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Publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 21 de abril de 1996.

El Hombre y su Angustia Vital

 

Tal y como nos lo define el Diccionario, "la Angustia es un sentimiento vital asociado a situaciones apuradas, a tensiones psíquicas, a desesperación, que presenta la característica de pérdida de la capacidad de dirigir voluntaria y razonablemente la personalidad". Se podría decir, pues, que es una compañera inseparable de nuestra existencia. A través de los tiempos, el hombre ha luchado por disminuir o por controlar la angustia y para ello se ha servido tanto de la Magia, como de la Religión o también de la Ciencia, consiguiendo con ello si no suprimirla, sí al menos una ayuda para soportarla.

Pero la Angustia, aunque tenga una denominación general, es algo concreto y privado en cada ser humano, que se manifiesta según sus particulares características y según su individual forma de vivir y sentir lo que le rodea. Cualquier individuo puede verse afectado alguna vez por una determinada forma de angustia y, sea cual sea esa angustia, se percibe una amenaza para la propia existencia, para el propio espacio vital o para la integridad personal, ya que cualquier vivencia, por placentera que, de entrada, pueda ser, conlleva una cierta experiencia angustiosa. Es el caso, por ejemplo, de las relaciones afectivas: la sinceridad, la confianza, el cariño, el amor pueden generar un cúmulo de sensaciones agradables, en las que el ser humano se sumerge, tratando de disfrutar al máximo de ellas; sin embargo, podemos observar que, cuanto más se pretende disfrutar, aumenta, en la misma proporción, el riesgo de la pérdida, o el riesgo del fracaso, o el riesgo a convertirnos en seres indefensos, que necesitamos de esas relaciones afectivas para ser felices; en ese preciso instante, hace su aparición la angustia y lo que en un principio se vive con placer, puede llegar a sufrirse por la inseguridad que genera la sensación de vulnerabilidad ante ello, de sentirse al descubierto, de verse tan conocido y tan previsible que no haya posibilidad de sorprender.

Otra forma de angustia se puede presentar ante el intento de ser uno mismo, como alguien determinado en medio de la sociedad. Desde que se tiene conciencia del propio ser, frente a los demás, el hombre se esfuerza por destacar, por sobresalir, por no ser uno más en la masa que le envuelve. Este intento, además de un trabajo arduo, ya sea mental, físico, o ambos, lleva implícito también un desarraigo, una ruptura con el medio, porque sólo rompiendo el molde, se puede ser único. Pero claro, también tiene un alto precio psicológico y es aquí donde aparece la angustia ya que, cuanto más individual se sea, más solo se estará, más se experimentará el aislamiento, perdiendo de esta manera la protección y el cobijo que aporta la masa social a los que prefieren permanecer bajo sus moldes y reglas. Entonces, efectivamente, se consigue destacar sobre los demás, pero se sufre con ello la angustia de verse solo, de sentirse, la mayoría de las veces, incomprendido y hasta, incluso, atacado por las embestidas envidiosas de esa masa que, lejos de admirar el esfuerzo por ser uno mismo, cornea traicioneramente el intento y arremete contra su protagonista. Como bien dice el refrán: "Nadie es profeta en su tierra".

Un tercer tipo de angustia se manifiesta ante la conciencia de lo transitorio. Todo lo que nos rodea, por el hecho de estar sujeto a las leyes del espacio y del tiempo, tiene un principio y un fin; y el hombre tiene una especial tendencia a hacer suyas las cosas que le rodean, o a experimentar una actitud posesiva ante personas o cosas con las que comparte su espacio vital; esa postura de propietario lleva implícita la angustia de la pérdida. Si algo pasa desapercibido a nuestro lado, si no deja en nosotros una determinada huella, se diría que no somos conscientes de su presencia y, por tanto, tampoco lo somos de su ausencia; pero cuando ha estado a nuestro lado el tiempo suficiente como para dejarse notar, o su impacto ha sido fuerte, por más brevemente que se haya manifestado, entonces sí despierta el espíritu de posesión; nos ha gustado, lo queremos para nosotros, por fin lo tenemos y, a partir de entonces, empezamos a experimentar el miedo a perderlo, la angustia de que el placer que nos brinda se acabe; acto seguido, tomamos conciencia de que, como nada es duradero, eso tampoco lo será, así pues, anticipamos el sentimiento de pérdida y nos angustiamos más aún ¿Qué hacemos entonces? nos aferramos todavía más a su proximidad y cuanto más nos implicamos con ello, más nos angustia la posibilidad de vernos despojados de su presencia. Un círculo vicioso; un angustioso círculo vicioso que nos impide disfrutar de lo que tan doloroso nos resulta prescindir. Toda una paradoja: no disfrutar de lo que nos agrada por la angustia que nos produce su posible pérdida.

Como vemos, bajo unas determinadas características, sin embargo su espectro es tan amplio que puede decirse que la angustia cubre con creces la práctica totalidad de nuestra existencia, en cualquiera de sus aspectos. No sólo se trata, pues, de un mal que hay que esforzarse en conjurar en la medida de lo posible, sino que, en otro orden de cosas, esa misma angustia es un factor ineludible de nuestro desarrollo. Esto es así porque cada vez que nos enfrentamos con una de sus formas, quiere decir que nos estamos dando de narices con una exigencia más de nuestra vida. Esa nueva exigencia nos produce angustia y el dominio sobre esa determinada angustia es reconocido como una victoria que nos hace más fuertes y nos anima a enfrentarnos a otra nueva exigencia; es decir, nos hace progresar, nos lleva por el camino del correcto desarrollo y nos permite superarnos a nosotros mismos. Todo, claro está, y como condición indispensable, siempre que la Angustia y sus consecuencias vayan por esos cauces que solemos llamar normales.

 

Ana I. Rico Prieto.