en ambos casos, "¡Ya se le pasará!". Sin embargo, se comportan así porque perciben que nadie les comprende; se encuentran mal y nadie se da cuenta de ello; se sienten solos; tienen la sensación, quizá por el desinterés que ven en los adultos, de que no pueden confiar en nadie, de que les van a decir que es una tontería, o aquello de: "Si ahora te pones así, ¡qué va a ser de ti cuando te enfrentes a los verdaderos problemas de la vida!"... Pero ese repliegue hacia dentro, tiene unas consecuencias muy evidentes: silencios, desinterés por todo lo que les rodea, fracasos en los estudios, aislamiento casi absoluto, trastornos del sueño, falta de apetito y, en los más pequeños, incontinencia urinaria, a veces incluso diurna (según la edad) o la aparición del "amigo imaginario" que ya expusimos en un artículo anterior. Considero que no se debe pasar de estos pequeños o grandes detalles. Porque, efectivamente, con el correr del tiempo pueden desaparecer por sí solos, aunque el problema es que esta desaparición se produce sólo "a simple vista", ya que se ha podido comprobar que aquellas personas que presentaron episodios depresivos durante su infancia y adolescencia, y no fueron debidamente tratadas, tendían a presentar, en la edad adulta, en un elevado porcentaje de casos (alrededor del 80%), cuadros depresivos importantes con, en ocasiones, rasgos de cronicidad. Pero esto no son más que datos generales. Ahora, con el fin de que puedan sacar mayor utilidad de esta página, estimo oportuno hablarles de cómo se puede llegar a esta situación, de su evolución hasta la adolescencia y de los efectos visibles que se desencadenan, para lo cual me voy a basar en las investigaciones efectuadas durante la década de los ochenta por varios psicólogos, psiquiatras y médicos especialistas, que observaron, en su práctica clínica, la relevancia de factores antes menospreciados. Por evidentes razones de espacio, continuaré con este tema la próxima semana, pero hoy quiero dejar apuntado un dato que considero relevante: Desde el mismo instante del nacimiento, y hasta alcanzar la madurez, una persona se enfrenta a una sucesiva necesidad de renunciar a cosas y a una cadena de frustraciones que van constituyendo "el pan nuestro de cada día". Así, y ya para empezar, hay que renunciar a la comodidad de la vida fetal para tener que empezar a respirar por uno mismo y a pedir la comida, de forma que podamos ser debidamente atendidos. Todo esto hace que la depresión, en su estado más básico, sea ya un componente importante en la vida psíquica del niño aunque, por supuesto, aún no tiene una dimensión digamos patológica. Y, un hecho de interés, cuanto más temprana es la edad del niño, más somática es la manifestación de su depresión, mientras que, a medida que va creciendo, va entrando y adquiriendo cada vez más relevancia el aspecto psicológico. Teniendo esto en cuenta, vemos que se puede detectar ya una depresión a partir de los seis u ocho meses, cuando empieza a darse una mayor separación de la madre y el niño lo percibe con angustia, más profunda cuanto más directa ha sido la relación establecida hasta ese momento.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 6 de abril de 1997. Esa Depresión "Invisible" (II) Iniciamos el domingo pasado el tema de la Depresión Infantil y, tras esa breve visión general, seguiré con una exposición que considero de bastante utilidad, especialmente para aquellas personas que, por su profesión o por sus particulares condiciones de vida, se ven enfrentadas cada día al "¿qué le pasará a este niño que...?" Ya dejamos apuntado que, desde las primeras etapas de la vida se pueden presentar determinadas actitudes o conductas explicables dentro de este contexto y aludimos a la primera angustia que puede aparecer en el niño como consecuencia de las cada vez más frecuentes separaciones de su madre. Esos albores de depresión se manifiestan en hechos como: el rechazo o la aprensión ante otros adultos; el llanto incontrolado y, en ocasiones, inacabable; la tristeza que puede apreciarse en ese llanto que le da una tonalidad de desesperación; el rechazo de cualquier caricia por parte de otro adulto; y, en determinados casos, un abatimiento que llega a impedirle el movimiento normal de su cuerpo y le obliga a despreciar el alimento, bien negándose a tomarlo, o bien vomitándolo nada más ingerirlo. Si el niño recupera a su madre, o si se toman las medidas oportunas para sustituir adecuadamente a esa figura materna, en