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Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 28 de enero de 1996. El Complejo de Inferioridad Según la óptica de la Psicología, un Complejo es un conjunto estructurado de rasgos de personalidad, generalmente inconsciente, que procede de la asimilación, por parte del individuo, de un entorno, unas relaciones familiares y sociales y unas situaciones que son nuevas para él, pero que se ven, inconsciente e inmediatamente, comparadas con otras que en su momento le dejaron sensibilizado. Dicho de otra manera, se trataría, básicamente, de una vivencia personal, un modo particular de vivir algo en base a la asociación inconsciente de ese algo con otra vivencia anterior que le resultó impactante. Centrándonos ya, concretamente, en el llamado Complejo de Inferioridad, tenemos, en primer lugar, un sentimiento de minusvaloración, de incapacidad, de inutilidad... Este sentimiento puede ser vivido de una forma resignada, pero también angustiosa, llegando hasta un punto en que el individuo necesita protegerse de ello; empieza así a elaborar una serie de mecanismos de defensa que compensen esa vivencia de inferioridad, los cuales, a su vez, van a constituir por sí mismos otro complejo, otro conjunto estructurado de rasgos de personalidad, pero, en este caso, en una postura de defensiva superioridad. Ahora bien, vayamos por partes. El mencionado Complejo de Inferioridad tiene, presumiblemente, su origen en un determinado momento de la infancia. El niño empieza a tomar conciencia de su cuerpo, de cómo se desenvuelve entre las personas que le rodean, a la par que comienza, a su vez, a establecer comparaciones entre esas personas y él mismo. En este momento tan delicado para su desarrollo psicológico, cualquier pequeño problema o cualquier característica que posea y que no le agrade, o que le impida desarrollar algo de la misma o mejor forma que lo hacen los demás, se convierte, irremediablemente, en un estorbo. Ante semejante descubrimiento se produce una especie de convulsión interna que le lleva a renegar de sí mismo: "¿por qué yo?"; aunque, simultáneamente, nace en él la idea de que tiene que ocultar eso que tan mal le hace sentirse, para que los demás no se den cuenta de ello y no le rechacen. Claro que como la mejor forma de evitar la crítica de los demás pasa por replegarse sobre sí mismo y este repliegue supone el exponerse de lleno a la vivencia de su propia personalidad y a lo que más odia de ella, se produce entonces la angustia, el sentimiento de impotencia ante lo que no puede cambiar por más que quisiera y, como en estas condiciones, la vida se hace muy difícil, hay que empezar a protegerse y a defenderse, para lo cual, lo mejor es poner en marcha una serie de conductas y de actitudes que, al ser totalmente contrarias a lo que le hace sufrir, deberían, en buena lógica, distraer la atención de los otros, consiguiendo así que estos ya no puedan fijarse en lo que le humilla y pasen a ver únicamente lo que él quiere que vean. Y cuanto más problemático para el propio sujeto es lo que se quiere ocultar, mayor será el esfuerzo de éste y más exagerados serán sus gestos para disimular ese ocultamiento. Algunas veces hemos encontrado personas que van de gallitos, que hacen lo imposible por destacar entre los demás, o que adoptan una actitud terriblemente adorable, en un intento de demostrar que son capaces de llevarse de calle al personal con su arrolladora presencia. De entrada, podemos pensar que realmente son así, que no fingen; de entrada, pues, consiguen su propósito de disimular ese sentimiento de inferioridad y hasta parece que incluso se les puede tener envidia por esa simpatía que derrochan o por esa valentía de la que hacen gala. Sin embargo, esta misma actitud tiene dos matices importantes: por un lado, como hemos visto, se trata de un desafío; pero, por otro, es, sin lugar a dudas, una súplica; están pidiendo ayuda a gritos, sólo que la expresión elegida ni es