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Agresividad Innata frente a Violencia Aprendida Escrito por Ana I. Rico Prieto, psicóloga y psicoterapeuta de Airema Psicoterapia y publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 3 de marzo de 1996. Se entiende por Agresión toda conducta encaminada a causar daño o dolor, ya sea físico o psicológico, y puede ser provocada por cualquier situación desagradable o adversa. Pero, de todas las situaciones adversas, la causa que puede considerarse como la mayor instigadora de este tipo de conductas es la Frustración. Si una persona se ve impedida o limitada en su caminar hacia una determinada meta, empieza a experimentar un desasosiego que desemboca en un sentimiento de frustración; lógicamente, ese sentimiento le inducirá a vengarse de todo aquello que, directa o indirectamente, le impide alcanzar su objetivo. La respuesta agresiva, pues, no se hace esperar; por tanto, cuanto mayores son los índices de frustración de un individuo, más probable es que se produzca en él esta conducta, sea de la índole que sea; es decir, se pueden presentar respuestas autoagresivas, dirigidas contra uno mismo, al tener el convencimiento de que es la propia incapacidad la que impide lograr una meta muy deseada; o también pueden presentarse conductas agresivas dirigidas a los demás o hacia el entorno. Por supuesto, quisiera dejar bien claro que una frustración, no tiene por qué llevar inexorablemente a una agresión, de la misma forma que la frustración tampoco es la única causa que desemboca en esa agresión. Ahora bien, al fijarnos en las causas de estos comportamientos, debemos tener presente otra posibilidad que algunos autores apuntaron hace unos años y que, sin duda, hoy en día, tiene un peso específico muy claro y a nadie se le escapa semejante correlación. Me estoy refiriendo al Aprendizaje Social, a los modelos sociales que encontramos las personas a lo largo de nuestro desarrollo, lo cual tiene una gran influencia tanto a la hora de mostrarse agresivo, como a la hora de inhibirse. Es fácilmente comprobable cómo un niño que está rodeado de personas que manifiestan conductas agresivas, tiende a desarrollar él mismo una agresividad como característica personal o como conducta habitual y qué decir ya cuando ese niño observa que esas conductas agresivas reportan una recompensa a las personas que las desarrollan. El pensamiento lógico no se hace esperar: "Si Carlitos se puso a patalear y a romper cosas y su madre le dijo que se fuera a jugar a la calle, yo puedo hacer lo mismo y así me mandarán, también, salir a la calle". Pero fíjense que esto no influye sólo en los niños; aunque ellos sean más absorbentes ante este tipo de modelos. Piensen ahora en un adulto que se caracteriza por tener unas pautas de conducta relativamente tranquilas, que no se suele enfadar y que, desde luego y bajo ningún concepto, permite que llegue la sangre al río. De pronto, un día le invitan a ir al fútbol, pongamos por caso. Todo iba transcurriendo normalmente hasta que una decisión conflictiva del árbitro pone a la mitad de las gradas en pie; sus amigos y los que están alrededor empiezan a dar voces, a lanzar cosas al campo e incluso a pegarse entre sí y él, sin saber cómo ni por qué, se sorprende viéndose a sí mismo agarrando por la chaqueta al vecino y lanzándole un puñetazo en la mandíbula. Nos podemos preguntar y sin duda se lo preguntará él mismo ¿Cómo es posible, con lo tranquilo que es (o que soy) y que esté peleando con este otro?... La respuesta es muy simple: El ser humano es agresivo por naturaleza. Y no es que lo normal sea estar peleando a todas horas; es que la agresividad es necesaria en su justa medida. Díganme, si no, cómo podríamos sobrevivir a la propia evolución de las especies o cómo podríamos imponernos ante la Selección Natural de la cual hablara ya Darwin hace más de cien años. Hoy por hoy, puede que la agresión abierta y descarada ya no sea necesaria para la supervivencia humana; pero no me negarán el hecho de que una cierta agresividad sigue siendo no sólo útil, sino imprescindible en nuestra sociedad, porque es en esta misma sociedad donde se sigue recompensando a los vencedores; porque nuestra cultura y nuestro sistema educativo se basan en la competitividad y esta lucha por ser el mejor se diferencia muy poco, básicamente, aunque salvando las debidas distancias, de la que tuvieron que desarrollar los primeros pobladores de la tierra en aras a la propia supervivencia. No quiero hacer con esto una apología de la Violencia... ¡lejos de mí semejante intención!... Lo que sí quiero es constatar el hecho de que una cierta agresividad bien encauzada, una sana agresividad en sus justos límites, nos permitirá no sólo protegernos de las agresiones externas, sino también mejorar nuestras condiciones personales y sociales. Porque lo que no debemos hacer nunca es comparar la Agresividad con la Violencia. Una conducta agresiva hacia su contrario, puede hacer que un jugador de Tenis gane un partido; una conducta violenta le puede llevar a la cárcel. En todo caso, tengamos siempre presente una cosa: las personas acostumbramos a fijarnos en la conducta de los demás para saber qué es lo más apropiado en un determinado momento. "Allí donde fueres, haz lo que vieres", dice un refrán. Luego, si ciertas situaciones provocan un despertar de la agresividad, procuremos que no se nos vayan de las manos y que no produzcan un estallido de la violencia, para que los posibles espectadores no la propaguen como si de una epidemia se tratara.
Ana I. Rico Prieto.