pocas horas o en pocos días, toda esta sintomatología desaparece, siempre y cuando la depresión no haya durado más de tres meses, tiempo que es considerado por los investigadores que mencionamos en el artículo anterior como un límite extremo. Aunque parece ser que, en todo caso, el niño puede conservar la señal de esa herida. Habrá quien piense que estos casos se dan raramente, pero se han podido descubrir episodios similares, aunque sin tanta virulencia, entre niños cuya madre se ha visto obligada a separarse de ellos por una hospitalización, por ejemplo; a causa de una modificación de sus relaciones como consecuencia de un proceso depresivo grave en ella; o cuando los niños sufren hospitalizaciones desde muy pronto y de forma repetitiva, en las cuales, además de la separación de la madre (si no total, sí de forma constante) se ven invadidos por las intervenciones médicas, lo que puede aumentar su trauma. Por eso, es tan importante, en cualquiera de estas situaciones, estar muy atento a las necesidades afectivas del pequeño, a la par que se atienden sus necesidades corporales, de forma que se pueda evitar, en la medida de lo posible, la depresión y sus consecuencias posteriores. No obstante, y aunque no se llegue a estos casos tan extremos, en situaciones cotidianas, a veces el niño percibe una cierta perturbación o un cierto cambio en la relación que su madre había mantenido con él hasta ese momento, quizá como consecuencia de problemas laborales, problemas familiares o de pareja, etc. No quiere decir que esos problemas separen a la madre de su hijo (a pesar de que, a veces, sí ocurre), pero sí es cierto que se dejan sentir en el ánimo de la madre y eso repercute en dicha relación. Es entonces cuando pueden aparecer trastornos digestivos (rechazo de alimentos, vómitos, diarrea infantil); retrasos, a veces imperceptibles, en el crecimiento y en el desarrollo, aunque terminan por mostrarse más evidentes en una etapa posterior. En períodos más avanzados de la infancia, la depresión va tomando ya unas características mejor identificables, por utilizar un mayor número de manifestaciones psicológicas, aunque siguen siendo frecuentes las somáticas, repercutiendo ambos grupos tanto en la vida familiar como en la vida escolar. En este sentido, nos encontramos con niños tristes, que sonríen poco y lloran con facilidad. Muestran poco interés por lo que les rodea; se repliegan sobre sí mismos, disminuyendo en estas fases, de forma evidente, su actividad. Aunque a continuación pueden presentar fases de excitación con comportamientos que, en ocasiones, rayan la violencia; se manifiestan entonces como muy irritables, tanto con sus hermanos o padres como con los compañeros del colegio y existe en ellos una tensión que puede estallar a la mínima provocación, y aún sin que ésta se dé de manera objetiva, con una fuerte agresividad. A nivel intelectual, decaen bastante en su actividad normal, entrando en una especie de flojera que les suele conducir al fracaso escolar. Se sienten incapaces de afrontar cualquier frustración, por pequeña que sea, o de adaptarse a un cambio o a una nueva exigencia, por leve que parezca. Se quejan constantemente de la atención que reciben de los demás y formulan acusaciones de que nadie les quiere. Son niños miedosos de todo. La expresión somática más frecuente o, cuando menos, de lo que más se quejan, es de dolores abdominales que no tienen base real. En edades más tempranas y dentro de estas manifestaciones somáticas, se pueden dar, entre otras, la succión del pulgar, el tirarse del pelo, la falta de control de esfínteres o, incluso, las excesivas manipulaciones genitales. Y a medida que van acercándose a la adolescencia, la aparición de cuadros anoréxicos, bulimia, insomnio (que en ocasiones se complica con una alteración del ritmo vigilia-sueño, durmiendo, así, durante el día y permaneciendo despierto durante la noche). Se muestran ansiosos ante todo; excesivamente preocupados por agradar a los demás, o pasando rotundamente de ellos. Y tampoco es extraño observar inicios de conductas delictivas más o menos graves (pequeños robos, alborotos callejeros, etc.) Deberíamos, pues, estar pendientes de la frecuencia e intensidad de estos síntomas, porque un niño nunca nos dirá que está deprimido (ésa es una expresión utilizada sólo por adolescentes, en determinados casos, o adultos) lo que no significa que no lo esté.
Ana I. Rico Prieto. |
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