la más adecuada, ni va a tener buenos receptores porque, en un segundo momento, esta pose adoptada empieza a provocar lo que ellos tanto temen, el rechazo. A continuación, ese posible receptor se da cuenta de que tal actitud resulta tan exagerada que, necesariamente, detrás de eso debe haber algo más; porque de lo contrario no se explicaría una conducta tan invariable bajo cualquier circunstancia. Sabido es que lo más natural es que uno se muestre alegre o triste, valiente o cobarde según las características de las distintas situaciones que presenta la vida. Entonces ¿no resulta, pues, sospechosa tal uniformidad en los comportamientos? ¿Qué ocurre luego?... Lo más lógico... Al entrar en la intimidad de esa persona, es fácil darse cuenta de lo que se está tratando de ocultar; entre otras cosas, porque las posturas fingidas son muy difíciles de mantener y exigen un gran esfuerzo psicológico al individuo; y por otra parte, porque esa intimidad es, asimismo, aprovechada por ellos como una válvula de escape para liberar tensiones y para sincerarse con ese otro y con su propio Yo, saliendo a flote lo que teme y lo que quisiera superar. Así es, entonces, como encuentran otra forma, sin duda más directa y por eso mismo más efectiva, de pedir ayuda. Y gracias a dicha expresión, sí pueden conseguirla. Porque así es más fácil comprenderles y resulta también más fácil ayudarles a superarlo o, al menos, a que se pongan en el camino adecuado para lograrlo.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 25 de febrero de 1996. La Autoestima y sus escudos La mayoría de las personas tendemos a justificar nuestras propias acciones, creencias y sentimientos. Es frecuente observar cómo un individuo, tras la realización de un hecho, sea de la índole que sea, o tras la expresión de una opinión, tiende, acto seguido, a hacer el siguiente comentario: "Es que si no lo hago..." o "Digo esto porque...", es decir, ese individuo, cualquiera de nosotros, se afana en buscar algo que le permita convencer a los demás de que lo hecho o lo dicho, está bien hecho o bien dicho. Pero si ahondamos un poco en esta cuestión, nos encontramos que la auténtica motivación del hombre para desarrollar esta actitud no es tanto la de "estar" en lo cierto como la de "creer" que se está en lo cierto. Ahora bien, las cosas pueden plantearse de otra manera aunque, como veremos, las conclusiones vayan por los mismos derroteros. Cuando el ser humano está comprometido con una actitud, cualquier novedad que se le trate de imponer, produce lo que algunos autores llaman una Disonancia, ante la cual, el Yo se defiende, intentando por todos los medios rechazarla; de esta manera, dejará de sentirse esa disonancia y todo volverá a su cauce... y cuanto mayor es el compromiso de alguien con una determinada actitud, mayor será su tendencia a rechazar cualquier innovación, en la creencia de que él está en lo cierto, porque si se está tan comprometido es debido a que realmente se tiene que estar en posesión de la verdad. Ocurre también que tras la toma de una decisión, las personas experimentan, en la mayoría de las ocasiones, esa misma disonancia, lo cual es debido a que, por regla general, la alternativa elegida rara vez resulta enteramente positiva, al tiempo que las otras alternativas rechazadas no son tampoco totalmente negativas. Pero, a medida que esa persona se va comprometiendo un poco con la opción elegida, se va reduciendo proporcionalmente la disonancia que le afecta. La justificación de un acto o de una idea viene determinada muy especialmente por la situación que nos rodea. Si alguien realiza algo o manifiesta una postura ante algo, difícil de justificar de cara a los demás, intentará justificarla internamente, es decir, pondrá todo su empeño en autojustificarse, y lo hará con tanto ahínco que, como dice la Teoría Psicológica de la Disonancia, llegará un momento en que, si es ése el caso, se creerá sus propias mentiras... La única forma de que los demás nos crean, o