La Agresividad en una Personalidad Obsesiva Escrito por Ana I. Rico Prieto, psicóloga y psicoterapeuta de Airema Psicoterapia y publicado en el Suplemento Dominical “Reflejos”, del periódico “Tribuna de Salamanca”, el día 19 mayo de 1996. Ya vimos en las publicaciones anteriores que las personas con rasgos obsesivos tendían a reprimir sus emociones y sentimientos; que aprenden desde muy pronto a autocontrolarse y a dominar sus reacciones espontáneas, por la angustia que les supone el que esa espontaneidad no esté bien vista y tenga consecuencias negativas para ellos. Desde su infancia, han tenido que reprimir ciertas manifestaciones ya que solían ser castigadas física o psicológicamente. Lo más corriente, pues, es que a medida que se hacen adultos, sepan manejar con prudencia sus pasiones, emociones y agresiones; normalmente, entonces, dudarán bastante antes de mostrarse agresivos en una determinada circunstancia. Sin embargo, estas personas sufren auténticos conflictos cuando son conscientes de sus emociones y no pueden expresarlas; para solucionar esto, recurren a las ideologías y, a veces, al fanatismo. Esto es así porque necesitan buscar descargas legítimas que no sólo les permitan desahogar sus pasiones, sino que además las revistan con un cierto valor, ya sea moral, religioso, etc., y lo que hacen es combatir en los demás lo que se ven obligados a prohibirse a sí mismos; este es el caso de los fanáticos que luchan implacablemente y sin miramiento alguno: no dirigen su agresividad contra sí mismos, sino contra algo o alguien del exterior, pero lo hacen con la conciencia muy tranquila, ya que llegan a estar convencidos de que es totalmente necesario. Esto, a todas luces, es muy peligroso, porque cuando se busca una válvula de escape para la propia agresividad, siempre se encuentran motivos contra los que es lícito luchar, por convicción; y esto mismo les permite realizar incluso agresiones masivas que pueden justificarse por unos determinados fines. No hace falta que señalemos las fatales consecuencias que esto tiene cuando, cada día, y a través de los medios de comunicación, podemos observar un claro ejemplo de ello en las revueltas, disturbios y masacres que originan, llevados por su ideología, los grupos neonazis, palestinos, integristas, etc. Ahora bien, no todas las personalidades obsesivas encauzan su agresividad en los términos extremistas que comentábamos anteriormente.. Hay una forma bastante más atenuada de agresividad lícita y que se presenta como una corrección exagerada en las costumbres o como un cumplimiento al pie de la letra de las normas y preceptos que rigen las relaciones laborales o sociales. Un ejemplo de esto podemos encontrarlo en ese empleado que cierra la ventanilla donde trabaja con una puntualidad de milésimas de segundo y se niega a atender a esa última persona que quedaba esperando, porque ya está fuera de horario; o el profesor que es puntilloso con la más mínima falta de atención en clase; etc. Todas estas personas canalizan su agresividad mediante un exceso de celo aparentemente legítimo; abusan de su poder y son inabordables e intransigentes para los que, de alguna manera, dependen de ellos. Además, se observa en estos individuos un verdadero afán de mando. Su agresividad se pone al servicio del poder y, por eso mismo, buscarán el desarrollar una profesión donde puedan ejercer libremente un dominio sobre los demás y que, a la vez, les permita manifestar legalmente su agresividad, ya que ésta se emite en nombre de la ley, del orden, de las buenas costumbres, etc. No debemos olvidar tampoco otras formas mucho más sutiles de agresividad que utilizan las personas obsesivas para vengarse o para hacer daño a los que les rodean, pero que son realizadas casi de forma inconsciente y por tanto, sin sentimientos de culpa, les permiten exteriorizar emociones reprimidas. Me estoy refiriendo a las murmuraciones, a los chismes, con que lastiman a sus compañeros, criticando a escondidas y poniéndoles, como suele decirse, a parir, según les vuelven la espalda; mientras que de frente les lanzan sonrisas hipócritas, les hacen ver que están de su parte y les dan palmaditas en los hombros. Se suele decir que el que mucho habla, quizá sea porque tiene mucho que callar. Ciertamente ocurre que estas personas tan propensas a murmurar son unas grandes reprimidas, que atacan a quienes se muestran valientes y decididos por el mero hecho de que ellas no se atreven a comportarse así, por más que lo quisieran; o arremeten contra los que destacan frente a ellos, por la envidia que les corroe al no ser capaces de llegar a su altura, ya que, como hemos visto, esas personas obsesivas necesitan el poder y el estar sobre los demás para liberarse adecuada y lícitamente de sus emociones. El mostrarse indecisos y el hacer esperar a los demás, sin causa que lo justifique es otra manera solapada de agredir a quien sufre esa espera o a quien está pendiente de esa decisión. Esto, de alguna manera, les permite llamar la atención, les permite destacar sobre esas otras personas, con la satisfacción que les da el saberse poderosos ya que, en ese momento, hay alguien que depende de ellos, de sus decisiones o de su presencia. Pero no quiero terminar estas páginas dedicadas a la personalidad obsesiva sin hacer hincapié en el amplio abanico de sus manifestaciones, donde encontramos, en el punto más positivo, a aquella persona práctica, fiel a sus obligaciones y digna de confianza, hasta, en un ámbito más conflictivo, aquella otra arribista, ambiciosa, testaruda y quisquillosa, tirana y déspota; poniendo el punto final con la que sufre su obsesión bajo una forma declarada de Psicopatología.
Ana I. Rico Prieto.
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