cuando menos, la forma más eficaz, es la de mostrarnos tan convencidos de ello que cualquier argumento en contra se vea inmediatamente rechazado ya no sólo por la palabra, sino por la actitud segura y serena que la acompaña. Y si uno adopta semejante actitud, a la fuerza tiene que creer lo que dice, y a la fuerza tiene que ser cierto porque, de lo contrario, no estaría tan seguro... y si él no está seguro y no se muestra seguro, es difícil que los demás le crean... Esta actitud es bastante más fuerte en aquellas situaciones donde se ve amenazado el concepto de uno mismo. Y si seguimos en esta misma lógica, nos encontramos con el hecho tan corriente de que, si alguien lucha mucho por conseguir una meta, esa meta será más atractiva para él, que para quien la consigue con menos esfuerzo. Es decir, si para comprarse su primera moto, un adolescente ha tenido que privarse de otras cosas que le apetecían, como adquirir un videojuego o ir a un espectáculo con sus amigos, qué duda cabe que, cuando por fin consiga reunir lo suficiente para comprarla, esa moto será para él mucho más atractiva y disfrutará más con ella que un hombre supermillonario con el avión privado que acaba de estrenar, para lo cual no ha tenido más que poner cierta cantidad en un cheque, a la vez que rellenaba otros muchos cheques a lo largo de ese día. Esto se debe, fundamentalmente, a un mecanismo de defensa según el cual, le haríamos una gamberrada a nuestra propia personalidad, si la inhibiéramos por algo que no valiera para nada; por eso, dicha meta se ve recubierta con una sobrevaloración, a fin de que no tengamos que reconocernos como unos estúpidos, que hemos luchado con tanto tesón por algo sin sentido. O sea, autojustificamos nuestra actitud de privaciones con la idea de que lo que queríamos conseguir es tremendamente atractivo. En el caso contrario, descubrimos que desvalorizamos algo que no hemos podido conseguir, aunque lo hemos intentado, sólo por el hecho de no vernos a nosotros mismos como unos fracasados y decimos: "¡Bah...! eso no vale para nada"; aunque exista una vocecita muy dentro de nosotros que nos diga que sí, que realmente merecía la pena, pero que no hemos sabido llegar a ello. Por supuesto, esa vocecita hay que callarla a toda costa, ya que nos está llamando inútiles y para evitarlo, nada mejor que elevar otras voces diciendo a grito pelado que se trataba de una tontería... Porque si ya es difícil aceptar la crítica de los demás, ¿qué me van a decir de la autocrítica? No obstante, si hay algo importante detrás de todo esto y que debemos tener presente, es la Autoestima, la necesidad de querernos a nosotros mismos, de autoprotegernos contra los demás e incluso, contra el propio Yo. Cuando está en juego la autoestima de una persona es cuando se llega a los niveles más altos de justificación, pero, claro, cuanto más se abusa de esa justificación, más conscientes pueden ser los que nos rodean de la necesidad que tiene el otro de que le crean, lo cual no significa que esté en posesión de la verdad; más bien, me atrevería a insinuar que se trata de todo lo contrario, y puede que sea eso, precisamente, lo que piensen de él.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 4 de agosto de 1996. Cómo ser "Alguien" y demostrarlo Muy frecuentemente oímos hablar y hablamos sobre la Asertividad; es más, se diría que está de moda. Pero ¿sabemos exactamente a qué nos referimos con ello? En estas líneas voy a tratar de acercarles un poco los postulados básicos de estas teorías que tanto se imponen en la actual Psicología Aplicada. No obstante, vayamos por partes y partamos del siguiente enunciado: "Si es lógico esperar que al hombre se le van a plantear problemas por el mero hecho de existir, también es lógico pensar que todos seremos perfectamente capaces de enfrentarnos a ellos con la suficiente eficacia". Es decir, si no existiera en nosotros una capacidad hereditaria para hacer frente a todo tipo de situaciones conflictivas, bien cierto es que la especie humana habría dejado de existir ya hace bastante tiempo. Mientras que el resto de los animales sólo cuenta con dos comportamientos básicos para la supervivencia: la lucha y la huida, los seres humanos disponemos de tres: la lucha, la huida y la capacidad de expresión (como prolongación o manifestación de nuestra capacidad mental) ya sea verbal, gestual, etc. Comunicarnos con los demás es lo que nos ayuda a resolver los problemas de forma asertiva, en lugar de emprenderla a golpes o de escapar con el rabo entre las piernas; máxime si tenemos en cuenta que reaccionar de estas dos maneras está socialmente mal visto, a la par que nosotros mismos nos sentimos fatal, ya que estos comportamientos llevan siempre asociadas emociones tan desagradables como la ira o el miedo y, como consecuencia de ello, las depresiones. Ninguno nos escapamos, a lo largo de nuestra vida, de encontrarnos de vez en cuando ante situaciones que nos confunden; por ejemplo, un compañero de trabajo nos pide que le cubramos la espaldas si aparece el jefe, mientras él sale a tomar un café. Si le decimos que "No", puede mosquearse; pero si decimos que "Sí", nos estaremos arrepintiendo todo el tiempo, en el temor de que nos pillen y nos veamos acusados de complicidad en el engaño. Así es como estalla el conflicto que se ve, por otro lado, incrementado desde el mismo momento en que el otro nos manipula al tacharnos de egoístas si no le ayudamos. Ciertamente, parece difícil de resolver, aunque para esto y para muchas otras cosas está el desarrollo de la Asertividad y el aprendizaje de unas pautas que nos permitan manifestarnos siempre de forma asertiva. El primer punto es muy elemental: debemos tener muy claro que nadie puede manipular nuestras emociones o nuestro comportamiento, a no ser que nosotros se lo permitamos. En este caso, es esencial aprender a reconocer de qué maneras tratan de manipularnos los que nos rodean. Aunque estas formas pueden ser infinitas, básicamente se condensan en las llamadas "reglas morales y éticas" que aprendemos desde nuestra infancia, al machacarnos constantemente con preceptos relativos a cómo se supone que debemos comportarnos: "No hay que ser egoístas", "Hay que poner la otra mejilla", etc. Al hilo de esto, conviene matizar que tenemos todo el derecho del mundo a ser nuestros propios jueces; si únicamente nuestros comportamientos son juzgados por nosotros mismos, evitaremos que la gente pueda manipularnos con sus críticas. Sin embargo, hay muchas personas que se niegan a ser sus propios jueces, porque esto conlleva una gran responsabilidad y prefieren defenderse diciendo cosas como Yo soy un "mandao" o No fue idea mía. De esta manera, nos excusamos de algo ante alguien y eso es todo lo contrario a ser asertivo, porque otro paso más en el desarrollo de la asertividad es el tomar conciencia de que tenemos derecho a no dar razones o excusas para justificar nuestro comportamiento. A fin de cuentas, cada uno somos responsables de nuestro propio bienestar psicológico, de nuestra felicidad y de nuestro éxito en la vida. Y esta responsabilidad nos conduce a otro derecho asertivo que es el derecho a cambiar de parecer tantas veces y para tantas circunstancias como creamos oportuno porque, para empezar, ningún ser humano, por definición, es ni constante ni rígido. De ser así, la especie humana se autodestruiría al verse impedida para evolucionar con arreglo a los avatares de la vida; ya que es sabido que nuestras actitudes pueden beneficiarnos en unas ocasiones, pero pueden perjudicarnos en otras y la selección natural no nos permite esa intransigencia. Pero es que, además, porque somos responsables, tenemos derecho a cometer errores. Como suele decirse "Nadie es perfecto" y nuestra asertividad se manifiesta si, ante un error, damos la cara y no nos comportamos como cobardes; cobardía que no sería, por cierto, ante los demás, sino ante nosotros mismos. Sin embargo, el hecho de que nuestros derechos asertivos existan, no significa que los demás los acepten; por lo tanto, debemos ser persistentes (que no rígidos, ¡ojo!) a la hora de manifestarnos y de hacernos valer. La seguridad en nosotros mismos permite que los cotidianos conflictos que surgen entre las personas se resuelvan mediante un compromiso mutuo, en el supuesto de que exista, claro está, la posibilidad de tal compromiso. Por otro lado, llegar a ese compromiso de comportamiento no es lo mismo que imponer nuestra conducta a los demás y qué duda cabe que permite obtener mayores beneficios, tanto a nivel personal como social. Las técnicas asertivas y de habilidades sociales que se pueden desarrollar en las consultas de Psicoterapia permiten que una persona aprenda a estar a la altura de las circunstancias, a la vez que se le ayuda a comprender mejor lo que ocurre cuando se siente incapaz de enfrentarse a sus semejantes y a superar, de la mejor manera posible, esa dificultad.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 20 de abril de 1997. El más "pringao" "Siempre le toca al más `pringao´". Lo hemos oído tantas veces o, incluso, lo hemos dicho en tantas ocasiones que ya nos suena a frase hecha, sin más significado, en una sucesión de palabras que nos sirve simplemente para protestar. Y, sin embargo, para algunos es mucho más que todo eso: porque los hay que van por la vida de pringadillos y, lo que es peor, se sienten, se ven y se manifiestan como unos pringadillos, con lo que consiguen que los demás les vean y les traten como tales. El más pringao es aquél al que le llueven todas las nubes, a quien le calientan todos los soles, al que siempre le toca "bailar con la más fea", a quien le encasquetan las tareas más pesadas o más incómodas, en fin, al que siempre le toca pringar. Se trata de ese individuo con una personalidad débil, que necesita complacer a los demás con el único objetivo de que le tengan en cuenta; que no sabe negarse ante algo que no le convence por el mero hecho de que no quiere que le repudien. Su vida es un continuo "no quiero hacerlo, pero lo hago", porque si no lo hace se siente tan culpable y tan despreciable que considera que los demás le van a catalogar de miserable y, entonces, antes de que le infravaloren, opta por repudiarse a sí mismo, por hacer "de tripas, corazón" y por sentirse mal. Fíjense hasta dónde hemos llegado: por el mero hecho de que los otros no le desprecien, prefiere despreciarse a sí mismo y pringarse, aunque, evidentemente, esto en vez de constituir la solución a su problema, lo que hace es alimentarlo, enredándole cada vez más en su fatalidad. Ahora, analicemos un poco las cosas y tratemos de descubrir cómo se llega a esta situación: Desde pequeñitos nos enseñan a que tenemos que ser una "buena persona" y eso, por supuesto, está muy bien, siempre y cuando no se exagere la nota, porque en el momento en que esto ocurre, los que nos rodean pueden ver el cielo abierto y de ahí a aprovecharse de las circunstancias, no hay más que un paso. Me explico: uno de los mayores inconvenientes de ser tan "buena persona" está en que, de entrada, para no herir a nadie, se tiende a estar de acuerdo demasiado frecuentemente con las opiniones de los demás y si uno no tiene la capacidad o la voluntad de defender las propias ideas, su vida transcurrirá necesariamente bajo el dominio de los otros. Además, es la forma más segura de acostumbrarles mal, ya que el ser humano tiende a la comodidad y ¿quién puede resistirse a relajarse en un sofá, mientras otro hace lo que él tenía que hacer si, por otro lado, ese pringao quiere hacerlo? (aunque ese querer hacerlo sea muy discutible)... Yo, al menos, no me resistiría y seguro que usted tampoco. A estas alturas, ya se estarán preguntando cómo esa persona puede aguantar que abusen de ella una y otra vez; bueno, la respuesta está en su convencimiento de que no hay remedio. La manera más directa de convertirse en un pringao y de pasarse la vida complaciendo a todo el mundo a costa de uno mismo, es creer que uno es así y que eso no hay forma de evitarlo. Esto no es cierto y la prueba está en que esa persona se pasa la vida rebelándose contra sí mismo y maldiciéndose por no saber qué hacer para salir de ahí; de hecho, su autodefinición y su aparente conformismo ante lo inevitable no es más que una excusa para evitar el tener que esforzarse en superarlo. Ya vimos al principio que se trata de una personalidad débil e insegura, a la que le da miedo el esfuerzo, a quien le asusta enfrentarse a alguien por no enfrentarse a las consecuencias y al que, en resumen, le da pánico enfrentarse a sí mismo, porque, después de todo, se siente más cómodo con "lo malo conocido..." A estas personas yo les diría que espabilaran, que se quisieran más a sí mismas y que se hicieran respetar. Ahora bien, al llegar a este punto, conviene sentar claramente la diferencia entre el egoísmo y el interés por uno mismo. Si esperas conseguir que los demás se pongan exclusivamente a tu servicio, sin que tú estés dispuesto a hacer algo por ellos, eso es egoísmo; pero si te metes en una relación donde quieres que hagan cosas por ti, mientras tú haces cosas por ellos, eso es "quererse a sí mismo" sin ser egoísta. Estar, así, interesado en uno mismo, provoca que esas relaciones con los demás te hagan estar bien; se elimina el sentimiento de culpabilidad, el temor a perder el cariño de los otros y la necesidad de mendigarlo. Uno siente que controla su propia vida, que no le manipulan; claro que, para eso, es imprescindible que dejes de buscar excusas. Nunca sabrás lo que puedes lograr hasta que no lo intentes. Lo cierto es que todos, sin excepción, sentimos una necesidad tan imperiosa de que nos quieran que hacemos las cosas más ridículas que se pueden imaginar con tal de obtener la aprobación de los que nos rodean; el temor al rechazo es muy común y, sin embargo, creemos evitarlo con posturas que producen burla, lo que ocasiona en el propio sujeto un autoconcepto muy negativo que, lejos de hacer que se supere el miedo a ese rechazo, lo complica aún más porque es entonces él mismo quien se autorrechaza. Ya ves que esa no es la solución. Sal de ahí; si no puedes hacerlo solo, busca ayuda en un profesional. Porque es bueno estar disponible para cuando los demás nos necesitan, pero como suele decir una persona muy especial para mí: "Podemos ser hermanos, pero no primos"... ¿Vale?... Pues eso.
Ana I. Rico Prieto.
Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 29 de junio de 1997. ¿Tenemos Prejuicios...? La Psicología Social define los Prejuicios como una actitud compartida por una gran parte de los miembros de un grupo, en su interacción con otro grupo, y se suelen basar en ideas subjetivas o generalizaciones de observaciones aisladas, mucho más que en la experiencia y la información objetivas. Pero conviene hacer algunas aclaraciones previas: Tendemos a pensar que tener prejuicios significa hacer valoraciones negativas previas al conocimiento real de algo o de alguien; es decir, que el prejuicio supone una anticipación de las cosas negativas que nos vamos a encontrar. Y esto no es exactamente así; también se pueden tener prejuicios positivos, si, ante algo o alguien, estamos predispuestos a que nos guste, bien por lo que hemos oído decir al respecto o en función de nuestras ideas previas. Entonces, ante la pregunta inicial de si tenemos prejuicios, una vez hecha la anterior puntualización, cabría responder que, desde el mismo momento que vivimos, o sea, que tenemos, disfrutamos o sufrimos, determinadas experiencias vitales, es bastante razonable suponer que sí tenemos prejuicios, tanto más cuanto más experiencias individuales y sociales acumulamos. Si debido a su aprendizaje a lo largo de la vida, usted piensa que todos los políticos son unos egocéntricos, constantemente deseosos de que les adulen y de ser "el alma de la reunión", el día que un amigo le diga que le va a presentar al líder provincial de tal partido, usted ya se hará una imagen mental de cómo es ese individuo, se imaginará cómo va a actuar y las fantasmadas que dirá; e incluso, usted tendrá un prejuicio con respecto a ese político que le condiciona, de entrada, la actitud que debe mantener ante él. Pero, llegado el momento, descubre que se trata de una persona encantadora, que trata de pasar desapercibida y que está muy pendiente de que quienes le rodean se encuentren a gusto. Eso, ya para empezar, le rompe los esquemas y, en medio de esta ruptura, usted tiene que defenderse a sí mismo y, por tanto, a sus planteamientos previos, por lo que, una vez repuesto de la sorpresa, en primer lugar estará ojo avizor a ver si le pilla en el menor desliz que confirme su prejuicio, con lo que, probablemente, usted se muestre un tanto antipático y reservado, lo que hará que, quizá, ese político adopte frente a su persona una actitud también de reserva que usted aprovechará y definirá, en su fuero interno, como característica negativa; y, en segundo lugar, si pasado un cierto tiempo, no encuentra nada que reprocharle, se acogerá al refrán que dice "La excepción confirma la regla", con el único fin de no dar su brazo a torcer, ya que, por el hecho de que un político sea agradable, sincero y cercano, eso no significa que los demás también lo sean. No, señor. Usted tiene que defenderse y hace muy bien; si no nos defendemos a nosotros mismos y a nuestras posiciones ¿quién lo va a hacer? Además, para eso tenemos esos refranes que, tan oportunamente, nos pueden sacar las castañas del fuego. Pero ¿dónde está el origen de todo esto? Los Psicólogos Sociales, especializados en el estudio del comportamiento humano, influyente en, e influenciado por el círculo social en el que se mueve, concluyen que los prejuicios, al igual que la mayoría de las actitudes que desarrolla una persona, a lo largo de su vida, tienen su punto de arranque o su motor de impulso en la protección de la propia estima. Si alguien descubre en sí mismo un rasgo que le resulta negativo o desfavorable, tenderá a percibir ese mismo rasgo en las personas que le rodean para, de esa forma, primero, sacarlo de sí mismo, ya que al ver la paja en el ojo ajeno, es más fácil dejar de ver la viga en el nuestro y, segundo, si ese rasgo lo tienen todos los demás, es porque se trata de algo normal, y en el momento en que algo es normal, se generaliza, ya no llama la atención y es más fácil de asumir, perdiendo, incluso, su carácter negativo. Por otro lado, gracias a los prejuicios nos autojustificamos por nuestras acciones; o sea, nos protegemos de autorrecriminarnos una determinada actitud o conducta, con lo que, nuevamente, nuestra autoestima queda a salvo. Por ejemplo, si llegamos a convencernos de que un determinado grupo social es estúpido, es inmoral o es escoria, el hecho de que hagamos daño a un miembro de ese grupo, no nos acongoja, ni nos llena de remordimientos, sencillamente porque se lo merece. Entonces, no sólo nos conviene tener ese tipo de prejuicios, sino que es necesario mantenerlos porque de esa forma podremos seguir justificando posteriores conductas de marginación o de castigo con respecto a ese grupo. En otro orden de cosas, y aparte de la autojustificación y de la necesidad de salvaguardar nuestra propia estima, está también la necesidad de poder, la necesidad de vernos superiores a otros, Cuando alguien se encuentra en una posición socio- económica baja, necesita la presencia de otro grupo a quien pisotear para sentirse superior a alguien; de hecho, diferentes estudios han demostrado que los prejuicios (sobre todo, los negativos) aumentan a medida que el estatus social de una persona es más bajo; lo que no quiere decir que alguien de un estatus socioeconómico alto no tenga prejuicios; todo lo contrario; aunque, en este supuesto los prejuicios serían necesarios para mantenerse en esa posición a modo de código moral, que le evite descender hacia estamentos inferiores.
Ana I. Rico Prieto. |
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